El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

─Esta noche dormid tranquilos, todos ─dijo Elkerael─. Yarbha y yo haremos la guardia.

─Pero, maestro, ¿toda la noche? ─dudó Pantera─. Eso es demasiado. No me parece justo.

─Insisto. Yarbha y yo tenemos que hablar de muchas cosas con cierta urgencia. Además, Yarbha ha dormido ya cientos de años, por una noche que no lo haga, no va a pasarle nada…

Su viejo amigo lo miró como si no tuviera remedio. Luego, se buscó un lugar cómodo cerca del fuego y se agazapó allí. No se veía demasiado diferente de cuando aún era una estatua de piedra.

─Maestro, yo quiero enterrar a Rey ─solicitó Halcón.

─Lo enterrarás mañana, al amanecer. Ahora nadie debe volver al bosque si se puede evitar. ¿Está bien?

Halcón asintió, no demasiado conforme en realidad, aunque el viejo nawal tenía razón.

Aún no era de día cuando Halcón despertó.

Los demás dormían y faltaba bastante para que amaneciera.

Reconoció que había descansado bien a pesar de los instantes de tensión vividos durante las últimas horas.

Probablemente era obra de Yarbha y de Elkerael, seguro que habían recitado un decreto para sumirlos en un sueño profundo y bien reparador.

O quizás había sido Attaegina con su canción sanadora, con su dulzura, con su misericordia.

Ella seguía dormida muy cerca de él, cogiéndole la mano.

Al verla así, con los párpados cerrados y el rostro invadido de armonía, deseó quedarse para siempre contemplándola.

Hasta la cicatriz de su mejilla la embellecía.

Mirarla y tenerla a su lado era como haber llegado a casa tras un viaje interminable.

Entonces se levantó sin hacer ruido, la arropó y la besó en la frente, deteniéndose un momento para oler su cabello.

Después se acercó a Elkerael. Yarbha dormía.

─Al final le ha vencido el sueño ─susurró el anciano─, al muy perezoso…

─Maestro, necesito hablar contigo.

Elkerael le indicó que se sentara. En su expresión se adivinaba que se hacía una idea de lo que Halcón quería contarle. Con un gesto, le indicó que podía comenzar.

─Estoy avergonzado, maestro. Mi comportamiento no está siendo digno de un nawal . Tú me has visto esta noche con esa alimaña. Las cosas que le dije, cuando le golpeé la cara… Me asaltó una ira que nunca antes había salido de mí.

─Aunque seas un nawal adulto, cualquier alimaña por insignificante que sea puede remover lo peor de ti si bajas la guardia.

─Pero es que también me pasó cuando fui a rescatar a Attaegina a Heimkel.

Me comporté muy parecido con Lorick cuando creí que nos había traicionado.

No sé, siento como si un fuego me quemara desde dentro y noto una molestia constante en el centro del pecho, a la altura del corazón.

¿Será desde que se borró el sello de protección?

─Halcón, óyeme: Yarbha y yo creemos que necesitas descansar.

─¿Cómo que descansar? ¿Justo ahora?

Elkerael le pidió que le dejara terminar.

─Luchaste contra Nabor y, apenas te recuperaste de su maleficio, te marchaste a Heimkel a toda prisa. Y esta noche las alimañas, la muerte de Rey… Halcón, tienes que parar.

─No pienso alejarme de Attaegina hasta que nuestros caminos se separen por causa de fuerza mayor.

─Todos nuestros caminos se van a separar dentro de unos días. Yarbha y yo hemos pensado que Nilo, Creta y Lorick harían bien en marchar a Virim, a buscar el papiro de Calíope. ¿Qué te parece? Hacen un buen equipo, ¿verdad?

Halcón asintió, aunque con poco entusiasmo.

Le parecía perfecto que los tres se fueran juntos.

Eran habilidosos cada uno en su especialidad.

Además, Creta se sentiría aliviada si Attaegina no estaba para interferir en su relación con el nórdico, y Nilo había hecho buenas migas con ella.

Sí, la elección era buena. Pero no consistía en eso su preocupación.

─Me imagino que será Yarbha quien inicie a Attaegina ─dijo─. Él es su ancestro, al fin y al cabo. ¿Por qué me miras así? ¿Es que lo harás tú?

Elkerael le sonrió con aire paternal.

─Yarbha y yo tenemos asuntos muy importantes que resolver en Teff, y nadie mejor que Pantera para guiarnos allí cuando nos encontremos de lleno en el territorio de Nabor.

─Entonces… ¿Quién inicia a Attaegina?

El viejo nawal enarcó las cejas como si fuera obvio.

─Ay, Halcón… Creía que eras más avispado. Pues, ¿quién va a ser? ¡Tú!

Halcón no supo como encajarlo. Creyó que no lo había comprendido bien.

─¿Cómo que yo? Pero si yo…

─Pensaba que te ibas a alegrar.

─Y me alegro, pero…

─No, no estás alegre. No estás nada alegre.

Tenía razón. Quizás necesitaba digerir bien la noticia tras muchos días creyendo que tenía que separarse otra vez de Atti.

─Maestro, existen todavía muchas enseñanzas del camino que no conozco. Tampoco me siento digno de iniciarla. Ahora mismo no soy un nawal ejemplar. Soy… un completo fracaso.

─Id al desierto, como hicimos tú y yo. ¿Recuerdas? Iníciala allí. Te vendrán bien el silencio, el sol, el contacto con el prana de la arena y del viento. Créeme, volverás renovado, fuerte, sano.

─Pero hay más, maestro.

─Dime, ¿qué? ¿Qué pasa ahora? ¿Por qué pones tantas pegas?

Halcón se giró discretamente para comprobar si Attaegina continuaba dormida. Así era.

─¿Puede un nawal enamorarse? ─preguntó. Elkerael se encogió de hombros.

─Supongo… Tú eres un nawal y te has enamorado.

─Pero, ¿es eso incorrecto? ¿Es lo habitual? ¿Lo permiten las leyes del Cosmos?

─Halcón, vamos a ver: no es incorrecto, tampoco habitual, la verdad. Pero, ¿por qué crees que al Cosmos le puede molestar un amor como el vuestro? El Cosmos no prohíbe ni juzga. Nos comprende y nos guía.

─Maestro, no sé si es buena idea. Yo amo a Attaegina…

demasiado. ─Guardó silencio un instante y luego confesó─: Estoy loco por ella.

Y tengo miedo de que el amor que siento me confunda.

La iniciación de un nawal puede resultar muy dura, especialmente en el desierto.

Recuerda que algunos han muerto en el proceso.

Si he de ser yo quien la inicie, debo ser objetivo, tener los pies en la tierra.

Pero si creo que algo la hará sufrir, dudaré, tal vez hasta incumpla las leyes si no puede soportar alguna de las pruebas.

Y luego está la parte de… ¿Cómo lo digo?

─¿La parte de quedaros a solas, tanto tiempo, sin nadie que os moleste?

─Halcón, de imaginárselo, notó que todo su cuerpo desprendía una llamarada─.

Sí, sí… Yo no lo he experimentado nunca, pero lo he visto a lo largo de los siglos.

Dos jóvenes enamorados, juntos, en la intimidad…

Hasta Yarbha, que es un ángel, cayó rendido en los brazos de una mujer. ¿Te crees que no lo hemos pensado bien?

─Maestro, por favor, que la inicie uno de vosotros. Yo…

─Es muy fácil, Halcón: ayuno, oración y abstinencia.

Listo. Nada de besos, ¿eh? Te vendrá bien como entrenamiento en tu camino de nawal .

¿A que nunca lo pensaste? ─Y se rieron los dos tratando por todos los medios de no hacer demasiado ruido─.

Ahora en serio: te hará bien mantenerte cerca de Attaegina.

Y te lo decimos dos viejos de casi mil años de antigüedad.

Halcón respiró hondo. Su espíritu se sentía algo más aligerado después de hablar con Elkerael y su esperanza se renovó ante la idea de guiar a Attaegina por el Desierto de Sari, su tierra natal.

Llevaba más de dos años sin regresar, y emprender ese viaje con ella insufló en él la fuerza que necesitaba.

Podría contarle las historias que aprendió de pequeño escuchando a los ancianos de la tribu, mientras miraban el cielo absolutamente sembrado de estrellas.

Le enseñaría a entender el lenguaje de la arena, de las dunas, de las brisas del Sur, a hacer pan en las ascuas, a recoger los frutos de las palmeras y del nopal.

Y si tenían la suerte de cruzarse con los nómadas, podría presentarla en su tribu como su prometida y todos allí sabrían que Halcón, en uno de sus muchos viajes, había sido premiado con el amor de un ángel.

Amaneció mientras planeaba todo aquello en silencio, sonriendo de nuevo con la ilusión de un niño. Pero antes de que los demás se despertaran se marchó bosque adentro y le pidió a Elkerael que nadie lo acompañase ni lo buscara. Quería enterrar dignamente a Rey.