El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El Rey de la Montaña, como Halcón había decidido llamarlo, ese pequeño y silencioso amigo, a la vez que incondicional, yacía ante sus ojos sin vida, helado y rígido.

─No, Rey… ¿Quién ha sido?

Un aguijonazo en el pecho lo alertó de nuevo y segundos después escuchó algo escabulléndose entre las jaras. Sin perder ni un instante lo persiguió sin descanso descubriendo, a medida que se acercaba, a un extraño muchacho con la ropa raída.

─¡Detente! ─rugió. El muchacho aceleró sus pasos, pero para Halcón no supuso ninguna dificultad seguirlo. Entonces, el chico giró la cara para mirar un momento a su perseguidor y eso bastó para que el nawal lo reconociera─: ¡Tú, semihumano! ¡Detente te digo!

Halcón lo alcanzó con la luz de su bastón y el muchacho cayó rodando por el suelo como si lo hubiesen golpeado con una maza, maldiciendo y arrojándole toda clase de insultos.

─¡ Nahual asqueroso! ¡No te atrevas a tocarme!

Halcón, recitando un decreto, lo envolvió con un látigo de luz y la alimaña berreó de dolor. Luego se calmó un poco, aunque no dejó de refunfuñar. Sus ojos secos, vacíos de vida, y sus encías ennegrecidas no dejaban lugar a dudas. También él se acordaba de Halcón. Y de Attaegina, claro.

─¿Dónde está la perra que iba contigo? ¿Ya te la has…?

La mano de Halcón golpeó su rostro antes de que terminara la frase.

Le hervía la sangre en las venas de rabia, una rabia que jamás antes había experimentado.

El pecho le latía con dolor, como si sus costillas no dieran abasto para contener a su corazón, que bombeaba tan fuerte que parecía ir a reventar de un momento a otro, y un calor tórrido, asfixiante, manaba de su cuerpo.

Se sintió más grande y más fiero y, movido por el instinto, le mostró los dientes al igual que hacen los depredadores cuando están a punto de abalanzarse sobre sus víctimas mientras sus ojos pasaban de su habitual tono dorado a la incandescencia de un naranja volcánico.

Pero de eso solo se dio cuenta Elkerael, que justo llegaba en ese momento.

─¡Que sea la última vez que hablas así de ella en mi presencia, alimaña! ─rugió Halcón─. Y ahora, ¡dime! ¡Dime qué ha pasado con Rey! ¡¿Has sido tú, sabandija?! Porque como hayas sido tú… ¡Como hayas sido tú, te juro que te voy a dar una muerte lenta y dolorosa! ¡Te voy a torturar hasta que…!

─¡Halcón! ─exclamó Elkerael. Su voz retumbó entre los troncos del encinar con una majestuosidad inigualable, y Halcón, de pronto, salió de ese estado de ira como si lo hubiesen despertado de una pesadilla─. Halcón, cálmate. Déjamelo a mí.

Elkerael se acercó despacio a la alimaña a medida que el silencio se transformaba en una dulce y melancólica canción de cuna. Una canción que se derramó sobre ellos como lluvia limpia, calmando sus espíritus.

─¡No, no! ─gruñó el semihumano─. ¡Es esa perra cantando otra vez! ¡Que se calle! ¡Dile que se calle! ¡Por favor!

La voz de Attaegina convertida en melodía le hacía tanto daño como sal en las heridas.

─Lo llevaremos al círculo, Halcón. Allí lo interrogaremos. El resto ha huido.

─¡Espera! ─se alarmó el chico─. ¿Qué círculo? ¿De qué hablas, viejo?

Halcón le dio un tirón al látigo de luz para levantarlo del suelo y luego lo llevó a rastras, ignorando sus súplicas y sus improperios, hasta que llegaron al campamento donde ya todos, incluidos Nilo y Pantera, recibieron con una mezcla de horror y aversión a esa criatura que alguna vez, tiempo atrás, había tenido al igual que ellos un corazón latiendo bajo el pecho.

Attaegina dejó de cantar y le sostuvo la mirada, pero el semihumano no se atrevió a increparla.

En lugar de eso, rogaba una y otra vez para que Halcón no lo metiera dentro del círculo de protección.

─¡Diles a los viejos que apaguen esa luz! ¡Díselo, nawal ! ¡Me duele! ¡Me dueleeeee!

Era imposible no sobrecogerse en su presencia: su aspecto, su voz, sus palabras, su edad demasiado temprana atrapada en ese cuerpo pútrido condenado al infierno…

─No lo acerques más al círculo, Halcón, o se convertirá en ceniza ─le advirtió Elkerael─. Quédate ahí con él.

─¡Eso, nawal ! ¡Haz caso al viejo!

Halcón le asestó una mirada asesina y el semihumano se calló de inmediato. A continuación, le preguntó:

─¿Qué le habéis hecho a Rey? ¡Confiesa!

─¿Quién es Rey? ¿El muerto? ─El semihumano se rio con crueldad al pronunciar esa última palabra, momento en que Halcón volvió a presionarle con el látigo de luz. Entonces se apresuró a responder─: Yo no he hecho nada esta vez. ¡Que yo no he sido! ¡No lo hemos matado nosotros!

─¡No te creo, diablo! ¡Confiesa!

Attaegina comprendió al escucharles lo que había sucedido con Rey y recibió la noticia como un jarro de agua fría. El Rey de la Montaña, ese misterioso hombrecillo que la había acogido en su casa, que le había dado alimento y medicinas, había sido asesinado.

─¡Que no hemos sido nosotros, joder! ─insistía el semihumano.

─¡¿Entonces?!

─¡Ha sido el brujo!

Halcón no sabía de qué hablaba. Ni él ni ninguno de los presentes.

─¿Qué brujo? ¿Qué dices? No te inventes nada o te…

─¡El brujo rubio! ¡Sí, rubio! ¡Como ese!

El muchacho señaló a Lorick y Attaegina supo que no mentía. Recordaba vagamente a los aprendices de Titania de cuando los vio en torno al altar ritual, antes de que Molok apareciese. Pero había uno, un joven vestido de negro con la cabellera rubia, que había llamado especialmente su atención.

─Sigrif ─corroboró el nórdico─. El pupilo favorito de Titania. ¿Dónde lo has visto, criatura?

─¡A ti no te lo voy a decir! ─respondió el semihumano con un arrebato de ira. Halcón le presionó con su atadura de luz hasta que volvió a quejarse de dolor.

─Te ha preguntado que dónde has visto al brujo, ¡responde!

El pobre diablo se retorcía en su propia miseria, rumiando maldiciones y amenazas para cada uno de ellos, hasta que habló:

─Lo hemos visto rondar estos bosques, pero no sabemos qué busca. Los míos y yo no nos acercamos a él. Sabe cómo matarnos. Pero no es como vosotros, nawales . El brujo no utiliza la luz. Utiliza la sombra.

─Me busca a mí ─resolvió Lorick─. Para matarme. Por traición al clan.

Creta sintió que el corazón le daba un vuelco al tiempo que las carcajadas del semihumano invadían sus oídos.

─¡Ojalá te encuentre! ─se regodeaba─. ¡Ojalá te corte la cabeza muy despacio y que lo vean tus amigos! ¡Yo le contaré que te he visto!

─¡Basta! ─lo interrumpió Halcón con otra bofetada. Attaegina no daba crédito. Halcón parecía otra persona, otro ser, alguien diferente y envenenado de odio. Entonces, salió del círculo y se acercó a ellos dos. No tenía miedo─. ¡Attaegina, no te acerques a él!

Atti no respondió, pero le dio a entender que sabía qué hacía cuando se colocó frente al semihumano con firmeza, sin vacilar ni un poco.

─Zorra… ─rumió el muchacho intentando provocarla. Sus palabras no surtieron ningún efecto en ella, que le preguntó:

─¿Cuándo te perdiste en el bosque?

Algo nunca visto sucedió de pronto. Toda la perversidad se esfumó del rostro del muchacho endemoniado y, en su lugar, una pena profunda afloró desde lo hondo de sus ojos muertos.

─Eso no te importa a ti… ─lloriqueó─. ¡Ni a nadie!

─¿Cuándo? ¿Cuándo pasó?

Un milagro inesperado se manifestó en las lágrimas de esa alimaña, lágrimas de tristeza, de penitencia, que ungieron su rostro roto tornándolo un poco más humano. No podía dejar de mirar a Attaegina, pero esta vez sin odio, sin insultarla.

─Mi padre prometió que iba a volver a por mí ─susurró con la voz mezclada con el llanto. Luego negó con la cabeza, ahogando un sollozo─. Pero él nunca regresó… Me abandonó a un lado del camino… Se marchó a la ciudad a vender. Él nunca regresó. Él nunca tuvo pensado regresar. ¡No me toques!

Pero ya era tarde. La mano de Attaegina se posó sobre su mejilla como un bálsamo lleno de frescura, recogiendo sus lágrimas, sosegando el dolor de su carne emponzoñada, de su alma esclavizada por las tinieblas.

En ese momento, dos alas de pluma blanca le brotaron de la espalda, como ya hubieran hecho en otra ocasión.

Las batió con armonía, un par de veces, y todos al contemplarla perdieron el aliento, especialmente Creta.

El tiempo se detuvo. Todos los ruidos del bosque callaron.

Y Halcón sintió un extraño poso de tristeza al contemplarla.

─¿Por qué eres buena conmigo? ─le preguntó el semihumano─. Si yo te he insultado y he deseado que te murieras…

Attaegina lo miró con ternura.

─Nada de eso importa ya ─le respondió─. Es hora de que descanses en la luz. ¿Quieres?

El muchacho asintió con la cabeza, entregándose.

Entonces, Atti miró a Halcón. Él sabía cómo ayudarla en ese momento.

Y de ese modo, con una sensación de paz infinita, mientras Halcón pronunciaba un decreto para enviar a esa alma perdida a su reposo eterno, Atti tomó entre sus brazos al chico endemoniado, arropándolo con sus alas, acariciando su malograda cabeza llena de cicatrices y de pelo ralo.

─Eres lo más bonito que he visto ─susurró el semihumano rindiéndose a su abrazo. Luego suspiró y, acto seguido, un resplandor blanco lo envolvió por completo, reduciéndolo después a polvo. La brisa de la noche se lo llevó.

Cuando Attaegina se giró para mirar a Halcón y a los demás, ya no tenía alas. Volvía a parecer la Atti de siempre. Sin embargo, todos se habían sobrecogido. Incluso Creta.