CAPÍTULO 24
─Tenemos que acampar , se va a poner el sol ─ ordenó Pantera deteniendo a su caballo.
En todo momento prestaba especial atención a los ancianos.
No se quejaban apenas, pero ella sabía que estaban fatigados.
Creta ayudó a Yarbha a bajar al suelo y después se marchó a buscar plantas silvestres para añadir a la cena.
─¡Ya era hora! ─resopló Nilo haciendo lo posible para que su hermana lo oyera─. Me estoy meando desde que hemos terminado de almorzar.
─¡Nilo! ¡Sé más educado! ¡Viajan dos maestros con nosotros!
─¿Qué pasa? ¡No he dicho algo tan malo!
Al parecer, a Pantera le importaban sus modales mucho más que a los dos nawales viejos, que se limitaban a reírse por lo bajo cada vez que aquellos dos discutían.
─¡Y no hace falta que te lleves el sable a todas partes! ─lo reprendió Pantera─. Un día te vas a cortar.
Nilo, sintiéndose infantilizado, se indignó y arrojó el sable con rabia sobre la hierba. Después, se dio media vuelta y desapareció detrás de las encinas.
─Menudo carácter ─opinó Elkerael─. Aunque no creo que tú fueras mucho más pacífica cuando tenías su edad.
A Pantera se le removieron recuerdos. Le vino a la memoria su propia adolescencia, cuando Nimeria y ella creían que eran las dueñas del mundo y que todo lo sabían… En su rostro se dibujó una lánguida sonrisa.
─No, no lo era. Lo admito. Pero alguien tiene que ponerle límites, ¿verdad?
Atti comenzó a prender una fogata. Se encontraba extrañamente taciturna.
Lorick se ocupaba de los caballos. Y Halcón tenía una mano apoyada en el centro del pecho.
Attaegina se ponía nerviosa cuando lo veía hacer eso, aunque en esa ocasión era distinto: el joven nawal hizo un gesto de dolor, como si le hubiesen clavado una espina.
─¿Qué pasa? ─le preguntó. Halcón se levantó de inmediato y comenzó a buscar algo con su mirada de rapaz. También los ancianos se habían dado cuenta.
─Alimañas ─pronunció Yarbha. Y, acto seguido, su bastón de luz se apareció en sus manos y empezó a trazar un círculo de protección.
─Halcón, acompáñame ─le pidió Elkerael─. Los demás no salgáis del círculo.
─¡Ayuda! ─se escuchó a lo lejos la voz de Creta.
─¡Mierda! ─exclamó Lorick echando a correr en dirección a los bosques. Attaegina se levantó de inmediato para seguirle, pero Halcón la retuvo.
─¡Tú no puedes hacer nada! ¡Quédate con Yarbha! ¡Yo me ocupo!
Atti no tuvo ocasión de protestar cuando Halcón ya le pisaba los talones a Lorick.
─¿Y Nilo? ─preguntó Pantera─. ¡Está solo! ¿Para qué le habré dicho que no se llevara el sable? ¡Tengo que ir!
─Te acompaño ─se ofreció Elkerael. Y se marchó con ella haciendo brotar de su bastón una luz que se proyectó en el cielo como el resplandor de la luna llena. Al percibirlo muchas alimañas se lo pensarían dos veces antes de acercarse, aunque no todas.
─¿Y yo qué puedo hacer? ─se lamentó Attaegina dentro del círculo de protección.
─Eres un ángel ─le contestó Yarbha─. Haz lo que haría un ángel.
Pero Atti no tenía ni idea de qué habría hecho un ángel en su lugar.
Halcón y los demás estaban todos en peligro y ni siquiera podía verlos en la oscuridad.
No muy lejos de ella, pero lo suficiente como para sentirse asustada y sola, Creta apuntaba con su última flecha al cuerpo decapitado de lo que una vez debió ser una mujer.
La cabeza la llevaba sujeta con un brazo.
Su mirada era horrenda, su piel estaba manchada por la podredumbre y su boca corroída sonreía con una mueca burlona.
Creta había acertado a darle varias veces seguidas, sin embargo no parecía servir absolutamente de nada.
Con los dedos trémulos tensaba el arco sabiendo que era su última oportunidad.
Quizás podría servir para disuadir a esa criatura y después escapar corriendo.
Pero entonces apareció Lorick y ensartó su arpón en la espalda de la alimaña, que rugió con auténtica agonía mientras se desvanecía hasta que no quedó de ella más que un puñado de ceniza sobre la hojarasca húmeda.
Creta bajó su arco muy despacio, todavía temblando, con la piel empapada en sudor frío.
Entonces Lorick, tratando de tranquilizarla, se acercó a ella.
─¿Por qué? ─preguntó Creta con la voz entrecortada─. ¿Por qué mis flechas no le han hecho nada?
Lorick se lo mostró de cerca.
─Plata, ¿recuerdas? Le di un baño de plata. Es el único metal que puede fulminar a las alimañas.
Creta observó el arpón con curiosidad, como si fuera la primera vez. En él vio reflejado su rostro, que en ese instante se había quedado pálido. Habría agradecido el consuelo de un abrazo de Lorick, descansar con la cabeza apoyada en su pecho hasta recuperar el aliento. Pero no podían entretenerse.
─Hay que buscar a Nilo ─anunció Lorick con urgencia─. No te separes de mí.
Por otro tramo del bosque, Halcón avanzaba sin hacer ruido.
Le bastaba la luz que Elkerael había proyectado hacia el cielo y también las señales de dolor que sentía bajo la piel, a la altura del corazón, para saber que una de esas criaturas del submundo estaba cerca.
Pero antes de encontrarla, tropezó con algo que no era una raíz ni un tocón seco.
Es más: le pareció que sus pies pisaban un brazo.
Rápidamente prendió una luz en el extremo de su bastón de nawal para comprobar de qué se trataba.
Entonces, su respiración se entrecortó y ahogó un grito al descubrir que se trataba de un cadáver.
Y él conocía su identidad, la de ese cuerpo pequeño y ligero que nunca terminó de crecer:
─¡Rey…! ─gimió─. Rey… No, tú no… Rey.