CAPÍTULO 23
El camino que en una ocasión Attaegina había recorrido alegremente con Halcón cuando se dirigía por primera vez a Teff parecía haberse vaciado de las bendiciones de entonces.
En silencio y atentos a cualquier presencia militar o de alimañas, ella y todos los demás lo recorrieron durante largas jornadas en paralelo, campo a través, para evitar las cañadas y los caminos.
Creta se mostraba algo más cooperativa, sobre todo con Lorick. Aunque continuaba evitando a Attaegina, que aún se sentía culpable por no comprenderla. Y Nilo discutía con Pantera a cada paso que daban sus caballos porque todo le parecía mal. Eran los únicos a quienes se oía.
─Perdóname por haber intentado decidir por ti ─le había dicho Halcón a Atti el día que partieron de Caliza─. Sé que no lo necesitas.
─Y yo sé que lo hiciste con tu mejor intención. Pero tienes que confiar en mí.
Anhelaba como nunca su compañía, tocar su piel, hablar con él.
Sin embargo, los días de viaje se consumían sin que pudieran encontrar el momento.
Además, Attaegina cabalgaba con Yarbha. El anciano nawal aún se sentía demasiado débil como para hacerlo solo y, entre ella y Creta, se turnaban para llevarlo.
─Abuelo Yarbha ─le preguntó en una ocasión, pues ella y su hermana habían decidido llamarlo así─, ¿por qué decidiste dormir tanto tiempo? ¿Por qué no te quedaste despierto, como Elkerael?
Yarbha se rio por lo bajo:
─¿Y pasarme siglos vagando por el mundo? Qué aburrimiento, no sé cómo ha tenido tanta paciencia. Yo, desde luego, no la tuve. Y aún me habría ido antes a dormir, de no ser porque…
Se quedó callado, probablemente recuperando algún recuerdo que había creído olvidar. Hablaba con más fluidez que la noche en que despertó, eso sí, y su pensamiento también se había vuelto más ligero. Sin embargo, tenía demasiadas memorias que recuperar.
─¿Por qué, abuelo? ¿No te gustaba Nueva Pangea?
─Bueno… Al principio Nueva Pangea se me presentó como un mundo engendrado en la oscuridad, como un rincón que el Cosmos tenía apartado, olvidado y que terminó siendo el refugio de los ángeles que habían perdido su luz y sus alas.
Los compadecí a menudo mientras yo continuaba conservando la naturaleza de mi raza, tranquilo porque podía marcharme en cualquier momento si las circunstancias se complicaban.
Pensé que mi labor era acompañarlos hasta aquí en esas naves que capearon la Lluvia Larga, y di por finalizada mi misión cuando llegaron todos a tierra firme.
Sin embargo, los años pasaron casi sin que me diera cuenta, y entonces nació la primera generación humana.
Sentí una misericordia sin precedentes al ver a esas criaturas privadas de alas con que volar, ciegas y sordas a la lengua del viento, del agua, de las montañas, de los bosques y sus criaturas.
Entonces les entregamos el conocimiento del fuego para que alumbraran sus noches y calentaran sus inviernos, y también les enseñamos a distinguir las plantas comestibles de las medicinales, pues Nueva Pangea nos hizo conocer sufrimientos que antes no existían ni siquiera en nuestra imaginación: hambre, dolor, enfermedad.
Los humanos necesitaban que todo les fuera explicado.
Habían heredado de sus padres la falta de confianza en el Cosmos y, lo peor de todo, habían nacido con la mancha de la culpa imprimada en cada una de sus almas.
»Jamás el pueblo angélico se había tenido que enfrentar a tamaña adversidad como los humanos, que sobrevivían a ella día a día.
Era tanta la falta de luz de este mundo residual que decidí, por piedad, no marcharme aún.
Entonces, Elkerael, Nabor y yo pensamos que, cuando nos fuéramos definitivamente, ellos necesitarían hablar con Padre Cielo y con Madre Tierra sin nuestra intervención, así que por eso iniciamos a los primeros nawales escogiendo con precisión a aquellos a quienes veíamos más preparados, para que fueran antorchas en las tinieblas.
Y con eso, yo pensaba que lo había dejado todo terminado.
Pero, bueno… Al final, jamás me marché, como ya sabéis.
─¿Qué te retuvo la segunda vez? ¿Tan desamparados los viste?
Creta, sigilosa, se había adelantado con Trueno hasta colocarse junto a ellos. A pesar de sus rencillas con Atti, le gustaba permanecer cerca del abuelo Yarbha y escuchar sus historias. El anciano prosiguió:
─En muy poco tiempo estuvieron listos para continuar sin ningún tipo de ayuda.
Ellos solos, ya sin nuestra intervención, desarrollaron conocimientos que nosotros no habríamos sido capaces de imaginar.
Si la vida en Nueva Pangea era dura, ellos lo eran más.
Nosotros les habíamos entregado el fuego y ellos desarrollaron la artesanía.
Nosotros les habíamos mostrado las plantas y ellos las domesticaron para tener qué comer todo el año.
Aprendieron a fabricar su propio alimento, su propia vestimenta.
Y cuando quisimos darnos cuenta, sabían medicina, astrología, creaban música…
Oh, sí, ¡música! El día que escuche música en Nueva Pangea comprendí que el corazón de los humanos continuaba unido al Cosmos, que en realidad nunca se habían separado de él, que la chispa divina vivía, y lo había hecho desde el principio, dentro de cada uno de ellos, y que, en el fondo, continuaban siendo ángeles.
Admiré sus avances, su capacidad para agarrarse a la existencia, daba igual cuántas desgracias acaeciesen sobre su raza.
Mientras permanecían en la inconsciencia y el miedo, los humanos podían llegar a comportarse cruelmente y con egoísmo.
Sin embargo, en el momento en que dejaban de temer por sus vidas y conocían el amor y la fe, se volvían compasivos, generosos, en resumen: divinos.
Los vi a unos entregando la vida por los otros, compartiendo todo cuanto tenían, dando asilo al pobre, un plato al necesitado y medicina al enfermo.
Y entonces conocí una fuerza aún mayor, un sentimiento capaz de hacer que un ángel se quedara aquí para siempre.
─¿El qué?
Yarbha respiró hondo.
─Conocí a una mujer humana. ─Attaegina y Creta intercambiaron una mirada, conmovidas. Mientras Yarbha hablaba, sus discrepancias quedaron a un lado─. Y ese día descubrí cuál es, sin duda posible, la obra más hermosa de la creación.
Una intensa emoción envolvió a los tres, que pasaron minutos sin hablar hasta que Atti insistió:
─Esa mujer, ¿era nuestra ancestra?
Yarbha asintió.
─Se llamaba Ceres, como vuestra hermana.
Con ella descubrí el amor de una esposa.
El amor a unos hijos, a unos nietos. Y lo cotidiano y el hogar se convirtieron en mis nuevos maestros, pues era más difícil entender a un niño con una rabieta que interpretar los mensajes del Cosmos.
En esos tiempos comprendí que la naturaleza humana entrañaba grandeza, que cada alma encarnaba con valentía en este mundo lleno de oscuridad para traerle un poco más de luz, y que el mérito mayor de los humanos es amar y perdonar.
Attaegina miró a Creta de soslayo. Amarse y perdonarse era algo muy complicado entre ellas. Lo lamentó.
─¿Cuándo te quedaste dormido, abuelo Yarbha?
─Renegué de la condición que mantenía mi cuerpo eternamente joven y decidí experimentar el deterioro físico de la vejez.
Quería acompañar a mi esposa en ese viaje que aquí se llamaba vida.
Un día, ella no se despertó. Creía que… Creía…
─Por un instante tuvo que detener su relato porque la voz se le mezcló con las lágrimas.
Creta y Attaegina escuchaban compungidas─.
Ese día experimenté un dolor nunca antes conocido.
Se me rompió el corazón porque una parte de mí vivía en Ceres, y una parte de Ceres se quedó para siempre en mí.
Así que continué un tiempo más, hasta que mis nietos envejecieron y tuvieron nietos.
Para un ángel, el paso del tiempo es diferente.
Sin embargo, el hecho de ver a mis vástagos caer, una generación tras otra, sembró en mí una suerte de nostalgia que arrojó mucho peso sobre mi corazón.
Y por ese motivo, un día yo tampoco desperté…
Hasta que el tonto de Elkerael vino el otro día a molestarme.
El anciano rompió a reír. Atti también. Incluso Creta, por lo bajo, soltó una carcajada.
─¿Estás hablando mal de mí, Yarbha? ─intervino Elkerael en tono divertido.
─A ver, a uno cuando lo despiertan después de varios cientos de años, pues… No esperes que te lo agradezca.
Los dos viejos nawales en ocasiones ralentizaban la marcha del grupo y a menudo discutían entre ellos por asuntos de poca importancia, sin embargo, aportaban una familiaridad especial al ambiente, y cada noche, cuando se reunían en torno al fuego, derrochaban buenas perlas de sabiduría por todos sus años vividos.
Además, la presencia de Yarbha parecía atenuar las diferencias entre Attaegina y Creta.
─De vez en cuando me habla un poco ─le contó Attaegina a Halcón durante el turno de vigilia, una de las últimas noches. Era el único momento en que podían estar a solas.
─Es tu hermana, en el fondo te quiere. Si no, no habría ido a Heimkel para hacerse pasar por ti.
─Pero…
─Piénsalo, Attaegina. No lo hizo solo por Lorick, aunque ella diga eso. Creta se jugó la vida.
─Ya… Y yo no he sabido darle importancia. Soy la peor hermana del mundo.
─Deja de torturarte ─susurró Halcón besándole la cabeza y abrazándola con ternura─. Ninguna de las dos lo ha tenido fácil.
─Yo siempre tomaba la iniciativa para cuidarla, para allanarle el camino.
Pero ella, al parecer, lleva toda su vida ofendida por eso creyendo que yo le robaba el protagonismo.
Y lo peor de todo es que no me daba cuenta.
Nunca me di cuenta hasta ahora: la veía tan tímida y esquiva que no le daba apenas la oportunidad de actuar o de opinar.
Y por eso mismo he pasado años eclipsándola, haciéndole sombra. Y ha sido sin querer.
─Bueno, considéralo una falta de diálogo.
Ninguna de vosotras dijo nunca qué necesitaba en realidad.
Tú cargaste con el papel de hermana mayor y madre mientras ella, para diferenciarse de ti y eludir la responsabilidad, se escondía en las cuadras y en los bosques y se fabricaba esa imagen dura, impenetrable.
Ahora sabes que sigue siendo la niña sensible que fue, solo que está muy dolida.
Dale tiempo para sanar, déjala crecer. El tiempo pone cada cosa en su lugar.
─Sí, el tiempo...
Alrededor todos dormían. El fuego se había apagado.
Se escuchaba el canto de los mochuelos, el viento atravesando las copas de los álamos temblones.
Cerca de allí bajaba un arroyo, el mismo donde Atti se arrojó sin pensar cuando Halcón la engañó, meses atrás, creyendo que había lanzado al agua las gemas.
Era el mismo arroyo junto al cual la besó por primera vez.
─¿Qué te preocupa? ─le preguntó Halcón. Attaegina quiso fingir que todo estaba bien, pero él ya la había cazado. Como una rapaz.
─Cuando nuestros caminos se separen de nuevo, pasará mucho tiempo hasta que pueda volver a verte.
Halcón olió el perfume de rocío fresco que su pelo siempre emanaba.
─Nos amamos ─le susurró─. No importa lo largos que sean los caminos. Siempre volverán a confluir. Siempre acudiré cuando me necesites. Palabra.
Pero no bastaron sus caricias ni sus promesas para apaciguar los tormentos de Attaegina: recordaba las advertencias de Elkerael, intuía que Halcón iba a necesitar su ayuda.
Temía que algo malo le pudiera suceder. Y mientras trataba de calmarse abrazada a su cuello, buscando con los labios el aroma de su piel, Halcón se llevó una mano al pecho repitiendo ese gesto que tanto la inquietaba y que cada vez repetía con más frecuencia.