El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

─Así que ese es el niño prodigio ─comenzó la suma sacerdotisa enarcando una ceja con cierto deje de incredulidad. Nabor lo captó.

─¿No te lo parece?

Ibis se encogió de hombros y dio un sorbo a su copa en actitud indolente.

─Es un buen soldado, ya lo creo ─añadió─. Leal, obediente, dócil… Más bien parece un corderito. Pero intuyo que bajo esa apariencia vive un chacal. Corrígeme si me equivoco.

Siguió bebiendo mientras Nabor asentía.

─Vas bien encaminada, querida. Tú también te has dado cuenta, ¿verdad?

─¿Te refieres a… el halo que transmite? ─Ibis se quedó callada, pensativa.

Durante un único instante, cuando vio la trenza de Attaegina, el manso semblante de Minos pareció no ser más que los barrotes de una jaula que retenía a una bestia ávida de sangre y destrucción─.

La muchedumbre cree que será tu sucesor: Minos el Heredero, lo llaman ya algunos.

Al pueblo le gusta su carácter y por todo Alandum se narran sus hazañas.

Parece que en el campo de batalla es temible…

He visto que tiene un sello tatuado en el pecho, o mejor dicho, los restos de un tatuaje. ¿Se lo pusiste tú?

─Sí, fui yo.

─¿Cómo? ─se sorprendió la Matriarca haciéndose una idea de lo que eso significaba.

─Minos tenía cinco años la primera vez que lo vi. El pobre vagaba como un perro por los suburbios de Virim buscando comida en la basura. Entonces le pregunté por qué no estaba con su madre y si tenía hermanos o casa. Me respondió que una alimaña se los había comido a todos…

─Entiendo… ─respondió Ibis sobrecogida por el relato al comprender la verdadera historia de ese joven corderillo.

─No había ninguna alimaña por allí cerca.

Lo supe en seguida en cuanto lo miré a los ojos y encontré en el fondo de sus pupilas a una bestia del submundo atrapada en ese cuerpo de niño desnutrido.

Los vecinos lo sabían, le temían, se escondían al verlo pasar por la calle.

Minos había devorado a su propia familia, solo que no se acordaba de nada.

Entonces me pareció prometedor, por eso me lo traje a Teff y me ocupé de que recibiera educación y ciertas atenciones.

Le grabé un sello de contención en el pecho para que ese monstruo no pudiera salir a flote, al menos hasta que yo pudiera dominarlo.

─Pero el sello ya casi se le ha borrado.

─Exacto, porque ya ha cumplido veintidós años.

A esa edad cualquier sello desaparece. Minos está en la flor de la vida, es el momento perfecto para que desarrolle todo su potencial.

Con alguien como él a mi servicio, no volveremos a necesitar a Molok.

Además, el diablo calamar no puede desplazarse por tierra.

Con Minos a la cabeza de mis ejércitos, no habrá pueblo que pueda resistirse a mi yugo.

─Parece un plan maestro elaborado durante siglos, tal vez ─opinó Ibis haciendo alusión a la longeva edad de Nabor, que había visto reinos levantarse y caer mientras su trono continuaba intacto─.

Pero hay un detalle que no me cuadra. Cuando Minos te ayude a poseer la totalidad de Nueva Pangea, ¿qué le darás a cambio?

¿Puedes ofrecerle algo que iguale en proporción a su poder?

Si es un diablo, te pedirá algo muy valioso.

Nabor esbozó una sonrisa magnánima y se señaló a sí mismo:

─Le di la vida ─respondió.

─¿Es hijo tuyo? ─se sorprendió Ibis. El Patriarca asintió jactándose de su plan perfecto, un plan que no tenía grietas. De pronto, la suma sacerdotisa ató todos los cabos─. Las profecías de Calíope empiezan a cumplirse… Minos es…

─Un diablo siempre será leal a quien le dio la vida. Es la Ley. Se acabaron los pagos, los intercambios, los sacrificios de doncellas, los chantajes. Minos me obedecerá incondicionalmente. ¿Entiendes ahora su mansedumbre?

Ibis, todavía boquiabierta, trataba de ordenar toda la información que acababa de recibir. Si Minos era hijo de Nabor, si había nacido en los tiempos que eran, entonces solo podía tratarse de…

─El Ángel de la Codicia… ─murmuró. De repente una sensación aciaga la invadió, una mezcla de miedo y vértigo. Quizás fue por pronunciar esas palabras. Era un secreto demasiado grande, demasiado peligroso, y Nabor se puso un dedo en los labios para recordarle que aún debía callar.

─Ese no es su verdadero nombre ─dijo en tono pertinaz─. A propósito de eso, ¿qué sabemos del manuscrito auténtico?

La suma sacerdotisa perdió de un plumazo todo su porte y su autoridad porque sabía que a Nabor no le iba a gustar la respuesta.

─Todavía no ha aparecido ─informó sin más. El Patriarca no sonreía.

─Lo necesito, pronto. O lo encontrarán antes ellos.

─Lo estamos buscando sin descanso...

─¿Cuánto más vas a tardar, Ibis?

Nabor no elevó su tono de voz, pero sus palabras sonaron tan amenazantes como serpientes venenosas. Ibis notó que se le enroscaban por el cuello, peligrosamente, que podrían morderle la yugular en cuanto se despistara y verter en su sangre un veneno más que mortal.

─A veces no me explico, con tus poderes y tus dones, siendo suma sacerdotisa del Imperio, cómo no eres capaz de encontrar un maldito rollo de papiro.

─Ya te dije que los arcanos no quieren hablar ─se excusó ella con la voz ligeramente temblorosa─. Ese nawal al que interrogué, Casio, ha debido de protegerlo como hacen los de su estirpe, es decir, bajo alguna fuerza cósmica que me impide rastrearlo.

El Patriarca la escuchaba atento, sin mutar la dureza de su mirada tuerta, aunque aceptó sus excusas una vez más.

─Nos corre prisa, Ibis. Sé que Attaegina y los suyos volverán para terminar con Molok y con mi imperio, y ya has visto de qué fueron capaces la última vez.

Calíope también vio eso en sus profecías.

Ella era la más grande profetisa que haya pisado Alandum, pero al parecer decidió traicionarme entregándome un par de escritos incompletos que no sirven para nada.

Ha sido como leerle un cuento a un niño: Minos no experimentó ningún cambio cuando pronuncié los decretos que figuraban en ese papiro.

Esperaba que cambiara de aspecto, que su fuerza se multiplicara, pero no.

Necesito leer qué escribió exactamente Calíope en el manuscrito original, solo en él está la clave para despertar al Ángel de la Codicia.

Si no conseguimos ese documento o su contenido, despídete de ser Matriarca.

Ibis aborrecía que la comparase siempre con aquella profetisa muerta hacía cientos de años pero que aparentemente continuaba ocupando un lugar de honor en la memoria de Nabor.

¿Por qué ella no alcanzaba a poseer aquellas capacidades de adivinación, si se había dedicado en cuerpo y alma a ello durante toda su vida?

─Mi señor ─habló en tono de sumisión absoluta─, dame otra oportunidad. Esta vez no fallaré. Sé cómo hacerlo.

Nabor ladeó la cabeza, escéptico.

─¿Lo sabes?

Ella asintió.

─Aún nos queda medicina del Gran Laurel. Quizás a través del trance yo podría ver lo que no me muestran los arcanos.

─Entonces, ordena que toda quede reservada exclusivamente para tu uso. Quiero ese papiro. Y que sea pronto, Ibis. Que sea pronto.

Ella asintió y, disponiéndose a marchar, dejó la copa de vino todavía llena, momento en que el Patriarca sujetó suavemente su brazo, acariciando ahora su hermosa piel como si quisiera retractarse por su rudeza.

─¿Qué sabemos de tu hermana melliza?

Su pregunta despertó en Ibis un odio profundo.

─Su cadáver nunca apareció, sin embargo, intuyo que sigue viva en algún lugar.

─Las historias de traidores ya hasta se me antojan graciosas… Sekmis es otra más. El caso es que hacía tiempo que la notaba extraña. Pero tú nunca me traicionarás, ¿verdad, Ibis?

El Patriarca se fundió con ella en un beso largo y ardiente.

─Jamás, mi señor ─le susurró Ibis al oído─. Jamás.