El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Poco se sabía aún del Patriarca más que lo que contaba de él Ibis, su futura consorte, la Matriarca, como empezaban a llamarla por Teff.

Y es que Nabor todavía no había salido de sus aposentos privados desde la contienda contra Molok y allí no habían entrado más que sus médicos y criados, todos bajo la supervisión de la suma sacerdotisa, claro.

Sin embargo, aquella tarde haría una excepción en sus restringidas visitas.

Fue la propia Ibis, acompañada por su escolta personal, quien recibió en el vestíbulo de palacio al grupo de valientes soldados que habían viajado hasta Heimkel por orden de Nabor, a la cabeza de los cuales destacaba un general cuyo nombre estaba últimamente en boca de todos: se trataba de Minos, un joven procedente de las costas de Virim que, con apenas veintidós años, se había convertido indudablemente en el guerrero preferido del Patriarca.

Ibis lo analizó de un primer vistazo encontrando sobre la piel de su pecho, a la altura del corazón, un enigmático trazo circular que tal vez en otro tiempo se vio nítido, pero que ahora mostraba partes borrosas.

Era indudablemente el sello de protección de un nawal .

Cuando la suma sacerdotisa apareció ante los soldados, Minos se acercó a ella y se arrodilló para besarle los pies, como indicaba el protocolo.

A pesar de la rudeza de su aspecto, de las cicatrices grotescas que salpicaban sus hombros y brazos y de la suciedad de su ropa, su decoro y su obediencia eran intachables, sin duda propias de un siervo perfecto.

Detrás de él, todos sus hombres se arrodillaron hasta tocar el suelo con la frente y ninguno se movió hasta que Ibis no les concedió el permiso.

─ Podéis alzaros ─ ordenó con severidad . Ellos obedecieron cuidándose bien de no mirarla directamente a la cara. Era sabido de sobra que la belleza de Ibis podía compararse a la de una diosa pero, del mismo modo, el castigo por contemplarla era peor del que un dios podría soportar.

─Mi señora, aquí la tengo ─le dijo Minos mostrándole una funda de cuero y poniéndola en sus manos. Ibis la recibió de buen grado.

─Gracias, general. El Patriarca os recompensará con creces, a ti y a tus hombres. Podéis entrar: hoy en palacio se os dará de comer y de beber, una cama donde dormir, ropa limpia, medicina y un baño en las termas. Los esclavos os asistirán.

─Os lo agradecemos enormemente, mi señora.

Mis hombres están exhaustos. Vuestras atenciones, sin duda, les reconfortarán.

Sin embargo, en mi caso yo quisiera visitar cuanto antes al Patriarca, siempre y cuando él no se sienta indispuesto.

Mi sed, mi hambre y mi fatiga no significan nada si se me permite verlo.

Con el rostro cabizbajo, el pelo ensortijado de Minos se derramaba hasta su pecho como un manojo de racimos de uva negra.

Ibis no lo había conocido hasta ese momento en persona, sino solo por lo que Nabor le había contado.

Y ella misma se convenció de que el Patriarca se hallaba en lo cierto: a lealtad nadie ganaba a ese joven militar, quien permaneció inmóvil mientras la suma sacerdotisa deliberaba, considerando si esa visita inesperada importunaría o no a Nabor.

─Está bien, general. Yo misma te autorizo. Sígueme.

La escolta de Ibis los acompañó y, en cuestión de minutos, cruzaron los largos pasillos de mármol y oro, perfumados con copal y yagra, hasta llegar a los aposentos privados de Nabor, que prácticamente constituían un pequeño palacio dentro de otro.

Las mismas palmeras que habían visto nacer a la dinastía de los patriarcas rodeaban una maravillosa fuente de piedra en el centro del patio que unía ambas edificaciones.

Ningún ciudadano de a pie había logrado jamás llegar hasta allí, ni siquiera todos los centinelas ni todos los sirvientes tenían autorización para acceder.

De un soldado cualquiera Ibis habría esperado que esos lujos lo sorprendiesen, que lo distrajeran como a un estúpido provinciano admirado por la belleza de la arquitectura.

Contaba incluso con que Minos, llegados a ese punto, mostrara por fin la fanfarronería de cualquiera al ser tratado con tantos honores.

Sin embargo, el joven general continuó imperturbable, caminando con la mirada en el suelo para no faltar a las formas.

Un joven peculiar, sí. Y muy pero que muy obediente, como a Ibis le gustaba.

Cuando llegaron por fin a la cámara de Nabor, Ibis se abrió paso en primer lugar indicando a Minos que debía esperar en silencio.

La estancia se hallaba en completa penumbra.

Una lámpara de aceite era toda la luz de la que el Patriarca se valía para guardar reposo, y sobre un quemador de oro ardía un puñado de granos de benjuí.

Junto a la gran cama hacía guardia uno de sus médicos, preparado en todo momento para cubrir las demandas de su amo y señor.

─Mi señor ─susurró Ibis muy cerca de Nabor despertándolo de un sueño quebradizo─. Es él. Ya está aquí.

Nabor se incorporó con dificultad, ayudado por la suma sacerdotisa. Luego pidió que se prendieran más luces. Después de todo, hacía tiempo que no recibía una visita interesante, y al parecer aguardaba la de Minos con no poca expectación.

─¿La ha traído de vuelta? ─le preguntó a Ibis.

Ella asintió con la cabeza y le entregó la funda de cuero que Minos le había dado nada más llegar a las puertas de palacio.

Al tenerla de nuevo en sus manos y comprobar que dentro estaba aquello tan valioso que le prestó, Nabor sonrió satisfecho─.

Dile que pase. Y que le sirvan una copa del mejor de mis vinos.

Apenas unos minutos después, Minos entraba en la cámara de Nabor guiado por Ibis.

Se le ofreció asiento y se le sirvió vino mientras el Patriarca caminaba con dificultad hacia él: privado de una pierna, comenzaba a coger soltura apoyándose en una prótesis de madera de boj anclada a su rodilla derecha.

Los mordiscos de Molok, que le habían atravesado la carne de muslos, torso y brazos clavándose hasta sus huesos, cicatrizaban lentamente pero sin peligro ya para su vapuleada salud.

Pero lo peor no era el estado de su cuerpo, sino el de su rostro, aunque solo unos pocos autorizados, como Ibis y sus médicos, sabían que la ausencia de uno de sus ojos no tenía arreglo. El Patriarca se había quedado tuerto.

─Mi señor ─dijo Minos nada más verlo llegar. Se levantó de inmediato y lo reverenció arrodillándose hasta tocar el suelo de la estancia con su frente.

─Álzate, general. Quiero que tengamos una conversación de hombre a hombre.

Minos obedeció sin más y volvió a tomar asiento mientras Nabor se acomodaba como mejor podía en un triclinio.

─¿Quieres más vino? ─le preguntó haciendo alarde de su generosidad.

─Estoy servido, mi señor.

─Bien, bien… Eres un siervo leal.

─Usted sufragó mi educación. No puedo más que agradecer.

─Solo he hecho lo que un padre debería hacer por cualquiera de sus hijos, Minos. Ahora mi semilla, veo, ha dado fruto con creces. Cuéntame, ¿qué pasó en Heimkel?

El semblante de Minos era pétreo, como si no cambiara de expresión. De hecho, en ningún momento los halagos del Patriarca lo hicieron engreírse o ruborizarse.

─El Clan del Salmón pretendió someter a Molok, adueñarse de su voluntad utilizando a la chica ángel.

Consideré que era una burda imitación de usted y de la grandeza de Alandum.

Esos nórdicos eran guiados y asesorados por una hechicera vieja a la que llamaban Titania, su matriarca.

Ella intentó entregar a la chica ángel pero, al parecer, el nawal joven y los otros infelices que lo acompañan tenían todo previsto para rescatarla.

─Attaegina Mentastro… ─murmuró Nabor, despacio, como si pronunciar ese nombre le escociera en las heridas─. ¿La viste?

Minos asintió con la cabeza.

─Sí. La vimos escapar con el nawal . Mis hombres podrían haberla abordado sin dificultad, pero me limité a ejecutar lo que usted pidió.

─Bien, bien… Bien hecho, Minos. La chica ángel, de momento, no es la mayor de mis preocupaciones. Ni ella ni el nawal . Y, ¿sabes por qué? ─Minos no gesticuló. Su perfil rectilíneo parecía haber sido tallado con armonía y dedicación por un talentoso escultor. Nabor prosiguió─: Porque tenemos esto.

Vació en sus manos la misteriosa funda de cuero y, de su interior, como una serpiente dormida, se derramó una larga trenza anudada por ambos extremos.

─La trenza de un ángel. Molok me hizo todo esto porque le impedí tragársela. Tuve que sacarme un ojo y dárselo de comer para apaciguarlo: mírame.

Minos no supo bien cómo interpretar esa orden, pero Nabor insistió:

─Sí, Minos, te digo a ti. Puedes mirarme a la cara. A partir de hoy tienes mi consentimiento, por tu lealtad. Considérate un privilegiado.

Cuando el joven general obedeció, el Patriarca se descubrió el rostro retirándose la máscara de oro. Ibis, que permanecía de pie en la puerta de la cámara, no hizo ningún guiño de desaprobación. Dedujo que Minos se había ganado de sobra la confianza de Nabor.

─Attaegina Mentastro debe de creer que Molok la engulló ─continuó─.

Su intento fue muy bueno, no digo que no, salvó a sus amigos pero, pobre idiota, no conoce las consecuencias de dejar en manos de otros algo tan poderoso como una trenza.

Será un ángel, pero sigue siendo una pueblerina...

En fin. Cuéntame, Minos, ¿qué poder tiene la trenza de Attaegina? ¿Cómo se comportó la bestia?

Nabor sujetaba la trenza con una mano, la sostenía por un extremo dejando el resto colgando hacia abajo.

Minos la observaba fijamente, como si estuviera hipnotizado por ella.

En ese instante, algo cambió en su cara.

Algo imperceptible para la mayoría, pero no para Nabor ni para Ibis, que analizaba cada una de sus reacciones.

Se diría que esa trenza despertaba en él un extraño apetito reprimido durante mucho tiempo.

─Molok se dio cuenta en seguida de que la tenía yo ─relató el joven general.

Su tono de voz, a diferencia de otros militares de alto rango, carecía de pasión y de altivez─.

El diablo calamar salió de las aguas y arrambló con todo cuanto se cruzó a su paso.

Ignoro si esa bestia puede comprender la diferencia que hay entre Attaegina y su trenza, pero esta última sirvió a nuestro propósito.

Molok detectó su olor y se volvió loco, justo lo que usted quería.

La matriarca de los Salmón perdió en ese instante todo el control que tenía sobre él y, automáticamente, Molok me obedeció solamente a mí.

Fue muy fácil. Cuando mis hombres y yo nos retiramos, la bestia estaba tan enfurecida que se cebó con los miembros del Clan del Salmón que intentaron detenerlo o escapar.

Devoró a muchos de ellos y destruyó sus murallas, hundió sus pesqueros y la mayoría de sus drakares .

La ciudad de Heimkel ha quedado prácticamente destruida y dudo que muchos de sus habitantes sigan con vida, pues la mayoría estaba en la playa cuando todo sucedió.

Todos querían asistir al sacrificio de la chica ángel.

─Entiendo ─caviló Nabor sorbiendo un trago de vino─. Sin embargo, Molok no ha regresado a Teff por voluntad propia. Últimamente lo noto… Rebelde, sí. Esa es la palabra. Ya no me obedece como antes.

─Pero, ahora que he traído la trenza de vuelta, puede ofrecérsela como alimento. ¿No es así como funciona, mi señor?

Nabor sonrió con perfidia mostrando el oro de sus dientes, donde se reflejaba el fuego de las teas. Minos lo vio de reojo y se cuidó de desviar su atención a otro lugar, pues a ún no se sentía cómodo mirando al Patriarca directamente a la cara, por mucho que aquel insistiera.

─En efecto, así funciona. O mejor dicho, así funcionaba.

Molok desde siempre ha obedecido a cambio de comida.

Es un diablo muy primitivo, como puedes imaginar.

Pero desde que probó el sabor de Attaegina, no ha vuelto a conformarse con nada de lo que le ofrezco.

Por el momento, esa trenza nos servirá para manejarlo, sin embargo, empieza a molestarme.

─Mi señor, puedo encontrar a la chica y traerla. Será pan comido para mis hombres y para mí. Si eso basta para que…

─No, no… ─lo interrumpió el Patriarca negando con la cabeza─. Valoro tu fidelidad y tu eficiencia, y sé que lo harías, no me cabe la menor duda. Pero, piénsalo: una vez se trague a la chica ángel, ¿qué será lo siguiente? Sería un desperdicio.

Minos no sabía qué responder. Mientras tanto, Ibis se cruzaba de brazos, apoyada contra una columna, sin dejar de escuchar con atención. ¿Cómo iba a saber ella que esa cabra sin amaestrar sería tan importante?

─Me hace entender usted que esa chica es… ¿especial?

─Puede que lo sea, sí. Aún está por descubrir. Pero apunta maneras desde que fue acogida en el Templo del Laurel. Sería un desperdicio entregarla, a ella o a su trenza, a un diablo incapaz de apreciar semejante bocado. En cualquier caso, me resultará más útil en la boca de otro diablo.

─Entonces, ¿no quiere que la capturemos?

Nabor intercambió un gesto de complicidad con Ibis, quien probablemente ya había vaticinado algo al respecto. Luego, se inclinó con dificultad hacia el joven y le dio una palmada en el hombro.

─Attaegina acabará viniendo a mí, con el nawal joven. Ya lo verás. Entonces sí te necesitaré, Minos.

─Entiendo.

Nabor apuró su copa. Minos apenas había bebido, pero al darse cuenta imitó a su anfitrión y se tragó todo el vino para no parecer descortés.

─Eres un buen chico ─le dijo el Patriarca─. Ahora sube a tus aposentos. Mereces el mejor de los descansos, hijo. Se te dará cena, cama y a la esclava más complaciente de palacio.

Minos asintió como si estuviera recibiendo otra orden. No mostró euforia ni se regocijó, sino que solo dio las gracias. Se despidió arrodillándose ante el Patriarca y le besó el empeine de cada pie, y cuando estaba a punto de marcharse, aquel le prometió:

─Serás recompensado, con creces. Y recuerda: te convertiré en el guerrero más poderoso que haya existido jamás.

El joven general dio las gracias de nuevo y, ahora sí, abandonó la cámara privada del Patriarca escoltado por dos de sus centinelas.

En cuanto a Ibis, que no había abierto la boca ni una vez, se sirvió vino y se acercó a Nabor caminando despacio.

Con esa gracia seductora que caracterizaba sus movimientos, se sentó frente a él y, mirándolo sin ningún pudor, cruzó sus hermosas y bien torneadas piernas una sobre otra. Era el turno de la Matriarca.