CAPÍTULO 20
Pocas horas después, cuando apenas había despuntado el alba, Creta ya se hallaba en las cuadras dando los últimos cuidados a los caballos que necesitarían para continuar el viaje.
Ella no, claro. No pensaba formar parte de esa comitiva encabezada por nawales , por mucho que uno de ellos fuera su abuelo o tatarabuelo.
Mientras ensillaba a los caballos del desierto, su robusto bériko la miraba de reojo masticando un pedazo de pan seco.
Se acercó a él y lo besó en la testuz. Con nadie más que con ese animal se había permitido jamás mostrar tanta dulzura y dedicación.
─No te preocupes, Trueno. Tú y yo nos quedamos tranquilos, en casa. Nada de cabalgar durante días ni de dormir a la intemperie. Con ese viaje a Heimkel hemos tenido suficiente, ¿verdad?
─Creta, ¿estás ahí? ─se escuchó la voz de Lorick.
Creta se quedó rígida y palideció al mismo tiempo que se ruborizó.
No había vuelto a hablar con él desde el día del rescate.
Además, se cuidaba bien de retirarle la mirada si notaba que él intentaba buscar en ella algún gesto de complicidad o simplemente contacto visual.
Pero en las cuadras no tenía escapatoria.
Lorick se acercaba. Ni siquiera tenía a Nilo cerca para desviar la conversación. No. Lorick y ella, solos.
─Creta, he venido a decirte que…
Creta permaneció en silencio, de espaldas a él. No quería verle, pero se deshacía en deseos de perderse en sus gélidos ojos azules. «¡Olvídalo, estúpida!», se dijo.
─¿Qué? ─se limitó a preguntar en tono mordaz.
─Quería darte las gracias por todo. Y también quería decirte que te echaré de menos hasta que regrese a Caliza.
Creta se deshizo al oírlo tan sincero. Se había preparado para recibir un golpe, ¡no para saber que él la echaría de menos!
Sin embargo, continuó inmóvil, impenetrable, pues no quería darle a Lorick el gusto de que la viera débil, llorosa o suplicante.
Se armó de toda la soberbia que pudo y respondió:
─Y eso, ¿por qué? ¿Qué echarás de menos? ¿Una mano derecha que te ayude en tus hazañas? Ahora tienes a todos los demás: nawales , una adivina y a mi hermana. Ya no me necesitas.
«Pero, ¿por qué he tenido que decirle eso?», se arrepintió. Era su más incorregible defecto: cuando se sentía vulnerable sabía cómo envenenar sus palabras para contraatacar, palabras que no pensaba ni sentía. ¡Se sintió fatal! Lorick perseveró:
─Te echaré de menos. Y no es por nada de lo que tú dices. Tenerte a mi lado en el camino lo ha hecho todo mucho más fácil. En nadie habría confiado tanto como en ti para jugarme la vida.
Los latidos de Creta se agolpaban dentro de su pecho provocándole una sensación realmente angustiosa, como si fuera a reventar.
Las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas sin que ella les hubiese dado permiso, y por eso se las empezó a enjugar con las manos antes de que Lorick se diera cuenta de que estaba llorando por él.
Quería responderle pero, si lo hacía, la delataría una voz quebradiza, pues acababa de romperse otra vez.
Tan solo pudo tomar aire y respirar hondo para tratar de calmarse.
─Sé que estás llorando, Creta ─dijo Lorick─. Te conozco bien. Conmigo no sirve de nada que disimules.
Al oír eso, ella lo amó a la vez que lo odió. Se dio la vuelta bruscamente y, mientras se secaba la cara con la manga, le respondió:
─¿Y qué si estoy llorando? ¿Qué le importa eso a… nadie?
Lorick se quedó quieto, sosteniendo su mirada.
Posiblemente, su frialdad era la calma que sosegaba los impulsos de Creta.
Así lo sentía ella, así lo necesitaba. Creta conocía mejor que nadie su nobleza, su lealtad, incluso su risa: cuando se iban juntos a galopar, únicamente en esos instantes Lorick reía.
Ni siquiera Atti lo había escuchado reír así, a pleno pulmón.
─Perdóname, Creta. Por todos mis errores. Por lo de tu trenza. Yo lo he hecho fatal…
─El pelo crece.
Sus ojos azules eran los más bellos que había visto en un hombre, pero cada vez que los miraba aún encontraba en ellos el doloroso recuerdo de Attaegina, pues una parte de Lorick la añoraba.
Una mezcla de tristeza y rabia se conjugó en sus entrañas formando un nudo que no la dejaba respirar.
Cualquier palabra que saliera en ese instante de su boca se mancharía con lo peor de su resentimiento.
Por eso prefirió mantener los labios cerrados.
Quería que Lorick se apartara cuanto antes de ella, que se marchara, lejos, ¡que no regresara más por Caliza!
Y no porque no lo amara, todo lo contrario.
Pero tenerlo cerca y saber que él no le correspondía era más sufrimiento del que podía soportar, un dolor sibilino que a la larga terminaría por dejarla sin aliento.
El silencio se tornó incómodo, tenso. Creta ni siquiera pestañeaba.
Y Lorick, en realidad, no sabía muy bien qué más hacer.
─Pues eso... ─continuó─. No quería marcharme sin pedirte disculpas. Siento haberte hecho tanto daño, Creta. Ojalá puedas perdonarme algún día.
Ella seguía fulminándolo con la mirada, cruzada de brazos, con la barbilla ligeramente levantada. Su orgullo era una fortaleza impenetrable. Y Lorick, que lo sabía bien, se giró y se marchó cabizbajo. Pero antes de que cruzara el umbral de la puerta de las cuadras, Creta se rindió en su porfía:
─Espera, por favor...
Para su fortuna, Lorick se detuvo. Adoraba su figura larga y sus hombros fornidos. Cuando él se dio la vuelta, dispuesto todavía a dialogar, Creta habló con un hilo de voz:
─Yo siento mucho que hayas perdido a tu padre.
La expresión de Lorick no reveló el dolor de una pérdida. Continuó fría. Creta lo interpretó como una manifestación de paz.
─Descuida ─respondió.
─Lo digo en serio, Lorick. He sido muy poco considerada contigo estos días atrás y...
Lorick avanzó hacia ella. ¡Se puso nerviosa! Él le sostuvo una mano con fuerza.
─Yo también he sido desconsiderado contigo. Tranquila, no le des más vueltas a lo de mi padre.
─Pero, ¿estás bien?
Bastaron segundos para que la arrogancia de Creta quedara en agua de borrajas.
Tal vez fue el tacto de la piel de Lorick: amaba sus manos angulosas.
O tal vez fue tenerlo tan cerca, escuchar su voz, mirarlo a la cara.
Él era el único que conocía la manera de reblandecer su duro corazón.
Para Atti, Lorick era hielo, metal, frialdad.
Para Creta, era calma, templanza y sosiego.
─Estoy bien. Sí.
El espacio que los separaba se había quedado muy estrecho, tanto que se respiraba de repente demasiada intimidad. Entonces Lorick soltó su mano, despacio.
─Desearía que me acompañes en este viaje también ─le propuso.
Antes de que Creta pudiese discernir, mucho antes de que sus anhelos se dividieran y empezaran a abrumarla, Lorick continuó hablando─: Pero no quiero volver a ponerte en peligro.
Me hará feliz que puedas quedarte en casa, con tu padre y con tus hermanos.
Creta hizo un esfuerzo sobrehumano para no llorar delante de él. ¿Qué tenía Lorick, aun con esa apariencia distante, para conmoverla de semejante manera? En lugar de responder se limitó a asentir. Entonces, en el rostro del nórdico se adivinó una expresión de satisfacción. Luego se despidió:
─No sé si te veré después, cuando partamos. Los nawales aún duermen. Pero quería despedirme de ti. A solas.
─¿Me prometes que volverás?
─Está hecho.
Lorick abandonó las cuadras, pero en ellas había dejado un silencio profundo, una paz reparadora para un alma atormentada. Creta ya no estaba enfadada, aunque se sentía vacía. Si a Lorick le sucedía algo, ya no tendría oportunidad de verlo más, ni siquiera para sufrir por su amor no correspondido.
─¿Qué tal se encuentran nuestros caballos? ─irrumpió de pronto la jovial voz de Nilo─. ¿Listos para otro viaje interminable?
A Creta no le apetecía conversar con nadie. Ni siquiera con él. Nilo lo notó tan pronto como la miró.
─Bueno, bueno... Ya me voy...
─Espera ─lo detuvo. Las horas de vigilia juntos habían convertido a Nilo en un confidente muy especial. Con él se atrevía a hablar de las cosas que con los demás se avergonzaba, pues él conservaba aún fresca el alma de un niño.
─¿Y ahora qué te pasa, Creta?
─Pues...
─Me he cruzado con Lorick.
Nilo le dedicó un guiño y Creta se volvió hacia Trueno, fingiendo que tenía que cepillarlo, con el rubor en las mejillas y el pulso trémulo. Finalmente confesó:
─Quiero acompañaros. ─Nilo no dijo nada. Ni siquiera se mostró sorprendido. A Creta le habría gustado que le insistiera un poco, pero el chico permaneció callado, cruzado de brazos, observándola con una mueca divertida─. ¿Por qué me miras con esa cara? ¿He dicho algo gracioso?
─Ha sido el rubio, ¿eh? ─Se rio─. Igual, si te lo hubiera pedido yo, no habría colado. Pero te lo ha pedido Lorick, ¿verdad? ¿Te ha pedido que vengas con nosotros?
─¡No exactamente! ─exclamó hecha un manojo de nervios─. Solo me ha dicho que le gustaría que lo acompañara.
─¡Eso es como si te lo hubiera pedido! ¿Es que no lo ves? Intenta arreglar las cosas contigo y tú, tendrás valor, sigues haciéndote la dura... ¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte en casa gruñendo?
Creta se cubrió la cara con las manos. Era demasiado tímida, le gustaba pasar desapercibida como a los pájaros que observaba en el bosque desde niña.
─Nilo, ¿crees que haré demasiado el ridículo si decido...?
─¡Déjate de dramas, anda! ─resopló. Y se dio media vuelta para salir de allí.
─¡Espera! ¿A dónde vas?
─A decirles a los demás que contamos contigo.