El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Era ya de noche. De hecho, era muy tarde, pero los niños no querían irse todavía a dormir.

Ellos también querían ver el espectáculo de luces salpicando el cielo, al igual que todos los habitantes de Caliza.

No se trataba en realidad de ningún espectáculo ni truco de magia, sino de los tres nawales trazando un círculo de protección alrededor de la aldea, un círculo que haría a Caliza invisible a la vista de las alimañas, como había sido siempre en realidad.

─El abuelo Yarbha nos protegió durante siglos ─le explicó Attaegina a su padre, ambos sentados en el patio─.

Su presencia en nuestro hogar puso a Caliza a salvo de las huestes de criaturas que rondan las mesetas.

Ahora que Yarbha se marcha, ha querido asegurarse de que su protección continúe recayendo sobre todos vosotros.

─Sí, el consejo de ancianos así lo ha reconocido ─respondió con cierto resentimiento recordando con cuánto desprecio habían tratado a su primogénita─. Ahora nos lo agradecen y todo...

Yarbha caminaba muy despacio apoyándose en un bastón de luz que había brotado de sus manos.

Había otro en las de Elkerael. Halcón llevaba el suyo, un bastón físico de madera de olivo.

Los tres, en fila, recorrían el perímetro de la aldea pronunciando decretos de protección por cada tres pasos dados, en voz muy baja.

Se habían alejado del hogar de los Mentastro y en la oscuridad de la noche ya no se distinguían sus figuras, pero sí la luz blanca que irradiaban, una luz limpia que, poco a poco, fue tejiendo una bóveda brillante sobre la aldea.

─Oye, hija… ─comenzó Aleff bajando la cabeza con cierto pudor─. Quisiera saber si… ¿Rompiste tu compromiso con Lorick?

Atti sintió que las mejillas le ardían súbitamente. Nunca había hablado con su padre de esos asuntos, pero consideró que tenía que darle una explicación:

─Sí, lo rompimos. Ya no somos más que amigos.

─Ah…

Ella no dio más razones. Su padre insistió:

─Me he fijado en cómo te comportas con Halcón. Sé que él te salvó de Molok dos veces. Bueno, según me habéis contado, Lorick también acudió en tu ayuda. Así que no sé…

─Estoy enamorada de Halcón ─respondió Atti pronunciando muy rápido cada palabra.

Aleff se quedó con la boca abierta, pero ella prosiguió antes de que él pudiera opinar─: Halcón y yo…

nos amamos. Desde la primera vez que lo vi sentí…

No sé… Un amor muy diferente, con una fuerza que no pude contener, como si el destino me lo hubiera guardado hasta ese momento. ¿Estás decepcionado?

Aleff no sabía salir de ahí. Era tan tímido, tan parco y le gustaba tan poco hablar de sentimientos… ¡Aún menos con una de sus hijas!

─Bueno, a ver… Siempre di por hecho que tú y tus hermanas os casaríais con muchachos de la aldea.

Los conozco a todos desde que nacieron, conozco a sus familias.

Comprende que eso me daría tranquilidad.

Lorick es un chico muy bien plantado, tiene muchas virtudes y, por qué no decirlo, tiene más patrimonio que nadie por aquí, ¡qué diablos!

¡Soy tu padre! ─Se rio con roncas carcajadas─.

Un padre se preocupa por esas cosas, pero…

Ahora en serio, Attaegina: si tú prefieres a Halcón, debes ir con él.

Sus costumbres son extrañas para mí, no te voy a engañar, y su acento, su procedencia…

Entre tú y yo, hasta su ropa me huele raro.

No sé, como a pimienta o a algo parecido…

─Atti se rio por lo bajo. El olor de Halcón era precisamente una de esas cosas que le encantaban del mundo, hacía eclosionar en sus entrañas un torrente de pasiones.

Obviamente, no era ni parecido para Aleff.

Este continuó─: Sin embargo, ese joven ha estado a punto de morir por ti.

Sé que te ama. Lo siento tan cierto como que el otoño sucederá al verano.

Aleff despertó en su hija un profundo sentimiento de ternura.

Era tan hosco, tan bruto en ocasiones pero, a la vez, tan observador, tan empático…

Lo abrazó con todas sus fuerzas hundiendo la nariz en su barba fosca y cana, y lo besó en la mejilla dándole las gracias por haber sido siempre un padre bueno.

Halcón la amaba, era verdad. Pero no le había dirigido la palabra ni la mirada desde que la reunión en la sala de los ancestros había terminado.

En lugar de eso, había salido el primero, sin girarse siquiera, para no tener que hablar con nadie.

Eso había dejado aterido el corazón de Attaegina.

Y a medida que avanzaba la noche, un frío incómodo que le nacía desde el pecho la acompañó.

Creta, que había acudido por insistencia de sus hermanos pequeños, fue la primera en retirarse, y los niños, momentos después, se fueron marchando de uno en uno seguidos por su padre, que no gustaba de trasnochar.

Tardaron poco en tomar ejemplo Nilo y Pantera, esta última cabeceando de cansancio.

En cambio Atti, por cada nueva baja, prolongaba un poco más su estancia con la excusa de no tener ganas de dormir.

No se debía solamente a eso, claro. Deseaba continuar allí cuando los nawales terminaran su ritual y regresaran para descansar.

Entonces, tal vez podría quedarse a solas con Halcón, aunque solo fuera un instante, hablarle, mirarlo a los ojos, tocar sus manos y recuperar su calor.

Antes de que eso sucediera, un sueño pesado la embargó.

Arrebujada de mala manera contra la fachada de la casa Mentastro se durmió bajo la parra, encogida sobre sí misma con los músculos en tensión bajo el molesto y frío mordisco del relente nocturno.

Incluso dormida, tiritaba y le castañeteaban los dientes.

Hasta que una brisa del Sur, cálida y masculina, la recogió del suelo rociando sus sueños con el exótico aroma del desierto, con el sabor del fuego y la dulzura de la mirra ardiendo en cada caricia.

Entreabrió los ojos, confusa, encontrándose de pronto en los brazos de Halcón, que justo en ese momento la depositaba con suavidad en su cama.

Después la arropó y se marchó. Para entonces, Atti se había dormido profundamente.

Halcón habría muerto por besarla, por sostenerla en sus brazos toda la noche para darle calor con su cuerpo mientras acariciaba la piel tersa de su espalda femenina. Pero en aquella habitación dormían todas las mujeres de la casa: Creta, Pantera y las niñas. Solo susurró algo a su oído:

─Eres la mujer más valiente que he conocido.

Si Attaegina lo recordaría o no al despertarse… Era una posibilidad. Aunque, en ocasiones, palabras que no germinan en nuestra memoria, lo hacen con facilidad en nuestra alma. Y Halcón eso lo sabía.