CAPÍTULO 18
Si uno miraba a Pantera cuando consultaba los arcanos, podía llegar a creer que se había marchado muy lejos de allí, del momento, de su cuerpo.
Sus ojos, tan negros casi como su piel, se teñían de la rara luz que proporciona el estado de trance.
Attaegina lo había visto en la ceremonia del Laurel, era el estado en que habían entrado sus antiguas compañeras cuando bebieron el veneno.
Por las manos de la adivina se deslizaban las delgadas tablillas del tamaño de un naipe.
Una vez y otra, sucediéndose como estaciones del año, las veintidós imágenes se separaban y se volvían a congregar mientras Pantera recibía el mensaje del Cosmos, moviendo los labios mientras murmuraba palabras que ninguno alcanzaba a escuchar.
Hasta que la información llegó a ella y una hilera de arcanos se derramó sobre su falda.
La expresión de Pantera pareció recuperar la consciencia al tiempo que una atmósfera de misterio aquietaba su respiración y la de los demás.
Attaegina creyó reconocer algunos de cuando estuvo merodeando en la sala de los arcanos con Nimeria, mas no recordaba apenas sus nombres y en realidad nunca aprendió su simbolismo.
─La Luna, invertida ─comenzó a interpretar Pantera─; los Amantes, invertida; el Sol, también. El Mago, al derecho; la Suma Sacerdotisa, al derecho; la Torre, también.
Solamente Nilo comprendía su mensaje. Se aproximó a su hermana para ver los arcanos de cerca e hizo un guiño de desagrado. Finalmente, Pantera se decidió a interpretar los arquetipos.
─Grandes secretos se esconden en ese papiro.
Un enorme conocimiento prohibido, ocultado al mundo por quienes trabajan en la oscuridad.
Solo algunos, muy sabios, conocen su significado y apenas queda nadie capaz de leerlo ─anunció.
Tomó aire, revisó las imágenes y continuó─: Tres papiros, dos que mienten, la verdad mora en el original.
Una copia se perdió en el Templo del Laurel, eso es seguro.
La segunda, es falsa. En cuanto al auténtico…
No está en Teff, pero no logro entender…
¿Tuvo Nabor un hermano? ¿Otro Patriarca que gobernara Alandum con él?
Elkerael se quedó pensativo y respondió:
─Los ángeles, entre nosotros, nos llamábamos hermanos. Nos sentíamos hermanos. Pero, que yo sepa, no ha habido más Patriarca que Nabor, quien, como ya sabéis, ha ido cambiando su identidad a lo largo de décadas para que sus súbditos no sospecharan nada extraño sobre su naturaleza inmortal.
De pronto, Nilo experimentó un instante de lucidez.
─Se refiere a templos gemelos, no a monarcas gemelos ─resolvió─. Lo esconden en otro templo.
Su capacidad de interpretación asombró especialmente a los dos nawales ancianos. Sin embargo, aunque se trataba de una información reveladora, habían vuelto al punto de inicio.
─Se construyeron muchos templos por orden de Nabor ─comentó Yarbha─. A lo largo y ancho de Alandum debe de haber decenas de lugares de culto.
─Sí ─respondió el chico sin perder la esperanza─, pero tiene que haber uno que comparta algo con el Templo del Laurel. No sé el qué… Pantera, ¿no se te ocurre nada? Tú viviste muchos años encerrada allí. ¿No os visitaban otros sacerdotes o sacerdotisas?
Pantera se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
─El templo era hermético. No nos permitían hablar con nadie de fuera ni salir de él. Lo único que sé es que Nabor pasaba largas temporadas lejos de allí, visitando las provincias y demás ciudades del Imperio. Pero...
Pantera se sintió abducida por un trance profundo.
De repente se vio a sí misma rodeada de gente entre puestos de mercado, una vorágine de olores, un jaleo apabullante.
No reconoció el zoco de Teff, tampoco el acento de esas gentes, ni siquiera comprendía su lengua.
Alguien tocaba las cuerdas de un sitar en tanto que la muchedumbre se aglutinaba, abriéndose con torpeza para definir un camino por el que se permitía paso a una comitiva de alta alcurnia.
Soldados con el pecho descubierto, vestidos con un faldón de color azafrán y armados con sable componían la escolta de un hermoso animal, un elefante aderezado con telas de lujo y acabados en oro.
Sobre su lomo viajaba un hombre con la cabeza cubierta por una máscara dorada, vestido de riguroso luto.
Para Pantera su bella figura, casi divina, era inconfundible.
Esa máscara solo podía pertenecer al Patriarca.
Sí, estaba segura, ¡era Nabor! Pero, ¿qué hacía allí, liderando esa marcha fúnebre?
Detrás de él, doce soldados repartidos en dos grupos cargaban solemnemente sobre sus hombros con un lujoso palanquín.
Así es como solía llevarse a las emperatrices, a las princesas.
En cambio, la mujer que viajaba allí iba tendida boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho y los párpados cerrados con el peso del profundo sueño de la eternidad.
El beso de la muerte había atenuado el brillo tostado de su delicada piel, y su negra melena, lacia y larguísima, había sido aderezada cuidadosamente con peines de plata y derramada bajo su espalda como un lecho de seda.
No la había visto jamás, pero reconoció en ella el porte majestuoso de una suma sacerdotisa. ¿Quién era? ¿Y cuál ese lugar?
─¡Virim! ─exclamó volviendo en sí. Acto seguido respiró con ansia, inhalando aire como si se hubiera quedado sin él.
Lo que para el resto había sido apenas un segundo, para Pantera había transcurrido como toda una vida.
Elkerael se acercó a ella y le ofreció un poco de agua.
Cuando recuperó el aliento, la adivina afirmó─: He visto la ciudad de Virim.
El Patriarca a lomos de un elefante, vestido de negro.
Y había una mujer, una sacerdotisa que… Creo que estaba muerta. La llevaban a enterrar, tal vez...
─Calíope ─se aventuró el viejo nawal ─. ¿Larga melena, negra y lacia?
Pantera asintió mientras bebía más agua.
─Calíope fue enterrada en Virim. Su sepulcro, todavía hoy, es un lugar de peregrinación. Nabor la enterró con honores. Quizás ese lugar guarde relación con el papiro que estamos buscando.
La mirada de Pantera volvió a difuminarse, a fundirse con el infinito, al tiempo que recitaba casi sin pensar:
─Las fuerzas del Cosmos abren grietas. Por ellas se alinearán las energías adecuadas para que esa información salga a la luz, pues ha de ser conocida para que los designios divinos tengan lugar… El círculo se cierra en la última luna llena de otoño.
─¿La última luna llena de otoño? ─se alarmó Atti─. ¡No tenemos tanto tiempo! El verano se acaba en unas semanas y… Debemos darnos prisa.
Pantera sacudió la cabeza tratando de recuperar la consciencia. Entonces, dos arcanos más se desprendieron de sus manos. Esta vez se posaron del derecho:
─El Carro y la Estrella ─leyó Nilo. Y sonrió con perspicacia─. Pantera tiene razón. Lo esconden en Virim. Tenemos que buscar allí.