El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Bastaron horas para que Yarbha pasara de ser una estatua a un hombre de aspecto normal, casi humano, aunque sus ojos delataban su antigua procedencia y la naturaleza angélica de su ser. Lo alimentaron y le dieron de beber, despacio, con mucha atención, hasta que fue capaz de hablar con fluidez.

─¿ Así que estos eran tus planes, maestro? ─ le dijo Halcón a Elkerael ─ . Y luego, ¿qué? ¿Qué es lo siguiente? Yarbha no puede caminar, ni siquiera levantarse. ¿Cómo pretendéis que venzamos a Molok?

Elkerael le hizo un gesto con la mano para que se serenara. No parecía en absoluto preocupado.

─ Sencillamente, no tengo ni idea de qué es lo siguiente, Halcón, pero el Cosmos nos ha traído hasta Yarbha. Quizás tenga algo que decirnos. Venga, ya está atardeciendo, avisa a todos para que se reúnan en la sala de los ancestros.

Halcón obedeció sin más, acudiendo a la reunión en último lugar tras buscar a Attaegina.

Era obvio que estaba inquieto porque él no quería que ella siguiera implicada en la misión pero, dadas las circunstancias, todo apuntaba a que Atti guardaba una relación directa con todo ese asunto de guerras de ángeles contra diablos.

Sentados en el suelo en torno al altar ancestral de madera de olivo, esperaban Pantera, Nilo y Lorick.

También Aleff solicitó asistir. Quería enterarse de todo cuanto concerniera al destino de su hija, y como anfitrión y cabeza de familia, tenía derecho.

Elkerael permanecía cerca de Yarbha, aunque aquel cada vez se manejaba con mayor autonomía.

─Ya estamos todos ─declaró Elkerael con la intención de dar inicio a la reunión. Pero Yarbha negó con la cabeza.

─Sigue faltando una ─insistió. Un silencio incómodo acompañó al intercambio de miradas que evidenciaba de quién se trataba. Attaegina tomó la palabra:

─Creta quiere desvincularse de esta enmienda. Ella lo dejó muy claro cuando salimos de Heimkel. Dijo que en cuanto llegáramos a Caliza, abandonaba el grupo.

Yarbha la observaba con atención. Su mirada era penetrante, aunque su rostro todavía conservaba la inexpresividad de la piedra bajo la cual había invernado durante siglos. Atti pudo leer en él decepción.

─Bueno… Es una pena, pero… ─Se quedó callado.

Sus pausas se prolongaban más de lo acostumbrado en cualquier conversación, así que, después de unos segundos, prosiguió─: Pensaréis que no sé nada de lo que está pasando en el mundo…

Bueno... Elkerael me ha contado algunas cosas.

Otras me han ido llegando durante todos estos años de letargo y…

Sé que los diablos están volviendo. Tal vez por eso me he despertado.

Es como si algo, o alguien, les hubiese abierto una puerta.

Como si algo o alguien los estuviese llamando…

─Nabor ─añadió Pantera─. En ese maldito templo que destruimos entregó sacrificios a Molok durante siglos. ¿Quién sabe si el Patriarca no está pactando ahora con otras entidades del mal para volverse aún más poderoso? ¿Para agrandar su imperio? Pero, ¿qué quiere?

Yarbha la miró entrecerrando los párpados porque todavía le costaba enforcar la vista. Luego, asintió con la cabeza y dijo:

─Bueno... Un diablo siempre quiere más, no existe ninguna razón. Por eso mismo cayó la Antigua Pangea.

─Entonces, ¿Nueva Pangea va a caer también?

─preguntó Attaegina visiblemente preocupada.

A su lado, Aleff se limitaba a mirar al suelo pensando en el futuro de todos sus hijos, en cómo salvarlos siendo un simple hombre, un humano sin ningún tipo de fuerza sobrenatural más que el amor que un padre siente.

Yarbha no le contestó de inmediato. Sus lentas respuestas generaban tanta expectación que la tensión podía respirarse mientras se decidía a continuar:

─Nueva Pangea… Bueno, podría caer ─aclaró─.

Los tiempos y las energías se están prestando a ello…

Los ciclos vienen y van. Las historias que no sanan se terminan repitiendo…

Hubo un tiempo en que el Ángel de la Codicia, herido por la ambición y la usura, llevó a todo su mundo a la perdición.

¿Y qué sacó de todo eso? Pues… Bueno… Nada.

La oscuridad que él mismo había generado lo acabó devorando también.

Es el sino de todo diablo, es lo que tienen que hacer, como el sol ha de salir o como los fresnos pierden la hoja en otoño.

Los diablos solo cumplen con su cometido, incluso sin haberlo escogido.

No busquéis en ellos ni una pizca de razón, de motivos, de propósitos.

Solo son tentáculos del mal, y por eso, obedecen al mal.

La mención del Ángel de la Codicia en los labios pétreos de Yarbha despertó en todos un miedo primigenio y silencioso a la vez.

Atti recordó la cantidad de veces que había contado esa leyenda a sus hermanos para que se durmiesen.

Probablemente había sido narrada en todos los hogares, también en el de Lorick, incluso en el de Halcón, hasta en la taberna en que se crio Nilo, en cada lugar añadiendo o quitando este detalle o aquel, aunque todas las versiones tenían algo en común: el miedo a que esa historia se repitiera.

─Espera, maestro ─intervino Halcón─, ¿qué pasa con los nawales ? Ya hemos encontrado a Yarbha, ¿no? Él, tú y yo podemos hacerle frente. Es lo que teníamos planeado.

─Oh, Halcón… No es tan sencillo. Como mucho, entre los tres podríamos reducir a Molok.

Pero todo se está poniendo peor de lo que pensaba.

También habría que ocuparse de Nabor… en el caso de que los tres sobreviviéramos al monstruo, por supuesto.

Además, Yarbha y yo nos tememos que en torno al Patriarca se estén congregando fuerzas muy oscuras. No peleará solo, eso es seguro.

─Buscaremos la ayuda de otros nawales . Recuerdo que mi madre...

─Ya casi no quedan nawales ─lo interrumpió Yarbha─, en mi letargo he visto cómo las luces de sus almas se han ido apagando, una por una, viajando al otro lado.

Halcón llevaba años sin ver a su madre. No sabía nada de ella, de su suerte, de si la habían condenado ya por haber sido una nawal en tiempos pasados.

─Es cierto ─corroboró Pantera─. Nabor ha ordenado que todos los nawales sean perseguidos y condenados a muerte. Desde que salimos de Teff, seguramente habrán ejecutado a más de uno allí.

─Y no solo eso ─añadió Elkerael─. Halcón, tú eres un nawal muy joven, y eres humano. No lo olvides. Estás en clara desventaja contra Nabor, que es de la misma condición que nosotros dos.

─¡Me esforzaré! Puedo mejorar, dedicaré días enteros a la meditación. Haré ayuno y practicaré más. Puedo aprender decretos más poderosos. Tú puedes enseñarme.

─No disponemos de tanto tiempo. Y ni siquiera estás recuperado del todo. Acuérdate de que casi te mata cuando lo retaste. Para él no fue más que un pestañeo y al poco te tenía agonizando, emponzoñado con su veneno.

Attaegina se giró hacia él. Deseaba que con una sola mirada Halcón le prometiera que nunca más volvería a hacer semejante locura. Pero el joven nawal no le correspondió. En lugar de eso, insistió:

─Forma parte del juramento de un nawal : si las circunstancias lo precisan, cualquiera de nosotros dará la vida por sostener el equilibrio entre la luz y la oscuridad. Tú mismo me lo enseñaste, Elkerael, cuando yo solo tenía cinco años. Y aquí me tienes, guardando lealtad a mis principios.

Elkerael se cruzó de brazos y suspiró. Era muy difícil sostener la expresión de su discípulo en ese instante, la franqueza de sus palabras.

Más difícil aún ignorar la pureza de su corazón y, por qué no decirlo, la tendencia de su destino.

Fue Yarbha, sin embargo, quien rompió el silencio con una proposición inesperada:

─¿Y Attaegina? Tú perteneces al reino angélico, como nosotros dos. ¿Estarías dispuesta a hacerte nawal ?

El pulso de Attaegina se aceleró. Sentía todas las miradas posadas sobre ella en aquel instante, con especial interés la de Halcón y la de su padre.

Le había rogado en varias ocasiones a Halcón que la iniciara, que le permitiera seguir su mismo camino.

Ahora, la oportunidad llegaba a ella como un ave que no se dejaría atrapar a menos que fuera rápida.

Quiso responder pero el vuelo de una rapaz aún más veloz se le adelantó.

─¡No! ─exclamó Halcón levantándose del suelo y colocándose delante de ella─. ¡No! ¡Attaegina no, por favor!

Según terminó de decirlo, se arrepintió, pues sabía cuánto detestaba Atti que hablaran de ella como si no estuviese presente. La miró con un gesto de disculpa. Sintió haber sido así de impulsivo. No tenía derecho a decidir por ella…

─Attaegina ─le dijo volviendo a sentarse a su lado─, escúchame, es muy peligroso.

Atti le dirigió una mirada incómoda y después habló a Yarbha y a Elkerael:

─Lo estoy ─deliberó al fin─. Acepto. Quiero ser iniciada como nawal .

Sus palabras retumbaron en los oídos de Halcón, que cerró los ojos como si eso le ayudara a sobrellevar el golpe. Aleff, por su parte, se enjugó una lágrima procurando que nadie lo viera, pues Attaegina se marchaba a la guerra.

─Bien, Attaegina ─respondió Elkerael─, en ese caso, serás iniciada cuanto antes por uno de nosotros.

Ella asintió sin más y el silencio que siguió a su decisión fue terrible y frío. No se atrevía a mirar a Halcón. Tampoco él parecía tener la intención de hablarle. Elkerael y Yarbha, en cambio, se mostraron indiferentes.

─Entonces, cuando Atti sea nawal , ¿iremos todos a Teff? ─preguntó Lorick participando por primera vez en la reunión.

─Entiendo que el objetivo es acabar con Molok y poner fin al reinado de Nabor, ─respondió Pantera─, ¿no es así, maestro?

─Sí y no, jóvenes ─respondió Elkerael─. No basta con vencer a Nabor y al calamar. Yarbha y yo creemos que Nabor esconde algo más. Siempre lo hace.

Enmudeció como si lo que tuviera que transmitir fuera demasiado doloroso. Todos se temieron lo peor. Yarbha continuó en su lugar:

─Bueno… No deseaba ser yo quien diera la noticia pero…

En fin… Puedo percibirlo en el aire, en la luz, en el fluir de la savia bajo las cortezas de los árboles.

Elkerael y yo vivimos en primera persona los tiempos del régimen del Ángel de la Codicia y…

Bueno… Siento lo mismo que cuando él reinó, exactamente lo mismo.

Su mensaje fue otro golpe a la esperanza. Solo Pantera fue capaz de preguntar:

─¿Nabor es el Ángel de la Codicia? ¿Es su reencarnación o ha hecho un pacto con él?

Yarbha ladeó la cabeza y Elkerael se encogió de hombros antes de responder:

─En principio, no parece que eso sea posible. Nabor también conoció esos tiempos, él mismo peleó de nuestro lado contra aquel. Al menos, el Nabor que nosotros conocíamos. Pero no descarto la posibilidad de que esté contactando con él para traerlo a Nueva Pangea. A cambio de algo, claro.

─Y si eso sucediera… ¿qué hay que nosotros podamos hacer? ─preguntó Attaegina.

Otro instante de miradas de desconcierto, de tensión, de miedo, precedió a lo que Yarbha tenía que contar:

─Los primeros nawales de Nueva Pangea fueron adiestrados por Nabor, por Elkerael y por mí para que los humanos recibieran el legado de los ángeles y pudieran alumbrarse en tiempos de oscuridad, incluso cuando nosotros ya nos hubiésemos marchado.

Entonces hubo una mujer llamada Calíope.

Ella era discípula de Nabor. Mantenían una relación muy estrecha…

Bueno… Decían que él la amaba más que a nadie.

No sé si Nabor ha amado a alguien más que a sí mismo en toda su existencia.

Lo que sí sé es que Calíope era no solo nawal , sino también profetisa.

Attaegina conocía la faceta lasciva de Nabor, su debilidad por el placer de la carne en el cuerpo femenino de las humanas.

Dudaba que alguien como él pudiera haber amado a una mujer.

Pantera pensaba lo mismo a pesar de que, en los últimos días, los ecos de una posible boda entre Nabor e Ibis estaban en boca de todo Alandum. Yarbha prosiguió tras una larga pausa:

─El caso es que Calíope profetizó el segundo despertar del Rey de los Diablos, y su profecía se recogió en un papiro que se guardó celosamente por orden de Nabor. Si a nadie se le ha permitido leerlo quizás sea porque, además de la profecía, en él se esconden otros conocimientos.

─¿Y si consiguiéramos el manuscrito? ─propuso Atti─. Si Nabor lo esconde, es porque no le conviene que nadie sepa qué pone exactamente en él.

─Bueno… Supongo yo también que sería útil llegar a esas escrituras, pero, ¿sabe alguien dónde se guarda ese papiro?

Yarbha no tenía respuesta para eso. Tampoco Elkerael. Un manuscrito redactado ochocientos años atrás solo podía estar perdido o guardado bajo llave en algún rincón inaccesible.

─Recuerdo que en el templo había una biblioteca prohibida ─añadió Pantera─.

Escuché a Nabor decirlo un día a sus centinelas, yo estaba escondida y no me vieron.

Entonces investigué: era como una fortaleza dentro del propio templo, en el cuarto nivel subterráneo.

Nadie se habría imaginado que estaba ubicada allí.

Attaegina se sorprendió al oírla e intentó hacer memoria.

Ella había transitado esos pasadizos y jamás se había percatado de que hubiese una biblioteca en ese lugar.

Realmente la tenían bien escondida. También era cierto que Pantera pasó en el templo muchos años, tuvo tiempo de sobra para husmear por todos sus rincones.

─Se accedía por la puerta de un calabozo.

Luego había que recorrer un pasillo muy largo.

A partir de ese punto, había una docena de centinelas tan solo vigilando la entrada.

Una vez intenté colarme y me castigaron con mucha dureza.

Hasta recibí latigazos de Ibis, la suma sacerdotisa.

Todavía tengo las marcas. ─Sonrió con resignación señalándose la espalda─.

Nunca pude entrar, pero siempre pensé que dentro había escondido algo muy valioso para Nabor.

─Entonces, ¿crees que guardan la profecía de Calíope allí? ─le preguntó Yarbha. Pantera negó con la cabeza.

─Quizás la guardaban. El templo quedó destruido e inundado. Si tenían allí el papiro, ya no existe.

─Pero Nabor debe de poseer más copias, ¿no? ─inquirió Lorick.

─A nadie le conviene guardar muchas copias de algo tan secreto ─respondió Elkerael─. Acaso una, a lo sumo, dos. Quizás tenga una en su palacio, en cuyo caso es imposible acceder.

─Desde luego ─corroboró Yarbha─. Pero ha de haber más, alguna más.

─Pantera, ¿crees que podrías averiguar algo con tus arcanos?

La adivina de los acantilados respiró hondo y respondió:

─Si el Cosmos quiere hablarnos, lo hará a través de ellos.