El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El aroma a pan de ciruelas recién horneado inauguró el siguiente día junto a los tres cantos del gallo. La primera en despertar después de Attaegina fue Pantera, que se acercó a pedirle agua y algo de alimento.

─Es para Yarbha ─anunció─. Elkerael dice que ya puede comer y beber. Aún no habla nada y tardará todavía más en levantarse y caminar.

─El abuelo… Quién iba a decir que lo veríamos despertarse algún día.

─¿Siempre estuvo en casa? ¿Como una estatua?

Atti asintió con la cabeza.

─Era como un elemento más del hogar, de la familia.

Claro, que ni mis padres ni mis abuelos lo habían conocido ya.

Todos lo llamamos el abuelo, aunque nadie recuerda cómo se quedó así, quieto y rígido como una piedra, ni cuándo ni por qué.

Ni siquiera los ancianos del consejo lo saben.

Y ahora, de pronto, el abuelo es un ángel…

Pantera se cruzó de brazos, distraída, con las pupilas fijas en las ascuas del horno de leña.

─Eso explica que seas su descendiente, ¿no crees? ─sugirió─. Ya sabes, el Cosmos no da puntada sin hilo.

─El tercer nawal , el tercer ángel que vino a ayudar a los humanos… Estaba aquí, en mi casa, ¡todo el tiempo!

La adivina sonrió con un deje irónico.

─Y tú tuviste que viajar hasta Teff para escuchar hablar de él por primera vez. Tiene guasa…

Attaegina le entregó una bandeja con agua y un poco de pan y aceite.

─Que coma esto ─le indicó─. Aquí, en mi tierra, es el primer alimento que se da a cualquier niño.

─Gracias. Se lo diré.

Y Pantera se alejó lentamente en dirección a la sala de los ancestros, donde Elkerael había pasado toda la noche en vela junto a Yarbha.

La adivina de los acantilados conservaba el porte imponente con que Atti la había conocido, sin embargo, su ira enquistada durante años, así como su sed de sangre y venganza, se habían mitigado después de todo, especialmente desde que pudo despedirse del espectro de Nimeria.

Eso había sembrado mucha paz en su espíritu.

Ahora su presencia, excepto cuando discutía con Nilo, casi transmitía serenidad, como habría hecho una sacerdotisa digna.

Attaegina supuso que, de algún modo y ya que en el Templo del Laurel se lo habían impedido, ese era el estatus que Pantera, por orden natural, debía ocupar, y tal vez por eso se había convertido en la persona que más tiempo pasaba junto a Elkerael.

El día comenzó con la celebración de los veintidós años de Halcón.

Creta se sentó tímidamente a la mesa, sin embargo, al llegar Lorick se marchó en silencio, seguramente a refugiarse con los caballos.

Pero bastó dar a conocer la noticia de que el abuelo se había despertado para que la fiesta terminara de inmediato, pues los niños se morían de ganas, aunque también de miedo, por conocer a ese raro antepasado, casi legendario, que no dejaba de ser un desconocido aun habiendo permanecido siempre en casa.

─Iréis en silencio ─les ordenó Attaegina─, el abuelo todavía está débil por haber dormido durante años. No quiero que lo agobiéis. ¿Entendido?

Sus hermanos asintieron con la cabeza y, en fila de uno, cruzaron el patio interior para entrar casi de puntillas en la sala de los ancestros.

Lorick, que también había crecido junto a la leyenda del anciano de la casa Mentastro, no podía creer que por fin hubiera sucedido aquello ni que él tuviera la suerte de presenciarlo.

Yarbha continuaba sentado en el suelo, en el mismo lugar y en la misma postura de siempre, pero su piel ya no mostraba la textura rugosa de la piedra ni la ausencia de vida del color gris.

Muy despacio, alzó un poco la cabeza para mirar a su prole y esbozó una mueca tierna, todavía sin fuerza para sonreír.

A Galatis se le había quedado la boca abierta.

Cogida de la mano de su padre, ni siquiera se atrevía a moverse.

Yarbha se volvía más humano a medida que pasaban los minutos, y a decir verdad, algún rasgo en él le hacía guardar familiaridad con Elkerael, sin embargo, era calvo e imberbe, más menudo, y los lóbulos de sus orejas, extrañamente largos, le colgaban un poco.

─Acaba de comer y de beber ─anunció Elkerael, que se ocupaba de hacer de intérprete entre el tercer nawal y los demás─. Le agradaron el pan y el aceite, dice que recordaba esos sabores exactamente así. ¿Qué dices ahora?

Los labios de Yarbha temblaron. Poco a poco, se abrieron dejando pasar el aire a través de sus cuerdas vocales. Había emitido algún sonido aún sin forma. Attaegina pensó que su voz era como el pan crudo todavía, maleable y sin hacer. Lo intentó de nuevo.

─Silencio ─pidió Atti─, callad todos.

En un susurro, plano y casi inaudible, sin matices de ningún tipo, el anciano depositó sus primeras palabras.

─Falta una…

Todos se miraron desconcertados y después buscaron una respuesta en el rostro de Elkerael.

Entonces, Yarbha comenzó a mover un brazo.

Su mano trémula no alcanzaba a coordinar aún el movimiento de sus dedos, aunque parecía que quisiera señalar con el índice a algún lugar o a alguno de los presentes: Attaegina se dio por aludida y, cuando sus ojos y los de su antepasado se cruzaron, lo entendió perfectamente.

─Claro que falta una… ─resolvió─. Falta Creta.

Nilo y Lorick, casi al mismo tiempo, hicieron un amago de darse la vuelta para ir a buscarla, pero para entonces Tauh ya se había adelantado a los dos y salía a esas alturas de la sala de los ancestros prometiendo hacerlo él mismo.

─Estará en las cuadras, como siempre ─dijo.

Minutos después, cuando Creta llegó siguiendo a Tauh toda azorada por la noticia, se quedó paralizada al ver a Yarbha con aspecto casi humano. Y ahora sí, el anciano sonrió.

─Ya están todos ─pronunció en tono casi inaudible pero con mucha mayor fluidez que antes─. Tenía ganas de conocerlos.