El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La quietud de la noche cayó sobre Attaegina como agua de mayo.

Y es que necesitaba un momento de soledad, de reencuentro consigo misma, pero no con el sentimiento aciago que la había acompañado en los calabozos del templo o en el torreón de los Salmón.

El silencio que ella añoraba, ese espacio de calma capaz de serenar sus pesadillas no era otro más modesto que la cocina de su hogar.

Nunca podría olvidar todas las veces que, siendo niña, acudió allí porque había tenido premoniciones desagradables.

Y es que, en ocasiones, lo que su don de ángel le traía era más de lo que su corazón infantil podía soportar.

Como, por ejemplo, la primera vez que vio morir a su madre.

Recordaba que en momentos como ese se levantaba sin hacer apenas ruido, ninguno de sus hermanos se daba cuenta, y se metía en la cocina.

Sus problemas seguían siendo los mismos, pero allí dentro, como si de un espacio sagrado se tratara, su espíritu se volvía más ligero.

El horno de leña guardaba calor toda la noche, entonces se sentaba muy cerca si tenía frío.

En ocasiones jugaba a dibujar con una astilla en la ceniza y no pocas veces se quedaba dormida allí mismo hasta que el primer canto del gallo la despertaba bajo ristras de ajos y de ñoras secas, recostada de cualquier manera entre la barrica y la pared de piedra del horno, justo cuando el pan estaba listo para recibir su bautismo de fuego.

Esa noche fue un poco distinta. Ya no jugaba a dibujar en la ceniza, claro.

Pero había una cesta llena de ciruelas damas.

Eran pequeñas, de piel tierna y dulces, las más dulces que crecían en toda la región.

Revisó también que hubiera suficiente masa madre y se sorprendió gratamente de lo bien que su padre y sus hermanos la habían cuidado.

Desde tiempo inmemorial, su familia la almacenaba en una olla de barro, bien tapada.

Ese fermento había recorrido generaciones enteras pasando, como testigo de la identidad familiar, de unas manos a otras por vía matriarcal mientras acumulaba entre sus matices no solo la acidez del cereal, sino también el sabor manso de los días de trabajo, el dulzor de las fiestas e incluso la amargura de alguna desgracia acaecida.

Como el día en que su madre murió. Recordó que ese día hizo un pan que sabía agrio y pensó que se debía a todas las lágrimas que había vertido dentro de la masa.

─ Pero hoy vamos a hacer un pastel ─ se dijo en voz muy baja ─ . Sí, uno de ciruelas, para Halcón por sus veintidós soles.

Con la sutileza del silencio, seleccionó cada ciruela mirando que los pájaros no las hubieran picado.

Las peló como si dentro de cada una se hallara el secreto mejor guardado de Madre Tierra y luego las deshuesó con el tiento de quien no desea perturbar el sueño profundo de un niño.

Percibía su perfume solo con tocarlas, le gustaba cerrar los párpados porque aún le llegaba mejor su aroma, el aroma de las tardes del verano.

Entonces se estremeció y el vello de sus brazos se erizó cuando sintió una presencia silenciosa tras su espalda, la sombra de una rapaz volando sobre su cabeza.

La brisa de la noche, tiñéndose de un conocido y exótico olor a especias, llevó la respuesta a su nariz.

─ Halcón ─ susurró sin girarse siquiera ─ , ¿cuánto tiempo llevas ahí?

Una cortina de lino colgando de una rama de olivo separaba la cocina del resto de la casa, y justo en ese instante, Halcón salía de detrás.

─ Estás vestida, ¿verdad? ─ le respondió en tono divertido ─ . Yo tampoco me podía dormir. Vi la luz encendida y supe que eras tú.

Attaegina se puso un poco nerviosa al sentir que se acercaba, pues los pasos de Halcón acariciaban el aire que se interponía entre ambos, tornándolo cálido a medida que este se topaba contra su piel.

─A mi padre no le gustaría que estuviéramos los dos aquí… Ya sabes...

Pero Halcón no tenía pensado avanzar más. De hecho, se limitó a sentarse.

─No es mi intención faltar a tu padre en su propia casa ─le respondió con solemnidad─. Me conformo con respirarte.

Attaegina se quedó contrariada. Una parte de sí misma anhelaba rendirse a sus brazos, que la besara fervientemente en la intimidad de ese rincón casi oculto que era la cocina. Pero, por otro lado, su elegancia la cautivó aún más.

─Sigue con lo que hacías, yo no quiero molestarte. Me quedaré aquí, callado, como si no existiera.

─En realidad, tú eres el único que no podía estar ahora aquí. ─Halcón, sin comprender por qué decía eso, miró lo que estaba preparando. Entonces descubrió las ciruelas y sonrió como un niño pícaro. Atti suspiró con fingida resignación y resolvió─: Era una sorpresa…

─¿Para mí? ¿Por mis veintidós?

─Era una sorpresa, pero ya no lo es…

─Attaegina…

Ella se giró. Sus miradas se fundieron tan pronto como se encontraron, igual que la cera se vence al fuego, y él le sonrió con ese brillo adorable que salpicaba su rostro dándole la frescura de un muchacho.

─Ya lo sabes ─susurró. Esas palabras, en la boca de Halcón, significaban «te quiero»...

Embargada por la pasión, Attaegina respiró hondo y se dio la vuelta, regresando a su quehacer, luchando por concentrarse.

Conocía esa receta de memoria, pero con Halcón tan cerca, en silencio y a solas, era muy difícil recordarla.

«¿Cómo empezaba?», rumió. «¡Ah, sí!». Primero atemperó mantequilla y le añadió miel de cantueso, que ese año había dado un liviano color amarillo.

Para ella, esa receta era más valiosa que cualquier joya celosamente guardada.

Una joya para regalar a Halcón. Para él, el verdadero regalo era verla, suspirarla, acompañarla, contemplar la alquimia en sus manos manchadas, a la harina resbalando por encima de sus dedos.

Habría dado cuanto poseía a cambio de acariciarlos, de aproximarlos a sus labios para besarlos uno a uno y agradecer al Cosmos que le hubiera enviado aquel ángel con cuerpo de mujer.

Attaegina, en sus entrañas, recibía sus mensajes mudos sin descuidar el amasado, cortando las ciruelas con la piel enardecida, tratando de ignorar las sacudidas de su corazón, la sed de sus labios, mientras daba forma al alimento primigenio que era el pan.

Podía sentir que los ojos melados de Halcón se deslizaban despacio por encima de su cabello, de su nuca, de sus hombros.

Podía sentirlos derramándose sobre su espalda, descansando en la curva de su cintura.

Habría deseado que sus brazos reposaran alrededor de su cadera y de su vientre, rendirse sobre su pecho, acercarle su oído para que su boca lo sembrara de hermosas palabras que nadie más podría escuchar, y ofrecerle su cuello para que lo cubriera con sus labios.

Terminó. El pan de ciruelas emulaba la rústica forma de una cesta. Probablemente, sería el más sabroso de cuantos había preparado en toda su vida, dulce hasta estremecer a quien lo comiera, con notas de malta, aunque también intenso y ligeramente ácido, como su alma de cereal.

─Ahora fermentará hasta el amanecer ─dijo cuando Halcón se levantó a mirarlo. Cogió un trapo para cubrirlo pero él detuvo su mano, suave. Y Attaegina sintió que un escalofrío la recorría al sentir el tacto de su piel.

─Es otro de tus milagros, sin duda…

─¿Qué dices, Halcón? Es solo un pan de ciruelas.

─Madre Tierra y Padre Cielo obraron el milagro de la vida en la miés del cereal. Como ellos, tú y tus manos habéis obrado el milagro de convertirlo en alimento. Eso se llama alquimia. Tú sabes cómo se hace. Tú eres…

El tiempo se detuvo. Se quedaron muy cerca.

Lo único que se escuchó en ese instante que paralizó al universo fueron sus respiraciones acompasadas, sus corazones latiendo al mismo ritmo.

En los ojos de otro mundo de Atti se reflejaba el profundo anhelo de Halcón, toda su gratitud al Cosmos por tenerla a su lado.

Y tal vez porque esos ojos pesaban tanto y porque poseían una fuerza descomunal, le arrancaron una lágrima al nawal .

Una lágrima de profunda tristeza, de otro momento, de alguna memoria lejana…

Halcón soltó la mano de Attaegina y se apartó de ella mientras que esos recuerdos se desvanecían, como vestigios sepultados por el pasado, hasta no dejar ni rastro. Entonces, el tiempo volvió a correr.

─La primera vez que sentí esto, también estábamos aquí... Fue la noche del día en que llegué a Caliza. El día que te conocí. ¿Te acuerdas?

Attaegina no había olvidado uno solo de los minutos que había pasado junto a Halcón, ¡incluso cuando aún la sacaba de quicio!

Incluso cuando aún esperaba el retorno de Lorick.

Cada momento en su presencia se le había grabado a fuego en el alma.

Claro que recordaba aquel primer instante mágico en que el tiempo se detuvo para ellos.

Pero había una diferencia con el de ahora. Una enorme diferencia.

─Entonces, ¿por qué hoy estás triste? ─le preguntó. Halcón se tomó unos segundos para responder y finalmente concluyó:

─No lo sé. Es como si hubiese recuperado un recuerdo pero se me hubiera escapado de inmediato. Y ese recuerdo...

─¿No era feliz?

Halcón se encogió de hombros. Era inútil querer añadir algo porque no sabía qué.

─ ¡Atti! ─ exclamó entonces la voz de Aleff, cuyos pasos retumbaban como si un oso estuviera cruzando la casa ─. ¡Atti!

Cuando el hombretón llegó a la cocina y los vio, se dio cuenta en seguida de que acababa de interrumpir algo.

Era incómodo, bastante, así que de pronto enmudeció.

Seguramente terminó de comprender lo que ya se olía.

Sin embargo, ahora había un asunto de mucha mayor importancia, un hecho inesperado, inexplicable tal vez. Seguramente, un milagro.

─Atti, hija… ─comenzó, recuperando el aliento─. Es el abuelo. Acaba de despertarse.

Attaegina ahogó una exclamación y dejó todo por recoger para salir corriendo detrás de su padre. Halcón no entendía nada.

─¡Ven! ─se limitó a decirle ella. Cruzaron el patio y, guiados por un haz de luz azul que salía de la sala de los ancestros, se dirigieron hacia allí.

Dentro, Elkerael y Pantera se encontraban sentados cada uno a un lado de aquella figura enjuta y encogida a quien los Mentastro, desde hacía generaciones, habían llamado «el abuelo».

─¡Abuelo! ─se sorprendió Attaegina, quedándose paralizada.

Halcón, junto a ella, observaba boquiabierto a aquel anciano que más bien parecía una estatua de granito.

La diferencia con el resto de las veces fue que, en esta ocasión, sus ojos podían mirar.

Se movían despacio y eran del mismo color y poseían la misma antigüedad que los de su nieta, la chica ángel.

─Attaegina ─murmuró Halcón sin alzar la voz para no molestar─, no me habías contado que tu abuelo era… En fin, ¿una reliquia?

─Tenía pensado que lo conocieras mañana, cuando viniera a rezar a mis ancestros. Nadie en Caliza recuerda desde cuándo está así.

─¡Claro que es ella! ─le dijo Elkerael al anciano, que no había movido los labios─. ¿No la reconoces? Attaegina, es Attaegina.

─¿Cómo? ─preguntó Atti─. ¿Es que oís lo que dice? ¿Está hablando ahora?

─Solo el maestro lo oye ─explicó Pantera.

─¿Qué dices? ─continuó el viejo nawal ─. No, hombre, no. Si tienes hambre, te aguantas. Como mucho, podrás beber un poco de agua al amanecer, cuando empieces a ser de carne y hueso otra vez.

─¿Él va a… resucitar? ─le preguntó Aleff, pálido, como si estuviera viendo a un muerto viviente.

─Bueno, sí… Necesitará al menos unas horas para recuperar su forma humana. Se ha pasado ochocientos años petrificado.

─¿Ochocientos…? ─caviló Halcón─. Entonces, ¿tú ya lo conoces, maestro?

Elkerael se giró hacia su discípulo. Después hacia Attaegina.

─Ahora ya sabéis por qué quise que nos reuniéramos en Caliza ─explicó─. Algo me decía que lo encontraría por aquí. Os presento a mi amigo Yarbha, el tercer nawal .