CAPÍTULO 14
─¿Dónde demonios guardáis la cúrcuma, el cardamomo, el cilantro? ─preguntó Nilo mientras doraba ajos y cebollas en una enorme cazuela de hierro─. ¿Qué se come aquí en las cordilleras?
Atti lo miró como si le hablara en otro idioma. Le sonaban aquellos nombres, sabía que Halcón vendía algunas de esas especias cuando viajaba como mercader. Pero lo que iban a cocinar, un guiso campestre, no las necesitaba.
─Aquí tenemos orégano, ajedrea, tomillo, salvia ─le respondió partiendo en pedazos las tortas cenceñas.
─Ya… Bueno, supongo que me servirá.
Desde que se habían metido en la cocina, Ceres los había ayudado en todo sin protestar, y Attaegina, conmovida, la observaba sin dejar de sorprenderse, pues la tercera de sus hermanas había dejado de ser una niña en apenas un verano.
Ceres le sonrió: recordaba mucho a Atti, pero tenía los ojos verde oliva y con un toque más desafiante, más como los de Creta.
─Padre está orgulloso de ti ─le dijo Attaegina─. Dice que te has comportado como una verdadera mujer mientras Creta y yo no hemos estado.
Ceres se sonrojó, pero no respondió nada y continuó con lo que estaba haciendo.
Atti la notaba mucho más madura, aunque también más callada que de costumbre.
No como a Galatis, que había dejado de ser una niña tierna y dócil.
Ahora correteaba sin parar, de un lado a otro.
Quería que Tauh la dejara montar sola a caballo.
Y, además, hablaba por los codos. ¿A quién habría salido Galatis?
─¡Atti, ha venido Lorick! ─exclamó─. ¿También se queda a cenar?
Attaegina asintió y la pequeña lo celebró dando saltos mientras salía corriendo otra vez. Sus pasos atropellados retumbaban por toda la casa. Pero apenas un minuto le bastó para regresar y preguntar:
─Pero entonces, ¿quién es tu novio? ¿Halcón o Lorick?
Es obvio que Aleff no escuchó la respuesta, por eso, cuando se sentó a la mesa enfrente de estos dos apenas supo qué tenía que decir a cada uno.
Y aunque no era un hombre culto, sí era prudente, y la edad aún había dado más cautela a su juicio.
Por tanto, y como buen anfitrión, sirvió cada uno de los platos en silencio, reservando para sí el último de todos, y después se comportó como un padre agradecido a los amigos de sus hijas mientras Elkerael, que ocupaba un lugar de honor en la mesa, relataba todo cuanto había sucedido desde el día en que Molok, gracias a Attaegina, destruyó el Templo del Laurel.
─Lorick me contó algo, sí, cuando pasó a buscar a Creta ─se lamentó Aleff─. No podía imaginarme que en el Templo del Laurel guardaban a esa bestia Si yo lo hubiera sabido, Attaegina…
─Nadie lo sabía ─le respondió Lorick─. No cargues con culpa.
─Desde luego ─añadió Elkerael─. Sin duda, ha sido cosa de destino. Y Attaegina, para bien o para mal, era quien debía descubrirlo.
En cuanto pasaba la segunda cosecha, las noches de verano en Caliza comenzaban a sentirse frías, pero el alimento caliente, desde tiempo ancestral, se sabía capaz de templar el cuerpo y el espíritu.
Y debía de ser cierto, porque no quedó un solo plato sin vaciar.
Desde el nacimiento de Galatis, la menor de los Mentastro, la larga mesa del salón no se había vuelto a llenar así.
La rutina, con más frecuencia que las celebraciones, había coloreado la madera de pino colocando entre sus vetas las cicatrices y huellas con que la vida de familia tiene lugar.
Pero esa noche no se trataba de una cena rutinaria, tampoco de una celebración.
Incluso Creta, finalmente, accedió a cenar con todos, pues sus hermanos pequeños le habían insistido hasta hartarla, aunque se sentó lo más alejada que pudo de Lorick y apenas levantó la mirada del plato para no cruzarse con los gélidos ojos del nórdico.
Huelga decir que también rehuyó como pudo a Attaegina.
Mientras Elkerael continuaba relatando las aventuras que habían vivido, los niños observaban con fascinación a Pantera.
Jamás habían visto por allí a alguien que tuviera una piel tan oscura, como si Padre Cielo y Madre Tierra la hubiesen pintado con los mágicos colores de la noche.
Pero sus colmillos de oro fueron, sin duda, lo que fascinó a Galatis, que a esas alturas fantaseaba con ponerse unos iguales cuando terminara de soltar los dientes de leche.
A la cena le sucedió un acaramelado y reconfortante café de bellotas cuyo aroma invadió el aire del salón con la calidez de un paisaje otoñal.
Para entonces, Creta se había retirado, y Aleff, poco después, se excusó para irse a descansar.
Tauh, pensativo, seguía sentado junto a Lorick.
No se había separado de él durante toda la cena.
Attaegina suponía que una parte de Tauh habría deseado que ella y Lorick se casaran, pues para él era como un hermano mayor y, no solo eso, también un varón, un modelo a seguir tras haberse criado en una casa rodeado de niñas. Lo entendía bien.
─Elkerael ─le habló directamente─. Todavía no nos has contado por qué teníamos que venir a Caliza. Y no me digáis que ha sido para acompañarnos hasta casa a mi hermana y a mí.
Pantera y Nilo tomaron asiento más cerca, junto a Lorick y junto a Tauh, que seguía despierto, para escuchar cuanto tuviera que contar el viejo nawal , quien daba en ese instante un último y sonoro sorbo a su café de bellotas.
Mientras tanto, en el patio, Halcón jugaba con Galatis y con Ceres iluminando y apagando su gema.
─Maestro, ¿quiere que vaya a avisarle? ─sugirió Pantera. Pero no había signos de urgencia ni prisa en el arrugado rostro de Elkerael, que observaba divertido a su discípulo con la expresión risueña de quien escucha un buen chiste. Finalmente, negó con la cabeza.
─Ahora están jugando. Dejadlos.
─Pero, maestro ─insistió la adivina, desconcertada. Elkerael les sonrió.
─Deberíais dormir. Y mañana, tras recobrar fuerzas, entonces os reuniré en esta misma mesa.
La decisión de Elkerael dejó a todos perplejos, así que uno tras otro abandonaron las sillas agradeciendo, en cierto modo, su permiso para retirarse a descansar.
─Aprovechad ─les dijo el viejo─. La casa de los Mentastro tiene una energía limpia y sanadora.
Pero Attaegina no tenía ninguna intención de acostarse aún.
De por sí le costaba pegar ojo cuando alguna preocupación rondaba por su mente, así que se quedó junto al maestro hasta que solo quedó Halcón con la niñas jugando afuera: por primera vez desde que habían llegado a casa, pudo relajarse y contemplar su sonrisa, la luz que irradiaba esa piel exótica del color del azúcar de caña.
Las niñas reían y él lo hacía con ellas, como si de otro niño se tratara.
«¿Cuántos años pudo jugar Halcón, si desde los cinco fue iniciado nawal ? », se preguntó Atti.
─¿Desde cuándo nos conocemos? ─le preguntó a Elkerael─. Halcón y yo. Sé que nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero, ¿desde cuándo? Tú seguro que lo sabes.
Elkerael no respondió de inmediato. Giró lentamente la cabeza para mirar a Atti. En sus pupilas, también de otro tiempo y de otro mundo, la lumbre del hogar titilaba como un par de diminutos fuegos fatuos.
─¿Te sirve que te diga desde siempre ? ─se limitó a responder.
El viejo le sonrió. Era entrañable, tanto que no se le podía reprochar que nunca respondiera a las preguntas como uno deseaba.
─Creo que eso ya no me vale… ─concluyó ella─.
Eso yo, en el fondo, lo sé. Conozco a Halcón desde siempre.
Mi alma lo conocía antes que yo. Nos reconocimos el uno al otro desde que nos encontramos por primera vez, en el altozano.
Pero yo sé que antes de eso, mucho antes, Halcón y yo hemos compartido el mismo destino.
─Entonces sí sabes, aunque no recuerdes.
Elkerael no añadió nada más. Attaegina no se rindió:
─¿Y a ti? ¿Desde cuándo te conozco? Cuando era niña me regalaste un cristal mágico.
Lo hiciste porque tú ya sabías quién era yo, si no, no me habrías dado la gema.
Además, Halcón y yo continuamos sin descubrir para qué sirven, aunque, misteriosamente, regresan a nosotros incluso cuando parece que las perdemos.
¿Por qué? ¿Qué son? Son algo más que simples cristales gemelos, ¿verdad?
─Attaegina, he visto que vuestros olivos van cargados este año ─contestó aquel de repente, confundiéndola todavía más─. Sin duda tendréis una buena cosecha, pero, ¿por qué no la recogéis ahora? Tendréis aceite fresco desde verano.
─Maestro, la oliva aquí no la recogemos hasta principios del otoño. Aún le falta madurar. El aceite no sería tan abundante ni su sabor tan afrutado si nos precipitásemos. Eso en mi casa se sabe desde que el mundo es mundo.
Un destello casi imperceptible cruzó las pupilas del viejo nawal , pero Attaegina lo captó. Así que era parte de una enseñanza...
─Tú misma te has respondido. No es bueno recoger la cosecha si no está lista. Esas gemas vuestras son como la oliva todavía verde de los olivares de tu padre, y el aceite es el conocimiento que aún no está preparado para licuarse.
─Pero, si tú conoces las respuestas, ¿por qué no puedes revelármelas? Elkerael, tú has vivido cientos de años, tú sabes cosas que yo he olvidado.
─Ya, lo sé, es el privilegio de no haber muerto, que no he olvidado nada.
A cambio resulta abrumador, mi memoria es como una biblioteca donde ya no caben más rollos de papiro, créeme.
Por eso prefiero olvidar detalles terrenales del día a día, como por ejemplo cuántas veces he comido o si hace frío o calor.
Pero, si yo te contara todo lo que sé, Attaegina, entonces no emprenderías el viaje del conocimiento y la transformación, es decir, tu alquimia personal.
Y a eso, precisamente, es a lo que has venido: a lograr en esta encarnación lo que no pudiste en esa otra de la que solo conservas un recuerdo vago.
Pero no te quepa duda de que cada experiencia vivida, cada camino transitado, todas las razones que te han traído hasta aquí de vuelta, las elegiste tú misma. O mejor dicho, tu alma de ángel.
Era imposible no aprender nada escuchando a Elkerael.
Cuando abandonaba el disfraz de viejo lunático y se colocaba en posición de maestro, la sabiduría brotaba a borbotones de cada palabra pronunciada por su boca.
Mas por cada duda que en Atti se había disipado, habían surgido aún más preguntas.
Era tarde, estaba agotada y, aunque no se lo había contado a nadie, le acechaba una constante sensación de peligro.
No para ella. Sus ojos se posaron suavemente sobre Halcón.
El joven nawal , ajeno a su conversación con el maestro, llevaba en brazos a una agotadísima Galatis que se caería de sueño en cualquier momento y en cualquier rincón.
No había nada peligroso en él, nada extraño ni perturbador.
Nada que ella no hubiera interiorizado ya, como su modo de caminar, como su modo de reír, como ese gesto, cada vez más repetitivo, por el que Halcón se llevaba una mano al centro del pecho.
Cuando él y las niñas los dejaron solos, Attaegina miró de nuevo al maestro.
─Tú también te has dado cuenta, ¿verdad? ─le preguntó. Elkerael ya no se mostró tan distraído, y eso confirmó las sospechas de Attaegina─. Cuando tenía el sello de protección se ponía la mano ahí cada vez que una amenaza le rondaba. ¿Por qué lo sigue haciendo? ¿Halcón está amenazado?
Elkerael dejó de sonreír. Una tristeza repentina, humana, nubló su gesto.
─Yo sé que necesitas una respuesta a eso, Attaegina, porque amas a Halcón. Pero, por desgracia, yo no poseo ese conocimiento. El Cosmos es, con frecuencia, inescrutable.
─¿Cómo? Si fuiste tú quien le colocó el sello de protección. Yo… Yo lo he visto, en mis sueños. Yo te vi entrando en la tienda de su madre, cuando Halcón era pequeño.
El maestro no pudo ocultar su asombro. Attaegina prosiguió:
─Halcón lloraba, y también pedía perdón, sin parar. Antes de conocerte, creía que tú le habías hecho daño, que por eso suplicaba. Estaba muy asustado. ¿A quién le pedía perdón?
Elkerael no pudo contener un arrebato de conmoción y, de pronto, una lágrima más brillante de lo normal se desprendió de uno de sus antiguos ojos de ángel.
─Attaegina, yo hice una promesa de silencio a cambio de salvar la vida del niño que era Halcón.
Y lo hice porque, en el camino de los nawales , el silencio a veces sepulta las cosas bajo el hechizo del olvido, de la inexistencia.
Ignoro si Halcón necesita todavía un tiempo para acostumbrarse a vivir sin esa protección.
Tengamos paciencia y permanezcamos muy atentos, muy cerca de él.
─Pero, ¿entonces? ¿De qué o de quién lo salvaste? ─insistió Atti sin poder disimular su angustia─. Elkerael, te lo ruego…
El viejo negó con la cabeza, resignado.
─El alma de Halcón ha elegido enfrentarse a algo muy difícil, incluso para un nawal .
Pero el destino no es estático, cambia todo el tiempo.
Tal vez aún estemos a tiempo de evitarle a Halcón ese maltrago.
Aunque, si te cuento lo que sé, le daremos al Cosmos un motivo para que ese destino funesto se haga posible.
Incluso ahora, al hablar de ello, estamos arrojando luz sobre una semilla que, para bien de Halcón y de todos, no debe germinar.
─Está bien. Vale, no volveré a hablar de eso. Solo deseo que Halcón esté a salvo. Si la condición es callar...
─Attaegina, hija, escúchame bien: mañana, cuando nos reunamos y os cuente por qué estamos aquí y hacia dónde nos dirigimos, Halcón insistirá en que te quedes en casa.
Si de él dependiera, no permitiría que nos acompañes.
Tanto es el amor que siente por ti que le aterra volver a verte morir.
Ahora bien, si tú lo amas tanto como él a ti, insistirás en acompañarlo a donde haga falta.
Porque una cosa sí te la puedo revelar: en esta lucha del bien contra el mal que solo acaba de comenzar es de suma importancia que te mantengas a su lado, a toda costa.
Hasta el último momento. Pues a fe mía que, en esta ocasión, tú tendrás que ser su faro.