CAPÍTULO 13
─No sabía que tenías tantos hermanos ─ le dijo Nilo a Creta entrando con sigilo en las cuadras─. Están todos hambrientos. Si no vienes ya, te vas a perder la cena. Y voy a cocinar yo. Te recuerdo que me crie en una taberna. Sé dorar ajos desde que tengo uso de razón.
El chico sonrió con picardía dejando ver su reluciente colmillo de oro.
Pero Creta se hallaba absorta mientras trenzaba las crines de Trueno, como si el tiempo desapareciese cuando se sentaba junto a su amadísimo caballo, sin ninguna intención de darse prisa.
Junto a ella, el tordo bériko masticaba una vaina de algarrobo como un niño comiendo un dulce.
─ ¿De dónde habéis sacado esos caballos tan pequeños? ─ le preguntó ─ . Comparados con los nuestros, parecen poco más que ponis. Además, están flacos. ¿Os los vendieron baratos?
─ ¿Baratos? ─ se asombró Nilo por su desconocimiento ─ . ¡Son caballos del desierto! ¿Es que no te has fijado en cómo corren? Son relámpagos. Y soportan bien los calores del Sur.
Creta los miró con desconfianza y, después, volvió a dedicarle todas sus atenciones a Trueno que, comparado con aquellos, se veía lustroso y robusto.
─ Attaegina cree que es un caballo indómito, sacado de los infiernos…
─relataba con reproche acariciándole el cuello al animal─.
Pero, ¡míralo! ¿Has visto criatura más noble?
Es dócil como un cachorrillo, solo que ella no le comprende.
Ella no sabe escuchar. Mi hermana mayor solo habla.
Desde que tiene seis años, todo el mundo aguarda con expectación lo que ha de salir de su boca.
Ahora resulta que es un ángel, pero ya no tiene el don ─afirmó en tono despectivo─.
Me pregunto qué hará para mantener el estatus…
─Oye, eso es cruel ─la cortó Nilo. Creta frunció el ceño pero, en lugar de responderle, continuó con su labor─. Te pasas la vida hablando de tu hermana. ¿Qué más te da lo que haga Attaegina?
─ Tú no lo entiendes, Nilo. Yo siempre permanezco en su sombra. ¿No te pasa con Pantera?
El chico se quedó callado sin dejar de observarla.
Sus ojos felinos no perdían detalle de cada lazada que los dedos de la joven formaban en las crines de su caballo.
Tampoco habían pasado por alto su bien torneada figura de amazona salpicada por el tenue candor de una tea.
A medida que iba conociendo a Creta, cada vez comprendía mejor su belleza, su feminidad latente bajo esa apariencia sobria de guardiana de los bosques.
─ Pantera es como mi madre ─respondió saliendo de su ensimismamiento─. Así que no, no me pasa lo mismo. No se puede ni comparar. Pantera es muy pesada en ocasiones, pero siempre ha cuidado de mí. Se lo agradeceré toda mi vida, aunque a veces no la soporte… Cosas de hermanos, ¿no?
─ Bueno… Depende de qué hermanos.
Creta le dio otra algarroba a Trueno y comenzó una trenza nueva.
─ No tienes mucha intención de venir a cenar con todos, ¿verdad? ─insistió Nilo. Creta perseveró:
─ No tengo hambre.
─ Bueno, vale. Pues yo me voy. Tengo que cocinar...
─ ¡No, espera! ─le pidió levantando la cara por fin de las crines de Trueno.
Nilo detuvo sus pasos─. Al menos contigo puedo hablar.
Yo… nunca le he contado a nadie cómo me siento.
Ni siquiera le dije nunca a nadie lo de Lorick.
Y al final, ya ves: se ha enterado de la peor de las maneras.
Él y Attaegina. ¡Ay, Nilo! ¡Y es por mi culpa!
De verdad que no quiero volver a mirarlos a la cara.
Me da demasiada vergüenza. Por eso no iré a cenar.
─ ¿Y qué vas a hacer? ¿Esconderte en las cuadras para siempre?
Creta anudó la última trenza. Gracias a ella, Trueno se había convertido en el caballo más elegante de todas las caballerizas, incluso por encima de esos engreídos del desierto que esa noche compartirían establo con él.
─ Cuando yo era pequeña, me pasaba horas aquí dentro.
Me imaginaba viviendo entre caballos para no tener que discutir con humanos.
Pero, cuando crecí, descubrí que mi verdadero deseo era vivir en el bosque, dormirme con el ulular de la lechuza y despertar con el canto del verderón.
Quiero construirme una cabaña y vivir apartada de las aldeas. Ya he encontrado el lugar…
─ Ah, ¿sí? Pues ahora mismo el bosque está lleno de alimañas. Yo no te lo recomiendo.
Ni con toda su soberbia Creta pudo rebatirle. Las alimañas eran harina de otro costal…
─Eso sí te da miedo, ¿eh? ─insistió el chico─.
No me extraña. Por eso odio dormir en el bosque.
Pero aún nos quedan días de viaje, nos guste o no.
Elkerael todavía tiene que explicarnos sus planes.
─Se quedó callado, esperando alguna reacción.
Nada. Creta parecía de piedra. Finalmente añadió─: No vas a venir, ¿verdad?
Ella suspiró con fastidio, negando con la cabeza.
─No quiero tener nada que ver con esta historia.
Y Nilo se encogió de hombros y se giró, dispuesto, ahora sí, a marcharse.
─Ya formas parte de esta historia. Pero, en fin…
Cuando estaba a punto de abandonar el establo, unas voces acaloradas llegaron hasta allí.
Era Attaegina, en la entrada de la casa Mentastro, discutiendo con algunos miembros del consejo.
Creta se levantó de un salto y corrió a comprobar qué sucedía: allí estaban el abuelo Tiresias, el viejo Boj y la abuela Níobe.
Pero la voz preponderante pertenecía a la insidiosa abuela Leto.
─Es esa maldita vieja, otra vez ─maldijo Creta por lo bajo─. ¿Por qué no nos deja en paz?
Halcón, Pantera y Elkerael lo presenciaban todo callados mientras la pequeña Galatis, aferrada al cuerpo de su hermana mayor, se esforzaba por contener las lágrimas.
De pronto llegó Tauh, todo bravo, dispuesto a soltar alguna insolencia, pero Halcón con un gesto le hizo saber que debía guardar silencio.
─¡Te digo que no pueden quedarse, Attaegina! ─exclamaba la abuela Leto, enfurecida, arrojando una mirada de desprecio por encima de Halcón.
─Un día completo de asilo. Es la Ley ─le recordó Atti, férrea como un muro. No pensaba ceder.
─¡A ese ya se le expulsó! ─Y señaló a Halcón con el dedo─. ¡Por mentiroso!
─¡Es un nawal , Leto!
─Attaegina… ─trató de interceder Halcón pacíficamente. Pero ella no quiso escucharle.
─¡Háblale con respeto, aunque sea más joven que tú!
─¡Estás poniendo a toda la aldea en peligro! ─intervino el abuelo Tiresias─. ¿Es que no te das cuenta? Sois fugitivos, todos vosotros. No queda un solo rincón de Nueva Pangea donde no se hable de lo que hicisteis en Teff.
─¡Lo hicieron para salvar la vida de mi hija! ─se añadió de pronto la ronca voz de Aleff, que salía en ese instante de la oscuridad del olivar seguido por Ceres─. ¡Desafiaron a ese cabrón del Patriarca para sacar a mi hija de la boca de un diablo! ¿Qué tenéis que reprocharles?
Attaegina observaba boquiabierta la corpulenta figura de su padre. Él nunca se había enfrentado al consejo, jamás había puesto en duda nada de cuanto los abuelos decidían. Sin embargo, se percibía un cambio en su presencia, en su porte de oso pardo. Un oso a punto de rugir.
─Tu hija no sé en qué líos se ha metido, Aleff ─replicó Leto─, pero nos está poniendo a todos en peligro al volver aquí.
Aleff no contestó de inmediato. Por un instante, Atti creyó que, a pesar de ese amago de rebeldía, su padre volvería a actuar como siempre, como todas las veces anteriores en las que sencillamente calló porque no tenía el valor suficiente.
Pero había un halo diferente en él: y es que esa pausa breve, ese instante de silencio antes de responder no fue sino la calma que precede a la tormenta. Y no cualquier tormenta…
─¿Estás diciendo que mi hija es peligrosa?
─¡Estoy diciendo que tu hija…!
─¿¡Cómo te atreves a decir que mi hija Attaegina es peligrosa!?
─¡Padre! ─intentó detenerlo Atti. Aleff continuó:
─¡Mi hija puso a vuestro servicio la ayuda de los ángeles! ¡Ahora ella es un ángel y os pide asilo! ¿¡Y se lo negáis!? ¡Ingratos! ¡Malditos ingratos!
A medida que la discusión ganaba vigor, en torno a los ancianos se había ido adhiriendo la muchedumbre, y los murmullos viajaban de boca a oído entre unos y otros en tanto que los abuelos bajaban la cabeza reconociendo, tal vez, que se habían quedado sin argumentos.
Sin duda Aleff había aludido a lo más sagrado, ya que todos en Caliza creían en los ángeles.
No solo eso: sabían que eran sus ancestros, que a ellos les debían la vida en Nueva Pangea. Así que nadie más alegó nada.
─¡Mi hija ha vuelto a su casa! ¡Puede quedarse para siempre si quiere! ─sentenció el cabeza de familia─. Y sus amigos, a quienes honro y respeto, tendrán asilo en mi hogar, cuantos días necesiten. ¡No le tengo miedo al Patriarca! Porque los Mentastro, ante todo, tratamos bien a nuestros invitados.
Ninguno se atrevió a contradecirle. Solo cuando el corrillo de curiosos comenzó a disiparse entre una murmurante amalgama de voces, la abuela Leto levantó un dedo como gesto de advertencia y dijo:
─Aleff, te hacemos responsable de esto.
─¡Descuida! ─respondió aquel en tono contundente. Después se giró a mirar a sus precipitados huéspedes. Aún desconocía qué hacían en Caliza y por qué. Pero en una cosa estaban todos de acuerdo, y era en cómo sus estómagos vacíos comenzaban a protestar─. Y ahora, a cenar. Que tengo hambre.
Todos, en completo silencio, dieron media vuelta para entrar en la casa de los Mentastro: Halcón, los niños...
Excepto Attaegina, pues se moría de ganas por abrazar a su padre.
Y Aleff, que minutos antes había encarnado la furia de una bestia protegiendo a su prole, desde el mismo sentir se deshizo al acoger a su primogénita entre los brazos tras meses de angustia sin saber si la volvería a ver viva.
─¿Y Creta? ─le preguntó.
─En las cuadras. Ella está bien. Ha sido muy valiente al venir a ayudarme.
Aleff asintió con la cabeza sin separarse todavía de su hija.
─Gracias, papá ─le susurró ella al oído─. Gracias por cuidarnos.