El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Los ojos de Lorick se le clavaron, como cristales, reavivando por un instante los momentos en que había muerto de celos por Halcón. Tras un momento de tensión, él prosiguió:

─ Reconozco que mi amor por ti se está transformando y que cada vez te veo más como a una amiga especial en lugar de como a la esposa que no pude conseguir.

Admito también que s iempre me agradó la compañía de Creta, con ella podía salir a galopar.

Nuestros caballos corrían tan rápido que apenas rozaban la tierra con los cascos.

Aquellas tardes en las praderas me sentía libre, libre de todas mis responsabilidades, libre de mi padre...

Oberón se enfureció cuando le conté que no habías querido casarte conmigo.

Le molestó incluso mucho más que a mí. Ahora conozco los motivos, claro: tú formabas parte de sus planes.

─ Se quedó callado de nuevo porque necesitaba pensar bien lo que iba a decir ─ : Yo te prometo que te he amado muchísimo, que has sido la primera mujer en mi vida, pero esa sensación de libertad que yo anhelaba no era capaz de encontrarla en ti.

Creo que llegaste a convertirte en una de las muchas obligaciones que me impuso Oberón.

Era tan insistente con nuestro compromiso que, en un momento dado, me llegó a abrumar la idea de tomarte por esposa solo porque quería llevarle la contraria.

Además, yo sabía que tú no te someterías a él ni a Titania ni a mis parientes de Heimkel, y lidiar con eso también me tenía preocupado.

Lorick no se sintió orgulloso de compartir todas esas cosas.

Nunca le había confesado a nadie lo que sentía de verdad, la manera en que quería vivir…

Tampoco a Attaegina. Ni siquiera se había perdonado a sí mismo aún por no estar a la altura de lo que Oberón esperaba, de lo que esperaban todos.

Atti le apoyó una mano en la espalda, con suavidad, una sola mano que para Lorick albergaba el calor de un refugio.

─No tienes de qué avergonzarte ─respondió dulcemente poniendo en palabras lo que, tal vez, Lorick no se atrevía a expresar─. Con Creta podías compartir cosas que yo era incapaz de darte. Si nos hubiésemos casado, solo habrías contribuido a que los planes de Oberón salieran a la perfección.

─ Tampoco es así, Attaegina. Yo te amaba de verdad, a pesar de Oberón.

─Yo también te amé de verdad, Lorick ─respondió Atti ligeramente molesta.

Ante todo, su amor por él en el pasado había sido sincero y quería que nunca lo dudara─.

Soñé cada noche con tu regreso cuando emprendiste tu viaje iniciático.

P ero, piénsalo. Si todo hubiera sucedido como tu padre tenía previsto, ¿qué habría ocurrido después?

¿Te habría hecho feliz yo a ti? ─El silencio de Lorick sirvió como respuesta─.

La vida es larga y no nos conocíamos tanto.

Sin duda, habríamos cometido un error. Y por no hacerme daño a mí ni decepcionar a tu padre, te habrías sacrificado y no te habrías permitido nunca ser tú mismo.

─Creo que por eso me fui tan lejos, a Teff, tanto tiempo.

Necesitaba descubrirme, saber qué me gustaba a mí, no ser una parte más de la sombra de mi padre.

Conocerme. ─ Attaegina recordó las palabras de Halcón, las de Elkerael: « Conócete a ti mismo », s abiduría de nawales que cualquier ser humano, en algún momento de su vida, podía necesitar.

Lorick continuó ─ : Quería llevarte allí conmigo para escapar del yugo del Clan del Salmón.

Pero he aprendido que no se puede escapar de nada, que a la vida hay que echarle valor y combatirla de frente.

Es la única manera. Es lo que hice con Titania, con Oberón.

─ Los labios de Lorick vertían rencor en ese nombre cada vez que lo pronunciaban ─ .

Él ha sido mi demonio personal. Le he tenido más miedo que a Molok.

─ ¿Cómo que…? ─ se sorprendió Atti ─ . ¿A tu padre? Yo no lo sabía… ¿Por qué le tenías tanto miedo?

─ ¿Lorick? ─ preguntó alguien tímidamente desde el portón ─ . Lorick, hijo…

Era Prímula, la segunda mujer de Oberón, o mejor dicho, su viuda.

Apareció arropada con un chal de hilo y el cabello canoso recogido en dos trenzas.

Era la madrastra que había criado a ese niño del Norte mejor que si hubiera sido fruto de su vientre.

La desdichada que tantas veces se había interpuesto, como un escudo protector, entre él y ese hombre que ya no regresaría nunca más a casa.

─ Madre, acabamos de llegar.

Prímula se acercó a Lorick mirándolo de arriba abajo, como si quisiera asegurarse de que conservaba las dos piernas y los dos brazos después de la batalla.

Le acarició la cara con cuidado, descubriendo que todavía quedaban rastros de sangre seca y magulladuras en ella, y le sonrió, orgullosa de él.

Después observó a Attaegina. Atti siempre había recordado a Prímula con un tinte temeroso en la mirada, con la voz enronquecida, como si nunca se hubiese atrevido a opinar más de la cuenta. Ahora empezaba a comprender.

─ ¿Y tu padre? ─ le preguntó a su hijo. Había en ella cierta expectación mezclada con un sentimiento de miedo y angustia. Lorick negó con la cabeza mientras le cogía las manos para tranquilizarla.

─ Está muerto.

Los ojos castaños de Prímula se llenaron de lágrimas mientras contenía la respiración. Eran lágrimas de descanso, reprimidas durante años, que se agolpaban para, por fin, escapar todas al mismo tiempo. Lorick se las enjugó.

─ Ya está, madre. Ese demonio nunca volverá a ponerte una mano encima.

Mientras Prímula terminaba de llorar en los brazos de su hijo, Attaegina desapareció de la escena en silencio, liviana como una hoja llevada por el viento. Ignoraba si Lorick necesitaba derramar alguna lágrima. Lo que sí sabía era que, en ese caso, él preferiría que nadie lo viera.