CAPÍTULO 12
Las dehesas de Caliza, obedeciendo a la ciclicidad de Madre Tierra, habían enmarillecido por el avance del estío.
Era ahora más que nunca cuando el sol exprimía los aromas del cantueso y del abrótano ungiendo en ellos el aire seco del Sur que se derramaba sobre la aldea.
La naturaleza, los elementos, todos seguían su curso.
Sin embargo, algo había cambiado, algo dentro de Atti, pues sus pies no pisaban los caminos con la fragilidad de antes.
La mujer que regresaba a casa no era la misma chica que dejó todo atrás hacía escasos meses.
Ya no fantaseaba con servir al consejo ni ser el oráculo de nadie, de hecho ya no tenía dones adivinatorios.
Aún no conocía con detalle qué camino le iba a deparar el Cosmos, pero la madurez había transformado su anhelo en otro por el que sería capaz de entregar su vida: el anhelo de proteger a los suyos del mal, a cualquier precio. ¿No era esa la misión de los ángeles?
─ Los senderos están llenos de alimañas ─ comentó Elkerael con cierta preocupación ─ . No ha sido un problema para mí reducirlas, pero ya no es seguro transitar las cañadas: acosan a los pastores, matan a sus ovejas, saquean las posadas…
─ ¿A qué crees que se debe? ─ preguntó Halcón ─ . Antes eran muy tímidas, solo se dejaban ver en lugares muy apartados. Aunque a Attaegina y a mí nos abordaron en el valle, hace tiempo, cuando viajábamos a Teff. Y nunca, que yo sepa, habían llegado hasta el valle.
Todos guardaban silencio esperando una respuesta del viejo, inquietos, conscientes de que algo estaba cambiando, quizás el aire que respiraban, quizás el mundo...
Las alimañas llegaban a ser muy agresivas si se lo proponían.
Pero, ¿qué hecho las había empoderado de aquella manera? Elkerael trató de dar una explicación:
─No estoy muy seguro de lo que voy a decir, pero cada vez les cuesta menos habitar nuestro mundo.
Incluso algunas se muestran ya a la luz del día, algo que antes era insólito.
Un ciclo se termina, según las profecías.
La Era del Agua comenzó con la caída de la Antigua Pangea.
Dentro de poco, dará lugar a la Era del Fuego.
─¿Qué profecías son esas? ─intervino Pantera─. En el templo nunca nos contaron nada, pero las sumas sacerdotisas las tenían recogidas en papiros, en su biblioteca privada.
─Es un conocimiento que se ha perdido, que como tú bien dices, Pantera, las élites se han reservado para sí.
Información privilegiada. Pero los nawales accedemos al conocimiento directamente a través del Cosmos, sin intermediarios.
Por eso quieren acabar con nosotros, pues no quieren que nadie conozca la verdad.
En fin, volviendo al asunto, os lo contaré:
»La Era del Fuego corresponde a los ciclos elementales.
Si seguimos la rueda de los cuatro puntos cardinales, el fuego sigue al agua si invertimos las direcciones, es decir, si vamos de Oeste a Este.
El agua se sitúa al Oeste, el fuego se sitúa en el Sur.
Pues bien. Nueva Pangea se fundó tras una catástrofe por agua.
La Lluvia Larga, de la que todos habéis escuchado hablar cuando erais niños, fue el culmen de un ciclo, un evento destructivo con las viejas estructuras, pero también purificador y transmutador.
Los últimos años en la vida de la Antigua Pangea fueron realmente aterradores.
Ángeles de luz luchaban a diario contra ángeles caídos.
Fue un derroche de sangre. Pero cuando parecía que todo estaba perdido, la luz hizo que la oscuridad se desvaneciera.
Y entonces el mundo cambió. No podía ser de otro modo.
La muerte es parte de la vida, y todos esos ángeles muertos en la batalla fertilizaron la entraña de la nueva tierra para que sus descendientes continuaran el camino que ellos dejaron a medias.
»Se profetizó entonces que la siguiente caída del mundo sería por fuego en lugar de agua.
Nadie se aventuró a concretar el día ni la hora.
Al igual que uno no sabe cuándo llega el verano hasta que ve los brotes verdes de la higuera.
Sin embargo, hay indicios de sobra que me hacen pensar que estamos entrando en la última etapa de la Era de Agua.
El aumento del poder de las alimañas es uno de ellos.
Un silencio casi lúgubre los invadió al escuchar la profecía de labios del viejo. En ese momento, Halcón apretó fuerte la mano de Attaegina. Era una manera invisible de asegurarle que siempre permanecería a su lado y que juntos superarían todas las dificultades.
De pronto, una figura flacucha y saltarina se asomó tras el abrevadero que había a la entrada del poblado.
Era Anut, el mismo Anut que Halcón había exorcizado la primera vez que pisó Caliza.
El chico corrió hacia Attaegina con una sonrisa serena en su pecoso rostro y se abrazó a ella con un entusiasmo que rozaba la devoción, como si hubiera visto a una diosa.
─¡Anut! ─exclamó ella arropándolo entre sus brazos─. ¡Anut, qué mayor estás! ¿Me has echado de menos todo este tiempo?
El muchacho la miró con un brillo cautivador en sus pequeños ojos oscuros. Después observó tímidamente a Halcón. Le sonrió.
─Te acuerdas de Halcón, ¿eh? ─le dijo Atti─. Pues se va a quedar un par de días aquí, con nosotros. ¿Qué te parece?
Anut se sonrojó y escondió el rostro en el hombro de Attaegina.
─Desde que pasó aquello ─explicó Creta de pronto─, está muy tranquilo. Incluso ha aprendido a decir alguna palabra.
─¿Es verdad eso, Anut? ─le preguntó Attaegina emocionada. Pero Anut era demasiado esquivo y tanta gente lo abrumaba. Ella lo sabía─: Te acompaño a casa, ¿vale?
El chico asintió con la cabeza y Atti se lo llevó en dirección al hogar de los Arrayán.
─Espera, Atti ─le pidió Lorick─. Voy con vosotros. He de ir a ver a mi madre. Tengo que… darle noticias.
En ese momento Creta descubrió que, en ausencia de su hermana, acababa de convertirse en la anfitriona de todos los demás, algo a lo que no estaba acostumbrada, y con su habitual aspereza resolvió:
─Vale, seguidme. Iremos a mi casa. Dejaremos en el establo a todos los caballos.
Se colocó a la cabeza, muy seria. Solo una vez miró de soslayo a Lorick mientras se alejaba, después irguió la barbilla con orgullo y aceleró el paso mientras los otros la seguían, sobre todo Nilo, que se colocó a su lado.
Era de todo el grupo el único que conseguía sacarle alguna palabra en el día a día.
La casa del difunto Oberón quedaba cerca de los Arrayán, así que Atti, cuando dejó al muchacho en su hogar, se quedó a solas con Lorick, que tiraba apaciblemente del ronzal de Eclipse.
─¿Tú lo sabías, Atti? ─le preguntó él tras un incómodo silencio inicial─. Lo de Creta.
Attaegina no esperaba una pregunta tan directa. Era, desde luego, un tema delicado dadas las circunstancias.
─No… No tenía ni idea de que Creta estaba enamorada de ti. Supongo que he vivido tan absorta en mis premoniciones, en el consejo y en cuidar de mis hermanos pequeños… Y bueno, también en mi relación contigo, en nuestro supuesto compromiso, que no presté atención a las señales que ella daba.
Lorick seguía imperturbable, como siempre.
Un poco más adelante ya se veía su casa.
No era muy distinta de la de los Mentastro, pero sí bastante más grande, así como sus graneros, sus huertas, sus bodegas y sus cuadras.
A juzgar por el silencio y por lo tarde que era ya, dedujo que todos se habían retirado a descansar.
Entonces, seguido de Attaegina, condujo a Eclipse al interior de las caballerizas. Ella continuó:
─Siempre la veía con los muchachos de la aldea, domando potrillos o saliendo a cazar… ─Lorick ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa de resignación─. ¿De qué te ríes? ¿Es que no es verdad eso?
─Es cierto que conoces poco a Creta.
─¿Cómo? ─Para Atti fue otro golpe más. Lorick se explicó:
─Ella no se limita a cazar con los muchachos.
Lo que ella hace es mucho más importante: supervisa las partidas de caza, vigila los bosques, se asegura de que nadie rompa su equilibrio.
Reconoce el canto de cada ave y sabe dónde encontrar incluso a las más discretas.
Conoce la guarida de los lobos y también la de cada oso de la región.
Por eso enseña a los jóvenes. Creta los vigila para que ninguno cace fuera de temporada ni tampoco de más, para que nadie lleve más carne de la que su familia necesitará.
En una ocasión se enfureció con uno de los novatos.
Tendrías que haberla visto apuntándole con su arco para que él arrojara el suyo al suelo.
El muy infeliz quería cazar a una cierva preñada. Creta la salvó.
─Cielo y Tierra… No tengo ni idea de quién es Creta en realidad. Siempre la he culpado por no contarme nada. Tal vez yo tampoco he mostrado ningún interés por sus cosas.
─Y yo de verdad que no sabía que para una mujer su trenza es tan importante... Soy un torpe, ahora debe de odiarme.
─Te perdonará ─le prometió Atti─. Me he fijado en cómo te mira y por fin he comprendido lo que siente por ti.
No te desprecia, pero está herida. Por muy enfadada que esté contigo, eres demasiado importante para ella.
No lo puede evitar, lo leo en su rostro, en el lenguaje de su cuerpo cuando te tiene cerca…
En fin, lo siento en mis entrañas: Creta te ama.
Lorick contuvo la respiración por un segundo. Se quedó rígido con la mirada perdida en algún pensamiento muy profundo. Habría sido imposible averiguar qué le pasaba por la cabeza en aquel instante.
─¿Es que nunca has sentido nada por mi hermana?
Esa pregunta no la esperaba. Atti contaba con que él no quisiera contestar, pero al cabo de unos segundos lo hizo:
─Creta era tu hermana pequeña. Y de alguna manera, también la mía. Pero yo ya no sé ni lo que siento. Una parte de mí aún te quiere, Atti.