El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

─ Halcón…

El joven nawal sintió que acababan de robarle algo.

Algo muy preciado pero imposible de explicar, algo valiosísimo que ni siquiera sabía qué era o si alguna vez había llegado a poseerlo pues, de lo contrario, no podría decirse robar .

Y sin embargo, él lo vivió así: un robo, un secuestro.

Alguien, en algún lugar, había destruido una parte de su identidad, algo que le pertenecía, pero, ¿qué?

─ Halcón, te estoy hablando.

Halcón no se había dado cuenta. Ni siquiera había escuchado la voz de Attaegina.

─ Tenemos que irnos ya, vamos.

Se llevó una mano al pecho, el lugar donde solía dolerle cuando se acercaba alguna alimaña. Aunque eso era antes, cuando todavía portaba el sello de protección sobre la piel. Ahora lo tenía borrado por completo. Había interiorizado ese gesto y ya lo hacía por costumbre.

─ Halcón, ¿estás bien?

La miró. Entonces, la sonrisa de Atti le devolvió el olor balsámico del pinar, la rigidez de la tierra que sostenía el peso de su cuerpo, la luz vibrante de una tarde del último mes del verano.

─ Sí… ─ le respondió, todavía aturdido ─ . Tenías una mariposa en la cara, ahora mismo.

─¿Una mariposa? ─se sorprendió ella mirando alrededor─. Yo no he visto nada.

Halcón observó el rostro de Atti como si buscara algún secreto en él.

─Una mariposa azul. Yo la he visto. Estaba aquí, hace un momento.

Attaegina ladeó la cabeza sonriendo en modo burlón.

─Ay, Halcón… Te habías quedado dormido y creo que ni te acuerdas.

─Sí, sí… Creo que ha sido eso…

A su alrededor, Pantera apagaba una fogata. Ese día habían comido codornices. Las había cazado Creta, era magnífica con el arco. Nilo vertía en la tierra el poso que había quedado dentro del caldero y Lorick ensillaba a su caballo.

─Echas de menos las siestas, ¿verdad? ─le susurró Attaegina entre risas, acercándose a colocarle un discreto beso en los labios. Halcón sonrió.

─Oh, sí… Holgazanear un rato después de comer, cuando el sol pica como un diablo y solo las cigarras son capaces de moverse.

─Sí, pero nosotros somos los únicos imbéciles que tienen que continuar ─protestó Nilo─. Estoy harto y me duele el culo de tanto cabalgar.

─Pues haberte quedado en Teff ─le espetó Pantera sin miramientos─. Tú quisiste venir. Yo no estaba de acuerdo, ¿recuerdas? Te dije que no iba a ser un viaje de placer. Así que enfádate contigo mismo.

─No, no, perdona. Yo ya sabía que no era un viaje de placer, no soy tan idiota. Pero nadie me dijo que íbamos a llevar una rutina militar. Vamos, que hasta los soldados de Nabor descansan más que nosotros.

─Pues alístate en su ejército, ¿a mí que me cuentas?

La respuesta de Pantera enfureció a Nilo y ambos se enzarzaron en una discusión en la que nadie se habría atrevido a mediar.

La adivina de los acantilados, dejando relucir sus dos colmillos de oro, intimidaba como una fiera salvaje, aunque cabe decir que Nilo cada vez era más desafiante con ella.

Al fin y al cabo, eran asuntos entre hermanos. Ellos se entenderían.

─¡A ver si llegamos ya de una maldita vez a Caliza! ─se quejó el chico dando un patada a un trozo de leña calcinado─. ¡Estoy hasta las narices de tanto bosque, de pasar frío, de comer en el suelo! ¡Necesito llegar a un sitio donde haya civilización!

─¡Ja! ─rio Creta, de repente, sin poderlo evitar─. Pues no esperes que en Caliza haya mucha gente civilizada.

Nilo se calmó al escucharla. Seguía enfadado, pero sus modales eran exquisitos cuando se trataba de Creta. Lo cierto es que llevaban varias noches compartiendo el turno de vigilia y, al parecer, comenzaban a entablar una curiosa amistad. De hecho, Creta solo hablaba con él.

─¿Sigue enfadada? ─le preguntó Halcón a Atti en voz baja. Ella asintió. Sin que Halcón se diera cuenta, no dejaba de observarlo. Lo notaba extraño. En ese momento, el nawal se llevó la mano al pecho, otra vez.

─¿Es que aún te duele? Si ya no tienes el sello, ¿no?

Halcón se miró la palma de la mano. Luego se abrió el cuello de la camisa y se miró la piel.

─Creo que me ha picado algo ─se excusó─. No, no me duele. Pero, no sé: tal vez sea la costumbre.

Se levantó del suelo, un poco más lúcido, cuando Lorick le pidió ayuda con los caballos.

─¿Lo ves? ─susurró girándose hacia Atti─. Ya hemos hecho las paces.

El nawal le guiñó un ojo, uno de esos ojos de ámbar capaces de contagiar a cualquiera de su alegría, y se acercó hasta donde estaba el nórdico. Entonces Attaegina buscó a Creta con la mirada, pero su hermana la evitaba todo el tiempo. No habían vuelto a mediar palabra.

─Por mucho que crezcan, no podemos dejar de cuidarlos, ¿verdad? ─le dijo Pantera cuando pasó por su lado─. Es lo que tiene ser hermana mayor.

─Creta tiene mala cara. Apenas está comiendo nada estos días, me he fijado. Nunca la había visto tan deprimida. Creo que me odia por lo que le dije...

─Ya se le pasará. Fíjate en Nilo. Protesta por todo, últimamente está más insoportable que de costumbre. Pero sabe que yo siempre estaré cuando me necesite, por muchas barbaridades que nos digamos el uno al otro. ¿Sabes? Cuando nos enfadamos creo que somos un poco… explosivos.

─Por lo menos vosotros os decís algo. Pero Creta y yo… Nunca hemos hablado mucho, y cada vez lo hacemos menos. Somos dos desconocidas que llevan la misma sangre en las venas.

No continuó porque Creta se encontraba bastante cerca.

Atti la percibía tan fría, tan esquiva y lejana que ni siquiera encontraba la oportunidad ni la manera de quererla.

Trató de recordar si siempre había sido así de complicada.

Entonces se acordó de que fue un bebé que lloró mucho.

Mientras Atti comía bien y estaba sana, Creta apenas probaba bocado y enfermaba a menudo.

Atti caminó pronto y habló en seguida, pero Creta fue una niña mohína que solo quería ir en los brazos de su madre.

Al parecer, Attaegina no se equivocaba: Creta era sorprendentemente frágil a diferencia de lo que intentaba aparentar.

Ni Lorick ni ella jamás se habían dado cuenta.

Continuaron el camino en dirección al sur con la esperanza de llegar a Caliza antes del anochecer, y cabalgaron más silenciosos que de costumbre porque Nilo seguía enfadado; Creta, aislada del mundo; Lorick, que de por sí era parco en el hablar, llevaba días más pensativo de lo habitual.

Solo Pantera narraba de vez en cuando alguna de sus vivencias en Teff, cuando Nimeria aún vivía y ambas hacían de las suyas escapando del templo a escondidas.

Decía que, cuando hablaba de Nimeria, la sentía muy cerca, como si la muerte no las hubiera separado.

─¿Eh, Halcón?

Pero Halcón no había escuchado absolutamente nada. Absorto en algún recuerdo vago, se mostraba introvertido como nunca.

─¡Halcón! ─exclamó Pantera─. Que te duermes otra vez, ¿qué te pasa? ¡Date un poco más de vida, hombre!

El nawal solo acertó a sonreír. Pero no era una sonrisa sincera. Atti lo supo. Lo sabía en todo momento: a Halcón ese día le ocurría algo.

─No sé por qué, pero hoy echo mucho de menos a mis padres ─contó al fin.

Nadie opinó. Para todos era raro porque Halcón era nawal , y los nawales caminaban solos. No tenían tribu ni se debían a sus familias carnales. Atti se abrazó más fuerte a su cintura, acariciándole el pecho con suavidad mientras continuaban cabalgando. Él prosiguió:

─De repente siento que su ausencia nunca me ha dolido como hoy. Es como si me los hubieran robado.

─Nunca me has hablado de tu padre ─sugirió Attaegina─. Y ni siquiera me has dicho nunca el nombre de tu madre.

Halcón suspiró antes de seguir:

─Mi madre se llama Raira. Bueno, yo digo que se llama porque supongo que sigue viva. Llevo años sin verla. Y mi padre no sé cómo se llama. No sé nada de él. Ella siempre dijo que me lo contaría todo cuando fuera un nawal adulto. Pero hoy tengo la rara sensación de haber soñado con él… No sé…

Tras unos minutos de incómodo silencio en los que Attaegina no supo cómo hacer que se sintiera mejor, Pantera intervino:

─Yo tampoco conocí a mi padre. Mi madre me contó que era un marino mercante. Coincidieron una temporada en el varadero de Teff y se enamoraron. Después él continuó con su vida y no volvieron a encontrarse más.

Se encogió de hombros con la indiferencia de quien se toca una cicatriz que ya no duele.

Nilo, sin embargo, la escuchó con un halo de nostalgia.

Quizás para él sí era importante saber quién era el hombre que le había legado sus rasgos y la mitad de su sangre.

Al fin y al cabo, Pantera y él ni siquiera habían sido engendrados por el mismo padre, por lo que el misterio aún se volvía más enrevesado.

Attaegina observó a Lorick y lo compadeció: apenas hacía días que había perdido a Oberón.

Para ella, perder a su madre tras una larga enfermedad fue doloroso, pero sin darse cuenta todos esos meses le sirvieron para llorarla, para afrontar el duelo cuando aún vivía, para aceptar su marcha, de tal modo que el día de la ceremonia fúnebre ya no le quedaban lágrimas por derramar.

En cambio, lo de Oberón había sido imprevisto, rápido a la vez que violento, y además había muerto por escoger el bando contrario al de su hijo.

Aparte de eso, la madre de Lorick no era realmente su madre.

¿Cómo lo había encajado él, que hablaba tan poco y que se guardaba tanto?

«Después de todo, Creta y Lorick no son muy diferentes», pensó Atti.

─¡Attaegina, mira: el altozano! ─señaló Halcón a lo lejos.

Un sentimiento de recompensa los invadió a todos cuando descubrieron que habían llegado a Caliza antes de que el sol se ocultase tras las cordilleras de Bérika.

Por fin dormirían a cubierto, en un hogar, tras varias noches de dormitar a la intemperie entre incómodas guardias, con el frío del relente metido en los huesos.

─¿Te acuerdas? ─murmuró Halcón para que solo Atti lo escuchase─. Qué enfadada estabas ese día, pero cómo brillabas.

Atti se abrazó más fuerte al torso de Halcón, apoyó el rostro en su espalda y cerró los ojos mientras se estremecía sin dejar de respirar el exótico aroma de su ropa y su cuero cabelludo.

Y es que en ese altozano, el mismo en donde jugaba al escondite cuando era niña para que nadie la encontrara, por una serie de extraños malentendidos y no poca ironía del Cosmos, había conocido al amor de su vida.

─¡Mis queridos jóvenes, por fin! ─clamó inesperadamente la voz del viejo Elkerael.

El nawal los esperaba sentado bajo una encina centenaria mientras su caballo, otro de esos animales ligeros como el de Halcón, pacía en calma por las praderas aledañas.

Cuando llegaron junto a él se apearon todos de sus monturas.

Elkerael observó con curiosidad a Lorick y a Creta confirmándose a sí mismo que todo había salido tal y como esperaba, es decir, bien.

Luego, se dirigió a Attaegina con una entrañable sonrisa de triunfo─: Chica ángel, me alegra verte de vuelta por Caliza.

¿Crees que a tu padre le importaría que hoy nos quedemos todos a cenar?