El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

─Eso a ti no te importa. Lo que necesito es que me digas dónde se encuentra ahora el manuscrito original.

L os ancestros de Nabor se cuidaron bien de fundar la Biblioteca de Virim, segunda capital del Imperio, para almacenar allí los documentos más valiosos.

Tu biblioteca era, por tanto, nuestra última esperanza.

Pero, cuál no ha sido mi sorpresa y la de mis emisarios al descubrir que este papiro tampoco es el auténtico.

Se guardaba en la cámara privada. Solo tú y los centinelas teníais acceso.

Ellos ya han sido interrogados y todo apunta a que estás metido hasta el cuello en la falsificación y robo del manuscrito original.

─ Si la información de esos documentos ha de ocultarse al mundo, entonces, ¿por qué el Patriarca y sus secuaces tenéis permitido acceder a ellos? ¿Quién lo decidió?

─ Es fácil de comprender: Nabor domina las tres cuartas partes de Nueva Pangea. Es de suponer que él manda en este mundo. Él es quien debe conocer sus misterios y utilizarlos en su beneficio y el de su gente.

─ Lo creéis justo y bondadoso porque posee un rebaño muy grande, pero Nueva Pangea no es de su propiedad.

─ Como si lo fuera. ¡Responde a lo que te pregunto, Casio!

─Yo no he tocado nada. Posiblemente, el manuscrito auténtico jamás pisó mi biblioteca y, al igual que tú, siempre pensé que era el que teníamos guardado allí.

─No te creo. Seguro que estás implicado. ¿Sabes cómo se paga la pérdida de un manuscrito como ese?

Casio sonrió con resignación.

─Sea cual sea la magnitud del castigo ─dijo en tono desafiante─, apuesto a que vuestra frustración será mayor si no lo encontráis nunca.

─¿Dónde lo tienes escondido? Es cosa de nawales , ¿verdad?

El nawal se lo pensó bien antes de responder. Ibis ya no parecía tan segura de sí misma y eso le resultó alentador.

─¿Y si te dijera que no está escondido, que se destruyó?

─propuso. La suma sacerdotisa, por un instante, se quedó sin palabras.

Eso no figuraba en sus cálculos─. Una información tan reservada, capaz de volver infalible, implacable, a aquel que la use en su beneficio…

No, no. Esa información debe desaparecer del mundo, es demasiado peligrosa.

Es un atentado contra el Cosmos y contra la humanidad.

─¡Mientes! ─exclamó Ibis, por primera vez enfurecida desde que había comenzado el interrogatorio. Y acto seguido clavó la yema de su dedo con fuerza, por segunda vez, en el entrecejo de Casio, que se tambaleó mientras perdía la consciencia.

Ibis irrumpió violentamente en sus memorias.

Tenía que darse prisa porque sentía que se le acababa el tiempo.

Nunca le había sucedido con nadie, pero Casio tenía algo preparado, ¡estaba segura!

De pronto se vio a sí misma en la sala prohibida de la Biblioteca de Virim, delante de una montaña de rollos de papiro desordenados.

Era obvio que no se trataba de un recuerdo real, sino que Casio había distorsionado sus escenarios mentales con tal de ponérselo difícil.

Los rollos de papiro se derramaban constantemente unos sobre otros y no había manera posible de saber cuál era el que Nabor había solicitado con tanta urgencia.

Ibis sentía su propia respiración cada vez más agitada, aunque en algunos momentos era la del nawal , como si compartieran el aire que inhalaban.

Entonces, trató de mantener la calma. Le pareció ver a Sirio, el aprendiz de bibliotecario, limpiando unas vasijas ornamentales que había colocadas en el vestíbulo.

¿Lo habría escondido allí el joven? ¿O era una artimaña de Casio para confundirla?

Sentía una fuerte resistencia por parte del nawal , una fuerza muy distinta a cuando leyó en él la vez anterior sintiendo en sus entrañas que todo era verdad y que fluía sin dificultad.

De repente, el techo abovedado de la biblioteca comenzó a agrietarse y la suma sacerdotisa intuyó que Casio luchaba por poner una barrera ante esa región de su memoria.

Una nube de escombros se desmoronaba sobre los cientos de papiros, sepultándolos a todos como si quisiera prohibir su lectura.

Ibis sentía el pulso de Casio cada vez más acelerado, también el suyo.

Empezó a asustarse. Casio se estaba muriendo, ¿moriría ella también si no se desvinculaba de él cuanto antes?

Los escombros, la biblioteca, las vasijas, los papiros…

Todo se redujo a la oscuridad, al silencio, al hermetismo de una tumba.

─¡Mi señora, déjelo ya! ─escuchó la voz de uno de sus soldados con un eco cavernario, como si estuviese muy lejos de ella en el tiempo y en el espacio─. ¡Mi señora!

Se abalanzó de bruces sobre la realidad cuando el centinela la separó de Casio tirando de su brazo.

El corazón le latía desaforadamente y le faltaba el aire, pero una última visión cruzó su consciencia antes de que su tercer ojo se cerrase del todo: era una anciana.

Una simple anciana vestida de oscuro hasta los pies, con la cabeza cubierta.

Apenas veía su cara. Ya está. Casi había estado al borde de la muerte por un recuerdo miserable y sin valor. Una anciana, ¿y qué?

Cuando su respiración se acompasó de nuevo y volvió en sí, descubrió que el cuerpo de Casio ya no se movía ni ofrecía resistencia a las ataduras ni a los soldados.

Había muerto, o mejor dicho, se había provocado la muerte él mismo.

Era algo de lo que Ibis había escuchado hablar pero que nunca había presenciado hasta esa noche: los nawales experimentados eran capaces de desconectar su alma de su cuerpo.

Después de todo, Casio resultó ser más astuto de lo que esperaba, y ella lo único que había visto era a una nawal muerta y a una anciana.

Pero del rollo de papiro seguía sin saber absolutamente nada.