El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Casio permaneció imperturbable. No le tenía miedo. Ibis contaba con ello. Continuó:

─Parece que la guardia te sorprendió abandonando la ciudad de Virim a escondidas… ¿Qué necesidad tenías? ¿Es que proteges algún secreto que no me puedes contar?

─No oculto ningún secreto. Solo escapaba de vuestro régimen injusto. Matar a todos los nawales … ¿Qué despropósito es ese?

─Unos nawales intentaron asesinar al Patriarca, ellos también despertaron a Molok. Las razones son obvias.

Casio esbozó una sonrisa irónica y negó con la cabeza.

─Tenéis suerte, señora. Tenéis suerte de que vuestro pueblo haya creído esa patraña. Es un rebaño muy dócil, sí. Pero no tratéis de convencer a un nawal . Nosotros obedecemos al Cosmos, no a la palabra corrompida de ningún gobernador.

Ibis mostraba calma. No era ninguna novata. Tampoco le apetecía intimidarlo ni discutir con él. De cualquier manera, Casio nunca saldría de allí vivo.

─Se te nombró director de la Biblioteca de Virim hace ya quince años ─prosiguió mientras se levantaba para caminar por la sala─.

Por aquel entonces, se creía que eras un mero intelectual, un hombre inquieto que, en su afán por saber más, recorría los pasillos de la biblioteca buscando saciar su sed de conocimiento en unos y otros rollos manuscritos.

Un humilde astrólogo sobre el que revoloteaban siempre dos o tres discípulos aventajados.

Pero la gente comenzó a acudir a ti para que desendemoniaras al hijo de uno, al sobrino de otro, al vecino de la calle de enfrente...

Los astrólogos no hacen eso, Casio. Se limitan a observar las estrellas.

─De eso se trata, señora mía. Un nawal siempre es un nawal , siempre fiel a los principios por los que eligió el camino del espíritu.

No importa qué disfraz nos pongamos. Y ahora que lo sabéis, ¿por qué no me matáis ya mismo?

De todas formas, ya han caído cinco de los míos en los últimos días a lo largo y ancho de vuestro imperio.

¿Qué más da una ejecución más? ¿Me vais a ahorcar en la plaza del zoco?

¿O voy a ser decapitado? ¡Eso es! ¡Haced un baño de sangre a costa de mi estirpe para apaciguar a vuestra gente!

─Se conoce que tienes un discípulo ─lo interrumpió Ibis, tajante.

Su afirmación dejó a Casio paralizado. No solo eso: toda su osadía había quedado reducida a nada en un instante mientras rehuía las pupilas de la suma sacerdotisa, capaces, según se creía, de ver más allá de lo que uno querría permitirle.

─El joven no tiene nada que ver... ─respondió el nawal .

En su voz se infería cierto tono de súplica, y ahí era justo donde Ibis quería llegar.

Comenzaba a divertirse ahora que acababa de encontrar la manera de tirar de su lengua sin apenas esfuerzo─.

No le hagáis nada, por favor. Sirio no tiene ni idea de todo esto.

Es solo un joven inquieto. Apenas he tenido tiempo de enseñarle algo de astrología, pero no sabe nada de nawales ni de mi pasado. Dejadle en paz, os lo ruego.

─No matamos por diversión, ¿por quién nos tomas? ─respondió ella poniéndose las manos en las caderas con evidente poderío─. De momento no nos interesa. Pero quiero preguntarte por otra persona. Si colaboras, te prometo que no le sucederá nada al joven.

Se acercó peligrosamente a Casio ondeando su cadera con una sensualidad felina y apoyó un dedo a la altura de su entrecejo, justo en el tercer ojo.

Con la otra mano tocó la frente del nawal .

Él había escuchado de sobra hablar sobre esa técnica de adivinación, y sabía que Ibis, tan solo con la yema de un dedo, era capaz de bucear en lo más recóndito de la mente de aquel a quien tocaba, como si por un instante pudiera ver a través de sus ojos, sentir a través de sus memorias, hacer propios sus miedos y comprender el por qué de sus anhelos más profundos.

─Es una mujer. Se llama Raira ─anunció la sacerdotisa.

─¿Es que no vais a deteneros hasta matarnos a todos?

─¡Contesta, nawal ! Y más vale que no mientas porque puedo leer cuanto quiera en ti.

Casio esta vez miró al suelo. No por sumisión, sino porque tenía el cuello cargado por culpa de la postura en que los centinelas, sin soltarlo, le obligaban a permanecer.

Solo veía los pies descalzos de Ibis colmados de ornamentos de oro y pedrería, tan majestuosos que parecían dos reliquias legendarias.

─Vale... Vale... ─aceptó con resignación─. Raira está muerta. Murió hace más de veinte años. Era una mujer nawal , reconozco que no hay muchas mujeres que...

─¿De qué murió? ¿Se puso enferma?

El rescoldo de un vago recuerdo dio lugar a una expresión extrañamente nostálgica en el rostro de Casio, que respiró hondo antes de responder:

─Murió dando a luz a su primer hijo. Es lo único que te puedo contar.

Ibis receló de su respuesta. Por eso, y haciendo alarde de sus dones adivinatorios, se abrió paso en la consciencia de Casio, que por un momento se quedó paralizado, como sumido en un leve trance.

La suma sacerdotisa se introdujo en sus recuerdos trazando una ruta rápida hacia cualquier rincón de la memoria de Casio en donde esa mujer nawal  hubiese dejado alguna huella.

Y acto seguido, la rodeó una nube de mariposas azules.

Se sumergió en la risa grácil de una doncella de cabello ensortijado que caminaba de la mano de un joven y apuesto Casio por calles abarrotadas de gente de todas las castas sociales, vacas enjutas, ratas y algún que otro elefante.

El aire de ese lugar olía a mil cosas distintas, era recio y capaz de tumbar a los olfatos demasiado sensibles, pues el perfume abrumador del incienso se conjugaba con el olor de la comida caliente, y el aroma de las especias, a su vez, con la peste de la inmundicia y con el hedor de los cadáveres que bajaban flotando, como correspondía a su rito fúnebre, por las aguas corrompidas del río sagrado.

Las imágenes de las calles se tornaron borrosas mientras Raira y Casio se alejaban, de nuevo tras una cortina de mariposas azules, pero volvieron a definirse tras un cambio significativo de escena: un reguero de tristes lágrimas.

Una sola imagen no bastaba para que Ibis comprendiera el motivo, sin embargo, gracias a su don era capaz de recibir en su cuerpo las sensaciones que abordaron a Casio en aquel momento trágico del pasado: un amor imposible, una separación forzada por las persecuciones de la autoridad.

A continuación apareció la figura alta y esbelta de un viejo nawal , uno muy antiguo.

E Ibis reconoció indudablemente a Elkerael.

Respiró muy hondo tratando de no perder la concentración en esos momentos, pues estaba llegando por fin a recuerdos valiosos.

Sin embargo, no vio más a Raira, sino a sus cenizas guardadas en una urna de cobre que las ancianas manos de Elkerael colocaron en las de un todavía joven Casio que, con el alma rota de dolor, acababa de comprender que uno de sus mayores sueños se esfumaba para siempre, pues la muerte le había arrebatado al amor de su vida.

─ Así que es cierto ─murmuró Ibis con la mirada perdida aún en otra realidad. Le resultaba sorprendente la poca resistencia que Casio había interpuesto entre ella y sus recuerdos─. Parece que ella murió.

Retiró su dedo del entrecejo del nawal y los músculos de este se destensaron de repente mientras emitía un leve gemido de dolor.

─No tenías derecho ─respondió─. No tenías derecho a verla… ¿Estás satisfecha ahora que ya lo sabes?

─¿Qué fue del niño? ─continuó ella con su interrogatorio sin mostrar una gota de compasión. Casio tragó saliva antes de contestar.

─El niño… También murió.

─¿Estás seguro?

─Claro.

─¿Era hijo tuyo?

Casio no contaba con una pregunta como esa. Era demasiado directa, demasiado dolorosa. Una lágrima resbaló por su curtida mejilla. Se encogió de hombros y dijo, con un hilo de voz:

─Claro que sí.

A Ibis se le escapó una risa cruel.

─No te preocupes, nawal. Seguramente lo era, claro. Pero más vale preguntar, ¿no?

Casio no reaccionó. Se había quedado atrapado en la honda tristeza de su pasado, ahogado en la amargura de sus lágrimas.

Probablemente, en toda su vida no sufrió mayor tragedia que perder a Raira y a ese niño.

Lo único que le consolaba era que la muerte, por temprano que hubiera acudido a buscarlos, los mantendría ahora a salvo de Nabor XIII y de su perverso plan para aniquilar a todos los nawales de Nueva Pangea.

─ Si no tienes nada más que preguntar, mátame ─ le rogó sin ningún miedo.

Ibis se acercó a él otra vez, cruzada de brazos.

─ No he terminado. Hay otro asunto.

Ibis desplegó ante él un viejo rollo de papiro y esperó su reacción. Casio se quedó callado, quieto, analizando cada palabra de su interlocutora. Era evidente que sabía algo.

─¿Lo reconoces? ─le preguntó. El nawal dudó antes de responder.

─Las Profecías de Calíope… Ya veo…

─Está incompleto.

Casio no añadió nada. Tampoco se sorprendió. Ibis prosiguió:

─Hasta la fecha, el Patriarca y yo pensábamos que existían dos documentos: el original y una única copia.

La copia se guardaba en el Templo del Laurel, por tanto, es irrecuperable.

Esta que sujetan mis manos pertenece a vuestra biblioteca.

Pensábamos que era el auténtico papiro de puño y letra de Calíope, sin embargo, no contiene el texto al completo.

Por tanto, hablamos de un original en paradero desconocido y de dos copias incompletas.

─Ah, ¿sí? ¿Y cómo habéis sabido que está incompleta?

Ibis se incomodó por su atrevimiento.