El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

En la ciudad de Teff, la ausencia prolongada del Patriarca había desatado una vorágine de rumores en cuanto a su estado y su paradero.

Por todos los ciudadanos era sabido que Nabor XIII, haciendo honor a sus ancestros, los fundadores del Imperio, había combatido heroicamente contra el diablo Molok para defender a su pueblo y había dado una lección a esa bestia.

Esa era, por supuesto, la versión oficial de los hechos.

Sin embargo, en el zoco, en las tabernas y en los patios de los hogares se debatía todo tipo de elucubraciones: algunos decían que el Patriarca había perdido un miembro o dos en la contienda, otros que ya no podría volver a caminar y que debería nombrar a un heredero.

Los más pesimistas se aventuraban a opinar que Nabor agonizaba.

Incluso los había que lo daban por muerto pero creían que desde palacio se ocultaba la verdad, y también los que recelaban de que Molok hubiese desaparecido para siempre y ponían en duda la eficacia del ejército.

El caso es que había pasado casi un mes desde tan atroz evento, y la incertidumbre y el miedo comenzaban a germinar en las gentes del pueblo con atisbos de una incipiente desobediencia al orden, pues los ciudadanos de Teff exigían la estabilidad y la garantía que solo un líder sólido es capaz de proporcionar, como un padre capaz de llevar el sustento a sus hijos: no por casualidad Nabor recibía el apelativo de Patriarca, y no de Emperador ni de Rey.

El populacho no quería saber nada de senadores ni consejeros, nada de sustitutos provisionales que ocupasen el lugar de Nabor.

En cambio, la figura de una mujer, una posible consorte para el Patriarca, podría resultar bastante alentadora.

Una matriarca poderosa, capaz de capear los tiempos difíciles bajo las directrices de su cónyuge, era justo lo que la dinastía necesitaba para sosegar el ánimo de todos esos hijos descarriados que tenía por súbditos.

Y esa mujer era, cómo no, la mujer más hermosa del mundo.

En el Templo del Laurel todos conocían, respetaban y obedecían a la suma sacerdotisa Ibis.

Sin embargo, ahora el Templo del Laurel no era más que una montaña de escombros hundida en las aguas de los canales subterráneos.

Ibis ni siquiera había podido rescatar un códice ceremonial.

Pero como el Cosmos no da puntada sin hilo, o eso pensaba ella, la pérdida del que había sido siempre su hogar la había recompensado con el mayor ascenso de su vida: ahora se la consideraba maestra de maestras, sacerdotisa absoluta del Imperio de Alandum, y solamente Nabor ocupaba un estatus por encima de ella en la jerarquía imperial.

Tan solo Ibis y los médicos de palacio tenían permiso para salir y entrar de los aposentos de Nabor dado su estado de salud.

Para ello, una comitiva de centinelas tenía la obligación de escoltarla cuando se desplazaba por los inmensos corredores de palacio, ya que eran tiempos difíciles y la caída del templo había puesto en jaque la autoridad de adivinas como ella, pues muchos juzgaban que habían sido incapaces de prever una tragedia como la vivida hacía casi un mes.

Nada reconcomía como aquello el orgullo de Ibis que, siendo como era la suma sacerdotisa, no supo anticiparse a los hechos ni advertir a tiempo a Nabor.

Tampoco supo bucear en los pensamientos de una maldita pueblerina desobediente que, finalmente, acabó destruyendo el Gran Laurel.

Y es que, con Attaegina Mentastro, ni arcanos ni oráculos habían servido de nada.

Attaegina había nacido con la protección del pueblo angélico, y dos nawales , uno por cierto muy poderoso, la ayudaban en su hazaña.

Por ese motivo, desde palacio se dictó la orden de entregar a la autoridad a todo aquel de quien se sospechase que era nawal , que lo hubiera sido o que practicara sus misterios.

Daba igual su origen, su edad o qué hora fuera.

Y es esto último lo que justifica que la guardia real se hubiera plantado a las tres de la madrugada ante la puerta de los aposentos privados de Ibis, donde las doncellas despertaron apaciblemente a su señora.

─ Espero por vuestra vida que no os hayáis equivocado de persona ─advirtió cuando los soldados la recibieron.

En ese momento todos comprendieron que su belleza llegaba a ser deslumbrante en cualquier momento del día, pues Ibis, fresca como un jazmín que comenzase a abrir la corola al amanecer, ni siquiera mostraba indicios de cansancio o de sueño.

Sus párpados se veían tersos; sus labios, hidratados.

Sus ojos, profundamente severos, casi amenazadores, una cualidad capaz de recordar a todo el que la mirase directamente a la cara que eso estaba prohibido.

Al igual que siempre había sucedido con su futuro marido, el Patriarca.

A Ibis no le gustaba tener que bajar a los calabozos, por eso la comitiva la condujo a una recién habilitada sala ceremonial de la que ella era dueña como lo hubiera sido en el templo.

Cuando abrió la puerta, al fondo y atado de manos y pies, un hombre la esperaba custodiado por cuatro centinelas: de tez canela, con el cabello canoso y vestido de color azafrán, como las gentes de Virim.

Sus ojos poseían un peculiar color melado.

Ibis no abrió la boca. Caminó despacio hacia él, con las reservas de quien prudentemente desconfía de las apariencias, y luego ordenó a sus soldados que cerrasen las puertas de la sala.

El hombre la miró a la cara deliberadamente sabiendo que incurría así en una primera muestra de rebeldía.

Los soldados de Ibis le bajaron la cabeza con brusquedad, pero ella les hizo saber con un único gesto que no era necesario.

Tomó asiento delante del sospechoso y la falda de su túnica blanca, bordada en oro, dejó entrever sus esbeltas piernas cruzándose con suma elegancia.

─Así que tú eres Casio, el bibliotecario ─comenzó─. Y también nawal , se rumorea.