El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Era muy tarde, todos estaban exhaustos y a ninguno le quedaban ya ganas de discutir.

Entonces decidieron hacer turnos de guardia hasta el amanecer y el primero lo cubrieron Atti y Halcón.

La segunda guardia la harían Pantera y Lorick y, por último, y a petición de Creta, ella terminaría la ronda en compañía de Nilo.

─¿Tanto se ha enfadado con Lorick? ─le preguntó Halcón a Attaegina cuando el resto ya dormía.

─Está muy dolida con él, sí. Y a mí me odia aún más después de lo que le he dicho…

─Así que era eso. Tu hermana, ¿cuánto tiempo crees que lleva enamorada de él?

Attaegina enarcó una ceja, pensativa.

─Años, quizás. ¡Qué ciega he estado! ¿Cómo no me di cuenta?

Solo quería llamar su atención. Pero él…

Él no la veía. Creta siente que yo siempre me pongo por delante de ella.

Y por si fuera poco, he sido durísima. ─Las lágrimas acudieron a sus ojos al recordar cómo le había hablado─.

Tendrías que haber visto su cara, Halcón.

De pronto me he dado cuenta de que la he roto en pedazos, pero ya era tarde.

Maldita la hora… ¿Cómo he podido tratarla así?

Es mi hermana menor y ha arriesgado su vida para salvarme. Me siento tan despreciable...

─Te has equivocado, pero no eres despreciable ─le dijo Halcón tratando de consolarla. Atti, sin embargo, no podía dejar de llorar.

─Nunca he tratado así a ninguno de mis hermanos pequeños, y después de esto siento que les he fallado a todos. Debería haber sido más comprensiva, estar más atenta a lo que Creta necesitaba. Ni siquiera me di cuenta nunca de que ella amaba a Lorick, por lo visto, muchísimo más que yo...

La hoguera que había calentado sus cenas disminuía en intensidad a medida que el relente enfriaba la hojarasca del suelo, y la humedad del bosque se volvía aún más incómoda cuando uno permanecía quieto. Pero Attaegina, además, empezaba a quedarse aterida de tristeza.

─¿Tienes frío? ─le preguntó Halcón. Ella asintió con la cabeza y, comprobando que todos dormían, buscó refugio en el cálido cuerpo del nawal , que se apoyaba sobre el nudoso tronco de un fresno centenario.

Se sentó en el hueco que formaban sus piernas, reposando la espalda en su pecho, y él la arropó con sus brazos.

─Hoy he descubierto que Creta es delicada ─susurró Atti observando a su hermana dormida a unos metros de ellos─. Ha sido como darme cuenta de que es más frágil de lo que pensaba. Más frágil que yo.

─Tú no eres frágil. Nunca lo has sido. Después de todo, puede que la hermana dura seas tú y no ella. Al fin y al cabo, eres la mayor. Es tu papel.

─Sí, puede ser… ─Atti agradeció el calor de sus brazos, pero también la escucha, sus palabras de consuelo. Había dejado de llorar─. ¿Cómo tienes la cara, Halcón? ¿Te duele mucho la nariz?

─Sí, me duele. Lorick tiene puntería, condenado nórdico…

─¡Es que sois un par de bestias! Si tuviera un poco de trementina… ─Halcón se rio─. ¿He dicho algo gracioso?

─No, nada. Es que los de Bérika lo arregláis todo con trementina...

Atti fingió molestarse. Entonces él la abrazó con más intensidad, rodeando su cintura y su vientre, y hablando muy cerca de su oído, susurró:

─Solo el beso de un ángel podría curar todo mi dolor.

Su voz y el calor de su aliento erizaron el vello de Attaegina, que giró la cabeza con suavidad para encontrar sus labios con el placer de quien bebe el jugo dulce de una granada en un día caluroso.

Halcón acariciaba la piel de sus brazos, la curva de su hombro, el lóbulo de su oreja, sintiendo que la pureza del primer rocío se vertía en su paladar por cada beso que ella le concedía.

─¿Qué esperas de mí, Attaegina? ─le preguntó. No sonreía. No era parte de su juego de seducción. Atti se giró y lo miró de frente.

─¿A qué viene esa pregunta? ¿Va todo bien?

Pero Halcón no parecía el de siempre. Extremadamente preocupado, cabizbajo, avergonzado, evitaba el contacto visual.

─No me siento orgulloso de cómo me comporté con Lorick. Mucho menos de que tú me hayas visto así. Yo…

─Halcón, han sido momentos muy tensos para todos. Había que tomar decisiones y no había tiempo. ¿Crees que yo no maldije a Lorick delante de todo su clan cuando creí que me había vendido?

─Es distinto. Yo soy un nawal . Y ese comportamiento no es digno de un nawal .

Pero es que, cuando lo vi llevándote a rastras hacia el acantilado y amenazándote con ese cuchillo…

No sé qué le habría hecho si te hubiera traicionado de verdad.

No lo sé… Y tampoco quiero pensarlo mucho porque…

Attaegina, me vienen pensamientos a la cabeza que no son propios de mí. ¿Cómo habría actuado Elkerael?

─Elkerael tiene novecientos treinta y seis años, no veintiuno.

─Bueno, en realidad veintidós.

Attaegina se quedó pensativa.

─¿Cómo que veintidós?

Halcón asintió con poco entusiasmo.

─Veintidós desde hoy. En fin, ya es más de media noche. Así que mi día ya ha pasado…

─¿Has cumplido años y no has dicho nada?

El nawal se rio, resignado.

─¿Y cuándo querías que lo dijera? ¿Cuándo Molok estuvo a punto de aplastarnos? ¿Cuándo Lorick y yo casi nos matamos? ¿O cuando escapábamos a caballo del ejército de Nabor?

Atti le acarició el rostro con ambas manos, cuidando mucho de no tocarle las zonas magulladas, y lo besó en la frente con dulzura, apoyando en ella su nariz, su boca.

─Halcón, te deseo feliz edad. Es lo que decimos en Caliza.

Si hubiésemos estado allí hoy, si toda esta guerra no tuviera lugar, lo habríamos celebrado con una verbena, con vino y con mucha comida.

Yo habría horneado pan de ciruelas y los niños te habrían cantado.

Te habrían colocado una guirnalda en la cabeza.

Y yo… Yo habría querido hacerte un regalo.

─Encontrarte hoy viva ha sido el regalo más grande. Es el mejor que he recibido del Cosmos desde que tengo uso de razón.

Fue él esta vez quien la besó a ella. Primero en la frente, delicado.

Después en cada párpado, tierno como el vuelo de una pluma.

Finalmente, en los labios, con la sensualidad de un crepúsculo caluroso.

Le dolía la mandíbula por culpa de los puños de Lorick, pero no por ello pensaba renunciar a los besos de Atti.

Mucho menos sabiendo que, tal vez, sus caminos volverían a separarse en breve.

─Le pediré perdón mañana ─decidió.

─¿Qué?

─Mañana. A Lorick. Le pediré perdón.

Attaegina no respondió. Se le cerraban los ojos y empezaba a cabecear de sueño.

─Y también le daré las gracias porque una vez más ha estado ahí, dándolo todo cuando más lo necesitábamos. ─Silencio. La respiración de Atti se había vuelto rítmica y profunda─. ¿Estás dormida?

Lo estaba, sí. Se había rendido en sus brazos, refugiándose en su calidez. Halcón sonrió y contempló su rostro como se contempla un tesoro que no ha de ser profanado. No tenía la menor intención de despertarla, así que continuó él solo haciendo guardia.

─Gracias, Attaegina ─susurró mientras la volvía a estrechar contra su cuerpo─. Gracias, por ser mi ángel de la guarda.