El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 7
8%

CAPÍTULO 7

─Pantera, ¿cómo supiste dónde estábamos? ─le preguntó Attaegina cuando por fin se sentaron a descansar al anochecer─. Tú misma nos cerraste a todos el tercer ojo para que ningún oráculo pudiera rastrearnos, ni siquiera tus arcanos.

Habían avanzado en silencio todo el día al abrigo de los oscuros bosques del Norte, que los ocultarían durante jornadas de camino.

Creta había recogido setas de chopo. Attaegina, ajos de oso y hojas de romaza.

Nilo llevaba pan ácimo, sal y arenques secos.

Con todo, el chico improvisó un guiso que calentó sus estómagos y los reunió junto al fuego en la noche de un día que había comenzado sin ninguna garantía para nadie.

Pero allí seguían: todos vivos, sentados en círculo. Algunos, evitando mirarse.

─Ningún oráculo puede encontrarnos, tienes razón ─respondió Pantera al tiempo que Creta descubría la ligera marca en el entrecejo de sus compañeros─.

Pero los arcanos me avisaron de que Molok se ponía en marcha de nuevo.

Pude leer en ellos que el diablo calamar se dirigía a las Tierras Verdes.

Y con esa información no era difícil atar cabos: yo sabía que Lorick y tú os habíais dirigido hacia allí.

Suponía que Molok, por algún motivo, también.

Halcón todavía estaba enfermo cuando se lo conté, pero saltó de la cama y se marchó a por el caballo más veloz del mundo para venir a buscarte cuanto antes. Casi ni nos esperó.

Attaegina se estremeció al escuchar eso. Halcón la amaba tanto… Discretamente alcanzó su mano como si así pudiera darle de nuevo las gracias. Lorick estaba incómodo. Creta, distante. Nilo, disperso, afilando la hoja de su sable. Nunca antes había tenido un sable.

─Lo que no esperábamos era que los hombres de Nabor también estuviesen rondando Heimkel ─añadió Halcón.

─Bueno, en cierto modo tiene sentido ─opinó Lorick─. Esta vez no fue Nabor quien invocó a Molok, sino Titania, la Matriarca del Clan del Salmón.

─Ah… ─comprendió Pantera─. Por eso no es de extrañar que Nabor enviase allí a sus soldados para que comprobaran quién estaba jugando a las brujerías. Quizás quiere evitar a toda costa que alguien le arrebate el control de Molok.

─Vaya, entonces Nabor ha sobrevivido... ─dedujo Atti. Halcón asintió con la cabeza.

─Se rumorea que Molok lo dejó muy mal herido. Ahora delega en sus mejores hombres. Uno de sus generales estaba en la playa esta mañana. Se llama Minos y…

─¡Yo lo vi! ─exclamó Attaegina─. Estoy segura. Vi a un soldado distinguido, a caballo. Parecía mandar sobre todos los demás. En medio del caos logró llamar la atención de Molok de una extraña manera.

─¿Qué quieres decir? ─preguntó Pantera.

─En todo momento noté que los hombres de Nabor no tenían un especial interés por encontrarme a mí. Son demasiado eficientes como para haberse despistado tanto, ¿no? Y ellos sabían que yo andaba cerca.

─Entonces, ¿qué crees que querían?

─El caso es que, cuando Halcón y yo salíamos de la playa, vi a ese tal Minos a lo lejos. Llevaba en la mano un objeto, no sé muy bien qué era.

─¿Un arma de oro? ¿De plata, tal vez? ─sugirió Halcón. Atti negó con la cabeza tratando de ahondar en sus recuerdos.

─No, no. Nada de eso. Parecía un látigo. Bueno, mejor dicho, tenía algo que vapuleaba como un látigo, cualquiera habría jurado que era un pedazo de cuerda.

Pantera no tenía idea alguna de qué podía tratarse.

─¿Y con un pedazo de cuerda Molok lo obedeció? Es absurdo: un latigazo a ese monstruo le haría cosquillas.

Atti asentía, encogiéndose de hombros. Todos se quedaron pensativos un instante. Lo único que se escuchaba era el crepitar del fuego, el rumor del río y el ulular de las aves nocturnas. Hacía frío.

─Titania, la Matriarca, murió ─continuó relatando Attaegina─. La vi sucumbir en la boca de Molok. Se entregó voluntaria a él, quizás fue su último intento por enmendar todo lo que había provocado.

─¿Y mi padre? ─le preguntó Lorick. Attaegina se quedó muda, y su silencio corroboró las peores sospechas del nórdico─. Estás segura de que lo viste morir, ¿verdad?

En su voz no se percibía ningún indicio de pena o de dolor. Tampoco en su expresión que, tal vez, se blindó como nunca lo había hecho, cubriéndose de un halo gélido como la escarcha. ¿Es que no sentía nada?

─Eh, sí… ─dudó Attaegina. Lorick esperaba algo más. Se lo contó─: Vale, sí, Oberón está muerto. Vi su cadáver. Murió asfixiado bajo los tentáculos de ese monstruo, junto a otros muchos que no tuvieron tiempo de escapar. Yo… De veras que lo lamento mucho, Lorick.

Atti siempre sintió antipatía por Oberón, pero se trataba del padre de Lorick.

Él, sin embargo, no preguntó nada más. No se compadeció.

Ni siquiera cambió su semblante. Cuando se lo proponía, podía ser más frío que la cara norte de las cordilleras.

Creta, a su lado, lo miraba de soslayo. Habría dado lo que fuera para que él necesitara el consuelo de sus brazos, pero al parecer no le hacía falta.

─Por cierto, ¿dónde habéis dejado a Elkerael? ─preguntó Attaegina.

─El maestro se quedó atrás deteniendo a una hueste de alimañas que salió a nuestro encuentro, a la altura de las gargantas ─relató Halcón.

Atti se acordó de aquella noche terrible en que esos seres los rodearon, ¡sentía escalofríos solo de recordar sus aullidos!

Aunque imaginó que para alguien como Elkerael no supondría el menor esfuerzo mantenerlos a raya.

─Dijo que nos esperaría en Caliza, en el altozano ─continuó Pantera─. Eso está en vuestra aldea, ¿no?

─¿Nos dirigimos a Caliza? ─sonrió Attaegina con la esperanza de volver a ver a sus hermanos pequeños. Por instinto, buscó la complicidad en Creta. Esperaba que le hiciera la misma ilusión, pero aquella la ignoró deliberadamente. De nuevo se sintió estúpida.

─Eso es ─le respondió Halcón devolviéndole la sonrisa─. Tenía ganas de contártelo.

─Pero… ¿No pondrá eso a mi familia en peligro?

─Elkerael ha insistido mucho. Dijo que tiene algo importante que contarnos y se ha empeñado en que sea allí. Además, con la protección del maestro, tu familia no correrá ningún peligro.

─Y Molok no puede desplazarse tierra adentro ─añadió Pantera─. Ese monstruo nunca llegará a Caliza.

La expresión de Attaegina se ensombreció de repente.

─Ya… ¿Y después? ¿Qué haremos después?

Ni Pantera ni Halcón dijeron nada.

─Yo me desvinculo de la misión ─habló Creta inesperadamente─. He cumplido con lo que me pidió Lorick. En cuanto lleguemos a Caliza, me separaré del grupo.

Su decisión sorprendió a unos más que a otros, pero nadie le rebatió. Lorick no pareció inmutarse. Nilo, en cambio, disimuló una mueca de fastidio mientras seguía afilando, una y otra vez, su sable. Y Attaegina se sentía tan culpable que ni siquiera fue capaz de mirar a su hermana a los ojos.

─Pues yo continúo ─expresó con firmeza─. Hasta el final.

─Creo que deberíamos escuchar lo que tiene que decir el maestro ─añadió Halcón. Pero Atti se mostró disconforme. Ya conocía su opinión: Halcón no quería que ella tomase parte en aquella gesta de nawales y diablos. ¿Qué pensaría Elkerael? ¿Y qué era eso tan importante que tenía que contarles?