El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Pantera llevaba encima ungüento emoliente y aceite de mirra. Nilo se había aplicado un poco en la ceja. Mientras tanto, Lorick se lavaba la cara en el arroyo. Creta, a su lado, miraba al suelo en silencio, triste como un alma en pena.

─Tiene tres años más que tú ─le recordó Pantera a su hermano, que se había quedado embobado contemplando la esbelta figura de Creta recortada sobre el brillo ceniciento del agua.

─¿Qué dices? ─le respondió tajante─. ¡Déjame en paz!

Pantera arqueó una ceja y se rio por lo bajo, pero no añadió más.

Mientras tanto, Attaegina llegaba hasta la orilla del arroyo, donde Creta ya no podría rehuir por más tiempo su presencia.

Cuando su hermana menor la vio acercarse, miró a todas partes, abrumada, como buscando una grieta por donde escapar de ese momento.

Daba la sensación de sentirse acorralada excepto porque la presencia de Lorick le transmitía cierta seguridad, como si hablar con Atti fuera más sencillo siempre y cuando él estuviera delante.

Verlas a ambas vestidas igual, con la túnica blanca del sacrificio y la estola de piel de armiño por encima de los hombros, con el cabello corto a falta de sus trenzas, era como una broma cruel del Cosmos porque una seguía pareciendo la sombra de la otra.

─Creta, todavía no te he dado las gracias ─comenzó Attaegina.

Creta permaneció rígida, inmóvil, impenetrable y casi ofendida.

En realidad Atti no esperaba más de ella: se moría por abrazar a su hermana, por besarle las manos y el rostro una y otra vez y recordarle lo mucho que la amaba…

a pesar de todo. Pero hacía años que no tocaba a Creta, que no le daba un abrazo, ni siquiera un apretón de manos por el día de su cumpleaños.

─Dáselas a Lorick ─resolvió aquella sin más─. Todo ha sido idea suya.

Y le dio la espalda para zanjar aquella conversación.

─Espera, ¿quieres decir que por tu parte me habrías dejado morir allí? ─insistió Attaegina en tono de humor, intentando arrancarle algún sentimiento sincero.

─Quiero decir que Lorick lo planificó todo. Yo solo le ayudé.

Creta se cerraba, como una amapola al caer la noche.

─Aun así, te doy las gracias. Y te pido perdón por haber pensado mal de ti. De vosotros dos…

Lorick seguía allí en silencio absoluto. Intuía que su presencia haría menos incómodo el diálogo entre ambas hermanas, en especial para Creta. Aunque, por el bien de todos, esperaba que Attaegina lo dejara en ese punto, que no hiciera más preguntas, que no insistiese. No sucedió así:

─¿Hay algo que tengáis que contarme?

Creta buscó apoyo en el nórdico mientras se ponía roja. ¿Le daba vergüenza? ¿O era miedo a la reacción de su hermana? Atti no se rindió:

─Me refiero a vuestro compromiso. Titania me contó que se celebró vuestra ceremonia. Creta, sé que le has entregado tu trenza a Lorick. Yo... reconozco que no me esperaba algo así.

─Eso también formaba parte del plan ─le espetó ella cruzándose de brazos. Comenzaba a cansarse de dar explicaciones, así que Lorick la relevó:

─Era la única manera de hacer que el Clan del Salmón confiara en Creta. Ella era la única persona capaz de ayudarme con mi plan, y nuestro falso compromiso era el modo de convertirla en un miembro de la familia.

«¿Y a ti te llamaban chica oráculo?», recordó Attaegina las palabras de Titania.

«¿De verdad que nunca te diste cuenta de que tu hermana bebía los vientos por...

?». Creta les había dado la espalda a ambos.

Atti no le veía la cara, pero percibió el dolor de su hermana cuando él pronunció la palabra falso .

De repente, se fijó en el cuello de Lorick.

─¿Qué pasa, Atti? ─Él mismo lo descubrió cuando se llevó una mano allí y comprobó que la trenza de Creta ya no estaba─. ¡Cielo y Tierra…! Creta, perdóname, por favor…

Creta se giró sin descruzar los brazos. Quería mostrarse dura, indiferente.

Pero cuando entendió por qué se disculpaba de aquella manera, se le cayó el alma a los pies.

Su corazón llevaba roto desde la tarde en que descubrió a Lorick y a Attaegina besándose bajo un sauce blanco, a la orilla del río.

Ahora, además, acababa de hacerse añicos.

Dos lágrimas de rabia surcaron sus mejillas, pero continuó callada, apretando los labios para no permitir que se escapara de ellos una sola palabra de reproche.

─No sé en qué momento he perdido tu trenza… Te prometo que la llevaba en el cuello cuando subiste al acantilado. Se me ha debido de caer durante la huida.

Lorick se acercó en un intento inútil de consolarla porque no sabía muy bien cómo actuar.

La culpa pesaba sobre él como una losa. Attaegina se compadeció de su hermana.

Empatizaba con el sufrimiento de Creta, con su sentimiento de despecho, de no valer nada ante el hombre del que llevaba enamorada toda su vida, al que había seguido sin pensar en el riesgo solo por complacerlo, más allá de salvar la vida de Attaegina.

─Da igual ─respondió Creta con la voz entrecortada, mirando al suelo─. Al fin y al cabo, yo me la corté porque quise. Soy así de estúpida.

─Pero era tu trenza, yo quería devolvértela cuando…

Atti se cubrió la cara con una mano y Lorick, al darse cuenta, descubrió que solo acababa de estropearlo más aún.

─¡No hacía falta que me la devolvieses! Yo te la había regalado, aunque nuestro compromiso fuera falso . Aunque no significara nada de nada para ti. Una trenza siempre es un regalo hermoso, o eso pensaba yo...

La Creta desmoronada que por un instante se había permitido mostrar sus heridas volvía ahora a resarcirse con su habitual soberbia. Siempre había parecido que no necesitaba de nadie, que ella sola se bastaba. ¿Cómo iba a imaginarse Lorick que aquello podría dolerle tanto?

Attaegina hizo un gesto para que la siguiera a donde estaban los demás. Sabía que su hermana necesitaba estar sola. Pero cuando ella y Lorick comenzaron a alejarse del arroyo, Creta arrojó una última flecha, una directa al corazón de los dos:

─Todo es por Atti. Siempre Atti. Para ti no existe nada más.

Y Attaegina contraatacó.

─¡Acaba de perder a su padre! ─bramó como pocas veces había hecho─. ¿Crees que perder tu trenza es más importante?

Creta no fue capaz de objetar nada. Se sentía pequeña, más pequeña que nunca ante su hermana mayor.

Entonces, se agazapó junto a la orilla y rompió a llorar desconsoladamente.

Bastó un instante para que Attaegina se arrepintiera por haber sido tan dura.

¡Cada sollozo de su hermana le hacía sentirse despreciable!

─¡Creta, perdóname, por favor! ─le rogó. Pero aquella únicamente le pidió que se marchara.