El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Cuando estuvieron lo bastante alejados del bullicio, de los acantilados, de Molok y de la ciudadela de Heimkel, relajaron la marcha por fin.

Para entonces se habían adentrado en los espesos bosques de las Tierras Verdes.

Allí los caballos no podían correr. Se trataba de un verdadero santuario que en lugar de erigirse sobre columnas lo hacía sobre fresnos, hayas y algún que otro serbal de los cazadores con las ramas sembradas de bayas carmesíes.

Tan frondosa era la bóveda de hojas que sostenían que apenas penetraba la luz del sol.

Por eso, Attaegina extrajo su gema y la prendió como una linterna.

Halcón, en cambio, continuaba demasiado enfadado como para hacer lo mismo con la suya, o mejor dicho, con la de Atti.

Le dolía la cara, tenía sangre seca bajo la nariz y un ojo inflamado.

Lorick no se lo había pensado a la hora de golpearle.

─ Seguidme ─ indicó el nórdico, que no había salido mejor parado de la pelea.

Tenía las mejillas hinchadas y la mala suerte de haber recibido un golpe de Halcón justo en el hombro que se lesionó en el Templo del Laurel ─ .

Conozco bien estos bosques. Los visitaba cuando era niño.

Más adelante hay una senda que ni muchos de Heimkel saben hallar.

Lorick se colocó a la cabeza. Creta lo seguía muy de cerca evitando por todos los medios mirar a Attaegina. Entretanto, Pantera aprovechó el momento de calma para examinar la herida de Nilo.

─ Que no es nada, Pantera.

─ ¡Ay! ¡Déjame ver!

Nilo resopló con resignación mientras su hermana le limpiaba la sangre con la mano.

─ ¡Ah! ¡Sé más delicada!

─Un corte en la ceja… Bueno, la sangre es muy escandalosa. No es nada.

─¿Lo ves? ─protestó Nilo─. Si ya te lo había dicho yo.

─¿Cómo te lo has hecho?

─Se interpuso entre los colmillos y nosotros para sorprenderlos ─añadió Lorick con solemnidad, demostrando sincera admiración por el valor del chico. Creta se giró a observar a Nilo, pero en cuanto sus miradas coincidieron se dio la vuelta de nuevo.

─Vaya con el niño… ─murmuró Pantera sintiéndose orgullosa de su hermano.

─¡Oye, que ya he cumplido los quince!

Detrás del todo, Attaegina caminaba junto a Halcón. Iban en silencio, mirando al frente, muy rígidos. Y es que ni siquiera el rescate había conseguido disolver aún la tensión que se había generado entre Lorick, Creta y ellos dos.

─¿Tú cómo estás? ─susurró Atti para que solo Halcón la escuchara─. La última vez que nos vimos apenas te tenías en pie. Me tenías preocupada, el veneno de Nabor casi te mata...

El nawal esbozó una sonrisa pero no abrió la boca.

Luego, como si quisiera compensar su falta de elocuencia, le apretó la mano a Attaegina.

Era una manera de confirmar que ya estaba sano, aunque ella no lo creyó del todo.

Notaba sus dedos endurecidos, como si no se hubiesen vaciado aún de la ira que habían tenido que contener apenas un par de horas atrás.

─Los caballos tienen sed ─le dijo Creta a Lorick como si él fuese su portavoz. El nórdico se detuvo y se giró para hablar en voz alta:

─Hay un arroyo más adelante, nos detendremos para que los caballos descansen.

Nadie se opuso. Entonces Creta, de inmediato, se llevó a Eclipse y a Trueno, y antes de que Atti pudiera siquiera acercársele, ya se había alejado del grupo en busca de agua fresca para los dos equinos.

Le siguieron Pantera, después Nilo y por último Halcón que, cuando pasó junto a Lorick, se detuvo con aire desafiante.

─Yo todavía no he terminado contigo ─le espetó.

Lorick lo miró con indiferencia y se cruzó de brazos.

Attaegina se quedó paralizada entre los dos sin saber qué decir ni cómo actuar.

Lorick se mostraba tan frío como aquellos días en que fingió haberles traicionado.

No era difícil para él ocultar cualquier muestra de emoción o sentimiento.

En cambio percibía a Halcón extrañamente fiero, a punto de arder entre sus propios fuegos internos, con los ojos incandescentes.

El nawal prosiguió─: ¿En serio era necesario encerrarla allí, en ese torreón apestoso?

¡Veintiún días de cautiverio! ¿¡Qué te parece! ?

─Hice lo que se me pidió: la escondí de Nabor.

─¡La habéis tratado como a un criminal, tú y tus malditos parientes!

─¡Eh! ¡Cálmate, mercader…!

─¡Contesta a lo que te digo! ¿¡Era necesario!?

Halcón se acercó aún más, sacando pecho y con todos los músculos en tensión, listo para volver a golpear a Lorick, que también se preparó y adoptó una postura marcial.

─¡Parad los dos, por favor! ─exigió Attaegina. No la escucharon, ni siquiera la vieron.

─¡Sí, mercader! ¡Era necesario!

─¡Casi la matáis de hambre y de frío!

─¡No tienes ni idea de lo que he tenido que hacer para que no sospecharan de mí!

─¿¡Y por eso también tenías que arrastrarla por el suelo!?

Lorick no sabía de qué le hablaba hasta que recordó el momento en que Atti lo increpó delante de los colmillos y él tiró de la atadura para que todo pareciese creíble.

─¡No era mi intención!

─¡Que yo te vi! ¡Casi se la sirves en bandeja a Molok! ¿¡Cómo se te ocurre llevarla a los acantilados!?

─¿¡Me crees tan idiota como para hacer eso sin un plan!? ¿¡Eh!? ¡Contesta!

La intensidad de la discusión iba en aumento a pesar de las súplicas de Atti, que no conseguía separarlos. Sabía que de un momento a otro esa lucha de egos masculinos reventaría en un puñetazo por parte de alguno de los dos, entonces no habría modo de detenerlos.

─¡...un cuchillo en el cuello!

─¡...parte del plan, imbécil!

─¡Si llegas a…!

─¿...confiabas tanto en mí?

─¡...te juro que te habría matado!

El agua fría del arroyo llegó a tiempo de apagar ese fuego cuando Pantera, sin que le temblara la mano, la derramó sobre sus cabezas con la ayuda de un vaso de hojalata. Y Halcón y Lorick, ambos al mismo tiempo, ahogaron una exclamación.

─¡A callar! ─les ordenó la adivina de los acantilados con su porte majestuoso─. Que parecéis verduleras. Vuestros gritos se van a escuchar desde Teff.

Ninguno supo qué responder y nadie se atrevió a moverse en ese instante.

Creta, boquiabierta, los observaba desde la lejanía.

Nilo, que regresaba entonces con su caballo, no se atrevía ni a respirar por miedo a que cualquier gesto desatara la inminente tormenta que, con un poco de suerte, Pantera había disipado con su ocurrente intervención.

En cuanto a Atti, se hallaba inmersa en un torrente de contradicciones.

Apenas hacía una hora creyó que Lorick iba a ser su verdugo.

Había pasado semanas convencida de ello.

Había llorado también por la traición de su hermana, que casi se jugó la vida para sacarla de Heimkel.

Se sentía ingrata, engañada, confundida.

Y luego estaba Halcón: ni siquiera en el combate contra Nabor lo había visto ponerse tan furioso.

Odiaba ser la causante de toda esa discordia, la razón por la que todos los demás, de nuevo, habían desfilado esa mañana por la delgada frontera que separaba la vida de la muerte.

─No volváis a hablar de mí como si yo no estuviera delante ─expresó al fin. Halcón y Lorick asintieron cabizbajos─. Es algo que no soporto.

Lorick dio media vuelta para alejarse de ellos.

─Espera ─le pidió Atti. El nórdico se detuvo─. Perdóname. Perdóname por haberte gritado y haberte hablado con desprecio cuando… ─Lorick hizo un gesto con la mano para hacerle saber que no tenía importancia─. Gracias, Lorick. Una vez más, estuviste protegiéndome.

Él asintió sin mucho afán y los dejó solos. Ahora era el momento de Halcón.

─Attaegina, perdóname si he parecido…

─Sabía que vendrías, lo supe desde que me encerraron en ese torreón.

Ella no necesitaba palabras de disculpa, sino solo su amparo, su aliento, por cada noche mal dormida en aquella cárcel en la que tanto había añorado el tacto de su piel, su voz y la luz de sus ojos melados.

Obedeciendo a un instinto profundo, se fundieron despacio en un abrazo silencioso compartiendo la grata sensación de regresar al hogar, y fueron solo sus cuerpos los que hablaron: encajaban de manera orgánica, como las olas de un mar apacible en las tibias orillas de arena.

Halcón rodeó a Attaegina con sus brazos, hundiendo la nariz en su pelo, sintiendo que respirarla devolvía a su sangre el motivo para seguir corriendo por sus venas.

Y los párpados de Atti se cerraron sobre su cuello.

La piel del nawal seguía desprendiendo ese aroma a especias, mirra y cuero curtido, y su calor corporal le proporcionó el consuelo de un atardecer bajo el vibrante sol del Sur.

─Pensaba que te perdía otra vez… ─murmuró Halcón con un nudo en la garganta.

─Yo no. En ningún momento dudé.

Attaegina no se separó de él hasta que lo sintió de nuevo en calma, vacío de esa ira con la que había llegado hasta allí para salvarla.

Ella disipaba sus peores sentimientos con la luz angelical que desprendía cuando sus pieles se tocaban, cuando se detenía el tiempo.

Una luz purificadora, balsámica, que se reflejó en el envés de cada hoja de los chopos, pero que solamente vio Halcón.

─He de hablar con Creta ─le dijo Atti. El tiempo volvía a correr. Halcón buscó a la hermana menor con la mirada, la hermana hosca de la que apenas se sabía nada. Uno no era capaz de adivinar qué pensaba, sentía o se le pasaba por la cabeza.

─Sí, deberías. Ve.

─Y tú, límpiate esa sangre. Pantera llevará algo, seguro, para las magulladuras. Pídeselo.