El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

─¡Corre! ─gritó Attaegina tirando con fuerza del brazo de Creta, que se había quedado paralizada por el pánico.

Los tentáculos de Molok parecían multiplicarse por cada segundo que pasaba, dándoles la sensación de que nunca lograban alejarse de ellos por más deprisa que corriesen.

Cuando Atti y Creta bajaban por las rocas, Molok ya se deslizaba por encima del acantilado como un charco de ponzoña.

De pronto un tentáculo gigantesco golpeó el suelo a menos de un metro de las hermanas, obligándolas a detenerse bajo una lluvia de piedras y roca deshecha.

─¡Attaegina! ─exclamó Halcón galopando un caballo blanco del desierto, ligero y de carne fibrosa. Detrás venía Lorick a lomos de Eclipse y tirando del ronzal de Trueno, el indómito caballo de Creta─. ¡Monta!

Attaegina se subió casi de un salto y se agarró con todas sus fuerzas al cuerpo de Halcón, pegando la frente a la espalda del nawal y contrayendo los muslos para no perder el equilibrio.

Sabía que Creta iba junto a Lorick y eso la dejó un poco más tranquila, pero nada le garantizaba que alguno de los cuatro pudiera vivir para contarlo, pues Molok se mostraba más hambriento que nunca y los perseguía con un ansia voraz destruyendo todo a su paso, completamente fuera de sí.

Cuando dejaron atrás a Drassil y a Frig, que continuaban inconscientes en el suelo, Atti contempló horrorizada cómo sus cuerpos quedaban sepultados bajo el derrumbe provocado por el calamar gigante, que era sorprendentemente rápido moviéndose por tierra. Parecía un tsunami que quisiera tragárselos.

─¡Agárrate! ─le pidió Halcón. Y en ese instante, dio un giro inesperado al toparse de frente con cuatro colmillos armados.

Atti sintió que el corazón se le iba a salir del pecho de un momento a otro, pero cerró los párpados y se aferró aún más al torso de Halcón.

Lo único que podía hacer ella era confiar. «Confianza ciega».

Los hombres de Titania, todavía creyendo que Lorick y Creta perseguían a los fugitivos, huyeron despavoridos al ver a Molok avanzando hacia ellos, regurgitando tinta y rugiendo como un demonio.

Cuando bajaron a la playa para dar la voz de alarma, el caos ya se había desatado: el calamar gigante devastaba cuanto encontraba con sus cientos de tentáculos y la muchedumbre se agolpaba tratando de escapar mientras los colmillos corrían a combatir al monstruo con sus lanzas.

─¡Atrás! ─ordenó un centinela de Heimkel interponiéndose en el camino de Halcón─. ¡Danos a la chica o nos matará a todos!

Halcón se dispuso a emplear su bastón, pero en ese instante Lorick, aprovechando el desconcierto de los que habían sido sus subordinados, arremetió contra ellos a lomos de su caballo negro, empleando su arpón.

─¡Vete, Halcón! ─le pidió. El nawal , sin dudar un instante, continuó sin mirar atrás.

─¿Y Creta? ─le preguntó Attaegina.

─¡Creta va armada! ─le respondió él concentrado en la frenética carrera─. ¡Tranquila, está con Lorick!

Lorick sabría cómo hacer. Él ya conocía a Molok y había luchado contra los hombres de Nabor. Además, Atti sabía que su hermana tenía buena puntería y que galopaba como nadie. O al menos trató de consolarse con aquellos pensamientos. «Sí, Creta tiene madera de guerrera».

Entretanto, Halcón cruzó por fin la playa, y a punto estaba de penetrar en el bosque cuando otro enemigo, uno con el que no contaban, apareció en lontananza. Eran hombres armados con sable, de tez oscura, con la cabeza rasurada. «¡Soldados de Nabor!», se sorprendió Attaegina.

─¡Tranquila, parece que no nos han visto! ─le dijo Halcón apremiando a su caballo para ocultarse cuanto antes entre la espesura.

─¡Halcón, por aquí! ─le indicó Pantera a lomos de otro caballo del desierto, de capa castaña─. Nilo os espera más adelante. Él os guiará. Vamos, yo os cubro las espaldas.

─¿Qué pasa con Lorick? ─preguntó Attaegina─. Se ha quedado atrás con Creta, ¡no podemos dejarlos!

Pantera escuchaba a Atti sin comprender nada. Luego buscó respuesta en Halcón que, asintiendo sin mucho afán, afirmó:

─Lorick es de los nuestros.

Se percibía en su voz que seguía enfadado. Entonces Nilo, apareciendo de la nada y enarbolando un sable, se adelantó a todos ellos.

─¡Voy! ─dijo sin más. Pantera hizo un intento de impedírselo pero, para entonces, el chico del colmillo de oro galopaba su montura como una flecha, directo al lugar en donde Creta y Lorick intentaban abrirse paso combatiendo a los hombres de Titania.

Atti lamentó no poder esperarlos allí, pero era urgente que Halcón y ella se alejaran cuanto antes.

No supo muy bien cómo sucedieron las cosas y no veía a su hermana por ninguna parte.

Pero desde su posición, cuando por fin se adentraron bosque adentro y alcanzaron cierta altura, divisó a lo lejos a Molok reptando toscamente sobre una alfombra de cadáveres: ahí estaba el cuerpo de Oberón, junto a las cuatro sacerdotisas, quieto y vacío.

Ese hombre acababa de pagar por toda la usura con que había vivido.

Attaegina pensó entonces en Lorick, ¿cómo se lo diría?

No podía fingir que no había visto nada.

A pocos metros de Oberón distinguió perfectamente la figura de Titania entregándose voluntaria como sacrificio.

Quizás la Matriarca, a la desesperada, trataba así de paliar la ira del monstruo para librar a su pueblo de él.

Atti admitió para sus adentros que no esperaba un gesto tan altruista por parte de la Matriarca: después de todo, su muerte ilustraba como ninguna otra el principio de lealtad de los miembros del Clan del Salmón.

Aunque fue inútil, pues Molok devoró a Titania sin protocolo alguno, sin apreciar sus intenciones ni su significado ritual, y la masticó como a otra más de las víctimas que nunca podrían saciar la sed de un diablo al que se le había prometido un ángel que nunca llegaba.

«Tu muerte, Titania, no ha servido para nada», pensó Atti con una punzada repentina de compasión.

A esas alturas, los colmillos y los soldados de Nabor ya habían entablado un fiero combate unos contra otros.

Pero, ¿qué pretendía el Patriarca enviando allí a sus hombres?

Si ni siquiera habían sido capaces de capturar a la chica ángel.

Es más: a Attaegina no le parecía que se hubieran esforzado demasiado por encontrarla.

Los hombres de Nabor se dividieron en grupos perfectamente coordinados.

Ellos, como sus monturas, eran menores en tamaño a los violentos guerreros de Titania.

Sin embargo, atacaban con precisión y con una estrategia envidiable, eso y su frialdad en el combate los convertían en un enemigo imposible de esquivar.

Muy pronto reducirían a los colmillos a ningún superviviente y al resto de los ciudadanos los convertirían en botín, a menos que Molok los devorase antes.

Tal era la disciplina con que se los adiestraba en el Imperio de Alandum, una eficacia que, junto a la ayuda de un diablo, los convertía en un ejército casi invencible.

Attaegina lo contemplaba todo al galope, cada cuerpo que caía sin vida, cada bandazo que Molok daba quebrando rocas, huesos, carros.

Entonces el tiempo se detuvo: en lo alto de un acantilado apareció una figura ecuestre abriéndose paso entre los soldados del Patriarca.

Ella nunca lo había visto, no sabía quién era, pero a juzgar por su vestimenta debía de ser un guerrero de mayor rango.

Este se detuvo al borde del acantilado, se apeó de su caballo y sacudió al aire un objeto largo que de lejos parecía un simple pedazo de cuerda.

Entonces lo agitó de manera circular, varias veces, sin parar, hasta que Molok fijó su atención en él.

Attaegina esperaba que el monstruo devorase a aquel infeliz en un abrir y cerrar de ojos, pero lejos de eso, el diablo se comportó con docilidad.

Trató de agudizar la mirada para identificar a aquel hombre, para comprender por qué Molok se mostraba ahora obediente y sumiso, cuando intuyó que no era el guerrero en sí quien provocaba ese efecto en el monstruo, sino el objeto que portaba en la mano.

─¡Nilo! ─exclamó Pantera de repente─. ¡Nilo! ¿Qué ha pasado?

El chico se aproximaba hasta ellos sin detenerse, con la mitad de la cara manchada de sangre fresca y un ojo cerrado. Detrás iban Lorick y Creta.

─¡Nada! ¡No es nada! ─respondió. Pantera no insistió. Ahora que se habían reunido por fin los seis, prosiguieron sin echar la vista atrás, especialmente Lorick, mientras Molok y los hombres de Nabor se cebaban con los miembros del Clan del Salmón.