El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

─¡Confié en ti, nórdico! ─rugió Halcón, con la ira de un huracán, empuñando su bastón como un arma mortífera. Era como una tormenta de arena capaz de arramblar con cualquier obstáculo que se interpusiera entre él y la mujer a la que amaba.

─¡Halcón! ─exclamó Attaegina intentando correr a su lado.

Pero Drassil la sujetó toscamente por el brazo.

Halcón le apuntó con el bastón. Sus ojos, lejos de brillar con el tono dorado que los caracterizaba, se habían vuelto de un naranja incandescente, como si una furia terrible se estuviera fraguando en ellos.

─¡Baja el arma o le rompo el brazo! ─amenazó Drassil presionando el codo de Attaegina, que liberó un grito de dolor.

En ese momento, el arpón de Lorick sacudió la cabeza del colmillo, que perdió el sentido en el acto y cayó al suelo como un muñeco de paja.

Acto seguido, Frig hizo un amago de contraatacar, presa de la confusión y sin saber muy bien quién era ahora su enemigo, si el nawal o su propio jefe, aunque en última instancia, no sabiendo cómo resolver el entuerto, decidió correr senda abajo con la intención de pedir refuerzos.

Un haz de luz procedente del bastón de Halcón, uno que además tomó la forma de la rapaz a la que su nombre hacía honor, voló raudo sobre el colmillo y se abalanzó en picado sobre él, golpeándole el pecho con tanta fuerza como para hacer que se desmoronara presa de un letargo profundo del que tardaría horas en despertar.

Attaegina, arrodillada en el suelo de mala manera y con la falda manchada de barro, observaba a Lorick y a Halcón sin dar crédito a lo que acababa de suceder.

Lorick la había liberado, ¡así que era todo un plan!

¡Había fingido todo el tiempo para sacarla de Heimkel!

También Halcón había visto cómo Lorick golpeaba a uno de los suyos, pero todo había sucedido tan rápido que no había terminado de discernir.

Y entonces, respondiendo a un instinto incontrolable, se arrojó sobre el nórdico como una fiera, incapaz todavía de separar al Lorick traidor del Lorick que estaba salvando la vida de Attaegina.

─¡Halcón, déjalo! ─le pidió Attaegina inútilmente.

Pero Lorick no se quedó atrás. Quizás se le antojó como una oportunidad para volver a romperle la cara al nawal por todos esos momentos del pasado en que lo odió como a su peor enemigo.

Así que terminaron enzarzados como dos lobos dominantes sin escuchar las súplicas de Atti, que no se atrevía ni a acercarse, hasta que levantó la cabeza sobre el acantilado creyendo haber visto a alguien.

Y cuál no fue su sorpresa cuando se encontró a sí misma allí arriba, caminando lentamente hacia el enclave sacrificial con el viento agitando su túnica blanca y cubriéndose la cabeza con una caperuza de piel de armiño.

De pronto creyó que se estaba volviendo loca, y los insultos y gritos que Lorick y Halcón se lanzaban en una y otra dirección no la ayudaban en absoluto a pensar con claridad.

No era una premonición ni una visión. No, no, era completamente real.

Allí arriba estaba ella, a punto de entregarse a Molok.

Y entonces, como si hubiera aterrizado de bruces en la tierra, lo supo:

─¡Creta! ─gritó.

Halcón y Lorick se detuvieron al escuchar su voz, como si también ellos hubiesen sido devueltos a la realidad tras saciar su sed de violencia. Cuando fueron conscientes de lo que estaba sucediendo, Atti ya casi había subido al acantilado, a toda prisa, para sacar de allí a su hermana.

─¡Atti! ─la llamó Lorick con urgencia─. ¡No! ¡No vayas!

Y, acto seguido, se giró a mirar a Halcón porque sabía que con él no eran necesarias muchas palabras, sino que la complicidad que habían entablado semanas atrás, cuando lucharon juntos contra Nabor, continuaba intacta a pesar del estado de sus caras golpeadas y de los moratones que a ambos les saldrían esa noche… si sobrevivían.

─¡Mierda! ─exclamó Halcón al comprender─: ¡Molok!

A esas alturas, Attaegina trepaba recogiéndose la falda de la túnica para no tropezar, sin preocuparse por los rasguños en las rodillas ni el dolor de los arañazos que la roca abría en la fría piel de sus manos.

Cuando al fin logró subir, el viento era tan molesto y soplaba con tanta fuerza en su contra que no permitía que Creta, de espaldas a ella, escuchara su voz al llamarla.

─¡Creta! ─lo intentó una vez más. Su hermana caminaba muy cerca del borde del acantilado.

Pero, ¿qué clase de comportamiento suicida era aquel?

Si no se apresuraba, sería el viento quien la arrojaría a las fauces de Molok.

Y el instinto que siempre la había llevado a cuidar de sus hermanos, un instinto incontenible como una tromba de agua, emergió de repente, ¡seguía siendo la mayor a pesar de todo!

Se acercó más. En efecto, Creta se había vestido exactamente igual que ella, tanto era así que de lejos nadie sería capaz de distinguirlas.

«Era todo una farsa para despistar a Titania...

». Como un jarro de agua fría, la verdad se desplomó sobre ella con el incómodo peso de la culpa por los días en que juzgó a Creta y a Lorick creyéndolos traidores, crueles y mezquinos.

Todo lo habían hecho por ella, para salvarla. Una vez más.

─¡Apártate de ahí, Creta! ─insistió. Y sin dudarlo un instante, avanzó hacia su hermana con firmeza y le apretó la mano para tirar de su cuerpo y alejarla del acantilado lo antes posible.

Creta, sobresaltada porque no la había oído llegar, tropezó sobre Attaegina.

Y fue entonces, cuando sus miradas se encontraron, el momento en que un miedo atroz acudió al semblante de la menor.

─¿Qué haces, Atti? ¡Tú no tenías que llegar hasta aquí! ¿Por qué no has hecho lo que te ha dicho Lorick?

─¿El qué? ¿Qué tenía que hacer? ─respondió Attaegina, abrumada, sin entender qué era tan grave.

Un temblor que estremeció a toda la playa fue la respuesta a su pregunta.

No eran las olas rompiendo contra los acantilados.

En ese momento, un enorme y gelatinoso tentáculo negro aterrizó entre las dos.

El cuerno volvió a sonar y su eco retumbó entre las paredes de roca.

Molok había encontrado de nuevo a la chica ángel y esta vez no pensaba quedarse sin comer.