El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Nadie conocía mejor que Attaegina el hedor de Molok.

Antes del amanecer ese olor nauseabundo acudió a despertarla retorciendo su estómago con una mezcla de asco y rabia.

Por un instante creyó que iba a vomitar todo lo que había cenado, pero bebió agua y trató de mantener la calma mientras esperaba a las esclavas, quienes llegaron poco después portando agua caliente y ropa limpia para ella.

Los colmillos, capitaneados por Drassil, no entraron en el torreón durante todo el tiempo en que las muchachas ayudaron a Atti con su aseo, pero permanecieron atentos al otro lado de la puerta, armados, tal vez advertidos por Titania de que tenían que manejar a un reo poco común que, en ocasiones, había llegado a volar.

Cuando Atti estuvo limpia y vestida, una de las esclavas se acercó a cepillarle el cabello. Entonces creyó reconocer en ella los rasgos de Epona.

─ Vosotras sois faes , ¿verdad? ─le preguntó. La muchacha se puso nerviosa, pero continuó peinando a Attaegina sin mirarla, con el pulso tembloroso. Atti continuó─: Sí, sois faes . Yo lo sé. Y debo advertiros que a Molok también le entusiasma el sabor de las faes .

─La señora nos espera ─intervino otra de las siervas apremiando a Atti.

Era obvio que recibirían un castigo muy duro si osaban hablar con la chica ángel.

Attaegina no insistió. Sin que ninguna se diese cuenta, se guardó la gema de Halcón dentro de la ropa, muy cerca de su pecho.

Y observando por última vez la que había sido su cárcel durante tres semanas, salió del torreón vestida como una importante dama, toda de blanco y coronada con una tiara de plata.

En verdad Titania se había tomado muchas molestias en ofrecer a Molok el mejor sacrificio que hubiera comido jamás.

Cuando Attaegina abandonó el caserón, Drassil le ató las manos a la espalda.

Afuera la multitud esperaba en completo silencio.

Ni rastro de Titania ni de Oberón. Tampoco Lorick andaba por allí cerca.

Entonces, con el rostro bien erguido, Atti recorrió el sendero que la conduciría hasta su depredador caminando con firmeza en la que debía ser su peregrinación hacia la muerte, abriendo a su paso un jirón entre las brumas que teñían los días en Heimkel con un anodino y triste matiz.

La muchedumbre era una masa silenciosa, como una marea densa y adormecida, un hecho sorprendente para Atti, que esperaba jaleo, acusaciones, palabras provocativas.

Lejos de eso, todo el clan parecía sumido en una actitud casi devota.

Y es que, en cierto modo, por fiero y despiadado que fuera un sacrificio, no dejaba de ser para todos una ceremonia sagrada.

A medida que se acercaban a las playas, Attaegina comprobó que casi todos los habitantes de Heimkel se habían reunido ya allí.

No faltaba ni el más insignificante de los esclavos, y sin embargo, no se escuchaba más sonido que el romper de las olas contra los acantilados.

Hasta que un pandero chamánico, como si marcara los latidos de un inmenso corazón, señaló el inicio de los ritos acompañado por el sonido profundo de un cuerno.

Los presentes se amontonaban cerca de la orilla formando un semicírculo cuyo centro ocupaba con honores la Matriarca.

«Ahí está la bruja», se dijo. Y no erró en su suposición: lejos de la imagen anciana y vulnerable que solía dar cuando deambulaba medio coja por los pasillos del caserón, Titania esa mañana se mostraba altiva, radiante, vestida con una lujosa túnica negra ceremonial con símbolos bordados, dando órdenes diligentemente a unos y a otros.

Erigido sobre varas de avellano se alzaba un rudimentario altar, y alrededor, en cada punto cardinal, había una mujer custodiando una fogata sagrada.

Parecían sacerdotisas. Oberón esperaba paciente en primera línea, pero Lorick seguía sin aparecer.

En cambio, había un joven vestido de negro, de larga cabellera rubia, que secundaba a la Matriarca como si fuera su sombra. ¿Acaso su aprendiz?

Una sensación de peligro conocida abordó a Attaegina cuando sus ojos se posaron en el oscuro y turbio mar del Norte. Y entonces le pareció, por un instante, distinguir un gigantesco tentáculo asomando entre las olas.

─Hay que subirla al acantilado ─informó Drassil deteniendo la funesta marcha.

─¿Ahora? ─preguntó otro. Por algún extraño motivo, se les notaba desconcertados.

─No, no. No hasta que llegue el jefe Lorick. Al fin y al cabo, él la atrapó.

«El jefe Lorick», se repitió Atti para sus adentros, todavía sin caber en su asombro, mientras Drassil la miraba con desprecio, como si fuera monstruosa.

Aún le costaba creer los motivos por los que había escalado Lorick hasta ese puesto.

¿Y Creta? A pesar de todo, eran hermanas.

Quizás fuera demasiado duro para Creta contemplar cómo la devoraba un calamar gigante.

«Tal vez por eso no la han obligado a presenciar el sacrificio», pensó.

Se le acababa el tiempo y había demasiadas historias abiertas, demasiadas cuestiones incomprensibles, demasiados pensamientos ruidosos que no la dejaban sentir con claridad lo que sucedía a su alrededor, y tanto era así que ni siquiera vio llegar a Lorick.

─Solo necesitaré a dos de vosotros ─ordenó el nórdico a los colmillos─. Drassil, Frig, quedaos. Los demás bajad a la playa. Será preciso si Molok hace algo inesperado.

«Ni siquiera parece ya su voz», lamentó Atti girándose a mirarlo.

Y lo hizo imprimando en su rostro la dureza de un guerrero, alzando la barbilla con un gesto claramente desafiante.

Lorick rehuyó su mirada. Puede que se hubiera convertido en un jefe, que luciera más autoritario que nunca a ojos de los otros y que su arpón de pescador hubiera recibido un vistoso baño de plata para condecorar su nuevo estatus: aun así, le faltaba la entereza para sostener la ira silenciosa de Attaegina.

─Vamos ─ordenó sin más. Y él mismo tomó la atadura de Atti para conducirla senda arriba, hacia el acantilado, cuando ella se negó a caminar─. He dicho vamos.

─¿Y qué vas a hacer? ¿Arrastrarme por el camino, como a una mula?

Lorick permaneció impasible mientras los colmillos apuntaban a Attaegina con sus lanzas para intimidarla. Ella no se amedrentó.

─No os atreveréis a matarme porque Titania os castigaría. He de llegar intacta a la boca de Molok para que vuestra Matriarca pueda pactar con ese diablo, ¿verdad?

─¡Vamos! ─se enfureció Lorick tirando de ella con brusquedad.

Attaegina resbaló y cayó al suelo, pero se levantó en seguida.

Entonces se fijó en un detalle que había pasado por alto: una trenza negra iba enrollada al cuello de Lorick.

Attaegina conocía perfectamente el color de ese cabello, lo había peinado decenas de veces cuando era una niña.

Era la trenza de compromiso de Creta. De pronto, un instinto visceral de protección hacia su hermana le subió como ácido por la garganta.

─¡No te tengo miedo, traidor! ¡Ni a ti ni a Titania!

¡Ni siquiera temo a Molok! Así que no te daré el gusto de que me escuches suplicar por mi vida.

Pero te digo una cosa, Lorick, y ahora escúchame con atención: no sé qué te traes con Creta ni qué diablos has hecho para que llegue contigo hasta aquí, pero si osas hacerle daño, si te aprovechas de ella o la pones en peligro, yo… ¡Yo te juro que te…!

Lorick dio un giro vertiginoso, tan rápido que ni sus hombres se lo esperaban, y antes de que Attaegina terminase de hablar la acorraló violentamente contra una roca y le colocó un cuchillo muy cerca del cuello.

Atti se quedó callada mientras respiraba agitadamente.

Desde la última vez que besó a Lorick, sus rostros no había vuelto a quedar tan cerca uno del otro.

Podía notar el aire que exhalaba por la nariz junto a su oreja, y por eso nadie más que ella escuchó su voz cuando susurró: «Corre, rápido.

Los caballos están escondidos al final».

Sin un solo atisbo de duda, Lorick la liberó de la atadura cortándola de un tajo, con la misma hoja con que apenas unos segundos antes parecía haberla querido asesinar.

Pero Attaegina no tuvo tiempo casi ni de moverse cuando un viento desbocado del Sur se precipitó sobre Lorick, derribándolo contra el suelo.