El anestesista insomne 44
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Tras conducir hasta el Hospital del Mediterrani la inspectora estacionó su vehículo lo más lejos que pudo de las oficinas del parquin y se dirigió a la salida del edificio que daba al paseo marítimo.

Pasados apenas cinco minutos el Dr. Martí salió por la puerta del hospital. Había concluido su guardia de veinticuatro horas y aún era noche cerrada ese día de diciembre. La inspectora se acercó a él mientras le saludaba con el brazo en alto para que percibiera su presencia.

—Hola, Dr. Martí —saludó con una dulzura impropia de ella.

—Hola, inspectora Sans.

Ambos se aproximaron hasta que en el momento que ya estaban lo suficientemente cerca no supieron si darse un beso en la mejilla o chocarse la mano. Hicieron el amago de besarse, pero finalmente acabaron estrechándose la mano.

—Buenos días, doctor. ¿Cómo ha ido la guardia?

—La guardia, como siempre. Mal, mucho trabajo y muy complicado. He podido descansar un par de horas y dormir apenas unos treinta minutos.

—Si quiere podemos dejar el café para otro día si está muy cansado —sugirió la inspectora con cierto tono de decepción en sus palabras.

—No se preocupe, inspectora, estoy acostumbrado a dormir tan poco. Podemos tomarnos ese café, pero después de nuestra relación tan próxima en estos días previos, creo que podría llamarme Pol, ¿no cree? —le dijo con una sonrisa en la cara.

—Tienes razón, Pol. Y tú llámame Laura, por favor —le respondió con cierto sentimiento de culpa por el trato que le había dispensado en los interrogatorios.

—De acuerdo, Laura. ¿Quieres que vayamos a algún bar del paseo marítimo? —le propuso Pol.

—Si no te importa, prefiero que vayamos a uno que conozco que está por la parte de atrás del hospital, nada más cruzar la calle. Es un bar donde van los Mossos que hacen servicios de vigilancia en el hospital si hay algún ingresado que la precise.

—Me parece perfecto —le respondió Pol.

Ambos comenzaron a caminar en dirección a la parte posterior del hospital bordeándolo por el flanco sur hasta llegar a la calle. Como el semáforo para los peatones estaba en rojo, se detuvieron esperando su turno para cruzar.

—Mira, ese coche lo conduce Ramoncín —dijo la inspectora de un modo espontáneo sin pensar que seguramente el Dr. Martí no iba a saber a qué se refería.

—Vaya, tienes razón —le respondió con la normalidad del que entiende el juego que le proponen.

—¿Sí? ¿Sabes por qué lo digo? —preguntó sorprendida.

—Pues claro. Me encanta jugar con las letras de las matrículas.

Ramoncín es conocido como “el rey del pollo frito”.

La marca más famosa de pollo frito que existe en el mundo es “Kentucky Fried Chicken” y las letras de la matrícula de ese coche son KFC.

Fácil —le explicó su deducción con gran naturalidad.

—Vaya, me dejas sorprendida. No sabía que hubiera más gente que jugara con las letras de las matrículas .

—Con las letras y con los números —añadió Pol.

—¿Con los números también?

—Sí, desde pequeño se me han dado muy bien tanto las cifras como las letras. Tengo un amigo que me dice que soy un hombre del renacimiento.

—¿También pintas y haces esculturas? —preguntó maravillada.

—¡Qué va, eso se me da fatal!

Ambos sonrieron y se mantuvieron en silencio hasta que entraron en el bar. Tomaron asiento en una mesa ubicada frente a una ventana desde la que se divisaba la inmensidad del hospital e inmediatamente llegó un camarero que les preguntó qué deseaban a tomar.

—Yo tomaré un café con leche, sin azúcar —le indicó la inspectora.

—Pues yo querré un café con leche con dos sobres de azúcar y un croissant de chocolate. Muchas gracias.

—No te cuidas mucho para ser médico, ¿no? —le preguntó sorprendida Laura por el desayuno de Pol.

—Si te hubieras pasado veinticuatro horas trabajando casi sin parar te darías permiso para esto y para mucho más, pero si estás preocupada por mi salud, que sepas que el resto de los días me cuido mucho —le dijo sonriendo.

—Me alegra saberlo, Pol.

En ese momento apareció el camarero con el desayuno y lo depositó cuidadosamente en la mesa. El Dr. Martí tomó los dos sobres de azúcar y los vertió en su taza de café con leche y empezó a removerlos. La inspectora miró con mucha atención cómo lo hacía.

—Pol, me he fijado que estás haciendo girar la cucharilla para remover el azúcar en sentido contrario a las agujas del reloj «como lo hago yo».

—Sí, siempre lo hago así. ¿Qué tiene de especial?

—Pues tiene de especial que la mayoría de la gente lo hace al revés, hacen girar la cucharilla en el mismo sentido que lo hacen las agujas del reloj.

—Ah, pues no lo sabía y mira que a mí se me escapan pocas cosas.

—Pol, ¿te importa si te hago un pequeño test? —se atrevió a preguntar al ver la gran compatibilidad que presentaba el anestesista con ella.

—¿Perdón? —respondió sorprendido Pol.

—No, que si te puedo… no, nada, tonterías mías —le respondió Laura tras recordar la contestación que le dio el doctor la primera vez que hablaron y este expuso que la anestesia no era un algoritmo.

—Bueno, si tú crees que es una tontería.

—Sí, es una tontería «no lo creo, pero no lo entenderías». Pol, cambiando de tema. Quería hablar contigo porque creo que te mereces una disculpa por todo lo que has pasado estos días —empezó a entrar en el tema real del encuentro con cierta dificultad ya que no estaba acostumbrada a disculparse.

—Soy todo oídos, inspectora —le respondió intentando que Laura se sintiera más liberada.

—Pol, te acusamos injustamente, te presionamos todo lo que pudimos, incluso te insultamos y te apretamos las esposas más de lo que tocaba, pero…

—¿Pero? —preguntó con cierta sorna el Dr. Martí invitando a la inspectora a que siguiera con su disculpa .

—Pero es que eras el sospechoso que daba mejor el perfil del asesino.

Tenías motivos, habilidades para matar del modo que murieron, no podías aportar coartadas creíbles y, además, tu comportamiento en los interrogatorios aumentaba la creencia de que tú habías matado a los doctores.

La sangre fría con la que afrontabas nuestra presión y lo desafiante que te mostrabas en ocasiones fortalecía las sospechas y nos hizo pensar que eras un psicópata que estaba jugando con nosotros.

—Laura, entiendo que sospecharais de mí. Es normal que lo hicierais —intentó tranquilizar a la inspectora.

—Así es, Pol, pero estábamos equivocados y por eso quería disculparme.

—Estás en lo cierto, estabais equivocados —le respondió haciendo un juego de palabras.

—Pol, hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué no te defendiste? Mi compañero David me ha explicado su teoría, pero prefiero que me des tu versión, ya que no acabo de comprenderlo.

—Laura, ni yo mismo lo entiendo. Hay veces que hago alarde de un autocontrol propio de un monje budista y en otras ocasiones exploto por lo más mínimo, pero el hecho de ser algo tan grave, una acusación de asesinato, hizo que mi parte más zen dominara mi estado de ánimo —explicó Pol.

—¿Así de sencillo?

—No, la verdad es que no. En mi profesión es muy importante tener un gran autocontrol en las situaciones complicadas.

Si yo no soy capaz de mantener la calma cuando la vida de una persona está en juego, el resto del personal de quirófano tampoco la mantendrá y allí reinaría el caos, por lo que la vida del paciente correría más peligro aún .

—Eso lo entiendo, pero no me acaba de cuadrar del todo.

—Es normal, Laura. A esto se le añade el hecho de que recientemente había pasado por una situación muy parecida. Había sido acusado injustamente de la muerte de una paciente y eso me había afectado mucho. La acusación, el juicio…

—El caso del Dr. López en Zaragoza —le interrumpió Laura.

—Exactamente. Vuestras acusaciones me hicieron volver a esos momentos tan duros y mi mente lo rememoró todo y me obligó a asumir que me encontraba de nuevo en una situación parecida y que luchar no serviría de mucho.

Mi cerebro me hizo bajar los brazos, aunque a veces me pudiera revelar y mostrar chulería o prepotencia ante vuestras preguntas.

—Creo que empiezo a entenderlo. Tu defensa psicológica era no luchar ante una batalla que no podías ganar en ese momento. No desgastarte inútilmente en algo que no te iba a beneficiar, es más, te perjudicaría.

—Así lo entiendo yo, aunque era todo de manera inconsciente. Yo no actué así premeditadamente.

—Pol, te pido disculpas, en mi nombre y el de mis compañeros.

Sentimos mucho haberte hecho pasar ese trago y nos duele más aún que te haya ocurrido por segunda vez —la inspectora se disculpó con total sinceridad al tiempo que alguna lágrima se le escapaba.

Se levantó con la voluntad de abrazar al Dr. Martí quien leyó su intención y también se levantó.

Ambos se fundieron en un abrazo en el que la inspectora pudo sentir la fortaleza del torso de Pol y el aroma de masculinidad que desprendía .

—Voy a pagar que va siendo hora de que regrese a casa —dijo el doctor rompiendo ese momento que tanto había gustado a la inspectora.

—De eso nada, Pol. ¿Te vengo a pedir disculpas y encima vas a pagar tú? —le dijo mientras se le adelantaba en su camino hacia la barra.

—A sus órdenes, mi inspectora.

Cuando la inspectora hubo pagado la consumición y salieron a la calle el Dr. Martí inició la despedida.

—Laura, no te guardo ningún rencor por todo lo que ha pasado. Tú estabas intentando hacer tu trabajo lo mejor que podías y yo he sido víctima, otra vez, de las circunstancias.

—Gracias por entenderlo, aunque eso no hará que me sienta menos culpable, aunque si me permites que te lleve a casa en coche, quizá disminuya mi malestar.

—Te lo agradezco en el alma, pero tú no sabes el placer tan enorme que es volver a casa después de una guardia dando un paseo que me despeja la cabeza y me calma la ansiedad del enclaustramiento sufrido en las últimas veinticuatro horas.

—Después de tantas horas sin dormir, ¿no tienes prisa por volver a casa y meterte en la cama a echarte en los brazos de Morfeo, como se dice vulgarmente?

—Laura, llegaré a casa y me tumbaré en la cama, pero no dormiré. Mi cerebro está acostumbrado a dormir muy poco.

—Y, ¿por dónde vas a ir a casa?

—Volveré al paseo marítimo y llegaré hasta Juan de Borbón y desde allí ya subiré hasta Gràcia.

—¿Te importa si te acompaño un rato? —le preguntó con cierto nerviosismo .

—Por supuesto, acompáñame si quieres —le respondió con satisfacción.

Ambos se dirigieron al paseo marítimo y empezaron a recorrerlo en dirección sur, uno al lado del otro, ambos vestidos con camiseta deportiva, tejanos, chaqueta de montaña Ternua y zapatillas Salomon.

—Entonces, podríamos decir que eres el anestesista insomne —le dijo la inspectora al Dr. Martí.

—Sí, así es. Soy el anestesista insomne.