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Unos días después
La inspectora Sans, el subinspector Palau y el comisario Pou se encontraban en el despacho de este último cerrando la investigación que habían estado realizando en las últimas dos semanas.
—Antes de entrar en cuestiones policiales, ¿cómo está la Dra. Mota? —el comisario se interesó por el estado de la última víctima de Bruno Ferran.
—La Dra. Mota continúa en cuidados intensivos, pero ya la han sacado del coma inducido en el que la habían mantenido desde que fue liberada. No saben qué tipo de secuelas físicas y psíquicas le quedaran, pero tienen la esperanza de que se recupere al cien por cien —sintetizó David Palau.
—Me alegra oírlo, David. Vayamos con algunas dudas que tengo respecto al caso.
—Tú dirás, Jordi.
—¿Por qué Bruno pasó de asesinar médicos que realmente eran malas personas y habían causado gran daño a su amigo a asesinar pobres doctores inocentes que carecían de maldad?
—La verdad, Jordi, una vez concluidos los interrogatorios hemos podido deducir que tras ajusticiar al Dr. López le embargó un deseo, una necesidad de liberar a su amigo de todas aquellas personas que le podían causar daño.
Él pensaba que su amigo estaba sufriendo por las acciones de sus compañeros de quirófano .
—¿Podemos decir que se trastocó?
—En cierta manera, sí.
—Y ya que estamos aprovechando tus conocimientos en psicología, ¿por qué crees que intentó que los dos primeros asesinatos pasaran desapercibidos, intentó que uno pareciera un accidente y el otro un suicidio, pero en cambio quiso evidenciar que los dos siguientes, los de Barcelona, habían sido asesinados por su condición de médicos?
—preguntó la inspectora intentando resolver una duda que hasta ese momento no había verbalizado.
—Bajo mi punto de vista, en los dos primeros casos su deseo fue castigar a las víctimas por sus actos y en el caso del Dr. López evitar que siguiera martirizando a su amigo, pero creo que pensó que esas muertes no servían de ejemplo a otros médicos, que nadie aprendería la lección, por lo que consideró que si todo el mundo era conocedor del motivo de su muerte, que habían sido castigados por una conducta inapropiada con sus compañeros, puede que alguno aprendiera la lección y rectificara su actitud.
—Bueno, como teoría no es descabellada en la cabeza de alguien que se ha trastocado, pero no creo que nadie se sintiera invitado a cambiar su actitud después de esas muertes —concluyó el comisario.
—Yo tampoco —coincidió la inspectora con su superior.
—Ni yo, pero no se me ocurre otra explicación.
Durante unos minutos más y otro café siguieron cerrando los últimos flecos antes de confeccionar el informe final sobre el caso. Cuando todo estuvo atado la inspectora se levantó de la silla con intención de abandonar el despacho .
—Compañeros, permitidme que me ausente, pero he quedado con el Dr. Martí para pedirle las disculpas que creo que le debemos.
Lo acusamos y lo acosamos y después resultó ser inocente y además nos ayudó a resolver el caso en el que, para más inri, estaba incriminando a su mejor amigo lo que le hizo sentir despreciable y mezquino.
—De acuerdo, Laura. Discúlpate también en nuestro nombre —le dijo el comisario.
—Así lo haré —respondió la inspectora al abandonar el despacho.