El anestesista insomne 42
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Tras algo más de veinte minutos de conducción entre carretera y caminos llegaron a una zona que le resultó familiar al doctor hasta que finalizaron el recorrido en un camino sin salida que topaba con una verja coronada por un cartel en el que se podía leer TORRE ANÄSTÄSIA.

—¡Es aquí! —gritó el Dr. Martí al tiempo que la inspectora detenía el vehículo.

Los tres ocupantes descendieron del coche y se dirigieron a la puerta del vallado de la finca con intención de entrar, pero un candado impedía la apertura de la puerta.

La inspectora regresó a su coche y del maletero sacó una pata de cabra con la que intentaría reventar el cierre. Tras varios intentos infructuosos y rechazar dos veces la ayuda de su compañero consiguió abrir la verja.

—A golpes hubiera sido más fácil, pero no quería advertir al asesino de nuestra presencia —justificó así la demora en abrir la puerta.

El Dr. Martí al oír la palabra asesino refiriéndose a su íntimo amigo sintió como si un caballo le hubiera dado una coz en el estómago.

No podía creer que Bruno hubiera asesinado a alguien para devolverle todo lo que había hecho por él, pero «¿Para qué están los amigos?

», supuso que Bruno pensó cuando decidió vengarle. ¿Para qué están los amigos?

—Usted quédese aquí, Dr. Martí. Esto es un asunto policial.

—Pero, inspectora, ahí dentro puedo serles de utilidad. Si la Dra. Mota está viva quizá pueda convencer a Bruno para que la libere sin que nadie sufra ningún daño. ¡Por favor, inspectora!

—Está bien, puede que tenga razón. Acompáñenos. ¿Por dónde vamos ahora?

—Inspectora, ya les he dicho que sólo he estado aquí una vez y ni tan siquiera llegué a entrar.

—Mirad, ahí está la puerta principal, pero quizá sea mejor buscar una entrada alternativa —propuso el subinspector.

—Ahí hay un almacén y parece que la puerta está entreabierta —comentó el Dr. Martí.

Los dos policías desenfundaron sus armas y junto con el Dr. Martí, al que se le hizo un nudo en la garganta al observar las pistolas, se dirigieron con sigilo hacia la puerta del almacén.

Cuando llegaron a ella fue la inspectora la que introdujo la cabeza para echar un vistazo inicial y decidir cuál sería el siguiente paso.

Por suerte había algo de iluminación en el local y tras una ojeada en profundidad se retiró hacia el exterior para comentar con sus compañeros lo que había visto.

—Es un almacén muy grande y me ha dado la sensación de que comunica con el interior de la casa, pero lo que me ha parecido más importante de todo es que he visto los vehículos de los doctores Torres, Trullols y Mota —explicó a su compañero y al Dr. Martí, quien se sintió derrotado al confirmarse lo que tanto deseaba que no fuera verdad, que su amigo era el asesino que buscaban.

—Lo siento, doctor, pero parece que tenías razón con Bruno. También sentimos haberte acusado a ti, pero todo nos llevaba hacia tu persona —se disculpó sinceramente la inspectora sin obtener respuesta alguna de un afligido Dr. Martí.

Los tres, guiados por la inspectora, pusieron rumbo hacia la puerta que se veía al fondo del almacén, y una vez allí, Laura repitió la maniobra típica de un submarino con un periscopio.

Divisó un pasillo largo con dos puertas a cada lado y una al final del corredor.

Todas estaban cerradas por lo que entrar en el pasillo no parecía arriesgado y se decidieron a hacerlo.

El subinspector propuso que cada uno de ellos se acercara a una puerta y pusiera la oreja para comprobar la existencia de actividad en el interior y así lo hicieron sin obtener resultado alguno en las cuatro puertas laterales y así los tres acabaron encontrándose frente a la puerta final a través de la cual se podía sentir cierto murmullo.

—Se oye algo de ruido, pero no puedo identificar qué es.

—Yo tampoco lo identifico, Laura, pero si Bruno está en la torre tiene que estar aquí dentro.

La inspectora tomó el pomo de la puerta y lo giró con cautela con la intención de comprobar si podrían entrar sin hacer ruido o deberían tirarla abajo con brusquedad.

Por suerte el pomo giró con suavidad hasta desbloquear la cerradura, pero la inspectora decidió no abrir la puerta hasta hablar con su compañero.

—David, no sabemos lo que nos vamos a encontrar ahí dentro. No sabemos si habrá un cadáver o la Dra. Mota aún seguirá con vida y tampoco sabemos con certeza si Bruno estará dentro.

—Yo creo que Bruno está en la casa. El cuarto vehículo que había en el almacén es el único que tiene y junto a la puerta he visto su bicicleta. No creo que con lo aislada que está esta torre haya ido andando a ningún sitio —expresó su opinión el Dr. Martí.

—De acuerdo. ¿Qué propones, Laura?

—Abriremos suavemente la puerta, pero no dispararemos si no es estrictamente necesario, ¿de acuerdo?

—Por favor, no lo matéis —suplicó el Dr. Martí sujetando el brazo armado de la inspectora.

—Pol, no tenemos la intención de matar a nadie, pero no podemos permitir que muera otro inocente —le explicó con rotundidad la inspectora.

—Lo sé, inspectora, pero es que Bruno es como mi hermano, más que eso, es como mi gemelo y no quisiera que muriera. Por favor, déjame hablar con él si no atiende a razones —le imploró a la inspectora con voz temblorosa.

—Dr. Martí, ya le hemos dicho que no tenemos intención de matarle. Si no hay riesgo para la vida de la Dra. Mota haremos todo lo posible para detenerlo vivo y si tienes que ser tú quien lo convenza para que se entregue dialogando con él, así será —tranquilizó el subinspector al preocupado doctor.

Una vez hubieron planificado la actuación que llevarían a cabo, la inspectora repitió la maniobra con el pomo de la puerta, pero en esta ocasión la abrió lentamente y fue su arma la que avanzó en cabeza.

Cuando la puerta ya estuvo entreabierta introdujo su cabeza y observó la sala.

Las baldosas blancas de las paredes le recordaron una carnicería antigua, «mal augurio» pensó.

En el centro había una mesa en la que se encontraba estirado un cuerpo, presumiblemente el de la Dra.

Mota y sentado a su lado había un hombre que no podía ser otro que Bruno Ferran.

Con el máximo sigilo del que fueron capaces entraron en la sala y cuando tuvieron al hombre a tiro la inspectora le pidió que levantara las manos.

—¡Policía! ¡Manos arriba! ¡Sr. Bruno Ferran, queda usted detenido! —le ordenó la inspectora al tiempo que le apuntaba con su arma.

Bruno se sorprendió de la intromisión y se levantó de la silla, pero no se alejó de la mesa que se interponía entre él y los intrusos, entre los cuales aún no había distinguido a su amigo Pol.

—¡No se acerquen o la mato! —gritó Bruno al verse sorprendido y amenazado.

—¡Levante los brazos! ¡Ahora! —gritó el subinspector.

—¡No se muevan o le inyecto el contenido de esta jeringuilla! Hay suficiente cloruro potásico como para volver loco el corazón de un elefante —amenazó Bruno dejando ver lo que lleva entre sus manos.

—¡No, Bruno! ¡No, no lo hagas! —le pidió el Dr. Martí a su amigo con una voz enérgica, pero cargada de sufrimiento.

—¿Pol? ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó muy sorprendido al descubrir que era su amigo quien estaba con la policía.

—Sí, soy yo, Bruno y he venido para intentar que no lo empeores todo, para evitar la muerte de la Dra. Mota —le dijo con gran serenidad.

—¿Está viva todavía? —preguntó la inspectora.

—Sí, agente, está viva todavía, de otro modo no amenazaría con matarla si se mueven —respondió con una sonrisa en los labios al mismo tiempo que señalaba la jeringuilla cargada de cloruro potásico .

—Soy la inspectora Sans y este es mi compañero, el subinspector Palau, y le recomiendo que no haga ningún movimiento en falso si no quiere que le llene el cuerpo de plomo.

—Bruno, por favor, suelta la jeringuilla y deja que atienda a la Dra. Mota —le suplicó Pol a su amigo.

—No puedo hacer eso, Pol. La doctora merece morir.

—Pero ¿por qué merece morir? ¿Por qué lo has hecho?

—¿Que por qué lo he hecho, Pol? Tú mejor que nadie deberías saberlo.

—No, Bruno. Ni lo sé ni lo entiendo —le respondió con una voz apagada y desconcertada.

—Pol, ¿qué es lo que no entiendes?

—Bruno, no entiendo por qué has matado a cuatro personas —le dijo con lágrimas en los ojos—. Aunque no todos eran unos ángeles, no creo que merecieran morir, ni tan siquiera el Dr. López.

—Pol, el Dr. López era un cabronazo hijo de la gran puta que para intentar salvar su culo puso a todo el mundo en tu contra, obligó a la familia de la fallecida a que te denunciara y como no se salió con la suya siguió jodiéndote la vida con mensajes y amenazas.

Si no lo hubiera matado hubiera continuado su presión hasta conseguir que te volvieras loco, amigo mío.

Laura intentó aproximarse a Bruno aprovechando que este conversaba con su amigo y no la miraba, pero no le pasó desapercibida la estrategia de la inspectora.

—¡Inspectora!, no dé un paso más o verá cómo late un corazón fibrilando —le gritó mientras señalaba con el mentón el tórax de la Dra. Mota.

—Está bien, Bruno. No me moveré más .

—Bruno, entiendo que quisieras ayudarme, pero no era necesario que lo mataras.

—Pero ¿que no has estado mucho más tranquilo desde que lo quité del medio? ¿Que no has estado más relajado desde que murió el Dr. Torres?

—Es verdad, Bruno, pero esa no era la manera de solucionar el problema —le dijo en un tono paternalista.

—Pol, ¿no recuerdas todas las veces que hemos hablado de venganza?

—Claro que lo recuerdo, pero era una manera de hablar. Era un modo de expresar un sentimiento, pero nunca con la intención de llevarlo a cabo.

—Pero no me negarás que el Dr. López y el Dr. Torres se merecían la muerte —intentó Bruno que su amigo le respaldara en su decisión.

—Claro que merecían la muerte y te lo agradezco enormemente, Bruno, pero ¿qué ha hecho la Dra. Mota para merecerla?

El Dr. Martí creyó que dándole la razón en el caso de la muerte de dos malas personas conseguiría que su amigo entendiera que quizá la Dra.

Mota, una persona que nada tenía que ver con los doctores Torres y López, no era merecedora de ese castigo.

El subinspector entendió rápidamente la estrategia del anestesista, pero la inspectora inicialmente pensó que el Dr. Martí se había trastocado por la situación.

—¿Que qué ha hecho? No os ha permitido a ninguno de vosotros que ayudarais a sus pacientes, ni durmiendo los ojos ni proporcionándoles un mínimo de confort con una ligera sedación.

—Sí, pero eso no es motivo para que muera, ¿no crees?

—Pol, la verdad es que ya no sé qué creer. Cuando te he visto sufrir tanto a causa de los problemas que has tenido he sentido que tenía que devolverte todo lo que habías hecho por mí —la voz de Bruno empezaba a perder tensión.

—Bruno, no tenías que devolverme nada, amigo. Yo siempre te he ayudado en lo que he podido porque eres mi amigo y te quiero más de lo querría a un hermano.

—Precisamente por eso, porque nos queremos tanto no podía quedarme de brazos cruzados cuando alguien te estaba haciendo daño —las lágrimas aparecieron en los pómulos de Bruno y sus palabras comenzaron a entrecortarse—, verte sufrir me rompía el alma y no podía soportarlo ni consentirlo —las lágrimas se convirtieron en llanto.

—Bruno, amigo, por nuestra amistad y por todo lo que nos queremos, suelta la jeringuilla y deja libre a la Dra. Mota. No quiero que el mejor amigo que he tenido nunca y que nunca tendré pase más tiempo del imprescindible alejado de mí.

—Pol, lo siento mucho. Pensaba que estaba haciendo lo correcto. Tú me has salvado la vida en dos ocasiones y no dudé en sacrificar la mía si era necesario para que tú recuperaras la tuya.

En ese momento los dos amigos empezaron a llorar desconsoladamente y parecía que todo iba a concluir de la mejor manera cuando de repente sonó el timbre del temporizador que alertaba a la Dra.

Mota que en cinco segundos, si no apretaba el pulsador, se produciría una descarga eléctrica.

Sorprendida por el sonido, la inspectora Sans apretó el gatillo de su pistola y la bala que salió de su cañón fue a alojarse en el hombro derecho de Bruno y este, al caer al suelo por el impacto, dejó caer la jeringuilla que contenía el suero que podía haber acabado con la vida de la Dra. Mota.

—¡Brunooooo! —gritó el Dr. Martí y salió corriendo para ver en qué estado se encontraba su amigo. Al llegar a él descubrió que afortunadamente sólo tenía un rasguño en el hombro.

La inspectora Sans corrió también hacia Bruno e intentó esposarlo, pero el Dr. Martí se lo impidió. No quería ver a su amigo así y ella, después de haber acusado y acosado injustamente al doctor, entendió que no era necesario imponerse por la fuerza en ese momento.

El subinspector Palau se dirigió hacia la Dra.

Mota para liberarla de sus ataduras y, cuando estuvo a punto de tocarla, se produjo sobre el cuerpo de la oftalmóloga la descarga eléctrica que estaba programada, pero la doctora no reaccionó ante el dolor causado ya que estaba en coma después de casi cinco días sin poder conciliar un sueño reparador.

—¡Pol, desconecta esos cables! —le gritó Bruno a su amigo al mismo tiempo que intentaba señalarlos con su brazo herido.

El subinspector Palau se adelantó al anestesista y arrancó los cables que unían a la Dra. Mota con el artilugio creado por Bruno para no dejar dormir a la oftalmóloga, especialista en anestesias tópicas sin sedación, mientras que el Dr. Martí se quedaba con su amigo llorando los dos abrazados.