El anestesista insomne 41 #2
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—No, doctor, esa no es la causa y tú bien lo sabes. Dejó de amenazarte porque lo mataste la madrugada del 30 de junio —le acusó la inspectora con un brusco cambio de tono de voz tras levantarse y abalanzarse sobre el Dr. Martí.

—Pero ¿qué dice? ¿Que el Dr. López está muerto? —le preguntó sorprendido al mismo tiempo que se retiraba hacia atrás todo lo que pudo.

—¡Efectivamente, Dr. Martí! Muerto y enterrado, bueno, incinerado. Solo han quedado de él las cenizas —le gritó volviendo a aproximar su rostro al del detenido—. No te hagas el sorprendido ya que fuiste tú el que acabó con su vida —prosiguió más calmada.

—¿De qué me están hablando? Si ni siquiera sabía que estuviera muerto —se defendió con vehemencia ante tal acusación.

—Me dirá que no fue usted quien tras emborracharlo le inyectó cocaína en una vena para simular una sobredosis —intervino esta vez el subinspector con la misma dureza que había utilizado su compañera.

—Pero ¿cómo se supone que voy a hacer eso si de vernos nos hubiéramos enzarzado en una pelea? ¿Están ustedes locos? —volvió a defenderse con rotundidad.

—¿Locos? ¿Locos por pensar que finalmente te vengaste de quien te había hecho imposible la vida?

—le volvió a gritar la inspectora quien sacó de una carpeta la foto que le dieron en Zaragoza de la sala donde encontraron el cadáver del Dr. López y con un gran golpe la colocó sobre la mesa delante de las narices del Dr. Martí.

—¡Mira esta foto de la casa del Dr. López y dime que no fuiste tú el que lo emborrachó y después le administró la cocaína! —volvió a abalanzarse sobre él gritándole como una loca y con los ojos saliéndosele de las órbitas.

—¿Y encima dicen que lo maté en su casa?

Pero ¿que no ven que no tiene ningún sentido?

Un tío que me odia y al que yo odio me va a invitar a su casa para tomar algo.

¿Que no lo ven? ¿Es que no se dan cuenta de que su hipótesis no tiene ni pies ni cabeza?

—gritó desesperado al ver lo ciegos que estaban los dos policías .

—¿Nos está diciendo que usted nunca ha estado en esta casa? —insistió ahora el subinspector señalando la foto.

—¡Claro que no! ¿A santo de qué iba ese hijo de la gran puta a invitarme a su casa? ¿Para reconciliarnos? ¿Para echar un polvo? —respondió completamente sorprendido por la estulticia de sus interrogadores.

—Pero mira la foto, ¡joder! —le ordenó la inspectora con gran agresividad.

El Dr. Martí cogió la foto como pudo y la sostuvo entre sus dos manos esposadas.

Recorrió la estancia con la mirada hasta que reparó en una vitrina que presidía la sala y se quedó observándola con un rictus que cada momento que pasaba desprendía más sorpresa, más estupefacción y acabó por mostrar terror.

—Inspectora, eso que se ve en la foto, eso de ahí —señaló como pudo con un dedo— ¿es una vitrina en la que hay expuesto instrumental quirúrgico antiguo? —preguntó el Dr. Martí en cuya voz se percibía un gran temor y preocupación.

—Sí, sí lo es —afirmó con rotundidad—. Según parece el Dr. López era un gran coleccionista. Pero, déjate de gilipolleces y mira su cadáver y confiesa de una puta vez que fuiste tú quien lo asesinó —retomó la inspectora su tono agresivo.

Tras oír la respuesta de la inspectora el Dr. Martí entró en shock y su mente retrocedió unos días hasta la conversación que tuvo con su amigo Bruno…

…—Por supuesto que sí. Ambas cosas. Por cierto, ¿qué es eso que te has escondido tan rápidamente en el bolsillo en cuanto he entrado en la sala? —le preguntó a pesar de que lo había visto perfectamente .

—Nada, no es nada —le dijo al mismo tiempo que apoyó su mano en el bolsillo como si su amigo tuviera superpoderes y pudiera ver a través de la tela.

—Venga, dime qué es, hombre.

—Nada, es… un regalo para tu cumpleaños —le soltó lo primero que le vino a la cabeza.

—¿Un regalo para mi cumpleaños? Pero si es el treinta de marzo y estamos en diciembre.

—Ya, pero es que yo soy muy previsor. Bueno, me tengo que ir. Adiós

—¿Pero, a dónde vas tan rápido? Oye, espera, oye —le gritó sin resultado alguno—. ¿Me va a regalar eso para mi cumpleaños? ¿De dónde cojones lo habrá sacado?...

—Dr. Martí, vuelva. ¡Hola! —le gritó la inspectora al mismo tiempo que lo zarandeaba empujándolo por los hombros.

—¡Nooooo! ¡Bruno, nooooo! —gritó con un gran dolor reflejado en su voz y con lágrimas brotando de sus ojos.

—Dr. Martí, ¿qué le ocurre? —preguntó el subinspector muy sorprendido por la actitud del detenido.

El Dr. Martí continuó sin abrirse al exterior rememorando todos los momentos en los que él y su amigo Bruno habían hablado de venganzas: la ópera de Don Giovanni, la cena con los anestesistas en Lleida, la vuelta a casa después de la celebración…

y siempre concluían que él no sería capaz de ejecutarlas.

Por eso, al recordar el escalpelo que llevaba Bruno y pensando que podía proceder de la colección del Dr. López, su mente ató cabos y vio que su amigo había hecho en su lugar lo que él mismo nunca se hubiera atrevido a hacer: ¡Vengarse !

—Dr. Martí. ¿Bruno? ¿Qué tiene que ver Bruno Ferran en todo esto? —preguntó el subinspector desconcertado.

El Dr. Martí se encontró entre la espada y la pared.

Tenía que decidir entre ocultar lo que había descubierto y encubrir a su amigo a riesgo de que la Dra.

Mota pudiera morir o delatar a Bruno para intentar salvar una vida inocente.

Su conciencia no hubiera podido cargar con una muerte innecesaria e injusta y, muy a su pesar, decidió explicar lo que sabía.

—El otro día estuve con Bruno en el descanso del área quirúrgica y le sorprendí con un escalpelo antiguo que muy bien podría haber pertenecido a la colección del Dr. López —explicó entre lágrimas y con la voz entrecortada.

—Y ¿por qué iba a tener el Sr. Ferran un escalpelo del Dr. López? —la inspectora no dio credibilidad al detenido.

—Porque él estuvo en la escena del crimen —afirmó con aflicción.

—¿Nos estás diciendo que Bruno Ferran asesinó al Dr. López? —preguntó incrédula la inspectora.

—Sí, eso estoy sugiriendo —respondió con lágrimas en los ojos, unas lágrimas de tristeza porque Bruno hubiera sido capaz de asesinar a alguien y unas lágrimas que reflejaban al mismo tiempo el orgullo de tener un amigo que demostrara tanto amor por su persona.

—Y, ¿cree que también habrá asesinado a los doctores Agirre, Torres y Trullols? —preguntó el subinspector empezando a sospechar que el Dr. Martí pudiera creer realmente lo que estaba diciendo.

—Efectivamente. Creo que Bruno pudo haberlos matado a todos para vengarme ya que sabía que yo no lo iba a hacer —el doctor empezó a recuperar la calma en su voz, pero las lágrimas seguían brotando de sus ojos.

—¿Quieres hacernos creer que el Sr. Ferran es el asesino y no tú? Y, ¿por qué iba a asesinarlos, Dr. Martí? —insistió la inspectora, que no daba ningún crédito a la historia que les estaba relatando el anestesista.

—Porque Ferran y yo somos amigos desde que nacimos.

Hemos compartido los mejores y los peores momentos de nuestras vidas y yo siempre estuve cuando él me necesitó.

Cuando en el colegio era acosado por unos compañeros yo estuve allí para defenderlo y acabé en el hospital tras pelearme con uno de ellos.

Cuando en el conservatorio tuvo un paro cardíaco yo estuve allí para reanimarlo y dar tiempo a que llegara la ambulancia.

Le salvé la vida. Siempre hemos sido “ cul i merda ”.

Él sabía el daño que me había causado el Dr. López y como supo que yo no iba a hacer nada por vengarme, quizá creyó que era el momento de devolverme lo que yo había hecho por él.

—¡Gilipolleces, Dr. Martí! ¡Eso son gilipolleces! ¿Ahora intentas cargarle el muerto a tu amigo? ¡Eres una mala persona, un desgraciado! —la inspectora descargó sobre él la ira que tenía acumulada en su interior.

—¿Y el resto de las víctimas? —continuó el subinspector dando la oportunidad al detenido de que se explicara ya que no encontraba tan descabellada su versión.

—Son personas con las que he tenido problemas profesionales; pero, a excepción del Dr. Torres, no creo que ninguno debiera haber sufrido el menor daño por ello.

—Si lo que nos estás diciendo es cierto…

—¡Joder, inspectora! —respondió perdiendo el control de su discurso—.

¡Claro que es cierto! Y si usted no fuera tan obtusa y me concediera el beneficio de la duda, aún podríamos estar a tiempo de salvar a la Dra.

Mota si nos diéramos prisa. ¿Qué podrían perder si les estuviera mintiendo?

—le respondió a pleno grito mientras se levantaba de la silla a la que la inspectora le hizo volver de un empujón.

—Pues podría ser que nos estuvieras mareando para que no encontremos a la Dra. Mota a tiempo de salvarle la vida —le contestó la inspectora empezando a creer que quizá ella pudiera estar equivocada.

—Inspectora, por favor, créame. Yo no he matado a nadie y la única persona que creo que puede haberlo hecho es Bruno —el Dr. Martí parecía hundido de repente. La inspectora no le creía y si no actuaban podría ser que tuvieran que sumar otra muerte a las ya contabilizadas.

—Está bien, Dr. Martí. Te vamos a dar una oportunidad, pero no por ti sino por la Dra. Mota —le comunicó la inspectora sin estar convencida del todo de lo que iban a hacer.

—Si te parece, Laura, llamaremos al hospital para saber si el Sr. Ferran está allí e ir a detenerlo —propuso el subinspector a su compañera.

—Me parece bien. Voy a ir a hacer la llamada.

La inspectora salió de la sala mientras el subinspector decidió retirarle las esposas al detenido. Tras unos minutos volvió a entrar con mala cara.

—El Sr Ferran no ha ido hoy a trabajar. ¿Sabes dónde podemos encontrarlo?

—Tiene un pequeño apartamento en el Raval, pero no creo que esté allí si tiene secuestrada a la Dra.

Mota. Supongo que estará en su torre —respondió más calmado ya que su inocencia podría ser que fuera demostrada, pero triste al mismo tiempo de que el culpable pudiera ser su amigo del alma.

Sentía que estaba actuando mezquinamente con Bruno, pero él era médico y salvar la vida de una persona estaba por encima de todo.

—Bien, pues condúzcanos a ella —le sugirió la inspectora.

—Me encantaría hacerlo, pero no recuerdo donde está —le contestó ansioso.

—¿Nos está diciendo que no sabe dónde está la torre de su amigo del alma? —preguntó la inspectora pensando que igual no era tan buena idea y que lo que quería el detenido era ganar tiempo.

—La tiene desde hace poco tiempo y solo he estado allí una vez y era de noche por lo que no recuerdo muchos detalles del trayecto —se disculpó desesperado el Dr. Martí.

—¿Y no tiene en el GPS del coche memorizados sus últimos destinos? —sugirió esa posibilidad el subinspector.

—Mi coche es muy antiguo y no tiene esas comodidades modernas —volvió a disculparse el doctor cada vez más apesadumbrado.

—¿Y en el teléfono tampoco? —la incredulidad de la inspectora volvió a resurgir.

—No, tampo… sí, en el teléfono sí—exclamó aliviado.

—Pues vamos a buscar sus pertenencias.

Los tres salieron del área de interrogatorios y fueron a buscar los objetos personales del detenido. Tras recuperar su teléfono y conectarlo a la red unos instantes para que tuviera un mínimo de batería salieron corriendo hacia el vehículo de la inspectora y subieron a él .

—Bonito coche, inspectora. Un Audi Coupé, todo un clásico. Me encanta —expresó con verdadera admiración a pesar de lo complicado de la situación.

—Muchas gracias, pero no pierda el tiempo y busque la dirección del Sr. Ferran en su GPS, doctor.

—Ya voy, pero es que no recuerdo cómo la memoricé. Bueno, de hecho, me la memorizó él.

Fue buscando posibilidades: Ferran, anestesia, Anästäsia, hasta que recordó la broma de Torre Bruno. Bingo, esa era la clave.

—Ya lo tengo, ahora me indicará el rumbo. ¿Quieren que le llame para intentar averiguar algo sutilmente? —se ofreció el Dr. Martí.

—¡No! De ninguna manera —lo detuvo la inspectora—. Él sabe que usted está detenido y si recibe una llamada suya podría sospechar alguna cosa. Sigamos con el plan. Doctor, inicie el guiado al destino.

—Ahora mismo, inspectora.