El anestesista insomne 41
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El subinspector Palau se dirigió al despacho de su compañera y recogió toda la información física que habían recopilado sobre las víctimas del Dr. Martí.

Antes de partir hacia el Centre de Detencions pasó por el despacho del comisario Pou para informarle del vuelco que había sufrido la investigación.

Descendió los tres pisos, cogió su coche y a toda velocidad se dirigió hacia su destino.

Una vez llegó hizo el papeleo necesario y llevaron al detenido a la sala de interrogatorios número cuatro, como la cantidad de muertos del caso, y allí se quedó esperando a que alguien apareciera para interrogarle.

Pasaban los minutos y allí seguía como un paciente en la sala de espera de un hospital sin saber cuándo le iban a atender.

Cuando la inspectora llegó al Centre de Detencions aparcó el coche de cualquier manera y accedió corriendo al edificio y se plantó en el área de interrogatorios donde le esperaba su compañero cargado con el material que le había pedido.

—Hola, Laura. ¿Cómo ha ido el viaje? —preguntó para darle tiempo a respirar antes de entrar en la sala.

—Se me ha hecho interminable, David. Entre el tráfico y el pensamiento de que “ chaque minute compte ” para salvarle la vida a la Dra. Mota, estoy atacada.

—Pues tomémonos unos segundos antes de entrar para que no nos vea alterados y descontrolados. Tenemos que aparentar calma y seguridad hasta el momento que sea necesario mostrar otra cara menos amable .

—David, soy inspectora y llevo muchos años haciendo interrogatorios.

No necesito que me des una charla como si fueras un entrenador de fútbol antes de un partido —y antes de darle tiempo a su compañero a que respondiera abrió la puerta de la sala de interrogatorios con mucho ímpetu y entró desbocada.

—A ver, desgraciado, ¿dónde tienes a la Dra. Mota? —se dirigió al detenido con brusquedad y sin saludarlo.

—Buenos días, inspectora —respondió calmado—. ¿Perdón?

—¡Que dónde tienes a la Dra. Mota!, ¡cabrón!

—Inspectora, no sé de qué me está hablando. ¿También ha desaparecido la Dra. Mota? —preguntó con una sorpresa que destilaba sinceridad.

—No nos venga con esas, Dr. Martí. Sabe perfectamente de qué le estamos hablando —intervino el subinspector en un tono más calmado.

—Subinspector, la verdad es que no sé de qué me están hablando.

—¡Joder, Pol! Si no está muerta dinos donde la tienes. No añadas otra víctima inocente a tu locura.

—Inspectora, ya sé que no me creen, pero yo no he matado a nadie y tampoco he secuestrado a Mar —respondió el doctor, quien empezaba a perder la calma y de sus palabras se desprendía angustia, nerviosismo, incredulidad y algo de desesperación.

—Sabemos que no los mataste en tu piso de la calle Sant Lliser ni en tu torre, pero has podido alquilar alguna casa o algún lugar para llevar a cabo tus crímenes.

¿Es allí dónde tienes a la Dra. Mota? —preguntó la inspectora abalanzándose sobre el detenido, quien no respondió y se tapó la cara con las manos—. ¡Contesta! —le gritó esta vez al oído.

—No he alquilado ninguna casa, no he secuestrado a nadie y menos aún he acabado con la vida de nadie. ¿Por qué no me creen? —dijo con voz temblorosa y con alguna lágrima despuntando en sus ojos.

—Y también nos dirás que no has tenido nada que ver con la muerte del Dr. Agirre en Lleida, ¿verdad? —cambió de rumbo del interrogatorio.

—Inspectora, ¿me está acusando de inducir al suicidio al Dr. Agirre? ¿De verdad? —preguntó desconcertado ante lo absurdo que le parecía el cariz que estaba tomando la situación.

—Pol, ¿sabes dónde he estado esta mañana antes de venir aquí?

—No, inspectora. ¿Cómo quiere que lo sepa?

—Por cierto, Dr. Martí, antes de que sigamos con el interrogatorio, ¿desea que su abogado esté presente?

Ante los nuevos resultados que hemos obtenido en la investigación en las últimas horas, creo que sería recomendable que le acompañara en estos momentos —el subinspector interrumpió un instante ante el miedo a que cualquier respuesta que pudieran obtener del sospechoso fuera invalidada por la ausencia de su abogado.

—Mi abogado, el Sr. Ramón Mustienes, con el que tuve el placer de hablar ayer, hoy tiene un juicio importantísimo en Zaragoza y no se puede desplazar hasta aquí, pero me dio unas recomendaciones que intentaré seguir al pie de la letra, por lo que podemos continuar sin su presencia .

—Pol, te repito la pregunta que te he hecho con anterioridad, ¿sabes dónde he estado esta mañana antes de venir aquí?

—Inspectora, y yo le repito la mía, ¿cómo quiere que lo sepa?

—Esta mañana he estado en el Institut de Medicina Legal de Lleida hablando con el forense y revisando el caso del Dr. Agirre y, ¿sabes qué hemos descubierto?

—No, no lo sé, pero supongo que me lo va a decir ahora.

—¡Que el Dr. Agirre no se suicidó! ¡Que alguien lo mató y simuló un suicidio! —le gritó de nuevo al oído, pero esta vez cambiando de lado.

—¿Qué? ¿Qué alguien mató al Dr. Agirre? —respondió con gran sorpresa.

—Lo que oye «bueno, después de los dos gritos de Laura no creo que oigas mucho» —le respondió el subinspector.

—Pero ¿quién querría matar al Dr. Agirre? Si era un buen hombre. Si no entendía lo del suicidio, lo del asesinato menos aún —dijo el detenido con cara de asombro.

—No me hagas reír, Pol. Tú tenías motivos para matarlo.

Te puteó bien cuando la muerte de tu amigo Ramon.

Tú nos lo has explicado y hemos hablado con su esposa y nos ha confirmado este enfrentamiento y lo duro que fue para ambos —a cada palabra que expresaba la inspectora aumentaba el volumen de su voz y se aproximaba cada vez más a la cara del Dr. Martí.

—Inspectora, yo sé que tengo un pronto muy fuerte y que a veces digo cosas un poco salidas de tono, pero nunca mataría a nadie y menos de una forma premeditada. ¡No estoy loco! —dijo gritando de desesperación.

—Dr. Martí, para asesinar a alguien no hace falta estar loco. Con ser un psicópata o tener un mal momento es suficiente —apuntó el subinspector.

—Ahora me acusan de asesino y de psicópata. Esto ya es lo último.

—Pol, ¿cómo asesinaste al Dr. Agirre? —retomó las preguntas la inspectora.

—Que yo no he matado a nadie, ¡joder! —se dejó ir el Doctor.

—No grites y responde la pregunta.

—Inspectora, por favor, créame. Yo no he matado a nadie, de verdad —afirmó con una voz baja y temblorosa continuando su explicación con el mismo tono—.

La gran demora en acabar la intervención hizo que no pudiera despedirme de mi amigo, cierto, y eso me causó gran dolor, pero no es motivo para asesinar a nadie.

Además, el Dr. Agirre me telefoneó al día siguiente y se disculpó por ello.

Y les puedo asegurar que su disculpa era sincera.

Sería un cirujano mediocre, pero era una grandísima persona que era muy estimada por todos y cuando las cosas con sus pacientes no iban todo lo bien que él quería, lo sufría en su interior como nadie que yo haya conocido.

No, inspectora, el Dr. Agirre no se merecía que nadie lo asesinara y no, yo no he sido su asesino.

El Dr. Martí rompió a llorar fruto de la tensión y los recuerdos y ambos policías le dejaron tranquilo unos instantes.

Sabían que no iban a poder seguir con el interrogatorio en esas circunstancias, por lo que prefirieron esperar a que recobrara la calma.

Cuando parecía que estaba en mejores condiciones, la inspectora retomó las preguntas .

—Pol, pasemos de alguien que no merecía morir a alguien que quizá sí. ¿Te suena el nombre del Dr. Luis Javier López de Osuna?

—Claro que me suena. Es un cirujano con el que coincidí en Zaragoza —respondió ignorando la que se le venía encima.

—Ah, ¿que coincidiste con él en Zaragoza? —preguntó la inspectora con sorna.

—Sí, después de unos años en Lleida tuve la oportunidad de ir a un gran hospital en Zaragoza y me trasladé allí.

—Y, ¿qué opinión tiene del Dr. López?

—¿Como cirujano o como persona?

—Queremos su opinión de ambas facetas, Dr. Martí —aclaró el subinspector.

—Como cirujano es un prodigio, pero como persona es un hijo de la gran puta —respondió sin pelos en la lengua sin saber que se estaba autoincriminando.

—Y, ¿qué relación tuvo con él en su periplo por Zaragoza?

—No tuve una buena relación con él, pero ¿qué tiene que ver eso con Barcelona y Lleida? —preguntó desconcertado de nuevo.

—Y, ¿no es cierto, doctor, que tuviste un problema en quirófano con el Dr. López, la pérdida de una paciente, y que el susodicho hizo que la familia de la fallecida te denunciara? —la inspectora empezaba a preparar el terreno para su ataque.

—Sí, así es, pero sigo sin entender qué relación tiene esto con el motivo de mi detención.

—¿Y no es cierto también que el juicio fue largo y duro y que causó un gran perjuicio en tu imagen?

—Sí, fue muy duro para mí y para la familia de la víctima, que no se merecía que el doctor López después de asesinar a Vicenta, porque fue un asesinato, les hiciera creer que la culpa de la muerte fuera mía y les empujara a denunciarme para que él pudiera limpiar su reputación.

—¿Nos está diciendo que el Dr. López cometió una negligencia y le quería hacer cargar con el muerto a usted y que encima hizo que le denunciaran?

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.

—Y ¿eso no es motivo para desearle la muerte al Dr. López?

—Sí, es motivo para desearle la muerte. Pero no solo por eso, después del juicio, cuando me absolvieron, me amenazó públicamente con que aquello no iba a acabar así y estuvo semanas enviándome mensajes amenazadores. Claro que le deseé la muerte, como él deseaba la mía.

—Y, ¿sabes por qué dejó de amenazarte, doctor? —preguntó la inspectora con inocencia.

—Supongo que se cansó de que no le contestara, de que no le hiciera caso. No debía ser divertido para él ver que no me asustaba ni me alteraba. Estoy seguro de que si le hubiera seguido el juego aún estaría enviándome mensajes amenazadores.