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Al oír la respuesta del Dr. Molins la inspectora salió corriendo casi sin despedirse y se dirigió al exterior del edificio para asegurarse de que tenía buena cobertura para realizar una llamada.
—Joder, la viuda tenía razón y aquí tenemos un tercer asesinato. Pol Martí, de esta no te vas a librar —dijo en voz alta al tiempo que marcaba un número de teléfono en su móvil.
Uno, dos, tres, los tonos de llamada se produjeron sin que nadie respondiera. Tras ocho tonos que a la inspectora le parecieron más de cien, se produjo la ansiada respuesta.
—Comisaría de la Policía Nacional. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenos días, soy la inspectora Laura Sans, de los Mossos d’Esquadra de Barcelona.
—Hola, inspectora. Soy el agente Sieso. La recuerdo del otro día. ¿Qué desea?
—Necesito hablar urgentemente con el agente Ferrer. ¿Sería tan amable de avisarle?
—No cuelgue que voy a buscarlo. Ah, mire, qué casualidad, ahí viene —el agente tapó con la mano el micrófono de su teléfono y llamó a su compañero—. Pedro, la inspectora buenorra de Barcelona está al teléfono y pregunta por ti.
—Pásame la llamada al despacho uno, que la atenderé allí. Gracias.
—Inspectora, ya lo he localizado y en un instante podrá usted hablar con él. No cuelgue, por favor.
—Muchas gracias.
Tras unos breves instantes el agente Pedro Ferrer se puso al teléfono e inició la conversación.
—Buenos días, inspectora Sans. ¡Qué sorpresa más agradable! ¿En qué puedo ayudarla? —se dirigió a ella en un tono servicial, marcado por el deseo de congeniar con la inspectora.
—Pedro, le llamo en referencia al caso de la muerte del Dr. López de Osuna, ¿lo recuerda?
—Por supuesto que lo recuerdo. ¿Qué desea saber?
—¿Le suena de algo el nombre de un anestesista llamado Pol Martí? —preguntó con ansiedad en su voz.
—Por supuesto que me suena. Durante meses fue noticia en todos los medios locales y aragoneses —la respuesta del agente dejó muy sorprendida a la inspectora.
—¿Por qué fue noticia? —preguntó expectante.
—El Dr. Martí fue acusado de negligencia con resultado de muerte tras el fallecimiento en quirófano de una paciente del Dr. López y este hizo todo lo que pudo para que la familia denunciara al anestesista, el Dr. Martí, y que fueran a juicio.
—¿Y qué pasó en el juicio?
—Pero ¿qué no lo sabe? Si fue noticia durante semanas en todos los telediarios.
—Disculpa, pero yo no tengo tiempo para ver los telediarios catalanes como para tenerlo para ver los aragoneses .
—Pues que el Dr. Martí fue absuelto y el Dr. López, delante de toda la prensa, juró y perjuró que la cosa no iba a acabar ahí, que apelarían la decisión del juez. Que el Dr. Martí había matado a una persona y que debería pagar por ello.
—Y lo que pasó después es que el Dr. López murió por una absurda sobredosis de cocaína endovenosa en su domicilio. ¿No es así? —intentó aclarar el final del caso.
—Así es, inspectora, pero ¿no estará insinuando que el Dr. Martí asesinó al Dr. López y simuló un fatal accidente? —preguntó desconcertado el agente Ferrer.
—No lo estoy insinuando, lo estoy afirmando. Muchas gracias, Pedro. Me has sido de mucha ayuda. Cuando vaya a Zaragoza en un futuro pasaré a saludarte.
—De acuerdo, inspectora. Será bien… —la inspectora ya había colgado.
La inspectora arrancó a correr en dirección al aparcamiento subterráneo de la plaça Sant Joan. Marcó en su móvil el número del subinspector Palau con intención de informarle de sus hallazgos, pero el teléfono daba señal de estar ocupado.
—¡Joder, David! ¡Cuelga que es muy urgente! —gritó mientras descendía corriendo por las escaleras mecánicas de El Canyeret.
En ese justo momento el subinspector Palau estaba intentando comunicarse con la inspectora a través del teléfono. Ese era el motivo de que el suyo diera señal de estar ocupado.
—¡Joder, Laura! ¡Cuelga que es muy urgente! —gritó al tiempo que descendía las escaleras de la comisaría para ir a buscar su coche y dirigirse el Centre de Detenció de Les Corts .
La inspectora intentó de nuevo llamar a su compañero, pero como ya había entrado en el aparcamiento subterráneo no tenía cobertura.
—¡Hostia puta! Y ahora no tengo cobertura. ¡Joder!
El subinspector probó suerte de nuevo, pero entonces la señal de ocupado cambió por un mensaje grabado que indicaba que el teléfono al que estaba llamando estaba apagado o fuera de cobertura.
—¡No me lo puedo creer! ¿Dónde te metes, Laura? Que esto es muy importante.
La inspectora en ese tiempo había pagado el tique del aparcamiento y había accedido a su coche, lo había arrancado y derrapando llegó a la barrera de salida a la que casi no había dado tiempo de levantarse.
Una vez hubo salido presionó el botón de rellamada esperando tener más suerte.
En esa ocasión no estaba comunicando y tras dos tonos el subinspector respondió y ambos empezaron a hablar al mismo tiempo sin que pudiera haber una buena comunicación.
—¡David! ¡Calla un momento! —gritó la inspectora viendo que iba a ser imposible entenderse.
—Pero, Laura. Es muy…
—¡Que te calles un momento, David! —insistió la inspectora en su afán de explicar sus novedades—. David, he descubierto que el Dr. Agirre no se suicidó.
—¿Cómo dices? —preguntó muy sorprendido.
—Lo que oyes. La causa oficial de su muerte es suicidio por inhalación de monóxido de carbono procedente del tubo de escape del coche de su esposa, pero en la analítica de toxicología no han encontrado ni rastro del gas de la muerte, por lo que el caso deberá ser reabierto .
—O sea, que alguien lo mató de alguna manera que no sabemos y que intentó hacer pasar el asesinato por un suicidio —resumió el subinspector la teoría que acababa de formular su superiora.
—Así es, David. ¿Y quién tuvo un problema con el Dr. Agirre?
—El Dr. Martí.
—Pero eso no es todo. Después de este hallazgo he llamado a la comisaría de Zaragoza y he descubierto otra cosa.
El Dr. López estuvo personado como parte de la acusación en un juicio muy mediático por negligencia médica con resultado de muerte en el que se juzgaba a un anestesista. ¿Se te ocurre algún nombre?
—¿Pol Martí?
—Efectivamente.
—¡Joder, Laura! Todo cuadra. Le tenemos.
—Así es. Le tenemos. Y tú, ¿qué querías decirme?
—Pues que han llamado a comisaría del Hospital del Mediterrani denunciando la desaparición de una oftalmóloga, la Dra. Mar Mota.
—¿Cómo? ¿Otra desaparición?
—Sí, el viernes cuando acabó su turno se fue del hospital y como tenía puente hasta hoy miércoles no la han echado de menos.
—Nosotros detuvimos al Dr. Martí el lunes, por lo que pudo haberla secuestrado antes de la detención a pesar de que el aparcamiento del hospital estuviera fuertemente vigilado.
—Así es. Pudo haberla capturado en otro lugar.
—David, tenemos una posible quinta víctima.
Esperemos que no haya fallecido todavía.
Por lo que hemos comprobado cada vez que mata mantiene a su cautivo más tiempo vivo.
Al Dr. Torres lo asesinó a las pocas horas de cautiverio y al Dr. Trullols unas cuarenta y ocho horas después de secuestrarlo, por lo que tengo esperanzas de que lleguemos a tiempo de salvarla.
—Recemos por ello.
—Yo ahora salgo de Lleida y cojo la autopista y con la sirena puesta, apretaré el acelerador a tope.
Tú pasa por comisaría y coge todo lo que tengamos del caso y ves al centro de detenciones y haz las gestiones para poder interrogar al Dr. Martí, pero espera a que llegue yo.
Si hace falta, que se espere solo en la sala de interrogatorios. ¿Entendido?
—Entendido. Nos vemos allí en un rato.
La inspectora atravesó el Pont Vell y enfiló l’Avinguda de Les Garrigues pasando casualmente por delante de la casa de los padres del Dr. Martí, cosa que ella desconocía.
Luego se desvió hacia la derecha accediendo a l’Avinguda de Barcelona y una vez rebasó la rotonda del Mestre tomó la salida de la autopista.
Desde ese momento su pie derecho ganó peso y el acelerador hizo que el motor rugiera como nunca lo había hecho.
La vida de la Dra. Mota podía depender de ello.
—Ya te tenemos, ¡pedazo de cabrón! Te voy a sacar la confesión a hostias si hace falta, pero no voy a dejar que nadie más muera por tu culpa —gritaba en el coche mientras golpeaba el volante con ambas manos.
El velocímetro rápidamente marcó los doscientos quilómetros por hora y en esta ocasión era ella la que adelantaba a los vehículos como una exhalación provocando el enfado de aquellos que se veían rebasados y se asustaban por la presencia de un loco conduciendo en la autopista.