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Eran apenas las ocho de la mañana cuando la inspectora abrió la puerta de la comisaría de los Mossos de Lleida.
Tal y como esperaba, allí, sentada en uno de los bancos de recepción estaba la viuda del Dr. Agirre.
Se acercó a ella y con la mayor suavidad que pudo se presentó como la inspectora Sans y, para que la señora Agirre no tuviera ninguna duda de que le decía la verdad, le mostró su placa.
—Buenos días, Sra Agirre. Soy Laura Sans, inspectora de la comisaría de l’Eixample de Barcelona —le dijo al mismo tiempo que le extendía la mano.
—Encantada. Soy Alicia Etxebarria, viuda del Dr. Agirre, pero por favor, llámeme Alicia —le respondió al mismo tiempo que se enjugaba las lágrimas con un pañuelo.
—De acuerdo, Alicia. Si no es muy doloroso para usted, ¿tendría inconveniente en acompañarme a tomar un café para que hablemos de la triste muerte de su marido? —la dulzura en la voz de la inspectora hacía que la viuda del doctor confiara en ella.
—Estaré encantada de hablar con usted de mi marido, pero ¿por qué viene usted desde Barcelona para hablar conmigo cuando en Lleida han dado por cerrado el caso?
«Buena pregunta» pensó la inspectora.
—Mire, Alicia. Estamos investigando unas muertes de médicos en Barcelona y no queremos dejar ningún hilo suelto, por lo que hemos decidido hablar con usted y revisar el fallecimiento de su esposo para que no quede ninguna duda.
—Estoy dispuesta a colaborar en lo que haga falta para que se sepa la verdad. Mi esposo no se suicidó.
—Disculpe, Alicia, pero creo que será mejor que vayamos a otro sitio a hablar de todo ello. Aquí, en medio de la sala de espera, cualquiera nos podría oír e interpretar las cosas como no son.
La Sra. Etxebarria coincidió con la inspectora y tras tomar asiento en la cafetería retomaron la conversación.
—Alicia, ¿por qué cree que su esposo no se suicidó? —fue directa al grano, pero con un tono de voz cargado de amabilidad, impropio de la inspectora.
—Laura, ¿me permite que la llame Laura?
—Por supuesto, Alicia. Faltaría más.
—Mi esposo era un buen hombre, no tenía problemas con nadie.
No jugaba, no bebía, no tenía vicios. Su vida era su trabajo, su rugby, sus libros y su música.
Disfrutaba de un buen libro escuchando ópera de fondo.
Esperaba con impaciencia los entrenos del rugby, los partidos y el tercer tiempo que decía él, pero en cuanto se había tomado un champú sin alcohol regresaba a casa.
Trabajar le encantaba, pero estaba ilusionado con su cercana jubilación.
Planeábamos comprarnos una autocaravana y recorrer toda Europa sin prisas, sin horarios, sin destinos concretos y sin ataduras de ningún tipo.
Era un hombre feliz que amaba lo que hacía y que estaba tremendamente ilusionado con su futuro y aunque su diabetes marcaba su día a día, la enfermedad nunca lo limitó ni lo más mínimo.
Inspectora, yo conocía a mi marido y sé que nunca se hubiera suicidado.
Es algo que nunca le hubiera pasado por la cabeza y mucho menos sin existir motivo alguno para ello.
Conocía a Gaizka perfectamente y sé que no se suicidó y tampoco sé por qué alguien podría haber deseado su muerte.
No encuentro motivos para que alguien quisiera acabar con su vida, pero lo que sí sé es que no tenía ninguno para hacer lo que la policía de aquí dice que hizo.
Tras mantenerse entera durante todo su relato, la viuda del Dr. Agirre no pudo contener más las lágrimas y se derrumbó. La inspectora se acercó a ella e intentó consolarla. Pasados unos minutos en los que ambas permanecieron en silencio, la Sra. Etxebarria retomó la palabra.
—Laura, hágame un favor. Descubra qué pasó con mi marido para que nadie dude de que no se quitó la vida y al mismo tiempo yo pueda liberarme de este dolor que me atormenta cada día —le suplicó la viuda cogiéndole la mano a la inspectora.
—Alicia, le prometo que haré todo lo que esté en mi mano para intentar esclarecer los hechos, limpiar el nombre de su marido y detener al asesino —le respondió la inspectora dándole unas palmaditas en la mano.
Una vez la viuda del Dr. Agirre se hubo recuperado, la inspectora intentó vincular la muerte de su esposo con el Dr. Martí, pero quiso hacerlo de un modo que no condicionara las respuestas de Alicia.
—Alicia, le suena si su esposo le comentó alguna vez alguna cosa sobre el Dr. Adolf Serrat —preguntó inventándose un nombre.
—¿Adolf Serrat? No me suena de nada.
—¿Y sobre el Dr. López de Osuna?
—No, nada. Es otro nombre que no me dice nada.
—Dr. Pol Martí, anestesista. ¿Le suena de algo? —le pareció a la inspectora que ya era suficiente rodeo .
—¿Pol Martí? ¿Pol Martí? —repitió como queriendo acordarse de algo.
—Sí, anestesista como el Dr. Serrat.
—¿Pol Martí? Sí, claro. Ay, pobre doctor. Claro que me acuerdo.
—¿Por qué pobre doctor? —preguntó sorprendida la inspectora.
—Recuerdo que un día llegó Gaizka a casa después de una intervención de urgencia y me comentó que había tenido problemas para acabar la cirugía, que se demoró muchísimo y eso hizo que el anestesista, el Dr. Martí, no pudiera despertar al paciente.
Que en circunstancias normales no hubiera sido más que un problema de tiempo, pero ese retraso provocó que el anestesista no pudiera despedirse de un amigo que se estaba muriendo y eso le dolió mucho a Gaizka.
Se sintió fatal porque por su culpa, y él así me lo dijo, no pudo despedirse de su amigo.
Estuvo más de una semana que le costaba mucho dormir.
Gaizka era un buen cirujano, pero la edad empezaba a pasarle factura y él lo sabía, pero el amor por su trabajo y la falta de cirujanos dispuestos a hacer guardias hacían que continuara al pie del cañón.
—Entiendo lo que me dice, Alicia.
Después de que la viuda del Dr. Agirre le explicara a la inspectora otras anécdotas sobre su marido que reafirmaban su gran bondad, ambas se fundieron en un abrazo y se despidieron.
La Sra Etxebarria ya no volvió a la comisaría, se dirigió hacia su casa a descansar.
Confiaba en que la inspectora resolvería el caso que en Lleida habían dado por cerrado.
La inspectora decidió que era buen momento para visitar al forense que se encargó del caso del Dr. Agirre .
La inspectora cogió su coche y puso rumbo a la Plaça Sant Joan.
Aparcó el vehículo en el aparcamiento subterráneo de la plaza y ascendió hacia los juzgados para dirigirse al Institut de Medicina Legal.
Una vez allí se presentó, placa en mano, al funcionario de la recepción quien tras una llamada la acompañó a ver al forense, el Dr. Molins.
—Bienvenida, inspectora Sans. ¿En qué puedo ayudarla?
—Gracias, Dr. Molins. Estoy aquí por un caso que tuvo lugar a finales de septiembre. La muerte del Dr. Agirre, un cirujano del hospital Verge de la Serra. ¿Recuerda usted el caso? —preguntó sin rodeos.
—La verdad es que no. Yo tomé posesión de mi cargo el jueves 1 de octubre y este caso no constaba como abierto, de otro modo yo hubiera tenido que hacerlo mío y esperar a tener toda la información necesaria para darle carpetazo y puedo asegurarle que nunca se me comunicó nada sobre él.
—¿Quiere decir que el anterior forense cerró el caso antes de dejar su puesto?
—Eso es lo que parece que ocurrió, pero si la fecha que usted me dice es correcta no debería haber sido así. Una autopsia no se puede dar por concluida hasta que no tenemos los resultados de toxicología y en ese plazo de tiempo es imposible que hubieran llegado.
El Dr. Molins cogió el teléfono y solicitó al funcionario encargado de archivos que trajera el legajo correspondiente a la autopsia del Dr. Agirre.
—¿Qué dudas tiene respecto a este caso, inspectora?
—Según los resultados de la autopsia el Dr. Agirre murió a consecuencia de la inhalación de los gases emitidos por el tubo de escape del coche de su esposa y su compañero concluyó que no había evidencias para sospechar que no había sido un suicidio.
—Suicidio por inhalación de gases —dijo el forense pensativo—. No es el modo más habitual de suicidio y menos en estas tierras, pero las pruebas suelen ser concluyentes.
En ese momento hizo entrada el funcionario encargado del archivo portando una gran cantidad de carpetas unidas por unos cordeles y un sobre suelto y le hizo entrega de todo ello al Dr. Molins.
—¿Y este sobre suelto? —preguntó confundido el forense.
—Llegó la semana pasada, pero como el caso estaba cerrado no le di la mayor importancia.
El forense se lo arrancó de las manos y leyó el remitente.
—Instituto Nacional de Toxicología. Me cago en la…
—se frenó en el último momento—. Los resultados que faltaban para concluir la autopsia como Dios manda.
¿Cómo puede ser que nadie me haya avisado de la llegada de los resultados de toxicología por muy cerrado que estuviera el caso?
—gritó al tiempo que abría el sobre y leía la información lo más rápido que podía.
—¿Qué ocurre, Dr. Molins? —le preguntó sorprendida la inspectora al ver el comportamiento del forense.
—Pues sucede que mi antecesor debía tener mucha prisa por irse a su nuevo destino de l’Empordà e hizo un informe final sin haber recibido los resultados de toxicología.
Le debió parecer tan claro que era suicidio que cerró el caso sin estos resultados —le respondió golpeando con la mano el fajo de hojas que había sacado del sobre.
—Y, ¿qué dicen? —preguntó ansiosa.
—¡Joder! Ni rastro de carboxihemoglobina. No murió por la inhalación de monóxido de carbono procedente del tubo de escape de ningún vehículo —explicó sorprendido y exaltado.
—¿Me está diciendo que alguien quiso hacer pasar un asesinato por un suicidio?
—Es lo más probable, inspectora, porque no creo que nadie se suicide de una manera e intente ocultarlo simulando que se suicida de otro modo, sería absurdo, pero lo que está claro es que no murió como dice el informe forense.