El anestesista insomne 39 #2
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—¡No me jodas, Pol! —le gritó la inspectora abalanzándose sobre el detenido al que no pudo llegar porque se interpuso el respaldo del asiento del conductor.

—Laura, creo que deberíamos volver a Les Corts y seguir allí con el interrogatorio —le dijo suavemente David a su compañera con la intención de apaciguar los ánimos.

—Venga, David, sube al coche que nos vamos.

Los dos policías subieron al vehículo y se dirigieron a su destino en el más profundo de los silencios.

Sus esperanzas de incriminar al Dr. Martí se reducían a cada paso que daban, aunque aún les quedaban casi cuarenta y ocho horas para poder encontrar algo más y que permitiera que el juez les diera más tiempo para seguir con la investigación.

Nada más llegar al Centre de Detenció el Dr. Martí fue llevado a la sala de interrogatorios y, tras él, aparecieron los dos policías.

—Dr. Martí, déjese ya de jueguecitos y tonterías. Colabore con nosotros porque tarde o temprano vamos a descubrir la verdad y entonces será inútil que nos pida que seamos compasivos con usted —le amenazó la inspectora.

—Inspectora, yo soy el primer interesado en que descubran la verdad cuanto antes. Yo soy inocente y que se sepa pronto será bueno para mí; volveré a mi casa, a mi trabajo y a mi rutina, cosa que ya empiezo a echar de menos —respondió el doctor con serenidad.

—¿De dónde es usted, Dr. Martí?

—¿Por qué me lo pregunta, subinspector? ¿Quieren cargarme otro muerto?

—Es simple curiosidad. Su acento no me parece de un catalán oriental, más bien occidental, como el de la inspectora —le mintió intentando abrir otro frente de investigación.

—Soy de ponent , de Lleida capital. ¿Hay allí algún muerto que no tenga culpable y me lo quieren adjudicar a mí?

—Dr. Martí, ¿conoce usted al Dr. Gaizka Agirre? —intervino la inspectora que había captado la intención de su compañero.

—Sí, le conozco. Sé que es un cirujano que trabaja en el Hospital Verge de la Serra. Coincidí con él sólo un par de veces ya que trabajábamos en turnos diferentes y yo no hacía guardias allí .

—Trabajaba —le corrigió la inspectora sin aclarar el motivo de que el cirujano no formara parte de la plantilla del hospital.

—No sabía que ya no trabajara allí.

—Y ¿qué relación tenía con él?

—La verdad es que sólo coincidí un par de veces con él, pero ¿por qué les interesa mi relación con el Dr. Agirre? ¿Acaso me van a acusar de que ya no trabaje en el hospital por mi culpa?

—Puede ser. El Dr. Agirre ya no trabaja en el Hospital Verge de la Serra porque está muerto —le dijo la inspectora con rotundidad.

—¿Cómo? ¿Muerto? —preguntó realmente sorprendido por la noticia del fallecimiento del cirujano.

—Así es, muerto y enterrado —confirmó el subinspector.

—¿Y no pensarán que lo maté yo? —preguntó empezando a perder la calma.

—¿Y quién ha dicho que lo hayan matado?

—Nadie, pero como me están acusando de todos los crímenes, incluso del de Kennedy, pensé que querían que cargara con su muerte también.

—La causa oficial de la muerte es el suicidio, pero hay muchas dudas sobre si realmente el doctor se quitó la vida.

—Dr. Martí, ¿qué relación tenía con el Dr. Agirre? —insistió la inspectora.

—No, inspectora, no —dijo con un tono de voz que empezaba a denotar desesperación.

—¡Conteste, doctor! —ordenó la inspectora aumentando el tono de voz .

—El Dr. Agirre era un torpe y por su ineptitud no pude despedirme de un amigo que murió de cáncer mientras él no había manera de que acabara una cirugía, pero yo no lo maté. Acaban de decir que se suicidó —la incomprensión y la desesperación empezaban a apoderarse del Dr. Martí.

—Dr. Martí, todos los cirujanos con los que ha tenido problemas han acabado muertos y ¿usted nos quiere hacer creer que no ha tenido nada que ver con sus muertes? —le preguntó la inspectora levantándose de la silla y apoyando los brazos en la mesa que la separaba del detenido.

—No, inspectora, no he tenido nada que ver con sus muertes. Se lo juro —respondió con voz temblorosa al mismo tiempo que se tapaba la cara con ambas manos.

—Vamos, doctor, que no nos chupamos el dedo.

Tiene móvil, domina el modus y no tiene coartadas.

Cualquier juez lo condenaría por las dos muertes de Barcelona y si investigamos un poco más quizá descubramos que la de Lleida no fue un suicidio y que usted acabó con la vida del pobre Dr. Agirre —sentenció la inspectora en la mismísima cara del Dr. Martí quien la retiró al mismo tiempo que apoyaba la frente en la mesa y se cubría la cabeza con las dos manos con la intención de abstraerse de esa situación.

—Dr. Martí, ¿por qué los mató? —fue entonces el subinspector quien prosiguió con el interrogatorio— ¿Por venganza? ¿Por hacerles pagar por lo que le hicieron?

—Yo no he matado a nadie —insistió en su inocencia el Dr. Martí con una voz casi inaudible bañada en lágrimas.

—¿Por qué, Dr. Martí? —la inspectora volvió a la carga con gran vehemencia, pero sin obtener respuesta alguna del detenido .

Ambos policías continuaron con el asedio al Dr. Martí quien ya no respondió ninguna pregunta más.

Se acogió a su derecho a no declarar y por fin solicitó la presencia de su abogado en los interrogatorios.

Mantenía su inocencia, pero ya no era capaz de controlar la situación sin venirse abajo.

Como el día se acercaba a su fin y en festivo no era fácil que su abogado, el Sr. Mustienes, pudiera llegar desde Zaragoza (si es que era capaz de localizarlo), no quería ponerse en las manos de un abogado de oficio.

El Dr. Martí no quería que un desconocido se hiciera cargo del caso, por lo que los policías decidieron dar por finalizado el interrogatorio hasta el día siguiente.

Pensaban que con un poco más de presión, a pesar de la presencia de un abogado, el Dr. Martí acabaría confesando los crímenes que se le imputaban.

La inspectora pensó que sería buena idea volver a Lleida y hablar con la viuda del Dr. Agirre porque tenía la corazonada de que el fallecimiento del doctor podría no haber sido tal y como indicaban los informes policiales y que el Dr. Martí era responsable de esa muerte.

Si podían obtener más información, era probable que pudieran resolver los asesinatos o, al menos, el juez mantendría al sospechoso en prisión dándoles más tiempo para obtener pruebas que le incriminaran sin ningún género de dudas.

Pensó que lo mejor sería viajar esa misma tarde a Lleida para poder estar a primera hora de la mañana en la comisaría ilerdense.