El anestesista insomne 39
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A pesar de ser festivo, día de la Inmaculada Concepción, los dos policías se reunieron a primera hora de la mañana en un bar ubicado delante del Centre de Detenció de les Corts con la intención de tomar un café y buscar una estrategia con la que interrogar de nuevo al sospechoso.

—David, visto cómo fue el interrogatorio de ayer, ¿cómo lo replantearías para hoy?

—Laura, la verdad es que no lo tengo muy claro. Tal y como se mostró el doctor ayer, tan frío, no sé si conseguiremos gran cosa, aunque le apretemos las clavijas.

—Sí, pero algo habrá que hacer, no podemos esperar a que pasen las setenta y dos horas y pasárselo al juez sin haberlo intentado de nuevo.

—Estoy de acuerdo contigo, pero… ayer cuando volvía conduciendo a casa estuve repasando el interrogatorio y no me acaba de cuadrar la actitud del doctor.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó sorprendida.

—Quiero decir que su forma fría de actuar, en principio, me hizo pensar que era un psicópata porque todo encajaba, pero hubo momentos en los que me pareció ver a alguien derrotado y sin fuerzas, alguien que no podía o no quería luchar por su inocencia. No sé si me explico.

—No sé si eres tú el que no se explica o soy yo la que no te entiendo —le respondió la inspectora con cara de desconcierto .

—Que hay momentos en los que pienso que estamos delante de un asesino psicópata y otros en los que veo a un inocente agotado psicológicamente, pero con grandes habilidades para seguir adelante con su vida sin que nadie lo advierta.

—Vamos, David, no me vengas con esas. ¿Blanco y en botella?

—Leche.

—¿Verde con pintas?

—Lagarto.

—Pues eso, estamos ante un lagarto que bebe leche —dijo la inspectora esbozando una sonrisa que fue respondida por una mueca forzada del subinspector.

Una vez hubieron terminado su dosis de cafeína se dirigieron al Centre de Detenció y solicitaron que llevaran al detenido a una sala de interrogatorio. Se sentaron en sus sillas a la espera de la llegada del Dr. Martí.

—David, deja que sea yo la que inicie el interrogatorio, ¿te parece bien?

—Como tú quieras, Laura. No tengo el más mínimo inconveniente —respondió el subinspector algo dolido por la forma en que su compañera había ridiculizado su teoría.

En ese momento un agente entró en la sala acompañando al detenido al que hizo sentar a la mesa de interrogatorios y le recolocó las esposas.

—Buenos días, Dr. Martí, ¿ha dormido usted bien?

—Hacía tiempo que no dormía tan bien. Yo calculo que habré dormido un par de horas seguidas y eso es un récord para mí. Muchas gracias por su interés, inspectora.

—Nos alegramos de que haya podido recuperar fuerzas para el día de hoy, porque se presenta largo —dijo a modo de bienvenida el subinspector.

—Dr. Martí, vayamos con el interrogatorio. No perdamos más el tiempo —dijo casi pisando a su compañero—. ¿Qué hizo desde el viernes veinte de noviembre hasta el lunes veintitrés del mismo mes?

—¿Otra vez vamos a empezar con lo mismo?

—preguntó asqueado el Dr. Martí—. Me habéis hecho las mismas preguntas, ¿cuántas?

, ¿seis veces? Y las respuestas han sido siempre las mismas, siempre el mismo relato y la misma coherencia, lo cual debería sugerirles que estoy respondiendo la verdad, ¿no creen?

—Dr. Martí, deje que seamos nosotros los que decidamos el número de veces que hay que repetirle las preguntas y si sus respuestas mantienen una coherencia que haga pensar en que usted dice la verdad —le respondió con dureza la inspectora.

—Ustedes sabrán, pero para obtener resultados diferentes tendrán que hacer preguntas diferentes —dijo con calma mientras se reclinaba sobre su incómoda silla.

—Deje que seamos…

—Ya lo he entendido, que deje que sean ustedes los que decidan las preguntas que tienen que hacerme —interrumpió a la inspectora.

—Efectivamente. Volvamos al viernes veinte de noviembre.

En ese momento alguien llamó a la puerta de la sala de interrogatorios y le ofreció un sobre a la inspectora. Tras abrirlo y leerlo se dirigió a su compañero en una voz casi inaudible y después se encaró al detenido.

—¿No quería preguntas nuevas? Pues ahora las tendrás. Tenemos la autorización judicial para el registro de tu torre por lo que ahora nos vamos a ir hacia allá con la científica para que analicen lo que encontremos. ¿Estás contento?

—Por supuesto. Vamos a hacer un dos por uno. Me van a sacar a dar un paseo y van a ver que no escondo nada de nada en mi torre —respondió el doctor con cierto alivio.

—Pues venga, andando. Levántate que te vamos a poner las esposas en la espalda.

Una vez organizado el traslado a la torre del sospechoso lo introdujeron en el coche de la inspectora, cosa no reglamentaria, y dejaron que fuera el propio Dr. Martí el que les guiara hacia su destino.

Tras unos diez minutos de conducción tranquila por la ciudad (era el puente de la Inmaculada), y otros tantos por los campos del Baix Llobregat llegaron a la valla de la torre del Dr. Martí quien, por supuesto, no llevaba las llaves consigo, por lo que debieron esperar a que llegaran sus compañeros con una cizalla.

Una vez pudieron acceder al terreno vallado, se dirigieron a la pequeña edificación existente y se encontraron con el mismo problema: las llaves. Ahora debían esperar a que derribaran la puerta ante la irritada cara de desacuerdo del Dr. Martí, quien renunció a su derecho a entrar.

Tras el estruendoso golpe dado en la puerta por uno de los agentes de la comitiva consiguieron acceder al interior y encender la luz de la sala principal.

Lo que allí vieron les transmitió la sensación de que ni el Dr. Martí ni nadie había estado en ese lugar en mucho tiempo.

Telarañas y polvo se habían adueñado del espacio y algún pequeño roedor corrió despavorido al ver truncada su tranquilidad .

La inspectora y su compañero avanzaron con cautela entre el mobiliario de concepto abierto que componía aquel lugar.

Había una diminuta cocina americana que estaba separada de un pequeño comedor-sala de estar por una península.

En ese espacio había una pequeña mesa desplegable con cuatro sillas y un sofá encarado hacia una pared en la que había una televisión colgada.

Un viejo armario completaba todo el mobiliario de aquel espacio.

En uno de los laterales había dos puertas, una que daba acceso a un reducido baño con lavabo, inodoro y ducha, y otra puerta que daba a un dormitorio ocupado por una cama de matrimonio con dos mesitas de noche y un enorme armario ropero.

Todo lo que allí hallaron y el modo en el que lo encontraron confirmó lo que habían pensado nada más derribar la puerta: allí no se había cometido ningún asesinato.

—¡Mierda! —gritó la inspectora, convencida de que encontraría evidencias de la culpabilidad del Dr. Martí en aquel lugar.

—Este no es el emplazamiento que estábamos buscando —dijo el subinspector también sorprendido.

—Ya me he dado cuenta, David —le respondió muy malhumorada.

—Laura, yo no tengo la culpa de ello —intentó calmarla.

—Lo siento, David. Pensé que ya lo teníamos y al ver que no es así…

—Está bien, Laura, pero ¿qué sugieres que hagamos ahora?

—Pues tendremos que volver a interrogarlo. Podemos ir a su piso en la calle Sant Lliser, aunque no creo que encontremos nada allí, es un segundo sin ascensor, pero podría ser que hubiera alquilado algún local o alguna torre para que no le pudiéramos incriminar —sugirió la inspectora.

—Vayamos fuera y hablemos con el sospechoso y después vemos qué hacemos, ¿te parece bien?

—De acuerdo. Salgamos de esta polvareda, hogar de insectos y roedores.

Ambos compañeros echaron un último vistazo al lugar y se dirigieron al coche de la inspectora, en el cual permanecía sentado y esposado el sospechoso. Cuando llegaron a él, le hicieron bajar y retomaron el interrogatorio.

—A ver, Dr. Martí, está claro que aquí no has matado a nadie, pero eso no significa que no lo hayas hecho en otro lugar —le increpó la inspectora.

—Inspectora, ni aquí ni en otro lugar, pero veo que no me van a creer por mucho que se lo diga. ¿Quieren que vayamos a mi apartamento en Gràcia? —sugirió el doctor un poco cansado ya de la situación.

—Gracias por ofrecerte, es lo que queríamos hacer, pero pensábamos que ibas a pedirnos una orden judicial.

—No hay de qué. Esta noche he dormido bien y me he levantado generoso —le respondió con cierta sorna.

—Pues hacia allí nos dirigimos. Llamaré a Les Corts para que nos lleven las llaves de tu casa para no tener que tumbar la puerta.

—Se lo agradezco. El jueves, cuando el juez me libere y deba volver a mi casa, me gustaría poder instalarme sin contratiempos —expuso como si fuera a regresar a casa después de un viaje de placer.

—Por supuesto, doctor. «Este tío me desconcierta cada vez que habla» —pensó la inspectora.

Introdujeron de nuevo al sospechoso en el coche y condujeron hacia Gràcia.

Una vez llegaron al portal del doctor, allí les estaba esperando un coche patrulla con las llaves del apartamento y sin más preámbulos abrieron el portal y subieron al segundo piso.

Una vez la llave de la puerta empezó a girar en la cerradura, la cara de la inspectora recobró la ilusión de que por fin iban a resolver el caso.

Accedió al interior seguida por el subinspector y lo que volvieron a encontrar allí, tras registrarlo todo minuciosamente era deprimente: nada que indicara que se había cometido asesinato alguno.

Salieron del apartamento y descendieron las escaleras de tres en tres movidos por la rabia. Una vez en la calle la inspectora abrió la puerta de su coche y le dedicó unas palabras al detenido.

—¿Dónde los has matado? ¡Dilo ya de una puta vez y deja de marearnos! —le gritó a pleno pulmón.

—¿No han encontrado nada aquí tampoco? —le dijo con aire de sorpresa—. Vaya, yo que tenía la esperanza de que pudieran resolver el caso —añadió con gran cinismo.