El anestesista insomne 38
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Una vez el Dr. González y el Dr. Martí hubieron cantado su repertorio tradicional, una vez hubieron dado buena cuenta de los chupitos y cubatas post cena y tras múltiples abrazos de despedida y emplazándose para repetir el encuentro en próximas fechas, cada uno tomó su camino.

El Dr. Martí y Bruno Ferran se dirigieron a buscar el coche al aparcamiento de la estación del tren y, para sorpresa del doctor, Bruno pagó la estancia.

Pol se puso al volante y durante el trayecto de vuelta fueron comentando lo acontecido en el encuentro con sus amigos hasta que el copiloto se durmió.

Al aproximarse a Barcelona Pol despertó a Bruno y le preguntó si lo llevaba a casa o a la nueva torre.

Este le contestó que a la torre, ya que estaba todo patas arriba y el domingo lo aprovecharía para trabajar en ella.

Bruno le guio ya que Pol no había estado nunca.

Cuando llegaron Pol se quedó muy sorprendido al ver que la torre de su amigo se llamaba “TORRE ANÄSTÄSIA”.

—¿TORRE ANÄSTÄSIA? ¿De verdad? —Pol sonrió.

—¿Cómo querías que la llamara? ¿TORRE brUNO? —los dos amigos explotaron en carcajadas.

—Y supongo que lo leerás como los alemanes, con el “umlout”, la diéresis que convierte la “a” en “e”, por lo que debería leerse, “ANESTESIA”, ¿no?

—Por supuesto, de otro modo no se leería lo que realmente quiero decir, ¿no crees? —ambos volvieron a reír .

—Pol —interpeló a su amigo de un modo más serio cuando cedieron las carcajadas.

—Dime, Bruno.

—¿Cómo estás? La verdad, porque hoy ha sido todo alegría, pero llevas mucho tiempo pasándolo muy mal y eso no se cura en unas semanas.

—Tienes razón, Bruno. Lo de hoy ha sido un chute de alegría y optimismo, pero la verdad es que aún estoy muy jodido.

—Cuéntame, soy todo oídos.

—Bueno, tú eres todo orejas, porque a los cinco minutos de cualquier conversación desconectas.

—Te prometo que haré un esfuerzo, amigo.

—Mira, Bruno, la cena ha sido fantástica; risas, amistad, apoyo, pero al recordar todo lo sucedido en Zaragoza y las cosas que me han pasado estos días en Barcelona, como por ejemplo el problema con el Dr. Torres, me han venido unas ganas enormes de “ vendetta ”.

—Pol, ese es un sentimiento momentáneo, te pasará en cuanto duermas un par de horas.

—Es posible, pero… es que no lo sabes todo.

—Ah, ¿no? —preguntó sorprendido Bruno.

—No, Bruno. Llevo desde el día siguiente al juicio… —inició Pol la explicación, pero se detuvo y se puso a llorar desconsoladamente.

—¡Pol! —le dijo Bruno al mismo tiempo que apoyaba su mano izquierda en el hombro de su amigo y le dio todo el tiempo que necesitaba.

Tras unos minutos en los que Pol lo único que pudo hacer fue llorar sin poder controlarlo empezó a balbucear algunas palabras entre sollozos y suspiros.

—Desde que… llegué a mi casa… después del juicio, el malnacido de López —se detuvo a limpiarse los mocos y secarse las lágrimas—, no hace más que enviarme mensajes amenazadores. Que si esto no va a quedar así, que si has arruinado mi reputación y lo vas a pagar…

—Joder, Pol, no sabía nada. ¿Por qué no me lo has dicho? ¿Para qué crees que están los amigos?

—Tienes razón, Bruno, pero ¿qué hubieras podido hacer para ayudarme? ¿Matarlo? —le respondió mezclando una sonrisa con sus sollozos.

—Hombre, no, que las venganzas las tiene que llevar a cabo uno mismo, eso lo tendrías que hacer tú, pero te hubiera podido dar apoyo moral —sonrieron ambos.

—Es verdad. Discúlpame, amigo, por no habértelo dicho. Siempre estás ahí y esta vez también lo hubieras estado y me hubiera venido muy bien.

—Lo ves, hombre.

—Estaba muy jodido por los mensajes del mañocirujano.

—Te ha gustado la palabra, ¿eh? —le interrumpió con una sonrisa al mismo tiempo que le daba un pequeño golpe con el puño en el hombro.

—La verdad es que sí —respondió y sonrió algo más calmado—.

Pues estaba muy jodido por sus mensajes y el lunes siguiente al juicio tuve el problemón con el Dr. Torres y las dos cosas juntas me desquiciaron.

Pensaba que había cerrado una etapa de mi vida y empezaba una nueva en una ciudad distinta y en un hospital nuevo que me había acogido con los brazos abiertos y de repente creí que meses de terapia y tratamiento se habían ido a tomar por el culo.

Me veía de nuevo en el pozo y no era justo.

Aquellos dos cabrones me estaban puteando sin merecerlo y yo empecé a hundirme de nuevo.

No era justo, ¡joder! —gritó mientras golpeaba el volante con ambas manos.

—Venga, Pol, venga. Tranquilízate y no te preocupes que todo se arreglará —intentó calmarle.

—El puto López y el puto Torres consiguieron sacarme de mis casillas, algo que hacía mucho tiempo que no pasaba. En el vestuario después del lío con Torres le pegué una patada a una taquilla y le hundí la puerta.

—Vamos, que si los hubieras tenido delante en la cena mientras cantabas el aria de tu personaje, el Dr. Bartolo, hubieras acabado con ellos con tus propias manos.

—Te juro que mientras cantaba los veía a ellos dos, pero no creo que lo hubiera hecho, aunque hubiera podido y hubiera sabido que no me iban a coger nunca. Ya sabes que tengo un pronto muy fuerte pero que se me pasa rápido. Sabes que soy un trozo de pan.

—Sí, claro, como el pronto del colegio que hizo que Pere y tú acabarais en el hospital.

—Aquello fue cosa de críos. Ahora he evolucionado y controlo mis impulsos, casi siempre —ambos sonrieron y parecía que Pol empezaba a estar más calmado.

—Me alegra oírtelo decir. No esperaba menos de ti, de un magnífico anestesista con nervios de hierro que afronta las situaciones quirúrgicas más complicadas sin alterarse lo más mínimo. Eso es así, ¿no? —le dijo sonriendo.

—¡Qué pelota eres!

—Es lo que realmente eres. Cuando hay problemas con el paciente nadie se da cuenta y si es necesario que lo sepan nunca cambias tu tono de voz, ni tu semblante, ni tu actitud, consiguiendo así que todo el mundo mantenga la calma .

—Es lo que me enseñaron en la residencia: “tú puedes estar muerto de miedo y atacado de los nervios, pero nadie debe darse cuenta”. Si la persona que tiene que controlar la situación muestra descontrol, todo se descontrola y se convierte en un caos, y eso siempre va en perjuicio del paciente.

—Totalmente de acuerdo, amigo y compañero.

Tras la conversación en la puerta de la torre de Bruno, Pol ya se encontraba más tranquilo.

—Pol, ¿quieres que te enseñe la torre?

Pol miró el reloj y se dio cuenta de que era tardísimo y recordó que a la mañana siguiente tenía un compromiso en el Johan Cruyff.

—Muchas gracias, Bruno, pero es muy tarde. Ya me la enseñarás otro día. Por cierto, ¿y ahora cómo vuelvo a casa? Esto está más perdido que un pulpo en un garaje.

—Con el GPS del coche, ¿no? Ah, que esta reliquia tuya no tiene GPS —le dijo mofándose de él.

—No, no tiene, pero el coche es una pasada… Además, este BMW 850 CI me lo regaló mi amigo Tony Romero cuando se volvió a vivir a Inglaterra y le tengo mucho cariño. Cuando me lo cambie se lo tendré que devolver ya que ahora vale 5 veces más de lo que valía cuando me lo regaló.

—Vale, vale, de acuerdo. Entiendo que este coche no tenga GPS y no te lo quieras vender, pero ¿tú no tienes memorizada tu dirección en el GPS del móvil?

—No, no sé cómo se hace.

—Tú eres médico, has acabado una carrera y una especialidad y… ¿no sabes hacer eso?

—Es que la llegada de la vida moderna me pilló estudiando. Estudiando la carrera, estudiando para el MIR, estudiando durante la residencia …

—Anda, trae, que ya te lo hago yo. ¿Qué harías sin mí? Mira, hay una aplicación de GPS nueva muy buena, la Gobel maps.

—¿Gobel maps? ¿No será Google maps? —le respondió Pol extrañado.

—No, esa es justita. Gobel maps o al menos así se pronuncia.

—A ver, déjame ver —le dijo Pol mientras le cogía el teléfono—. ¡Ah, Globe Maps! —repuso riendo.

—Bueno, pues eso, //Gloub maps//. Ya sabes que nunca se me dio demasiado bien el inglés.

—Sí, ya lo sé. Por suerte el alemán se te da mucho mejor.

Bruno cogió el teléfono de su amigo y tras manipularlo unos segundos le memorizó su dirección.

—También te memorizo la dirección de la torre para cuando vuelvas a verme.

—Gracias.

—Te la he memorizado como TORRE brUNO —unas carajadas emergieron desde un interior más calmado.