EPILOGO
Después de muchas semanas de seguimiento e investigación de los hábitos y costumbres del Dr. López de Osuna había llegado el día.
Había urdido un plan perfecto que estaba a punto de ejecutar.
El Dr. López era un asiduo de La Romareda, de los buenos restaurantes y de los pubs de su ciudad y el Dr. Bartolo había tomado buena nota de todo ello.
El Dr. Bartolo eligió ese día teniendo en cuenta de que a pesar de que el estadio estaría lleno, una vez acabado el encuentro la gente se dispersaría y no sería complicado hacer un seguimiento del Dr. López, aunque si seguía su rutina habitual, sabría dónde encontrarlo en caso de pérdida.
Había comprado su entrada con antelación para evitar que se agotaran y porque también quería disfrutar del partido y del ambiente.
No era muy futbolero, pero esos eventos siempre son atractivos de ver.
Disfrutó más de las gradas que del césped.
Cuando faltaban cinco minutos para el final de los noventa reglamentarios decidió abandonar el estadio para posicionarse en un lugar desde el cual pudiera localizar a su víctima y seguirla hasta su destino más probable: su restaurante habitual.
Una vez el trencilla dio por finalizado el encuentro, el estadio empezó a vaciarse de los alegres triunfadores y de los tristes perdedores, pero al Dr. Bartolo sólo le interesaba uno de ellos, el Dr. López.
Cuando lo distinguió entre la multitud se dirigió hacia él y lo siguió a una distancia prudencial.
No iba a ser reconocido porque nunca se habían visto, pero no quería por nada del mundo que el Dr. López se pudiera sentir vigilado o perseguido.
El Dr. Bartolo había dejado aparcado su coche en las proximidades de la Romareda por si su víctima hubiera decidido ese día no seguir su costumbre de ir al restaurante andando, pero no cambió sus hábitos.
Él y sus amigos tomaron el Paseo de Isabel la Católica en dirección al centro.
Cuando el Dr. López y sus acompañantes tomaron la calle de los Mártires el Dr. Bartolo no pudo más que pararse a reír.
—No puede ser más acertado el nombre de la calle. No vas a ser un mártir, pero finalizarás como uno de ellos —dijo intentando contener la risa para no llamar la atención de los viandantes.
El Dr. López y sus colegas continuaron su camino hasta llegar a la calle de los Estébanes, lugar donde se encontraba su restaurante favorito: “Los manjares del tubo”, al que accedieron inmediatamente.
El Dr. Bartolo decidió que mientras su víctima cenaba tranquilamente, él aprovecharía para tomar un bocado y eso hizo en una pequeña taberna muy próxima. Cuando hubo comido algo rápido se apostó en la puerta de Los manjares esperando la salida del Dr. López.
Pasadas más de dos horas el grupo de amigos salió del restaurante y empezaron su habitual peregrinaje por los bares del tubo.
Después de dos paradas, el Dr. Bartolo vio que el vía crucis era el habitual y decidió ir a esperarlos al pub que le había parecido el idóneo para llevar a cabo su parte final del plan: “El que tubo, retubo”.
Ese lugar le pareció perfecto ya que el lavabo estaba muy cerca de la salida y no había que pasar por delante de la barra ni de la pequeña pista de baile, si a diez metros cuadrados se le puede llamar así, para salir a la calle.
Cuando el Dr. Bartolo consideró que el Dr. López y sus amigos no podían tardar mucho en llegar al pub entró en él, se sentó a la barra y pidió una cerveza sin alcohol, ante lo que el camarero le regaló una mirada nada amistosa.
Quince minutos más tarde entró el grupo de amigos que esperaba y se dirigieron a una mesa que estaba libre y tomaron asiento.
Pidieron sus consumiciones y continuaron su particular fiesta.
En un momento dado, el cirujano se levantó de la mesa y se dirigió zigzagueando al baño, momento que aprovechó el Dr. Bartolo para entrar detrás de él.
Ambos se ubicaron en urinarios contiguos con la mirada pegada a la pared.
El Dr. Bartolo giró discretamente la cara y miró al cirujano y empezó a contarle un chiste como si no lo conociera de nada .
—Se levanta el telón y se ve a Tom Cruise en esta misma posición que tenemos tú y yo. Se baja el telón. Se levanta el telón y media hora más tarde Tom Cruise continua en la misma posición. ¿Título de la película?
—¿Perdón? —respondió sorprendido de la pregunta y de la situación en la que había sido realizada.
—Sí, es un chiste-adivinanza. ¿Título de la película? —repitió el Dr. Bartolo haciéndose más el simpático si cabe.
—Ni idea —respondió el cirujano con voz gangosa.
—¡¡Micción Imposible!! —ambos se pusieron a reír a carcajadas, las del Dr. Bartolo forzadas y las del Dr. López facilitadas por las grandes cantidades de alcohol que había ingerido.
—Muy bueno… la verdad es que es muy bueno.
—¿Dr. López? ¿Es usted el famosísimo Dr. López de Osuna? —preguntó simulando gran sorpresa y admiración.
El Dr. López se lo quedó mirando, y balanceándose y casi balbuceando le respondió:
—Pues claro que soy el famosísimo Dr. López. El mejor puto cirujano de Zaragoza, Aragón y casi de toda España.
—Por supuesto que sí que es usted el mejor cirujano de España, su fama le precede.
Sus logros saltan de árbol en árbol desde los Pirineos hasta Gibraltar sin que nadie los desconozca —le dijo a modo de prueba para conocer el estado de embriaguez del doctor y como parecía que había pasado el test continuó con su plan— y además es el poseedor de una de las mejores colecciones de material quirúrgico antiguo de España.
—Efectivamente, pero no una de las mejores, la mejor.
—¡Qué gran orgullo para mí poder hablar con usted! Mi nombre es Bartolomé Pinares y en más de una ocasión he coincidido con usted en el “Hospital Policlínico” ya que allí trabajé unos meses —continuó con sus halagos.
Le tendió la mano con la que hasta ese momento había estado sujetando su miembro y cuando se la acercó se detuvo y se disculpó.
—Perdón, quizá debería lavarme primero las manos.
—Bartolomé, claro que me acuerdo de ti «no tengo ni puta idea de quién eres». Un gran…
—Anestesista.
—Eso, un gran anestesista. ¿Qué cojones lavarnos las manos? Ni que fuéramos dos enfermeras finolis de esas nuevas que empiezan ahora. Con las cosas que han pasado por mis manos en un quirófano. Venga esos cinco —se chocaron la mano y ambos rieron a carcajadas.
Tras hablar un rato en el baño el Dr. Bartolo le ofreció una rayita de coca que el Dr. López en principio rechazó porque decía que allí era muy famoso y no quería que nadie le viera esnifar, aunque era sabido que lo hacía.
—Ya sabes lo que dicen de la mujer del césar, que aparte de serlo debe parecerlo, o algo así.
—No solo debe serlo, sino parecerlo. Haciendo referencia a su honestidad —le respondió el Dr. Bartolo.
—Pues eso, que debe parecer que soy honesto y yo ya me encargaré de intentar serlo, aunque no sé si seré capaz de conseguirlo —rieron de nuevo a carcajadas.
El Dr. Bartolo le propuso entonces que fueran a su casa y le enseñara su magnífica colección de material quirúrgico antiguo y que allí se tomaran la raya.
Insistió mucho en ver la colección de material quirúrgico.
El Dr. López aceptó y salieron hacia la calle sin ser vistos por los compañeros del cirujano, ya que la mesa a la que estaban sentados quedaba alejada de la puerta de salida.
El Dr. Bartolo se ofreció a conducir ya que el Dr. López no era capaz de llevar su coche y este aceptó.
El Dr. Bartolo sabía que su víctima aparcaba su vehículo cerca de los bares en los que iba a finalizar la noche para poder volver a casa en él, aunque tuviera que desplazarse andando o en taxi hasta el lugar donde iba a empezar la ruta festiva.
Tras una dificultosa guía del recorrido hasta el domicilio del Dr. López finalmente consiguieron llegar.
Allí se tomaron algunas copas más, hablaron de las cirugías en las que supuestamente habían coincidido los dos y el Dr. Bartolo siguió con su táctica de dar coba a su anfitrión.
Cuando vio que estaba a punto de perder el conocimiento le hizo esnifar una raya de coca y seguidamente le obligó a beber un whisky a palo seco, cosa que no fue nada fácil ya que estaba tan borracho que no era capaz de deglutir sin atragantarse.
Finalmente, el Dr. López entró en coma etílico y el Dr. Bartolo sacó del bolsillo una jeringuilla que tenía preparada, le puso un esmarch en el brazo derecho y le inyectó una dosis letal de cocaína.
—Ahora morirás como murió la Sra. Vicenta, con el corazón desbocado e infartado —le dijo con gran desprecio.
Cuando vio que no respiraba posó dos dedos sobre su carótida derecha para constatar que su venganza se había consumado.
El pulso que debería haber llegado por el bombeo de su corazón era inexistente.
Algo paradójico teniendo en cuenta que hacía solo unos instantes latía desbocado a más de 200 pulsaciones por minuto.
El Dr. Bartolo se incorporó y recogió los vasos en los que habían bebido whisky, dejó una cucharilla con restos de agua y cocaína en una mesita, ordenó meticulosamente todo lo que pudiera estar fuera de lugar y observó toda la sala buscando indicios de su presencia.
Se cercioró de que nadie nunca supiera de que la víctima había fallecido en compañía de algún invitado.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes se detuvo en la vitrina donde el fallecido guardaba su colección de instrumentos quirúrgicos antiguos y tomó la última adquisición de su víctima: un escalpelo del siglo X.
—Esto me lo llevo como recuerdo, doctor —dijo mientras sopesaba el escalpelo en su mano derecha—.
Supongo que nadie lo echará de menos ya que como no lo tenía usted ubicado todavía en su vitrina no habrá un vacío en su colección—.
Se encaminó hacia la puerta del apartamento limpiando posibles huellas con un pañuelo de papel con el que tomó el pomo de la puerta y la abrió.
Antes de salir se giró hacia el finado y le dijo:
—Ilustrísimo Señor Don Doctor, ya me voy, pero no hace falta que se levante —sonrió maliciosamente y esperó unos segundos como si aguardara una respuesta—.
¿Que no le dice nada al Dr. Bartolo? Bartolo, palabra esdrújula, ¡eh!
—siguió sin recibir respuesta—. ¡Oh, qué groseros y maleducados se vuelven algunos cuando mueren!
En fin —echó una última mirada al apartamento para asegurarse de que todo estaba donde debería estar y atravesó el umbral de la puerta, pero se detuvo un instante, se giró hacia la víctima y le soltó —como dijo Gerard Piqué una vez: “contigo empezó todo”.
Ahora voy a por el siguiente de la lista.
Acabó de salir y cerró silenciosamente tras de sí.