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Después de conducir todo el recorrido desde Barcelona llegaron al desvío de la N-II que indica “Els Alamús” y lo tomaron en dirección Lleida. Tras una serie innumerable de rotondas llegaron a la más grande de todas, la del cementerio de la ciudad.
—Oye, Pol. Este BMW tuyo es un poco atípico, ¿no?
—No, no —interrumpió Bruno a su amigo— no me refiero a eso. Bueno, eso lo hace un coche especial, pero me refiero a que es un BMW que tiene intermitentes.
—¿Cómo?
—Sí, lo que te digo, que tiene intermitentes.
—Todos los coches tienen intermitentes, Bruno.
—¿No has oído el dicho ese de que “trabajas menos que el que monta los intermitentes en la fábrica de BMW? “ —ambos rieron.
—¿Eso dicen? ¿Por qué?
—Pues porque los chulitos que conducen un BMW no ponen los intermitentes. Y el tuyo debe ser una excepción porque los has puesto todos desde que salimos de Barcelona, y eso que en esta parte final nos hemos encontrado decenas de rotondas —los dos amigos volvieron a reír.
Siguieron circulando y cuando estaban a punto de llegar a Cappont, Pol interrumpió el silencio.
—Oye, Bruno. No sabía yo que la BMW tuviera tantos modelos de coches.
—Hombre, es una marca importante y tiene diversas series y modelos variados dentro de cada una de ellas. Tiene las series 1, 2, 3…
—Yo creo que tiene muchos más modelos de los que piensas.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Bruno sorprendido.
—Sí, desde que me has dicho lo de los intermitentes he visto un BMW Golf, un BMW Ibiza, un BMW Xsara, un BMW Q3...
—Pero, si esos no son BMW —dijo interrumpiendo a Pol.
—¿No? Pues como no ponía intermitentes pensaba que eran modelos de BMW —rompieron ambos en carcajadas.
Siguieron circulando hasta que llegaron a la esquina de la Avinguda de les Garrigues con la calle Riu Llobregat, giraron a la derecha y Pol puso los cuatro intermitentes al parar en la puerta de la antigua casa de Bruno.
Después de saludar a la familia, Pol recogió a Bruno y se dirigieron hacia el restaurante.
—¿Dónde vamos a cenar? —preguntó Pol mientras conducía.
—Es una sorpresa.
—Pues será una sorpresa, pero como el que conduce soy yo, si no me dices donde vamos no llegaremos nunca al lugar de la sorpresa —sonrió mientras esperaba la respuesta de su amigo.
—Vaya, qué listo es mi niño. Mira, cruza el Pont Vell y gira hacia la derecha hasta la estación y después gira hacia la izquierda por Príncep de Viana y cuando puedas, aparca .
—Coño, pero si por ahí no se puede aparcar.
—Pues aparca en el parquin de la estación del tren y desde allí vamos andando, que no queda lejos. Ah, y no te preocupes que el parquin lo pago yo —ambos rieron.
—Seguro que lo pagas tú, sí —le respondió Pol.
—¿Acaso lo dudas?
—Y, ¿cuántos vamos a ser? —preguntó sin responder a su amigo.
—Al final seremos ocho. Con tan poco tiempo de margen nadie más se ha podido apuntar.
—Bueno, menos es nada. “Con esto y un bizcocho en la cena seremos ocho”.
Bruno se golpea la frente con la palma de la mano.
—Joder, Pol, este es muy malo.
—Sí, lo siento. Te pido mil disculpas. Estoy en muy baja forma —los dos amigos volvieron a reír.
Pol siguió las instrucciones de Bruno y tras estacionar el vehículo caminaron por Príncep de Viana hasta que Bruno hizo que giraran hacia la derecha en la calle Bobalà.
—¿Al Ferreruela? —preguntó Pol alucinado.
—¿Qué te parece? ¿Sorprendido?
—¿Desde cuándo tienes tan buen gusto?
—Desde que he recuperado a mi amigo del alma, el cual llevaba unos meses secuestrado por las circunstancias — ambos se fundieron en un abrazo.
—Gracias, Bruno. Tú siempre estás ahí cuando te necesito.
—Pues mira quien habla —le dijo guiñándole un ojo—. Ah, y nos han puesto en un reservado, para que no molestemos a nadie .
—¿Para que no molestemos a nadie o para que nadie nos moleste?
—No, no, para que no molestemos a nadie —las carcajadas volvieron a brotar de sus gargantas.
Ambos entraron en el restaurante y se detuvieron para observar la nueva decoración. Desde la barra, Gonzalo Ferreruela los vio y se acercó a saludarlos. Pol había trabajado unos años en la Clínica Ferreruela y se habían conocido por entonces y ambos se guardaban cariño mutuo.
Tras una breve charla, Gonzalo los acompañó al reservado donde les estaban esperando los otros seis comensales, todos anestesistas.
Los dos amigos abrieron la puerta y todos los allí presentes se levantaron aplaudiendo y se acercaron a recibir al Dr. Martí. Tras unos cálidos saludos y unos reconfortantes abrazos se sentaron a la mesa y empezaron a poner sus últimas experiencias en común.
—Pol, explícanos cómo te sientes ahora que por fin te han absuelto. Te habrás quitado un enorme peso de encima, ¿no? —le preguntó el Dr. Lafuente.
—No lo sabes tú bien. Que te acusen de negligencia, de que por tu culpa ha muerto alguien, es de lo peor que le puede pasar a un médico, pero que encima sea una acusación falsa promovida por un compañero… nunca encontraré palabras que puedan expresar cómo me he sentido todo este tiempo.
—Todos sabíamos que no iba a triunfar la maldad del mañocirujano —dijo el Dr. Rius provocando una ola de carcajadas entre los presentes.
—Lo que te han hecho es inhumano .
—Eres un gran profesional y una gran persona que sabe lo que hace y debe hacer en todo momento, pero aun así voy a permitirme la libertad de darte un consejo: “vigila con quien trabajas, ¡coño!” —una nueva hondonada de risas se generó por el comentario del Dr. Otal.
—Oye, Pol, ¿qué pasó con el Dr. Agirre? Creo que también tuviste un problema con él —le preguntó el Dr. Benítez.
—Joder, macho. Yo pensaba que habíamos venido a celebrar. Bueno, os lo cuento porque parece que lo mío con los cirujanos es un idilio de revista del corazón.
Vosotros sabéis que cuando estaba aquí en Lleida, en el Comte Artau del Pallars, hacía peonadas en el Hospital Verge de la Serra.
Allí iba alguna mañana nada más, no hacía guardias, aunque fueran localizadas.
Un fin de semana, no recuerdo el motivo, el compañero que estaba de guardia tuvo que abandonar la ciudad urgentemente y todos los que hacían guardias allí fueron incapaces de cubrir ese sábado y me pidieron a mí que lo hiciera y, obviamente, no pude negarme.
Por aquel entonces mi amigo Ramon, el de las motos, sabéis de quien hablo, ¿verdad?
—todos asintieron con la cabeza—, pues Ramon estaba ingresado en el Artau por un cáncer terminal.
Ese sábado tenía previsto ir a verlo porque sus médicos me dijeron que le quedaban días.
Cuando me pidieron hacer la guardia me temí lo peor: no iba a poder despedirme de Ramon.
Nada más hacerme cargo de la guardia me llaman del Verge de la Serra por una urgencia digestiva que acabó en una laparotomía realizada por el Dr. Agirre.
Sabéis que muy hábil no es y aquel día estuvo especialmente torpe.
Tras desvolvular los intestinos y ponerse a cerrar no hacía más que pedirme que relajara al paciente porque era incapaz de suturar el abdomen.
Una y otra vez tuve que administrar Rocuronio, pero como el bizco ni con buena escopeta caza, no hubo manera de que cerrara hasta pasadas dos horas y tras haber administrado cantidades ingentes de relajante muscular.
Por aquella época en la clínica no tenían Sugammadex, por lo que no me quedó más remedio que esperar a que pasara el efecto del Rocuronio para intentar despertar al pobre señor que tenía en la mesa de operaciones.
En esas estamos que me llama un compañero del Artau diciéndome que fuera corriendo para allá, que Ramon estaba en las últimas y que si no llegaba inmediatamente no lo vería con vida.
Comprobé y comprobé el estado de relajación del paciente, pero hasta que estuvo en condiciones de ser revertido con Neostigmina pasaron casi dos horas.
Conseguí despertarlo y llevarlo a la habitación con total seguridad y salí corriendo hacia el Artau.
Cuando llegué a la habitación de Ramon, ya había fallecido —Pol rompió a llorar y el silencio con el que todos habían escuchado su narración se hizo aún más intenso.
Cuando Pol se recompuso, continuó la explicación.
No haber podido despedir a mi amigo Ramon fue algo muy doloroso y nunca perdonaré al Dr. Agirre.
Todos se mantuvieron en silencio unos instantes después de escuchar el relato de su compañero.
Posteriormente la celebración recuperó el pulso y disfrutaron de su opípara cena con triviales conversaciones en pequeños grupos hasta que llegaron los postres, momento escogido por el Dr. González, íntimo amigo del Dr. Martí, para levantarse de la silla y dedicarle unas palabras a su estimado colega.
—Apreciado Pol, como bien sabes, todos nos sentimos muy contentos y aliviados de tu sentencia absolutoria. No podía ser de otra manera ya que todos sabemos de tu profesionalidad y buen hacer .
—Mi buen amigo Rafa. Permite que interrumpa tu discurso.
Sé que llevas días preparándolo —le guiñó el ojo—, pero como habéis dicho antes, tenéis razón, debo vigilar con quien me junto en el quirófano, pero ¡hostia, es que me tocan todos los tontos!
—volvieron las risas generalizadas—. Me ha tocado el “mañocirujano” que decís —volvieron a reír todos—.
Me toca la “trocotró”, la oftalmóloga que lo quiere hacer todo con tópica, con gotas que dice la gente, aunque no tiene ni puta idea de operar y encima no quiere que sede lo más mínimo a los pacientes.
—Sigue, sigue, no te cortes —le dijo uno de los compañeros.
—Me toca el urólogo que baña la sonda en lubricante porque no tiene ni idea de introducirla y así cree que va a hacerlo mejor y encima se pasa el día mofándose de que ponga suero caliente a nuestros pacientes.
Está el vascular loco que se pone a abrir un aneurisma de aorta sin tener sangre para transfundir a paciente. Tenemos también…
—Frena, frena, que te estás embalando y se te está hinchando la vena de la cabeza —grandes carcajadas acompañaron a la interrupción del Dr. González.