El anestesista insomne 35 #3
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—A ver, Dr. Martí, ¿qué hizo usted entre el viernes veintisiete de noviembre por la tarde y el lunes treinta de noviembre antes de acudir al hospital? —reinició el interrogatorio el subinspector.

—¿De verdad quieren que sigamos igual?

—Responde a la pregunta, Pol —le ordenó la inspectora con dureza.

—¿Ahora me tutea de nuevo, inspectora? —le expresó con una media sonrisa en la cara.

—Te hablo como me da la gana —respondió subiendo el tono de voz.

El subinspector se acercó a su compañera, le tomó del brazo y la apartó un par de metros para susurrarle al oído:

—No caigas en su trampa. Quiere que pierdas el control para que no puedas hacer bien tu trabajo. Intenta relajarte como puedas, pero no debe pensar que nos tiene dominados —se incluyó él para no apuntar solo a su compañera.

—Tienes razón, David, no podemos dejar que sea él quien marque el tono del interrogatorio —le respondió calmada y entendiendo la intención de sus palabras.

La inspectora tomó la taza de café y le dio un pequeño sorbo y retomó el interrogatorio ya calmada.

—Ya que sus coartadas no va a haber manera de corroborarlas, al menos díganos, ¿qué tenía usted contra el Dr. Trullols?

—Inspectora, yo no tenía nada contra el Dr. Trullols. Era un urólogo mediocre, es cierto, cuyo sentido del humor nadie entendía, pero yo tenía buena relación con él. En muchas ocasiones le seguía el rollo en sus bromas y en otras le devolvía la mofa, pero sin acritud.

—¿Por qué lo asesinó haciéndole pasar agua hirviendo por sus venas, Dr. Martí? —la inspectora cambió bruscamente el tono del interrogatorio.

—Inspectora, por Dios, ¿va a seguir perdiendo el tiempo con eso?

—Con eso y con lo que me dé la gana, doctor. ¿No es cierto que usted habitualmente les pasa suero caliente a sus pacientes para que no pierdan temperatura y en ocasiones el Dr. Trullols se burlaba de usted por ello?

—Sí, es cierto, les paso suero caliente y también lo es que el doctor se reía por ello.

—¿Y no es ese el motivo por el que lo asesinó introduciéndole en las venas agua hirviendo? —le acusó la inspectora elevando el tono de voz.

—Inspectora, no me haga reír.

—¿Sí o no? ¡Responda! —le ordenó levantándose de la silla y abalanzándose sobre él intentando provocarle para que bajara la guardia.

—No, no lo asesiné ni así ni de ninguna manera —respondió totalmente sosegado.

—Dr. Martí —se le dirigió el subinspector muy calmado.

—Turno del colesterol bueno —le interrumpió el detenido.

—Hemos estado hablando con la enfermera del quirófano de urología, la Sra…

—La demonio.

—¿Perdón?

—Sí, la demonio. Así la conocen en quirófano.

—¿Y eso por qué? Nos pareció una mujer encantadora.

—Y lo es, pero su nombre genera un gracioso juego de palabras.

—Explíquese —le dijeron los dos policías al unísono ya que el juego de palabras les había recordado el juego de las matrículas.

—Ella se llama Lucía Cifuentes Fernández, por lo que si tomamos la primera sílaba de…

—LU CI FER —volvieron a hablar al mismo tiempo.

—Eso es, muy bien. Lo han hecho pero que muy bien para ser polis —sentenció el doctor .

—Es usted un imbécil, doctor —respondió la inspectora cayendo de nuevo en la trampa ante la atónita mirada de su compañero.

—Gracias, inspectora. Me gusta que se reconozcan mis méritos, pero sólo cuando soy acreedor de ello. En el caso que nos une no merezco su atención, yo soy inocente.

—Eso ya lo veremos, doctor —le respondió el subinspector—. La enfermera nos ha explicado que hace unos meses el Dr. Trullols se rio de usted por poner suero caliente a los pacientes y que usted le contestó, que no encajó bien la broma y que le llamó “listo” cuando se iba.

—¿Me están hablando en serio?

—¿Qué pasó ese día? —insistió la inspectora.

—Discúlpenme, pero situaciones similares a esta he tenido tantas con el Dr. Trullols que no sé a qué día se refiere. Como no me den más pistas, no les voy a poder ayudar.

—La enfermera refiere que fue un día que su amigo Bruno vino a verle al quirófano porque al día siguiente se iban de cena y quería quedar con usted.

Cuando entró y el doctor lo vio empezó con una broma de las suyas sobre el suero calentito y cuando marchaba usted le llamó Dr. Listo. ¿Lo recuerda ahora, doctor?

—Claro que lo recuerdo, pero no tiene la mayor trascendencia.

—¿Qué manía tiene usted con decidir lo que es importante o no? Ese es nuestro trabajo. Usted limítese a responder lo que le preguntamos.

—Tiene razón, inspectora. Eso también pasa en el mundo sanitario. Los pacientes muchas veces se callan información porque consideran que no es importante, pero en ocasiones puede ser clave .

—No me venga con filosofías. ¿Qué pasó desde que el Dr. Trullols salió por la puerta y usted se quedó solo con su amigo Bruno hasta que usted se fue definitivamente del quirófano? El resto nos lo ha explicado la demo… la enfermera —cortó a tiempo el mote de la enfermera.

—Pues cuando el Dr. Trullols abandonó el quirófano yo me despedí de él con un “Adiós, Dr. Liston” y Bruno quiso que le explicara qué había querido decir con ello, nada más.

—Muy bien, pero ¿podría usted relatárnoslo? —insistió la inspectora.

—Si se empeñan en perder el tiempo, porque ya les digo que todo tenía un fondo inocente entre nosotros.

—Por favor, Doctor.

—Pues cuando salió el Dr. Trullols, Bruno me preguntó…

…—Pol, ¿qué le has dicho al Dr. Trullols? ¿Adiós, doctor, Listo, como dicen los argentinos? o, ¿Adiós, Dr. Listo?

Ante la pregunta de su amigo el Dr. Martí empezó a sonreír.

—Ni lo uno ni lo otro. Le he dicho: “adiós, Dr. Liston”. Le he llamado matasanos.

—A ver, explícate que no lo pillo.

—El Dr. Liston era un famoso cirujano inglés del siglo XIX que ostentaba el récord de velocidad en amputaciones y el récord de mortalidad en cirugías: el trescientos por cien.

—¿Cómo? ¿El trescientos por cien?

—Lo que oyes. Tenía fama de rápido en las amputaciones e incluso las hacía con público.

Un día en una de ellas, al serrar tan rápido, le cortó un dedo al ayudante que sujetaba el miembro a amputar.

De la impresión al ver el espectáculo, pereció un espectador de un infarto y su ayudante y el paciente fallecieron a causa de la infección de sus heridas días más tarde.

Lo que te he dicho, mortalidad del trescientos por cien.

—Joder, esa oferta de tres por uno ni en el Pryca —ambos rieron a carcajadas.

—Hala, qué antiguo eres. Que ya hace muchos años que es el Carrefour.

—Para mí siempre seguirá siendo el Pryca —sentenció Bruno.

—Por cierto, Bruno, ¿por qué le llaman “la demonio” a Lucía? Si es un encanto.

—Hombre, Pol, parece mentira con lo que te gustan a ti los juegos de palabras. Lucía Cifuentes Fernández, Lu Ci Fer, Lucifer —ambos volvieron a reír a carcajadas.

—Tienes razón, Bruno. Estoy en baja forma —comentó al mismo tiempo que se estampaba la palma de la mano contra la frente.

—Por cierto, que casi se me olvida el motivo de mi visita. ¿Cómo vamos mañana a la cena?, ¿cada uno con su coche o compartimos?

—Yo me iba a quedar a pasar el domingo con mi familia, pero esa mañana mi sobrino Guim, el Messi de los gualdinegros, juega contra el Barça en el Johan Cruyff y como eso no sé cuándo va a volver a pasar, yo no me lo pierdo ni loco, por lo que volveré a Barcelona y podemos ir juntos si te parece bien.

—Pues me va perfecto y a ver si lo fichan y os saca de pobres a todos.

—Hombre, es muy bueno, pero todavía es joven y le falta algo de cuerpo, pero nunca se sabe. Messi, Iniesta y Xavi eran muy menudos y llegaron muy lejos.

—Razón no te falta. Por cierto, ya que hablamos de “tus niños”, ¿qué tal Noah y Erin? Hace tiempo que no me dices nada de ellos.

—Están muy bien. Grandes, guapos y en la universidad los dos. Por suerte no han decidido estudiar medicina —ambos sonrieron.

—Mejor, porque tal y como están las cosas ya los veía emigrando para encontrar un trabajo en condiciones dignas de tanto esfuerzo.

—Así es, Bruno.

—Entonces vamos juntos a la cena. ¿Qué coche cogemos?

¿El tuyo? Ya sabes que a mí me gusta beber un poquito de vino y enseguida me viene el sueño al volante y tú solo bebes Moscato o Prosecco, que ni es vino ni nada y además estás acostumbrado a muchas horas sin dormir —le propuso Bruno pícaramente.

—Un poquito de vino, dice. Si agarras la botella y no la sueltas.

—Bueno, tampoco exageres, eh —volvieron a sonreír.

—Ya lo cojo yo. Sin problema. Ahora vuelvo, que ya está aquí el celador…

…entonces salí del quirófano dejando a Bruno con Lucía hasta que volví más tarde a recoger mis cosas. ¿Sigo o ya tiene bastante?

—Ya es suficiente, doctor. El resto ya lo sabemos.

—Como podrán ver, no hay motivo alguno para que asesinara al Dr. Trullols.

—Deje que seamos nosotros quienes decidamos si hay motivo o no, ¿le parece bien?

—Como usted ordene, inspectora —intentó hacer el saludo militar pero no pudo al llevar las manos esposadas .

—Doctor, no se haga el gracioso que el asunto es muy serio «es un psicópata de libro» —pensó el subinspector.

—Por las características de los asesinatos, el culpable, en este caso usted, debió llevar a sus víctimas a una casa o a una torre en el campo.

Sabemos que usted vive en un segundo piso sin ascensor en la calle Sant Lliser, pero también sabemos que usted tiene una torre en el Baix Llobregat a la que podría haber llevado a sus víctimas.

Si usted es tan inocente como dice, no le importará que le echemos un vistazo, ¿verdad?

—¿Sin una orden judicial? Ni de coña.

—Doctor, si no hallamos indicio alguno de que allí se ha cometido un crimen, igual podemos empezar a creer su versión de que es inocente —le dijo la inspectora con cierta guasa ya que no contemplaba la inocencia del doctor como una posibilidad real.

—No les daré la satisfacción de ahorrarles trabajo ni a usted ni al juez que tenga que firmar la orden de registro.

La gente piensa que los médicos nos ganamos nuestro “alucinante” sueldo con la gorra, cuando eso no es así.

Pues si ustedes quieren ganarse el suyo, hagan su trabajo.

Yo estaré bien aquí setenta y dos horas, bueno, alguna menos ya.

Puede que esté mejor que de guardia en el hospital.

—De acuerdo, si eso es lo que piensa vamos a comprobarlo —sentenció la inspectora—. Volvamos al principio. Doctor, ¿qué hizo desde el viernes veinte de noviembre hasta el lunes veintitrés del mismo mes?

—¿Otra vez? —respondió asqueado el Dr. Martí.

—Otra y las que haga falta hasta que nos digas la verdad.

Los dos policías reiniciaron el interrogatorio repitiendo las mismas preguntas una y otra vez sin obtener más resultado que el agotamiento del detenido y de ellos mismos.

Cuando el reloj de la sala de interrogatorios marcaba las once de la noche, decidieron dar por concluida la sesión. Salieron de la sala y dejaron al detenido allí a la espera de que lo trasladaran al Centre de Detenció de les Corts mientras ellos se dirigían al despacho de la inspectora.

—¿Qué opinas, David? ¿Crees que ha sido él?

—Laura, todo apunta a ello. Tiene motivos para estar enfadado con sus compañeros y querer vengarse, tiene las habilidades necesarias para cometer los asesinatos, tiene un lugar donde poder cometerlos y no tiene coartadas válidas. Es el mejor candidato que tenemos.

—Pero ¿tú crees que tiene motivos suficientes para matar al Dr. Trullols?

—Laura, en la mente de un psicópata cualquier motivo puede ser bueno para matar. Y el Dr. Martí apunta a psicópata en espera de estudios psicológicos más avanzados.

—Pero ¿un psicópata puede trabajar con toda normalidad como médico?

—Un psicópata no es un enfermo. Un psicópata es una persona que no encaja en nuestra sociedad.

Es alguien que no suele aceptar las normas que se le imponen y que cuando puede se las salta.

Es alguien que suele vivir aislado, que hace la mayoría de las cosas solo, aunque cuando está rodeado de gente es capaz de actuar como el más integrado de todos.

Suelen ser personas inteligentes que reconducen sus impulsos hacia profesiones que generan tensión, adrenalina.

La medicina es una de ellas, aunque es más frecuente que se hagan cirujanos que anestesistas, pero en esta vida dos y dos no son siempre cuatro.

—Entiendo, no son enfermos, pero su personalidad dista de lo que suele ser habitual en la sociedad.

—Efectivamente. Y hay situaciones en las que no pueden o no quieren controlar sus impulsos y acaban teniendo problemas legales. Lo de asesinar es un extremo, pero podría darse el caso.

—Por lo tanto, el Dr. Martí cumple ese perfil psicológico.

—Yo creo que sí, aunque sería necesario profundizar en su estudio para confirmarlo —concluyó el subinspector.

—Bueno, pues si está todo tan claro, vámonos a descansar y mañana, aunque sea fiesta, volvemos a interrogarlo y cuando llegue la orden de registro nos vamos con él a su torre.