El anestesista insomne 35 #2
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… eran las 07:45 de la mañana y el Dr. Pol Martí ya estaba en su quirófano preparando la cirugía que debían afrontar esa mañana: un aneurisma de aorta abdominal.

Él siempre llegaba puntual, demasiado, porque no le gustaba que le tuvieran que esperar y por eso siempre se pasaba la vida esperando.

Su cara reflejaba una calma y alegría que hacía mucho tiempo que no estaban presentes en ella.

La gran noticia que había recibido la semana anterior y haber podido dedicar el fin de semana a descansar mentalmente y a desgastarse físicamente haciendo deporte, le había sentado muy bien.

El típico “el lunes empiezo la dieta” él lo iba a convertir en “el lunes empiezo una nueva etapa de mi vida”.

Cuando ya había preparado todo lo necesario para dormir al paciente, canalizarle la arterial radial y colocarle una vía central sintió un manotazo en el cogote y se giró bruscamente. Ahí estaba su buen amigo Bruno, quien de esa manera tan sutil le daba la bienvenida.

—A mis brazos, amigo mío —le dijo Bruno mientras extendía los brazos y se acercaba a su amigo para darle un buen achuchón.

—Bruno, ¡qué bruto eres! —respondió Pol fundiéndose en un abrazo con su enfermero favorito .

—¡Qué alegría que todo haya ido bien! No podía ser de otra manera, pero con estas cosas nunca se sabe. Tienes muy buen aspecto. La buena noticia te sienta bien.

—Gracias, amigo. La verdad es que me he quitado un buen peso de encima.

—Pol, ¿ya lo has preparado todo? —preguntó Bruno con cierta incomodidad—. ¿Para qué crees que tienes un enfermero ayudante en estas cirugías tan complicadas?

—Sí, Bruno, lo sé, pero es que me gusta llegar pronto y no sé estar sin hacer nada— respondió Pol a modo de disculpa—.

También sé que “por mucho madrugar no llega antes el cirujano”, pero son muchos años con la misma costumbre y no creo que la cambie nunca.

Siempre he estado solo en quirófano y no estoy acostumbrado a que haya alguien para echarme una mano.

—Bruno rio al oír la respuesta de su amigo.

—Muy bueno este refrán tuyo. No te lo había oído nunca.

—Nunca te acostarás sin aprender una cosa más —rieron los dos a carcajadas.

En ese momento entró en el quirófano la enfermera instrumentista quien al verlos fundidos en un abrazo se dirigió hacia la pareja…

… —Lo que sigue lo tenemos muy presente, pues nos lo acaba de explicar la Sra.

Gilart. Que el Dr. Torres les engañó diciendo que tenía autorización del banco de sangre para iniciar la cirugía a pesar de que no era cierto y eso puso en peligro la vida del paciente y que cuando todo acabó usted cogió un rebote monumental y salió gritando del quirófano.

—La verdad es que está muy bien resumido, aunque la cosa es más grave de lo que parece …

—Y, ¿qué pasó cuando abandonó el quirófano?

—Inspectora, cuando abandoné el quirófano me dirigí al vestuario…

…el Dr. Martí abandonó la sala operatoria en dirección al vestuario.

Detrás de él salió la instrumentista de la intervención, la enfermera Maria Gilart, con la intención de calmarlo, pero no pudo darle alcance antes de que se introdujera en el vestuario masculino, donde la enfermera ya no se atrevió entrar.

Allí abrió su taquilla y empezó a desvestirse entre exabruptos continuos y de repente le soltó una patada a la taquilla contigua a la suya cuya puerta queda totalmente hundida.

—Pues si es así como tenía que empezar una nueva etapa de mi vida, vamos bien —se dijo a sí mismo.

Intentó arreglar la puerta de la taquilla de su vecino de vestuario, pero no le fue posible hacerlo.

Una vez se hubo cambiado de ropa, cosa que hizo a una velocidad vertiginosa, salió del vestuario y se dirigió hacia el despacho del jefe del servicio de anestesiología, el Dr. Guerrero, donde entró sin llamar a la puerta.

—No me vuelvas a poner nunca más con el Dr. Torres porque no respondo de lo que pueda pasar —le dijo el Dr. Martí a su jefe de un modo en el que nunca se debería hablar a un superior.

—Pol, cálmate. ¿Qué ha pasado? —le preguntó asustado por la vehemencia de su compañero al mismo tiempo que se levantaba de la silla de un salto y se acercó hacia él cogiéndole suavemente del brazo izquierdo.

—¿Que qué ha pasado? Pues que ese drogadicto, borracho, ludópata, mujeriego e hijo de la gran puta de Torres ha puesto en peligro la vida de un paciente y nos ha mentido a todos: a mí, a enfermería, al banco de sangre…a todos.

—Vaya, Pol. Yo que pensaba que hoy iba a ser un gran día después de lo del viernes y veo que la cosa no ha ido muy bien.

—Eso mismo pensaba yo, Fernando, pero parece ser que en otra vida habré sido muy malo y lo estoy pagando en esta.

—A ver, explícame con calma lo que ha pasado…

...—Dr. Martí, ¿usted pretende que nos creamos que usted no asesinó al Dr. Torres?

Tiene móvil, tiene conocimientos para asesinarlo del modo en que acabaron con su vida, no tiene una coartada respaldada por nadie, ha tenido tiempo más que de sobras para preparar el asesinato, tiene un lugar, una torre, en la que hubiera podido liquidar al Dr. Torres sin ser visto ni importunado por visitas inesperadas.

Si esto fuera una entrevista de trabajo, usted sería el candidato perfecto —concluyó la inspectora.

—Inspectora, todo lo que tienen contra mí es circunstancial. No hay ninguna prueba que me incrimine directamente y ¿sabe por qué?

—¿Por qué, Dr. Martí?

—Porque soy I NO CEN TE —respondió silabeando la palabra dando mayor énfasis y volumen a cada golpe de voz al mismo tiempo que se levantaba de la silla y se vencía hacia delante como había hecho unos instantes antes la inspectora.

—Siéntate, Dr. Martí —le ordenó enérgicamente la inspectora al mismo tiempo que le empujaba en los hombros haciendo que cayera en la silla.

—Cálmese, doctor, y no vuelva a hacer eso si no quiere que le esposemos a la mesa. «Por fin reacciona el tío. Parecía que todo le daba igual» .

—Perdónenme, pero no es bonito que a uno le acusen de haber matado a alguien —se disculpó totalmente calmado.

—¿Y qué pasó ese viernes para que su vida tuviera que cambiar y empezar una nueva etapa? —redirigió la conversación la inspectora.

—Aquel viernes solucioné un problema que llevaba meses acuciándome, pero no tiene nada que ver con esto. Son cosas independientes —le respondió con normalidad.

—Deje que yo decida si es independiente o no.

—Es un tema del que no pienso hablar ni aquí ni ahora.

—Pues entonces vamos a hablar del segundo asesinato del que le acusamos —le respondió la inspectora con severidad.

—Venga, disparen —volvió a su tono inicial.

—Doctor, creo que usted no es consciente de la gravedad de la situación en la que se encuentra, de otro modo no se dedicaría a bromear ni estaría tan tranquilo y mucho menos no estaría respondiendo nuestras preguntas en ausencia de un abogado.

—Subinspector, yo soy inocente y ante tal condición no puedo más que sentirme tranquilo. Nunca podrán demostrar nada porque no hay nada que demostrar. A no ser que creen pruebas falsas contra mí.

En ese momento sonó el móvil de la inspectora. Era una llamada del comisario Pou que había estado siguiendo el interrogatorio a través del canal cerrado de televisión y les invitaba a salir para hablar un instante.

—Nos vamos a buscar un café, que esto va para largo. ¿Quieres uno, doctor? —le preguntó la inspectora desde la puerta.

—No, gracias. No quiero ponerme nervioso —le respondió irónicamente.

Los dos policías salieron de la sala de interrogatorios y en el pasillo les esperaba el comisario Pou.

—Este tío es un cínico.

—La verdad es que no sé qué pensar, Laura —le confesó el comisario—. ¿Tú qué opinas, David? Tus estudios de psicología te habilitan para tener una perspectiva mejor que la nuestra.

—Jordi, su comportamiento es el típico de un psicópata que se siente muy seguro de sí mismo y cree que no le vamos a coger, por eso actúa con tanta calma e incluso con chulería, aunque si se toca la tecla adecuada pueden reaccionar con brusquedad e incluso violencia.

En cambio, una persona que es inocente lo gritaría a los cuatro vientos, estaría desesperado porque ir a la cárcel por un delito que no ha cometido sería horrible.

No se comportaría con esa calma por muy entrenado que estuviera a controlar sus emociones por ser anestesista.

—Estoy de acuerdo contigo, David. Tiene un comportamiento muy extraño. Volved ahí dentro y a ver qué le podéis sacar del segundo asesinato.

—Ahora entramos, pero antes cogeremos unos cafés. Si entramos sin ellos pensará que ha pasado justamente lo que ha pasado, que el comisario ha venido a vernos y no quiero que sienta que no somos capaces de llevar solos el interrogatorio.

El comisario se despidió de ellos y se dirigió a su despacho para seguir el interrogatorio a través del circuito interno de televisión mientras que los dos policías fueron a buscar sendos cafés .

—Bueno, Dr. Martí, ya nos ha quedado claro que usted no mató al Dr. Torres —dijo irónicamente la inspectora—. Ahora hablemos del Dr. Trullols.

—Al que tampoco maté.

—Pues nada, ya está todo dicho. Le quitamos las esposas y para su casa —le dijo la inspectora al mismo tiempo que se levantaba de la silla, se colocaba delante del doctor e introducía la llave en la cerradura de las esposas.

—Gracias, inspectora. Sabía que se darían cuenta de que soy inocente —le dijo sin mostrar alegría al levantarse de la silla.

La inspectora retiró la llave de la cerradura de las esposas y dio un empujón al doctor quien al caer sobre la silla estuvo a punto de volcarla.

—¿De verdad pensabas que te íbamos a soltar así como así, doctor? —le dijo la inspectora cambiando bruscamente su tono—. Venga, hombre, no pensaba que fueras tan inocente. Ni como persona ni de los asesinatos.

El Dr. Martí pareció sorprendido por la escena que se acababa de producir, pero no se alteró lo más mínimo.