El anestesista insomne 35
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Los dos policías se dirigieron a la carrera hacia la salida del área quirúrgica y una vez llegaron a las escaleras subieron los peldaños de tres en tres accediendo a la planta donde estaba ubicado el quirófano en el que debía estar la persona a la que llevaban buscando infructuosamente durante dos semanas.

Ambos confiaban en que el caso se resolviera pronto y sin nuevas víctimas.

A lo lejos vieron a un hombre que por su corpulencia dedujeron que debía ser un celador.

—¡Eh, oiga! Somos policías. Venga aquí, por favor —le gritó la inspectora desde la puerta al mismo tiempo que mostraba su placa ya que, por muy urgente fuera el asunto, prefería no ser abroncada por entrar vestida de calle en los quirófanos.

—No pasen de ahí, por favor. Ya vengo —respondió algo molesto.

—Estamos buscando al Dr. Martí y al enfermero Bruno Ferran. ¿Podría decirnos si están aquí? —le dijo con urgencia la inspectora sin dar tiempo al celador a llegar a la puerta.

—Hola, agentes…

—Somos —interrumpió la inspectora al celador, pero no le llegó a corregir ya que en ese momento le pareció más importante localizar al sospechoso que sacar de su error al sanitario—. ¿Ha visto al Dr. Martí y a Bruno Ferrán?

—Bruno Ferran ha marchado hará una media hora y el Dr. Martí acaba de salir por la puerta del vestuario. No se han chocado con él por pura casualidad. ¿Pasa algo, agentes ?

—No, nada, muchas gracias. Que tenga un buen día —le dijo el subinspector iniciando la carrera para atrapar a su compañera que había salido al sprint al oír al celador. «”Agentes”. Laura habrá pillado un cabreo del quince, pero no ha querido perder el tiempo discutiendo».

El subinspector dio alcance a su compañera en el vestíbulo de la planta baja, se había detenido para otear el espacio con la intención de localizar al Dr. Martí.

Como no vio al doctor le indicó a su compañero que se dirigiera al aparcamiento ya que ella saldría por la puerta que daba al paseo marítimo, por lo que ambos policías se dividieron.

La inspectora llegó a la puerta de salida y se detuvo para preguntar al agente de seguridad si había visto salir al Dr. Martí al mismo tiempo que le enseñaba su placa. Éste le respondió afirmativamente y le informó de que hacía menos de un minuto que había tomado el paseo en sentido sur.

La inspectora sacó su teléfono y llamó a su compañero para indicárselo y decirle que ella corría tras de él aunque aún no le divisaba.

A pesar de haber visto una única vez al Dr. Martí y que él portaba la indumentaria verde de quirófano y un gorro calado hasta las orejas tenía el convencimiento de que sería capaz de reconocerlo en la calle.

Durante alguna de las muchas entrevistas que había realizado en las dos últimas semanas, varias personas le habían comentado la curiosidad de que en muchas ocasiones habían tenido dificultad para reconocer fuera de quirófano a compañeros que solo veían en la sala operatoria.

Cuando llevaba poco más de un minuto corriendo observó a un varón de un metro ochenta aproximadamente, de aspecto atlético que portaba unas zapatillas Salomon, unos tejanos y una chaqueta Ternua que le recordó mucho al Dr. Martí.

Se aproximó cautelosamente a él y cuando estuvo lo suficientemente cerca como para reconocerlo sacó su arma, le apuntó y le dio el alto.

—¡Alto, Dr. Martí! ¡Deténgase ahora mismo! —le ordenó.

—¡Inspectora! ¿Qué hace? ¡Baje el arma! —respondió asustado al mismo tiempo que giraba la cara y estiraba su brazo derecho para interponer su mano en la trayectoria de un posible disparo.

—¡Arrodíllese y ponga sus manos en la espalda!

—Pero ¿qué ocurre? ¿Por qué me detiene? —preguntó desconcertado, pero acatando las órdenes de la policía.

La inspectora se situó detrás del Dr. Martí y le colocó las esposas. Le comunicó que estaba detenido como sospechoso de los asesinatos de los doctores Torres y Trullols y le leyó sus derechos.

—¿Que soy sospechoso de asesinato? ¿Se han vuelto todos locos? —gritó el doctor al no entender nada más que la gravedad de las acusaciones.

—¡Cállese, Doctor! Ya sabe que todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra —le respondió la inspectora tirando de las esposas que sujetaban las muñecas del detenido.

En ese instante hizo aparición el subinspector y entre ambos ayudaron al doctor a ponerse de pie y a conducirlo al aparcamiento del hospital para trasladarlo a comisaría.

—¿Estás bien, Laura? ¿Te ha opuesto resistencia? —le preguntó jadeando tras un buen sprint desde el hospital.

—Todo bien, David. Vamos a comisaría y allí le interrogaremos con calma .

Una vez en comisaría los dos policías fueron a comunicarle al comisario Pou que las entrevistas con las dos enfermeras instrumentistas les habían hecho llegar a la conclusión de que el principal sospechoso de los asesinatos era el Dr. Martí y que habían procedido a su detención.

El comisario Pou estuvo de acuerdo con lo que le habían expuesto e invitó a sus dos subordinados a que fueran ellos los que llevaran el peso del interrogatorio del sospechoso mientras él ponía la detención en conocimiento del juez.

Tras hacerse con un par de cafés los dos compañeros se dirigieron a la sala de interrogatorios en la que ya estaba sentado el detenido, con las manos esposadas, pero esta vez delante de su cuerpo, con las que sostenía un vaso de agua.

Los dos policías se sentaron en dos sillas que estaban dispuestas delante de la mesa que les separaba del acusado. Cuando la inspectora iba a iniciar el interrogatorio fue el Dr. Martí el que dijo las primeras palabras.

—Se están equivocando conmigo. Yo no he matado a nadie —afirmó con gran calma.

—Eso lo decidiremos nosotros, ¿no te parece? —le respondió la inspectora levantándose de la silla y apoyando ambos brazos sobre la mesa.

—Ustedes podrán decidir lo que quieran, pero eso no cambiará la realidad —volvió a comunicarse de un modo lleno de tranquilidad impropio de un acusado de asesinato.

—¿Te me estás poniendo chulo, Dr. Martí? —le gritó la inspectora abalanzándose sobre el acusado hasta dejar su cara a escasos centímetros de la del anestesista quien no reculó ni un solo centímetro.

—Calma, Laura, calma —dijo el subinspector al mismo tiempo que tomaba del brazo a su compañera .

—Mira, el colesterol bueno y el colesterol malo —apuntó el sospechoso sin alterar lo más mínimo su expresión.

—Asesino y cómico. ¿Qué te parece, David?

—Dr. Martí, ya sabe que le hemos detenido por los asesinatos del Dr. Torres y del Dr. Trullols, ¿verdad? —el subinspector intentó cambiar la dinámica que había tomado el interrogatorio.

—Sí, eso me ha dicho la inspectora cuando me ha detenido y me ha leído mis derechos.

—Y sabe que tiene derecho a que su abogado esté presente en este interrogatorio, ¿verdad?

—Sí, eso me ha dicho y por ahora es todo como en las películas, incluso el hecho de que no me parece real lo que está pasando.

—Pues los cadáveres de sus compañeros son muy reales y que usted los asesinó también —volvió a intervenir la inspectora al mismo tiempo que su compañero le hacía un gesto con la cara para que no se acelerara.

—¿No quiere un abogado, Dr. Martí?

—No lo creo necesario. Soy inocente y un abogado ahora no me va a ayudar. Si al final acaban poniéndome a disposición de un juez ya haré uso entonces de mi derecho. Tengo al mejor abogado del mundo y no quiero molestarle si no es absolutamente necesario.

—¿No le parece necesario que esté presente su abogado en un interrogatorio estando acusado de dos asesinatos? —le preguntó sorprendido el subinspector.

—Soy inocente. No lo necesito —respondió con una tranquilidad pasmosa.

—Como usted quiera, doctor.

—Si no les importa, prefiero que me llamen Pol o Sr. Martí. No estamos en un hospital y fuera de ellos me considero una persona como cualquier otra. No sé por qué me tienen que llamar a mí doctor y a mi vecina no la llaman ingeniera.

—Pues si no le importa yo le seguiré llamando doctor ya que el motivo de estar aquí es que usted, como doctor, ha asesinado a dos compañeros suyos —le respondió con rotundidad la inspectora.

—Como ustedes quieran.

—Doctor, ¿qué hizo desde el viernes veinte de noviembre hasta el lunes veintitrés del mismo mes? —retomó el rumbo del interrogatorio el subinspector.

—Como ya les expliqué la otra vez que me interrogaron, estuve corriendo por Collserola, paseando por la playa o comiendo una paella en la Barceloneta.

Y en casa estuve leyendo, escuchando música y tomando notas para una novela que tengo intención de escribir, pero como les dije en su momento, no tuve tiempo para matar a nadie.

—Y como también dijo, no hay nadie que pueda corroborarlo, ¿verdad?

—Efectivamente, así es. Ni siquiera tengo el tique de la paella ni un apunte en la tarjeta de crédito ya que pagué en efectivo.

—Vayamos con los motivos que podía tener para asesinar al Dr. Torres.

El día seis de abril tuvo un fuerte enfrentamiento con él porque puso en peligro la vida de un paciente.

Hemos estado hablando con la instrumentista de quirófano de aquel día, la Sra.

Maria Gilart y nos ha explicado lo que pasó, pero queremos saber su versión desde el principio, desde que llegó usted al quirófano .

—De acuerdo. Pues resulta que ese día teníamos una cirugía muy compleja en un paciente de altísimo riesgo y no pudimos empezar la intervención porque el banco de sangre no nos autorizaba…

—Desde que llegó usted al quirófano, Dr. Martí —interrumpió la inspectora.

—Como quieran, pero eso no va a aportar nada. Llegué al quirófano sobre las ocho menos cuarto…