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Mientras esperaban la llegada del celador para sacar al paciente de quirófano, la enfermera tuvo que dedicarse a recoger el material de la intervención y dejó solos a los dos amigos que continuaron su charla.
Una vez estuvo todo a punto el Dr. Martí acompañó al celador y al paciente a la sala de reanimación posquirúrgica, permaneciendo Bruno y Lucía en el quirófano. Cuando la enfermera hubo finalizado sus tareas se dirigió hacia su compañero.
—Bruno, perdona que te lo pregunte, pero ¿el Dr. Martí y tú sois pareja?
—¿Cómo? ¿Pol y yo pareja? —respondió a duras penas entre carcajadas.
—¿Qué pasa? ¿Tan extraño te parece que te lo pregunte? Si siempre que podéis estáis juntos —le dijo algo molesta por la manera de responder de Bruno .
—Perdona, Lucía, no quería ofenderte con mis risas. No es la primera vez que nos lo preguntan y entiendo que pudiera parecerlo, pero es que está tan lejos de la relación que tenemos.
—¿Y qué relación tenéis?
—Tenemos una relación de hermanos más que de amigos.
Desde que nacimos siempre hemos estado juntos.
De pequeños vivíamos a cien metros de distancia.
Íbamos al mismo colegio, hemos hecho las mismas extraescolares, coincidimos en el instituto y en la facultad de medicina.
Siempre hemos sido uña y carne, o como se dice en nuestro pueblo, “cul i merda” o “Peret i Mandinga” y aún hacemos muchas cosas juntos.
Mañana sin ir más lejos tenemos una cena en Lleida con amigos del Artau.
—¿Tú estudiaste medicina? —preguntó sorprendida.
—Sí, empecé la carrera con Pol, pero por problemas familiares tuve que ponerme a trabajar y me pasé a enfermería.
Una carrera que pude compaginar mejor con un trabajo y que además me permitió comenzar en el mercado laboral con mayor precocidad y estabilidad que si hubiera tenido que esperar a ser médico.
—Vaya, pues eso no lo sabía, Bruno.
—Pues hoy no te acostarás sin saber una cosa más.
En ese preciso instante entró de nuevo el Dr. Martí en el quirófano y se sorprendió de verlos tan animados.
—¿Qué me he perdido en este rato?
—Nada, Pol. Confesiones entre compañeros de trabajo. Bueno, me voy. Pol, te llamo luego para ver cuándo y dónde me recoges. Hasta luego —y sin dar tiempo a que le respondieran, y con los cachetes sonrosados, abandonó el quirófano.
—¿Qué le pasa a Bruno? ¿De qué habéis estado hablando para que salga corriendo de esa manera? —preguntó el Dr. Martí sorprendido .
—Nada que deba preocuparte, Pol. Nada que deba preocuparte.
—Me alegro de que sea algo de lo que no deba preocuparme porque últimamente no me lo ponen fácil para que esté tranquilo.
El Dr. Martí empezó a recoger sus pertenencias con intención de abandonar el quirófano y dirigirse hacia su casa para preparar su viaje del día siguiente a Lleida, donde se iba a producir una cena de celebración por su absolución en el juicio de Zaragoza.
—Bueno, como hoy hemos acabado pronto, me voy para mi casa a descansar.
—Pol, ¿tú le pides permiso a tu jefe para marcharte?
—¿Pedirle permiso? Ni de coña. Cuando me quedo enganchado hasta las cinco o las seis de la tarde no le pido permiso para quedarme y alargar mi horario, por lo que el día que acabo pronto no veo la necesidad de obtener su visto bueno para invertir mi tiempo en mi salud física y mental.
—Me parece una buena argumentación. Ojalá pudiéramos nosotras hacer lo mismo. Que vaya bien el fin de semana.
—Igualmente, Lucía…
…y eso es más o menos lo que recuerdo de aquel día en quirófano.
Yo sólo les puedo explicar la parte en la que estuve presente, pero no creo que hubiera nada más que tuviera importancia, de hecho, lo que les acabo de explicar tampoco creo que tenga ninguna importancia, pero como el Dr. Martí respondió de esa forma tan original al Dr. Trullols, me quedó grabado en la memoria —concluyó la enfermera.
—Muchísimas gracias por todo, Lucía. Por cierto, ¿sería usted tan amable de decirnos donde podríamos encontrar al Dr. Martí? —preguntó la inspectora con cierta impaciencia después de haber escuchado a la enfermera .
—Voy a consultar el cuadrante de quirófano y se lo digo en un instante —le respondió y se dirigió al control para comprobar lo que le preguntaban.
—¡Joder, es él, David! ¡Tiene que ser él! ¡Es el Dr. Martí! —le dijo muy excitada—. Todo coincide. Los móviles y los modus operandi, no puede ser otro.
—Creo que tienes razón, Laura. Creo que es él. Todo cuadra. Y tenías razón también en que el cómo podía ayudarnos más que el porqué.
—¡Joder! ¿dónde se ha metido la enfermera? Vamos a buscarla —apremió a su compañero al mismo tiempo que abandonaba el despacho dejándose llevar por la impaciencia, aunque no sabía muy bien hacia donde debía dirigirse.
—Laura, espera, que por ahí viene la enfermera —le dijo el subinspector al ver llegar a Lucía desde el sentido contrario al que se dirigía la inspectora.
—Está en el quirófano de cirugía general, dos plantas más arriba —les dijo desde la distancia viendo la prisa que parecían tener.