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—La verdad, Laura, como motivo para asesinar al Dr. Torres es tan bueno o tan malo como cualquiera de los que tenían los otros sospechosos cuando esta era la única muerte. Después del segundo asesinato la candidatura del Dr. Martí gana muchos puntos, pero a ver qué nos explica Lucía Cifuentes.
—Estoy de acuerdo contigo. Por muy buena persona que seas y por muy pronto autolimitado que tengas, a veces las circunstancias te llevan un poco más allá y acabas haciendo cosas insospechadas.
En ese mismo instante sonó la puerta del despacho y los dos policías invitaron a entrar a quien llamaba.
—Buenos días.
—Adelante, pase y siéntese, Sra. Cifuentes.
En ese mismo instante, dos plantas más arriba, en uno de los quirófanos de cirugía general, el parte programado había acabado más pronto de lo que era previsible teniendo en cuenta la complejidad de la cirugía que habían llevado a cabo por lo que el cirujano, el Dr. Bifet, le solicitó al anestesista con el que ha compartido la mañana, el Dr. Martí, si le podía hacer el favor de echarle una mano con un paciente.
—Pol, en planta tengo un paciente que tiene noventa años y sospecho pueda tener carcinomatosis peritoneal.
—Vaya, Jordi, qué putada. ¿Y en qué os puedo ayudar a ti y a tu paciente?
—Mañana le habíamos reservado un hueco en el quirófano programado, pero al haber acabado hoy bien de tiempo he decidido hacerle una mini laparotomía para confirmar mis poco halagüeñas previsiones y no tener que esperar otro día más ya que el estado del paciente no es bueno .
—Tú dirás qué necesitas de mí.
—Querría hacerlo con anestesia local porque no creo que aguantara una anestesia general y no querría que muriera en quirófano lejos de su familia.
—Me gusta tu idea de “a grandes males, anestesias locales” —le dijo el anestesista intentando aliviar el mal momento que estaba pasando el cirujano pensando en su paciente.
—Tienes razón, Pol, es un gran mal y la anestesia local es lo que más le conviene —le respondió sin hacer el más mínimo caso a la broma de su compañero.
—Y quieres que lo sede un poquito para ayudarle a pasar el mal momento.
—Yo no iba a pedirte tanto, solo quería que estuvieras cerca por si había algún problema con el paciente, pero si eres tan amable de ponerle algún potingue de los tuyos, te lo agradeceré.
—Eso está hecho, Jordi. Que lo vayan a buscar y mientras llega me voy a tomar un café a la salita. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto, Pol. Muchas gracias. Cuando llegue el paciente te aviso.
El Dr. Martí abandonó el quirófano y se dirigió a la salita para tomar un café y hacer un pequeño descanso. Cuando entró en el cubículo en él se encontraba su amigo Bruno con un objeto extraño en sus manos. Estaba tan absorto en él que no percibió que Pol había entrado.
—Hola, Bruno —dijo al mismo tiempo que le propinaba una colleja a su amigo.
—Joder, Pol. ¡Qué bruto eres! ¡Qué susto me has dado! ¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido al mismo tiempo que escondía en un bolsillo de su chaqueta de quirófano el objeto que portaba en sus manos y que había estado a punto de caérsele al suelo.
—Donde las dan las toman —le dijo haciendo referencia al golpe en la nuca que le había regalado—. Nada, que hemos acabado el parte y voy a echarle una mano a Bifet.
—Qué majo eres y qué bruto también.
—Por supuesto que sí. Ambas cosas. Por cierto, ¿qué es eso que te has escondido tan rápidamente en el bolsillo en cuanto he entrado en la sala? —le preguntó a pesar de que lo había visto perfectamente.
—Nada, no es nada —le dijo al mismo tiempo que apoyaba su mano en el bolsillo como si su amigo tuviera superpoderes y pudiera ver a través de la tela.
—Venga, dime qué es, hombre.
—Nada, es… un regalo para tu cumpleaños —le soltó lo primero que le vino a la cabeza.
—¿Un regalo para mi cumpleaños? Pero si es el treinta de marzo y estamos en diciembre.
—Ya, pero es que yo soy muy previsor. Bueno, me tengo que ir. Adiós.
—¿Pero, adónde vas tan rápido? ¡Oye, espera, oye! —le gritó sin resultado alguno—. ¿Me va a regalar eso para mi cumpleaños? ¿De dónde lo habrá sacado?
El Dr. Martí tuvo el tiempo justo de tomarse un café antes de que requirieran su presencia en el quirófano.
—Hola, Lucía. Mire, cuando hablamos con usted la vez anterior nos comentó que el Dr. Trullols no tenía ningún problema real con nadie por lo que era difícil encontrar un motivo para que lo asesinaran.
—Así es, inspectora .
—Lucía, vamos a ir al grano. Como el motivo para asesinarlo no parece claro, hemos pensado que la manera de matarlo podría ayudarnos más —introdujo así el subinspector la pregunta clave—. Si yo le digo agua caliente por las venas, ¿a usted esto le sugiere algo?
—Bueno, puede que sí. En urología hay un tipo de intervenciones, las R.T.Us, que se realizan a través de la uretra y que para poder llevarlas a cabo necesitan introducir por ella grandes cantidades de líquido que está a temperatura ambiente, unos 19-20 grados, por lo que eso provoca una pérdida de calor importante en los pacientes que se someten a este tipo de cirugías —explicó la enfermera hasta que la inspectora la interrumpió.
—Pero ¿eso qué tiene que ver con el agua caliente por las venas?
—Tiene que ver que aparte del colchón calefactable, hay anestesistas que calientan sueros al baño maría y se los administran a los pacientes para intentar disminuir las pérdidas de calor.
—¿Y eso lo hacen todos los anestesistas? —preguntó sorprendida por el método que usaban para calentar a los pacientes.
—No, todos no, pero hay varios que sí lo hacen.
—¿Nos podría indicar quién sí lo hace?
—Pues el Dr. Fernández, el Dr. Casanovas, el Dr. Gelonch, la Dra. Rius, el Dr. Martí y quizá alguno más.
«El Dr. Martí de nuevo» pensaron ambos policías.
—¿Recuerda que alguno de ellos tuviera algún enfrentamiento con el Dr. Trullols a causa de pasar suero caliente a los pacientes? —cuestionó la inspectora .
—Ahora que lo dice, aunque yo no llamaría enfrentamiento, más bien una de sus bromas.
Hubo un día en el que el Dr. Martí acabó llamando Dr. Listo al Dr. Trullols cuando este salía de quirófano, pero entre ellos era habitual tirarse puyitas de ese estilo seguidas de un “guapo” o “bomboncito”—respondió Lucía con una sonrisa en la boca.
—¿Perdón? Explíquese mejor —le invitó la inspectora a que fuera más concisa.
—Pues resulta que…
…el viernes 17 de abril de 2020, en el quirófano de urología, el Dr. Trullols en compañía del Dr. David Belmonte estaban realizando una R.T.U.
de próstata a un paciente. Cuando estaban a punto de terminar la intervención, el Dr. Belmonte indicó al personal del quirófano que iba a ir a valorar un paciente que tenían en planta por si tuviera que pasar por quirófano para eliminar una litiasis ureteral, que en cuanto supiera algo definitivo pasaría a comunicárselo.
—A ver, Lucía, pásame una sonda y lubricante, que sondaré al paciente.
La enfermera le entregó lo que le había pedido el doctor y este empezó las maniobras para sondar a su paciente cuando hizo entrada en quirófano Bruno Ferran, enfermero de anestesia.
—Hombre, Bruno, tú por aquí. ¿Qué se te ha perdido por mi quirófano? —le preguntó el Dr. Trullols.
—Hola a todos. He venido a hablar un momento con el Dr. Martí —respondió por cortesía.
—Polito, ha venido Brunito —dijo en tono burlón ante lo cual el resto del personal de quirófano permaneció en silencio—.
A ver, Polito, ¿por qué no le pides a tu amiguito Brunito que le ponga suerito calentito al pacientito para que esté bien calentito?
—dijo aumentando el volumen de voz y acabando en una explosión de carcajadas que no fue secundada por nadie.
—Carlos, por favor, que el paciente está despierto y no creo que deba escuchar estas bromas —le respondió el Dr. Martí en un tono de voz contenido pero enérgico al mismo tiempo.
—Ah, que lleva una peri.
—No, Carlos, no lleva una peri, lleva una intradural.
Tú que has visto poner centenares de ellas deberías saber que las peridurales las ponemos muy de ciento en viento y que la mayoría de las veces son intradurales lo que utilizamos para estas y muchas otras cirugías, como las artroscopias de rodilla, las cesáreas…
—Bueno, pero le has pinchado la espalda y está despierto, ¿no? —interrumpió las explicaciones de su colega sin importarle mucho lo que le comentaba.
—Sí, le he pinchado la espalda y está despierto «qué listo eres, Carlisto».
—Lucía, más lubricante, que no puedo sondar —le gritó el urólogo a la enfermera.
«Lubricante no hay camino, se hace camino al lubricar» pensó Pol al escuchar a su compañero.
En esos momentos entró de nuevo el Dr. Belmonte que les traía novedades sobre el paciente ingresado en planta. Abrió la puerta automática del quirófano y sin acceder a él les explicó la situación.
—Chavales, ha expulsado la piedra y no tiene que pasar por quirófano. Buen fin de semana a todos. Adiós —se despidió con un movimiento de la mano y se desvaneció por el pasillo rumbo al vestuario.
—A paciente suspendido…—inició el refrán anestésico el Dr. Martí.
—No mires quien ha sido —lo finalizó Bruno .
Todos los presentes en el quirófano se despidieron del Dr. Belmonte al tiempo que el Dr. Trullols finalmente consiguió sondar al paciente dando por acabada la intervención.
—Bueno, pues ya está. Por fin es viernes. Me voy que tengo un fin de semana lleno de planes —dijo al mismo tiempo que empezaba a recoger su móvil, su reloj y su cartera.
—A cirujano que huye…volvió el Dr. Martí con otro refrán anestésico.
—Puente de plata —y lo volvió a completar Bruno.
—Adiós a todos —se despidió el Dr. Trullols.
—Adiós, Dr. Liston —le respondió el Dr. Martí con cierto grado de sarcasmo y mala intención en sus palabras.
—Gracias por el piropo, guapo.
—De nada, bomboncito —le siguió la broma el Dr. Martí.