34
La inspectora llegó a Barcelona en un tiempo récord y cuando salía del aparcamiento del hospital telefoneó a su compañero para saber dónde le esperaba.
Se encontraba en el despacho de la supervisora del área quirúrgica, Maria Farré, y allí esperaban su llegada para hacer pasar a la enfermera instrumentista del quirófano de cirugía cardiovascular, Maria Gilart.
Una vez los dos policías estuvieron reunidos e intercambiaron opiniones sobre qué debían preguntar, la hicieron pasar.
—Sra. Gilart, ya sabemos que todo el mundo tenía problemas con el Dr. Torres, pero ahora estamos interesados en saber si en los últimos meses ha habido algún altercado en el que el detonante fuera que un paciente se desangrara o que hubiera estado a punto de morir por esa causa —la inspectora buscaba de ese modo reducir al máximo el número de sospechosos.
—La verdad, inspectora, es que en el tiempo que yo llevo en este quirófano eso no ha sucedido nunca. Jamás ha muerto ningún paciente desangrado ni se ha salvado en el último momento —respondió muy segura.
—¿Y no recuerda ningún episodio en el que la posible pérdida de sangre hubiera enfrentado al Dr. Torres con algún anestesista? —recondujo la cuestión el subinspector.
—Pues ahora que lo dice, hace unos meses —se detuvo un instante a pensar— sí, diría que fue el día seis de abril, el día del cumpleaños de mi hijo .
—El día que usted dedujo que el Dr. Martí y el enfermero, ¿cómo se llama?...
—Bruno Ferran.
—Efectivamente. ¿El día que usted los encontró abrazados y pensó que eran pareja?
—Sí, inspectora, ese día acabó con una fuerte discusión entre ambos doctores, pero la cosa no fue a más.
—¿Sería tan amable de explicarnos qué sucedió?
—Por supuesto. Ese día, al entrar en quirófano me encontré al Dr. Martí y a Bruno Ferran fundidos en un abrazo. Me quedé un poco sorprendida, pero intenté actuar con la mayor naturalidad que pude y les saludé…
…—¡Hola! Buenos días, compañeros. ¿Hay algo que no me habéis contado y que yo deba saber?
Los dos amigos se separaron rápidamente e intentaron aparentar normalidad.
—No es lo que parece, Maria —le respondió Pol, al que la cara le había tomado una tonalidad rojiza muy graciosa.
—¿Y qué es lo que parece, Dr. Martí?
—Bueno, pues parece una mariconada, pero son solo dos amigos que están celebrando una buena noticia y lo hacen con un viril abrazo —respondió Bruno en lugar del doctor.
—Yo no he querido insinuar nada. He deducido que algo bueno había pasado y eso es lo que me intrigaba —dijo facilitando la huida a sus compañeros.
—Pues sí, Maria. El viernes resolví un problema que llevaba mucho tiempo dándome grandes dolores de cabeza y ahora espero poder pasar página y empezar una nueva etapa de mi vida.
—Pues me alegro mucho por usted, Dr. Martí, pero el deber nos llama y debemos organizar la cirugía de hoy, que no es moco de pavo. Les dejo arreglando sus cosas que yo tengo muchas cosas que preparar también.
La enfermera se dirigió hacia el otro lado del quirófano y empezó a organizar las cajas con el material que iban a necesitar para la cirugía.
Pasaron los siguientes minutos con todo el mundo acabando los preparativos para la intervención: un enorme aneurisma en la aorta abdominal de un paciente pluripatológico de muy difícil manejo, de ahí que Bruno estuviera asignado como soporte para el Dr. Martí.
Estaba todo preparado para empezar la cirugía, todo montado y todo el mundo lavado, pero cuando iban a comprobar la existencia de la reserva de sangre, el banco les alertó de que no debían iniciar la intervención bajo ningún concepto.
El paciente tenía un fenotipo de su grupo sanguíneo muy poco frecuente y no disponían de su tipo de sangre en el hospital y las reservas de 0- eran mínimas tras el fin de semana y hubiera sido muy arriesgado iniciar la cirugía.
El Dr. Torres al escuchar las noticias que les transmitían desde el banco de sangre, entró en cólera.
Empezó a gritar pidiendo explicaciones de por qué no se sabía que ese paciente era tan especial, que pediría responsabilidades porque estaba rodeado de inútiles que le hacían perder su valiosísimo tiempo.
Todo ello entre gritos y aspavientos de los que, por suerte, el paciente no era consciente o no tendría recuerdo, ya que, a pesar de no estar anestesiado aún, el check list quirúrgico no se había completado con éxito y no se había autorizado la anestesia todavía, estaba lo suficientemente sedado como para no recordar nada.
El Dr. Torres se deslavó, tiró los guantes al suelo con gran fuerza y salió del quirófano.
Todo el mundo se mantuvo en su lugar dispuesto a iniciar la cirugía en cuanto llegara la autorización del banco de sangre.
Pasaron los minutos y no llegaba la llamada del banco.
El Dr. Torres volvió a entrar en el quirófano y se dirigió hacia el teléfono.
Lo tomó y marcó el número del banco de sangre y con una voz alta y clara mantuvo una conversación en la cual su interlocutor le autorizó a iniciar la intervención.
—Ya lo habéis oído todos. Desde el banco de sangre nos autorizan a proceder con la intervención, por lo tanto, no me hagáis perder más el tiempo y dejad que le salve la vida a este pobre desgraciado.
El Dr. Torres se lavó de nuevo, cogió el bisturí y se abalanzó sobre el paciente.
—O lo duermes o lo abro en canal a lo vivo —le dijo gritando al anestesista, el Dr. Martí.
—Joder, Eugeni, dame un par de minutos para que lo pueda dormir en condiciones, que tiene muchas patologías y hay que hacerlo con mucho cariño —le respondió el anestesista intentando mantener la compostura.
El Dr. Martí indujo la anestesia general y autorizó a su colega para que iniciara la laparotomía.
Transcurridos unos minutos y llegado el momento clave, cuando ya habían clampado la aorta y la habían abierto, hizo su entrada en el quirófano un hematólogo del banco de sangre que les dijo que no debían iniciar la cirugía bajo ningún concepto ya que ni en el banco de sangre del hospital ni en ningún otro de la ciudad había sangre compatible para el paciente y que las reservas de 0- que tenían serían insuficientes en el caso de un sangrado importante, además, el paciente era un cardiópata muy severo por lo que cualquier desestabilización le podría causar un infarto mortal.
El cirujano se lo quedó mirando y con cara perversa y mostrándole el bisturí le soltó: “Dix fois trop tard”, ya le he abierto la aorta.
La pericia de todo el equipo quirúrgico hizo que la cirugía acabara de la mejor manera y que la falta de sangre no fuera un obstáculo para ello.
Una vez trasladado el paciente a la reanimación postquirúrgica, el Dr. Martí retornó al quirófano para recoger sus pertenencias y fue en ese momento cuando dejó ir toda la tensión que se había acumulado en su interior durante toda la mañana.
—¡Joder! ¡Es que me tocan todos los tontos a mí!
—gritó a pleno pulmón cuando recogía su fonendo y su reloj de pulsera que tenía en el carro de anestesia—¡Es que no salgo de un idiota y ya me encuentro con otro!
¿Qué cojones he hecho yo para merecer esto?
¡Hostia puta! —continuó dando rienda suelta a su desahogo.
Se dirigió hacia la puerta batiente del quirófano y la abrió de un fuerte empujón y abandonó la sala operatoria en dirección al vestuario.
Detrás suyo salió la instrumentista de la intervención, la enfermera Maria Gilart, con la intención de calmarlo, pero no pudo darle alcance antes de que se introdujera en el vestuario masculino, donde la enfermera ya no se atrevió a entrar…
… yo no me atreví a entrar en el vestuario masculino, pero desde el exterior le oí gritar exabruptos continuos, que no me atrevo a repetir aquí, y oí un ruido de como si le hubiera soltado una patada a una taquilla.
Después hubo un breve silencio y volvió a gritar algo como “pues si es así como tenía que empezar una nueva etapa de mi vida, vamos bien”.
Esto es lo que recuerdo de lo que pasó ese día —les dijo la instrumentista tras relatar lo acontecido en esa accidentada sesión de quirófano.
—Nos está diciendo que el Dr. Torres les engañó a todos para poder empezar la intervención a pesar de poner en riesgo la vida del paciente, ¿es así ?
—Así es, inspectora. A todos nos indignó su actitud, pero el que más lo sufrió fue el Dr. Martí ya que si el paciente hubiera fallecido todas las miradas se hubieran dirigido hacia él a pesar de que la responsabilidad directa no fuera suya.
—Y eso le enfureció enormemente tal y como nos ha explicado.
—Efectivamente, subinspector.
—¿Lo suficiente como para desear su muerte?
—Inspectora, lo que hizo el Dr. Torres fue muy grave, pero no creo que el Dr. Martí, a pesar de todo, hubiera deseado matarlo. No le digo que por unos instantes no le hubiera deseado la muerte, hasta yo lo hice, pero de ahí a que lo haya asesinado hay un gran trecho.
—¿Usted cree que con no haber vuelto a coincidir nunca más en un quirófano con el Dr. Torres fue suficiente para el Dr. Martí?
—Miren, el Dr. Martí es un gran profesional y una gran persona y no le creo capaz de haber matado a nadie, ni al Dr. Torres ni al Dr. Trullols.
Es evidente que tiene un pronto importante, pero los que le conocemos sabemos que todo se queda ahí.
Por eso cuando hablaron conmigo la primera vez no le di ninguna importancia a este episodio que les acabo de relatar.
—De acuerdo, muchas gracias, Sra Gilart. Por ahora es todo. Si es usted tan amable dígale a la Sra Lucía Cifuentes que pase.
La instrumentista del quirófano de cirugía cardiovascular abandonó el despacho y mientras esperaban a la enfermera del quirófano de urología, los dos compañeros analizaron la entrevista que acababan de realizar.
—¿Qué opinas, David ?