El anestesista insomne 33
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La inspectora conducía su coche pausadamente porque sus pensamientos le tenían secuestrada su atención y no deseaba tener un accidente.

Cuando encaraba el ascenso al puerto de La Panadella le sonó el teléfono y eso la sacó de su ensoñamiento.

Era el subinspector Palau que se interesaba por su estado y el de la investigación en Lleida.

—Bon dia, inspectora. ¿De vuelta ya?

—Hola, David. Sí, ya de camino —respondió una vez hubo activado el manos libres.

—¿Cómo ha ido el fin de semana? ¿Has podido descansar?

—Sí, la verdad es que sí. He hecho una cura de sueño y he cargado bastante las pilas. ¿Y tú?

—Yo también he podido descansar, aunque he monitorizado la investigación desde Girona. Los sospechosos se han comportado con absoluta normalidad en todo momento.Nada que nos haga pensar que un nuevo asesinato vaya a producirse.

—Me alegro de que los dos hayamos podido recuperar fuerzas.

Nos irá de perlas. Yo acabo de salir de la comisaría de Lleida y no hay nada nuevo respecto a lo que pudimos ver en los informes internos.

Bueno, sólo el hecho de que la esposa del Dr. Agirre se persona cada día para ver si ha habido algún cambio en la investigación.

—¿Que no se ha dado por cerrada? —preguntó sorprendido.

—Sí, así es, pero ella jura y perjura que su esposo no se suicidó y espera que haya algo nuevo que la deje descansar tranquila de una vez.

—Pobre mujer, que tu compañero de vida se suicide es muy difícil de aceptar. Pensar que haya sido capaz de eso y tú no haber sabido notar que se encontraba tan mal como para finalizar así provoca un gran sentimiento de culpa. No haber podido hacer nada para evitarlo es muy cruel.

—Y para más inri se suicidó en el vehículo de su esposa —añadió la inspectora.

—Un motivo más para que…

—¡Joder! —gritó de repente la inspectora.

—¿Qué pasa, Laura? —preguntó asustado el subinspector.

—Un gilipollas que me ha adelantado a toda velocidad y casi me saca de la carretera.

—¿Y has podido ver la matrícula?

—Casi, había dos números 6, un ocho, el otro —hizo una pequeña pausa— no lo recuerdo. Las letras eran MDS. «MDS... MDS».

La inspectora empezó a darle vueltas a las tres letras que conforman la matrícula del vehículo que casi le había hecho tener un accidente.

«MDS... MDS».

El subinspector gritó el nombre de su compañera, pero no obtuvo respuesta. Se encontraba centrada en las tres letras .

—¡Laura!¡Laura! —gritó pensando que hubiera podido tener un accidente a pesar de que no había oído ningún ruido extraño y la comunicación no se había interrumpido.

—¡Eso es! ¡MDS! Modus, modus operandi.

—¿Qué dices, Laura? —preguntó sin entender nada.

—Modus operandi. En Zaragoza, el agente que me atendió filosofaba con el hecho de que a veces es más importante el cómo que el porqué y puede que tenga razón.

—A ver, explícate. No te sigo.

—Nosotros nos hemos empecinado en intentar resolver los asesinatos en base a las motivaciones que podía tener el asesino para acabar con sus víctimas, el móvil de los crímenes.

—Efectivamente, así es.

—¿Y si el modo de matarlos, desangrando al uno e hirviendo al otro, pudiera arrojar más luz a la oscuridad?

—¿Que el modus aporte más que el móvil?

—Exacto.

—Y, ¿qué sugieres que hagamos?

—Vete al hospital y localiza a las enfermeras de los quirófanos de cirugía vascular y de urología. Yo me reuniré con vosotros en cuanto llegue. Calculo que en una hora estaré allí. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. No te preocupes que... ¿Laura? Me ha colgado —dijo mientras miraba sorprendido el teléfono.

La inspectora Sans arrojó su teléfono al asiento del acompañante y apretó el acelerador en dirección al Hospital del Mediterrani. Tenía la sensación de que el rumbo de la investigación iba a dar un giro de ciento ochenta grados.