El anestesista insomne 32
69%

32

Después de varias semanas analizando las rutinas del Dr. Agirre, había llegado el momento de que el Dr. Bartolo ejecutara su plan.

En el marco de la Festa Major de Lleida en honor a Sant Miquel se celebraba un partido amistoso de rugby entre La Caparrella Rugby Club, equipo en el que jugaba el Dr. Agirre, y Los Quebrantahuesos de Monzón.

Era el último partido de preparación previo al inicio de la temporada oficial.

Tras un bonito encuentro en el que ambos quinces se emplearon a fondo, pero sin violencia, se disputó la tercera parte de todo buen partido de rugby.

Los dos conjuntos se reunieron en un famoso bar de la capital ponentina dedicado al rugby llamado, con mucha intención y criterio, El Tercer Tiempo.

En él corrieron las cervezas y las bravas durante un par de horas.

Después los dos equipos se despidieron y se desearon buena suerte para el campeonato de liga.

Los montisonenses regresaron a su casa y los ilerdenses siguieron con su rutina de ir a cenar a un asador de la calle Sant Martí.

El Dr. Agirre, como en él era costumbre, declinó la invitación.

Era diabético y si a ello sumaba que era el más añoso del equipo y que los golpes no le sentaban nada bien, todo ello hacía que prefiriera irse a descansar.

Estuvo tentado de quedarse debido a que su esposa no estaba en Lleida ese puente de Sant Miquel ya que había aprovechado para ir a visitar a su hermana a Mallorca, pero en el partido había recibido más golpes de lo habitual y prefirió irse a casa.

Se despidió de sus compañeros de equipo y fue a buscar su coche y, tras reposar cinco minutos en el asiento, lo puso en marcha y tomó el camino hacia su residencia en la Urbanización La Cerdera Alta, en la carretera de Huesca.

Cuando llegó a su casa, se detuvo delante de la puerta de acceso al aparcamiento sin percatarse de la presencia de un hombre agazapado detrás de unos arbustos.

Accedió al interior y detuvo el vehículo, cuando iba a descender sintió un dolor muy extraño en la zona lumbar izquierda y se le apagó la luz.

—Buenos días, Dr. Agirre —saludó el Dr. Bartolo al sorprendido cirujano.

El Dr. Agirre recuperó en breve el conocimiento y se encontró amarrado al asiento de su vehículo.

Varias tiras de cinta americana impedían que se pudiera mover y un pañuelo atado a su boca le dificultaba la respiración y le imposibilitaba el habla.

No recordaba qué había sucedido, pero sentía una quemazón desconocida en su riñón izquierdo.

—Bienvenido, Dr. Agirre. Perdóneme que vaya al grano, pero se me está haciendo muy tarde y tengo que volver a casa.

Supongo que se estará preguntando qué hago aquí.

Pues bien, vengo a pagarle con su propia medicina.

Quiero que sepa lo que se siente al ser tratado con grandes dosis de Rocuronio.

Usted no hace más que pedir relajante y más relajante a mis compañeros durante sus cirugías ya que es un inepto que no sabe cerrar una barriga y, como he leído en algún sitio, no podemos pedir para los demás lo que no queremos para nosotros mismos, por lo que ahora le voy a dar la oportunidad de tomar esa medicina que tanto le gusta.

El Dr. Agirre al oír al loco que le había inmovilizado, al que era incapaz de reconocer ya que portaba un pasamontañas y la luz del garaje era tenue, entró en pánico.

Estar despierto teniendo todos los músculos estriados paralizados y no poder respirar decían que era una experiencia horrible y eso era lo que, al parecer, se le venía encima.

El Dr. Bartolo sacó de una mini nevera una cajita con 5 viales de 50 mg de Rocuronio y cargó algo menos de los 25 c.c. que contiene la caja en una jeringuilla en la que insertó una aguja intramuscular.

—Mira, Gaizka, si fuera endovenoso sabría la dosis que te tengo que poner, pero si te lo administro intramuscular, por mucho que he leído sobre el asunto, no he conseguido obtener una respuesta clara a mi duda, por lo que te pondré cerca de 250 mg y creo que eso será más que suficiente.

No sé lo que tardará en hacerte el efecto deseado, pero lo que estoy seguro es que será suficiente.

El Dr. Agirre intentó zafarse de sus ataduras, pero no lo consiguió.

—Como bien sabrás, el Rocuronio, relajante muscular no despolarizante, hará que tu musculatura respiratoria, entre otras, deje de funcionar, por lo que tú no podrás respirar.

Morirás por una hipoxia y serás completamente consciente de ello —los ojos del Dr. Agirre pareció que querían salirse de sus órbitas al escuchar el relato de su agresor—.

Se siente, no haber pedido tanto relajante para los demás —hizo un gesto con ambas manos como para quitarse la responsabilidad de su acto—.

Una vez hayas fallecido conectaré el tubo de escape al habitáculo y pondré en marcha el motor, por lo que cuando investiguen tu muerte pensarán que te has querido suicidar inhalando monóxido de carbono.

Exteriormente son dos muertes muy similares y como el Rocuronio precisa de unos análisis específicos para ser detectado que, además, no se realizan de modo rutinario, la conclusión, al menos hasta que llegue el informe de toxicología, será que te has suicidado.

El Dr. Bartolo, tras haber acabado de explicar su maquiavélico plan al Dr. Agirre, se aproximó a él y le clavó la aguja con la jeringuilla en su muslo izquierdo, que es donde se suelen pinchar la insulina los diabéticos.

Inyectó su contenido y retiró la aguja clavada.

El Dr. Bartolo no quería ver a su colega morir y decidió apartarse del vehículo.

A continuación, deseaba montar el escenario de un suicidio por inhalación de los gases del tubo de escape del coche y se preparó para ello.

Antes de cerciorarse de que el corazón del doctor había dejado de latir, dio una vuelta por el garaje y se percató de que el coche de la esposa del Dr. Agirre se encontraba también aparcado.

El del inminente fallecido era diésel y el de su pareja, gasolina, que emiten mucho más CO por lo que se le ocurrió que suicidarse en un coche que emite más CO reforzaría la credibilidad de su montaje.

Buscó por el garaje y el acceso al domicilio las llaves del coche hasta que las encontró en un mueble de la entrada.

El vehículo de la esposa era un BMW X5 de alta cilindrada y gran emisión de gases contaminantes.

De una bolsa de deportes que portaba extrajo una manguera que conectó al tubo de escape y a una de las ventanillas posteriores y selló lo mejor que pudo, con cinta americana, el espacio que quedó entre el cristal y el marco de la puerta.

Una vez preparado todo el atrezzo de su comedia, se dirigió al vehículo del Dr. Agirre, quien yacía en su asiento sin ninguna expresión en la cara y sin latido alguno de su corazón.

Le retiró toda la cinta americana que lo fijaba al asiento y el pañuelo que le amordazaba la boca y con mucho esfuerzo lo trasladó hasta el vehículo de su esposa.

El Dr. Bartolo empezó a pensar si había sido buena idea trasladar el cadáver para que fuera más creíble el suicidio por haber inhalado los gases procedentes de un gasolina en lugar de un diésel, pero era demasiado tarde para replanteamientos.

Debería acabar con el traslado. «Si en el futuro repito la experiencia, ingeniaré algún artilugio que me ayude con el transporte del peso muerto del muerto».

Una vez colocado el cuerpo en el BMW de la esposa, se dedicó a borrar todas las huellas posibles y los restos de cinta americana del coche diésel de la víctima.

Cuando creyó que todo estaba como antes de su actuación, volvió hacia el coche de la Sra.

Agirre, puso en marcha el motor y cerró la puerta tras bajar la ventanilla.

Una vez repasó todos los detalles y comprobó que todo parecía indicar que allí se había producido un suicidio, apretó de manera sostenida el botón de cierre del mando del coche.

Las puertas se bloquearon y el cristal de la ventanilla del conductor empezó a deslizarse hacia arriba, pero antes de que se cerrara del todo el Dr. Bartolo arrojó el mando al interior del vehículo, dando la impresión de que el que había sellado el coche y cerrado desde dentro era el difunto para que nadie pudiera socorrerlo con facilidad en el caso de ser descubierto antes de su fallecimiento.

Sin más dilación el asesino salió del garaje del Dr. Agirre y tomando su coche desapareció de la escena del crimen.