El anestesista insomne 31
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La inspectora Sans, una vez se hubo despedido de sus padres, abandonó la casa de su infancia con la intención de dirigirse a la comisaría de los Mossos de su ciudad, Lleida.

Aparcó en la misma calle Sant Hilari y accedió a las dependencias.

Entrando a mano derecha había una serie de bancos reservados a los denunciantes que esperaban a ser atendidos por la policía.

En ese momento se encontraba allí sentada una señora de unos sesenta años con un pañuelo en las manos con el que alternativamente se limpiaba las lágrimas de sus ojos y los mocos de su nariz, cosa que llamó la atención de la inspectora y la saludó con un “bon dia”.

Posteriormente se acercó al mostrador que había frente a la puerta de entrada y se presentó al agente de recepción enseñándole su placa y solicitó que avisaran al subinspector Burrull, que en teoría le estaba esperando.

El agente le indicó que girara a su izquierda y que esperara en la puerta de acceso a las dependencias policiales, que enseguida vendría el subinspector a recibirla.

Unos segundos más tarde se abrió la puerta y apareció un hombre de unos cincuenta años, de muy buena apariencia, con un bonito pelo rizado inundado de canas que le favorecían mucho, que se presentó muy amablemente a la inspectora y la invitó a entrar.

Tras los saludos iniciales se dirigieron a un despacho ubicado en esa misma planta baja y allí la inspectora solicitó al subinspector si le podía mostrar el informe policial de la muerte del Dr. Agirre en el que esperaba encontrar la documentación correspondiente a la autopsia.

Lo que el subinspector le aportó no difería en lo más mínimo de lo que ella había podido consultar en la N.I.P del cuerpo.

Una vez comentados todos los puntos del caso el subinspector la invitó a tomar un café, ofrecimiento que aceptó.

Cuando salían del corazón de la comisaría en dirección a la puerta exterior, la señora de las lágrimas y los mocos que se encontraba sentada en el banco se alzó y se dirigió hacia el subinspector y se interesó por el avance de la investigación, a lo que el policía respondió que no había novedades y que, de haberlas, ella sería la primera en conocerlas.

La señora le dio las gracias, recogió sus cosas y se fue hacia la salida de la comisaria.

—¿Quién es esa señora, Lluís? —preguntó con cierta curiosidad la inspectora.

—Es la viuda del Dr. Agirre. Cada mañana viene a preguntar si hay alguna novedad en el caso de su marido.

—Pero, el caso está cerrado, ¿verdad?

—Completamente cerrado, pero la Sra. Agirre se niega a aceptar que su marido se haya suicidado.

—Es difícil de entender y aceptar que la persona a la que más quieres se haya quitado la vida y no hayas podido hacer nada para evitarlo.

—Así es, pero me temo que si no lo acepta acabará perturbándose y que termine imitando a su marido.

—Esperemos que no sea así, Lluís.

—Esperemos, Laura.