28
Tras horas de dar vueltas y vueltas en la cama sin conseguir pegar ojo, Morfeo se apiadó de Pol y lo acogió en sus brazos.
El abrazo fue corto y la luz del sol que entraba por la ventana les separó.
Había amanecido un día radiante que auguraba que las cosas podrían ir bien para el Dr. Martí.
Pol había dormido escasamente dos horas, pero eso era lo habitual en él.
Se desperezó en la cama y permaneció inmóvil en ella durante un buen rato.
—Hoy es el día. Si mi abogado tiene razón todos mis sufrimientos acabaran y podré despertarme de esta pesadilla.
Podré dedicarme a mi trabajo y a mi vida sin que me distraigan los pensamientos del juicio.
¡Sííííí —gritó desahogándose hasta darse cuenta de que estaba en un hotel y quizá despertaría a alguno de los clientes.
Tras salir del hotel tomó la avenida que lo acercaba al final de las pesadillas.
Anduvo unos minutos hasta que llegó a la calle Ranillas y siguió caminando hasta llegar al andador Berta Cáceres, lugar en el que había quedado con el Sr. Mustienes, su abogado.
Como siempre, había llegado antes de tiempo.
La puntualidad era una de sus virtudes o uno de sus defectos, según se mire.
Prefería esperar a que le esperaran y, de ese modo, se pasaba la vida esperando a la gente.
Mientras le daba vueltas a sus virtudes y sus defectos se le acercó un hombre alto, de un metro noventa aproximadamente, enfundado en un traje gris, con unos Martinelli negros y con un sombrero coronando su afeitada cabeza .
—Buenos días, Dr. Martí —le saludó extendiéndole la mano que ambos encajaron.
—Buenos días, Sr Mustienes. Veo que ha traído su sonrisa con usted. Yo la mía creo que me la he dejado en el hotel —ambos empezaron a caminar hacia los juzgados.
—Cómo no la voy a traer si hoy va a ser un gran día.
¿Ha visto la espectacular mañana que le está ofreciendo Zaragoza?
Eso es un buen presagio, pero, aunque hubiera salido el peor día de la historia, hoy sería un buen día porque, lo crea usted o no, hoy va a ser absuelto y podrá cerrar este episodio tan oscuro de su vida.
—Ahora recuerdo el motivo por el que le contraté. Siempre está usted de buen humor y cuando le conocí eso me hizo tenerle gran confianza. Esperemos que tenga razón.
—Nunca he estado tan seguro antes de un juicio de que lo iba a ganar. Como ya le he dicho en otras ocasiones, la acusación no se sostiene por ningún lado y si no fuera por la que montó el Dr. López con la prensa, nunca hubiera llegado el caso a juicio.
En unos minutos llegaron al edificio de los juzgados, el Sr. Mustienes se adelantó para abrir la puerta y ambos accedieron al vestíbulo.
Tras consultar la sala en la que se iba a producir la lectura de la sentencia se dirigieron a las amplias escaleras del edificio y subieron a la primera planta.
Una vez allí continuaron por el pasillo de su izquierda por el que caminaron escasos 10 metros y se detuvieron.
Habían visto al Sr. Arnal, esposo de la Sra.
Vicenta Pueyo, a su familia y a su abogado y prefirieron mantener las distancias.
A su vez ellos los habían visto llegar y se habían unido cerrando un círculo impenetrable a las miradas exteriores .
—Míralo, ahí está el asesino de mi esposa —dijo el Sr. Arnal con gran amargura en su voz.
El abogado de la familia Arnal, al escuchar esas palabras de su cliente, no tuvo más remedio que intentar prepararlo para lo que él creía que sucedería en la vista.
—Sr. Arnal, yo soy su abogado y como tal me debo a usted, pero mi obligación también es hablarle con claridad y decirle lo que pienso y eso es lo que he hecho todo este tiempo.
He defendido sus intereses con uñas y dientes, pero debo prepararle para lo que va a pasar ahí dentro.
Lo que sucederá, como les he adelantado en varias ocasiones, es que el Dr. Martí saldrá absuelto porque, sea culpable o no, y como ya le he dicho en diversas oportunidades, creo que no lo es, en el juicio nunca se ha demostrado que en la atención que recibió su esposa hubiera algo que se alejara lo más mínimo de lo que es el cuidado médico que precisaba recibir por parte de un anestesista.
Por lo tanto, el juez no tendrá más remedio que absolverlo.
También debo recomendarle que rompa cualquier relación que tenga con el Dr. López ya que no es una buena persona.
Está lleno de ira y les está utilizando a usted y su familia para atacar al Dr. Martí e intentar limpiar su propio nombre.
Ustedes no le importan nada, ni ustedes, ni la Sra.
Vicenta ni el dolor que les ha causado arrastrándoles a este juicio que no les reportará el más mínimo consuelo.
El abogado le puso la mano en el hombro al Sr. Arnal e intentó consolarle y este pareció entender que su abogado estaba en lo cierto.
Justo es ese momento, el ujier abrió la puerta de la sala y llamó a los implicados para que entraran y se colocaran en su lugar.
Pol y su abogado se ubicaron en la bancada situada a la derecha de un estrecho pasillo y la familia Arnal en el lado izquierdo.
Se mantuvieron de pie a la espera de que entrara el juez.
En esos momentos alguien se aproximó por el pasillo, se acercó a Pol y le susurró en el oído:
—Por fin te ha llegado el día. A cada cerdo le llega su “San Martí”.
Pol se sobresaltó y se giró bruscamente hacia la persona que le había increpado, que no era otro que el Dr. López de Osuna. Cuando iba a replicarle el ujier anunció la entrada de su señoría y tuvo que contenerse. El funcionario les ordenó sentarse y así lo hicieron.
—No se preocupe, Dr. Martí. Todo acabará pronto.
—Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que llevo la soga puesta en el cuello y me van a colgar en cualquier momento? —dijo introduciendo sus dedos en el espacio existente entre su cuello y la corbata.
—Eso es que usted no está acostumbrado a llevar corbata y le aprieta —le respondió el letrado guiñándole un ojo.
—Me encanta lo optimista que es y me gustaría ser como usted, pero en estos momentos no soy capaz.
El juez se aclaró la voz y empezó a leer la sentencia.
—Buenos días, o mejor, buenas tardes. Como supongo que todos debemos tener hambre seré breve en la lectura de la sentencia.
En el caso de la Familia Arnal contra el Dr. Martí, acusado de negligencia médica con el resultado de muerte y tras escuchadas ambas partes, estudiados los informes forenses y los peritajes de los expertos, he llegado a la conclusión de que el Dr. Martí actuó en todo momento según lo establecido en los protocolos médico-quirúrgicos, que actuó según “ lex artis ” y que el desgraciado desenlace no puede ser atribuido a su actuación en la sala operatoria.
Por todo ello absuelvo al Dr. Martí de todos los cargos que contra él se han presentado. Buenas tardes y buen provecho.
El Sr. juez se levantó de su butaca, cogió el legajo que tenía entre sus manos y abandonó la sala a través de la puerta que le abrió el ujier, tras lo cual el Dr. Martí y su abogado se fundieron en un abrazo.
Una inmensa sensación de alivio recorrió todo el cuerpo del anestesista y por sus ojos afloraron lágrimas que liberaron toda la tensión acumulada.
En la otra parte de la sala la familia Arnal también se unió en un abrazo y también derramaron lágrimas, pero las suyas eran de tristeza, aunque también llevaban un componente de liberación ya que para ellos todo el período desde la muerte de la Sra.
Vicenta hasta la lectura de la sentencia había sido muy duro.
Habían tenido que soportar mucha tensión y muchas presiones.
El Dr. López los coaccionaba para que siguieran con el juicio y su abogado, muy amablemente, les sugería que desistieran en su intención de seguir con una lucha que solo les iba a reportar dolor.
Él sabía con total certeza cual iba a ser el resultado de todo el proceso.
Dolor y más dolor y una sentencia absolutoria.
La familia Arnal ya se disponía a abandonar la sala cuando el Dr. López se les acercó muy enfadado.
—¡Esto es una vergüenza! ¿Cómo pueden absolver a ese cretino?
¿Es que no hay justicia en este país? Pero no se preocupen, podemos recurrir la sentencia y limpiar nuestro nombre y el de la Sra.
Vicenta —les espetó—. El Sr. Arnal, que estaba de espaldas, se giró hacia él y le respondió con la mayor calma posible.
—Nadie va a recurrir nada. Todo este proceso tan doloroso acaba aquí. No queremos seguir sufriendo la muerte de mi esposa de esta manera. No debimos hacerle caso nunca y debimos haber escuchado a nuestro abogado.
—Pero ¿cómo que no van a recurrir? —le replicó poniéndose rojo de ira—. ¡Mi honor y mi expediente no pueden quedar manchados de este modo! —continuó cada vez más exaltado—. ¡Les exijo que recurran!
Era tal el grado de excitación del Dr. López que en breves segundos llegaron dos policías que lo sujetaron y lo invitaron a abandonar la sala.
Cuando se lo llevaban, la familia Arnal lo miraba con estupefacción y acabaron de entender que habían sido utilizados por el Dr. López de Osuna.
Mientras tanto Pol y su abogado habían presenciado el espectáculo protagonizado por el cirujano con la mayor de las perplejidades, pero sin asombrarse, ya que del Dr. López se podía esperar eso y mucho más.
Ambos tomaron el pasillo que les conducía a la salida de la sala.
Cuando llegaron al distribuidor, Pol se paró.
—¿Ocurre algo, Dr. Martí? —le preguntó sorprendido su abogado.
—No ocurre nada, pero querría hablar un momento con la familia Arnal —le respondió con cierta preocupación.
—No sé si es buena idea después de todo lo que ha pasado.
—Yo creo que son buena gente y que se han visto presionados por el Dr. López y no han sabido pararle los pies.
En ese momento la familia salió de la sala y el Dr. Martí se dirigió hacia ellos y se paró delante del Sr. Arnal.
—Discúlpeme, Sr. Arnal. ¿Podría hablar un segundo con ustedes? —le dijo de la manera más pausada y dulce que pudo.
—Dígame, Dr. Martí. — respondió el Sr. Arnal apesadumbrado pero lleno de calma.
—No soy capaz de hacerme una idea de lo que han sufrido con la muerte de su esposa y con todo el proceso del juicio.
Solo puedo decirles que siento mucho todo lo que ha pasado.
Desde el día de la muerte de su esposa no he podido dejar de pensar en lo que ocurrió en el quirófano y qué cosas podía haber hecho diferentes para que todo hubiera acabado bien, pero por mucho que lo repaso y estudio de nuevo, sé que dadas las circunstancias nada hubiera podido cambiar lo que pasó.
No poder hacer algo para salvar la vida de un paciente es muy doloroso para un buen médico.
Mi dolor no es comparable con el suyo, pero también somos personas y nos afecta el destino de nuestros pacientes.
Lo siento mucho, de verdad —le dijo con lágrimas en los ojos.
El Sr. Arnal tampoco pudo contener las lágrimas y se las limpió con un pañuelo que le acercó su hija. Cuando se hubo repuesto respondió al Dr. Martí.
—Dr. Martí, le agradezco mucho sus palabras.
Hoy finalmente se me han abierto los ojos y he visto con claridad.
El dolor por la muerte de mi esposa y la presión a la que nos sometió el Dr. López nos cegó.
Nuestro abogado intentó hacernos ver la realidad.
Los forenses, los peritos, todo el mundo decían que usted había hecho todo lo posible por salvar a nuestra Vicenta, pero nosotros no supimos verlo.
Dr. Martí, yo también lo siento mucho. Siento haber alargado la agonía de mi familia y de haberle causado todo el sufrimiento que habrá padecido todo este tiempo.
Y también siento no haberle dado las gracias por haber hecho todo lo posible por salvar la vida a mi esposa. Muchas gracias, Dr. Martí .
Se acercó hacia el Dr. Martí y ambos se abrazaron y dieron rienda suelta a sus lágrimas.
Al abrazo se unió el resto de la familia.
Estuvieron así casi un minuto y se despidieron con un simple adiós que era lo único que les salió.
Un adiós sin rencor y lleno de perdón hacia el otro y hacia sí mismos.
—Dr. Martí, lo que acabo de ver no lo había presenciado nunca. Que dos partes que se han enfrentado en un juicio acaben abrazándose es inusitado —le confesó el Sr. Mustienes a su defendido.
—Es lo que me ha salido de dentro. Sentía la necesidad de hacerlo y así lo he hecho. Era una situación muy dolorosa y emotiva para ambas partes y un juicio que nunca debería haberse celebrado.
—Estoy muy feliz por usted, doctor. Absuelto en el juicio, como yo le había avanzado en innumerables ocasiones, y además ha conseguido la paz espiritual al reconciliarse con la familia Arnal.
—La verdad es que yo también estoy muy contento. Creo que por fin voy a poder retomar mi vida y dedicarme a anestesiar pacientes y a pasar mi tiempo libre en las montañas.
—Así se lo deseo.
—Muchas gracias. Por cierto, ahora que ya ha acabado todo y va usted a dejar de ser mi abogado, ¿conseguiré que me llame Pol en lugar de Dr. Martí?
—Con la condición de que tú me llames Ramón —sonrió el letrado.
—Hecho .
Ambos se chocaron la mano y se dirigieron hacia la puerta de salida del edificio de los juzgados.
Cuando la atravesaron divisaron una pequeña multitud agolpada en las escaleras y entre las cámaras de televisión se apreciaba algún periodista circundando al Dr. López.
Decidieron bajar por la rampa de minusválidos para no tener que pasar cerca del espectáculo que allí se había montado y se alejaron hacia la calle Ranillas donde se despidieron con un fuerte abrazo.
Mientras tanto, en la puerta de los juzgados el Dr. López se dirigía hacia los medios de comunicación que allí se habían concentrado. Eran medios locales, pero de mucha reputación como Tele Aragón y La Gaceta Aragonesa.
Con un tono de voz muy elevado y con gran crispación en su discurso el Dr. López se dirigió a los medios.
—Es una vergüenza lo que hoy ha sucedido ahí dentro —dijo señalando al juzgado—.
Han absuelto a un asesino. Un asesino que no merece estar libre ni volver a un quirófano.
Un matasanos que ha manchado mi nombre y mi honor.
Que sepan todos que esto no va a acabar así.
Como que yo me llamo Luis Javier López de Osuna Fernández que esto no acaba ni aquí ni hoy.
—¿Y qué tiene pensado hacer? —preguntó un joven periodista.
—Ya lo verán. Pronto sabrán qué es lo que voy a hacer para limpiar mi nombre. Muchas gracias por venir y en breve tendrán noticias mías.
Dicho lo cual se marchó caminando a toda velocidad.