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Eran casi las tres de la tarde cuando el Dr. Bartolo hizo aparición en el aparcamiento del Hospital del Mediterrani con la intención de dar caza a su siguiente víctima.
Esperaba poder repetir su jugada: aproximarse al vehículo de la doctora, llamar su atención y cuando esta bajara la ventanilla aprovechar para darle una descarga eléctrica en el cuello para dejarla inconsciente y secuestrarla utilizando su propio vehículo para abandonar el hospital.
Su plan se vino abajo cuando observó que el aparcamiento estaba vigilado por diversos miembros de los Mossos d’Esquadra.
Había agentes en el acceso desde el edificio, en los principales pasillos del aparcamiento y había una pareja apostada en la barrera de salida que controlaba todos los vehículos que salían, por lo que le iba a ser imposible salir de allí con la doctora inconsciente sin ser detectado.
Iba a tener que cambiar su plan, pero para él solo iba a representar un pequeño inconveniente.
En su día a día en quirófano estaba acostumbrado a tener que adaptarse a las circunstancias de las cirugías, a los imprevistos del acto quirúrgico, a las sorpresas que podían suponer el comportamiento de algunos pacientes durante las intervenciones.
Tras unos breves instantes de reflexión supo qué iba a hacer.
Salió del recinto y se dirigió hacia la zona del parquin de bicicletas, donde tenía aparcada la suya.
Su nuevo plan consistía en ir pedaleando hasta la vivienda de la Dra.
Mota y esperar allí su llegada, entrar en el aparcamiento tras ella y replicar el plan inicial, pero cambiando la ubicación de origen.
Pensó que, si la doctora llegaba antes a su casa que él o, simplemente no iba a su casa, abortaría el secuestro y lo dejaría para otra fecha.
Las prisas son malas consejeras. Una cosa es improvisar con rapidez y otra es precipitarse.
Ya tendría tiempo de llevar a cabo su venganza.
Llegó a su bicicleta y tras quitarle la cadena se subió a ella y empezó a pedalear en dirección este.
Sabía dónde vivía la doctora, pero en ese momento no recordaba la dirección exacta, aunque confiaba en su memoria y estaba seguro que el recuerdo afloraría durante la pedalada igual que le aparecían en su cerebro las dosis de medicamentos en el momento que las necesitaba.
Tras media hora de esfuerzo sobre la bicicleta llegó a la entrada del aparcamiento del edificio de la Dra.
Mota. Había recordado su dirección. Se detuvo y ocupó una posición poco sospechosa a la espera de que su futura víctima llegara a su casa.
Pasaban los minutos y la doctora no hacía acto de presencia, pero el Dr. Bartolo no perdía los nervios, un doctor de su talento no sucumbía ante las circunstancias y no se dejaba llevar por las contrariedades.
Permanecía sereno y cumplía con su trabajo tal y como de él se esperaba, pero también tenía que saber cuándo no había nada que hacer, cuándo había que finalizar la batalla.
Estaba a punto de posponer su plan cuándo la Dra.
Mota hizo aparición en escena. Se detuvo delante de la puerta del aparcamiento y esperó a que se abriera.
Una vez tuvo el paso libre se introdujo en el edificio.
El Dr. Bartolo aprovechó la oportunidad, se coló en el aparcamiento y siguió al vehículo de la Dra.
hasta su plaza. Una vez que hubo detenido el coche y se apeó, el Dr. Bartolo se aproximó hacia ella y sin mediar palabra le disparó el táser en el cuello, haciendo que su víctima perdiera el conocimiento y cayera en sus brazos.
La introdujo de nuevo en el vehículo, esta vez en el asiento del acompañante y se dispuso a guardar su bicicleta en el maletero del coche.
En esta ocasión no tendría que volver a buscarla como había ocurrido en los otros dos asesinatos.
Cuando abrió el maletero observó que estaba abarrotado de bolsas de la compra, por lo que dedujo que la doctora había tardado tanto en llegar a su casa porque había hecho un alto en el súper.
Cerró la puerta del maletero y ubicó su bicicleta en los asientos posteriores.
Tuvo suerte de que era un todoterreno enorme.
Se subió al vehículo y puso rumbo a su domicilio, donde pondría en marcha el plan que tenía preparado para la Dra. Mar Mota.
La inspectora Sans había abandonado ya Zaragoza y se dirigía por autopista hacia Lleida cuando recibió la llamada de su compañero, el subinspector Palau.
A través del manos libres le hizo un resumen de lo acontecido en la comisaría maña y le expresó su sorpresa ante la atípica muerte del Dr. López.
No entendía que alguien que estaba solo en su casa decidiera inyectarse cocaína en vena.
¿Qué propósito podía tener ese acto? ¿Quitarse la borrachera de golpe?
¿Para qué si estaba solo? Le explicó que la investigación había seguido todos los cauces habituales y que en el lugar de la muerte no había signos de que hubiera habido ninguna otra persona, no había huellas ni ningún tipo de resto y no se echaba de menos ninguna pertenencia del fallecido.
Era todo un poco extraño, pero no había nada que hiciera pensar que la muerte no había tenido lugar tal y como había conjeturado la Policía Nacional.
Además, el fallecido era famoso en su ciudad por las juergas que se corría y por beber en exceso y haber experimentado con la cocaína.
El subinspector informó a su compañera de que la vigilancia del aparcamiento del hospital no había obtenido ningún fruto, por lo que era de esperar que no hubiera ninguna nueva víctima ese fin de semana a no ser que el asesino cambiara sus planes.
La inspectora decidió, teniendo en cuenta la hora que era, que la visita a la comisaría de Lleida la dejaría para el lunes a primera hora de la mañana y que intentaría descansar el fin de semana. Confiaba mucho en su nuevo compañero y en su jefe.
—Buenos días, doctora —le dijo dulcemente el Dr. Bartolo a su secuestrada cuando observó que empezaba a mover sus párpados—. Venga, dormilona, abre los ojos que ya es de día.
La Dra. Mota intentó abrir los ojos, pero la luz le molestaba mucho. Intentó moverse, pero estaba amarrada a una camilla. Intentó hablar, pero llevaba una mordaza en la boca.
—Bienvenida a esta su casa, Mar. Mar, que nombre tan bonito y muy adecuado para una doctora que trabaja en el Hospital del Mar Meditarrani, ¿no crees?
La doctora intentó moverse, pero le fue imposible. También intentó hablar, pero tampoco lo consiguió. Estaba completamente desconcertada. No sabía dónde estaba, ni porqué y no reconocía a su captor.
—También es muy curioso que te llames Mar Mota y no quieras que tus pacientes den una cabezadita, que no quieras que los seden ni tampoco que duerman como marmotas —rio a carcajadas—. Por cierto, o tus padres no se dieron cuenta del juego de palabras o eran unos auténticos gilipollas.
«¿Quién eres tú? ¿Qué hago aquí? ¿Qué quieres de mí?»
—Mira, bonita. No tengo mucho tiempo para darte muchos detalles ya que quiero aprovechar el puente. Ya sé que para ti es tu primer asesinato y todo te viene de nuevo, pero yo ya empiezo a tener cierta experiencia y no me gusta repetir cosas banales.
La doctora al oír la palabra asesinato entró en pánico e intentó desatarse de sus ligaduras al mismo tiempo que sus ojos se le salían de las órbitas.
—Quieta, doctora. No te muevas, que así no puedo trabajar en condiciones —le dijo con retintín.
La doctora no entendía nada y cada vez se sentía más desesperada.
—Mira, te voy a explicar el plan solo una vez y espero que lo entiendas.
No voy a enseñarte ningún sistema de comunicación ya que no voy a estar contigo.
Te vas a quedar aquí solita durante todo el puente.
No nos tenemos que fastidiar los dos por un simple asesinato —dijo sin el más mínimo atisbo de remordimiento—. Ahora vuelvo y te pongo al día.
El Dr. Bartolo abandonó la sala durante unos minutos y volvió con una mesa sobre la que había diversos aparatos y con un palo de suero en el que colgaba una garrafa de ocho litros a la que había conectado un equipo de perfusión .
—No sé si te suena una enfermedad llama Insomnio Familiar Fatal, pero siendo oftalmóloga, lo dudo.
El I.F.F. es una enfermedad priónica que es prima de la enfermedad de las vacas locas, que esta supongo que sí te suena.
El I.F.F. es una enfermedad que se caracteriza por la incapacidad de conciliar el sueño y esto provoca diversos síntomas en los pacientes que la padecen que van evolucionando en los doce a veinticuatro meses que tardan en morir desde que aparece la enfermedad.
Sufren un deterioro cognitivo y psiquiátrico en los que pueden aparecer alucinaciones, confusión severa, delirios, ataques de pánico, fobias, ansiedad, depresión y demencia progresiva.
El Dr. Bartolo decidió tomar asiento delante de la doctora ya que la explicación se le iba a hacer más larga de lo que esperaba.
—También aparece una disfunción neurológica caracterizada por ataxia, dificultad para hablar, mira, esta ya la tienes —le dijo tocándole la mordaza—, temblores, mioclonías y espasticidad.
También se da una hiperactividad simpática caracterizada por una hiperhidrosis, fiebre, taquicardia e hipertensión arterial.
Todos estos síntomas conducen lentamente a una muerte con gran sufrimiento.
La Dra. Mota pareció reaccionar al oír la palabra muerte y volvió a hacer un intento por soltarse que resultó nuevamente estéril.
—Mar, que te estés quietecita, por favor —le pidió con calma.
El Dr. Bartolo se levantó de la silla y dio una vuelta alrededor de la camilla en la que tenía atada a su víctima.
—Te estarás preguntando por qué quiero que tengas esta muerte tan horrible.
Bien, te lo voy a explicar. Tus pacientes se tienen que enfrentar a sus intervenciones, a un momento complicado de su vida muy despiertos.
No permites que tengan ninguna ayuda, ni una mínima sedación, por lo que quiero que sepas lo que se siente al estar completamente despierto en el peor de los momentos de un ser humano, el momento de la muerte.
De nuevo la doctora sufrió un episodio de agitación al saber qué le depararía su futuro inmediato.
—Tú no vas a evolucionar tan lentamente como un enfermo de I.F.F.
No disponemos de tanto tiempo, por lo que lo vamos a acelerar.
Te voy a someter a una terapia de privación de sueño.
¿Ves este artilugio de aquí? —hizo una breve pausa esperando algún intento de comunicación de la doctora, pero como no se produjo, prosiguió con su monólogo—.
Esto es un aparato que produce descargas eléctricas muy potentes y te lo voy a conectar al cuerpo.
Este otro de aquí es un temporizador que hará que las descargas se produzcan cada diez minutos. ¿Cuál es la intención de todo esto?
El Dr. Bartolo le dio un tiempo a la doctora para que se hiciera una idea de lo que le podía sobrevenir mientras que se paseaba por la habitación con los brazos cruzados a la espalda.
—Efectivamente, la idea es que las descargas no te dejen dormir y así simulemos y aceleremos el I.F.F., pero no te preocupes, no quiero electrocutarte, por lo que en esta mano vas a tener esta pera que podrás apretar para evitar las descargas —le puso una pera de goma en su mano derecha.
La doctora Mota al sentir la pera en sus manos empezó a apretarla una y otra vez.
—No, todavía no. Espera que te explique cómo funciona el asunto y no te preocupes, que ya tendrás tiempo de tocar la pera como se la has tocado a todos tus pacientes.
Mira, no sabía que era tan gracioso —dijo tras el juego de palabras—.
El temporizador está programado para que se produzca una descarga eléctrica cada diez minutos, pero cinco segundos antes de que esta se produzca sonará una fuerte alarma que te alertará de lo que se te viene encima y ahí es donde entra la pera.
Si la aprietas en esos cinco segundos, se desactivará el temporizador y se reiniciará la cuenta de diez minutos de nuevo.
Fácil, ¿verdad? Si no te duermes o te despiertas lo suficientemente rápido no sufrirás ninguna descarga.
Todo esto lo aprendí de mi padre, que era un genio de la electricidad y un manitas de primera.
La doctora pareció resignarse a lo que le esperaba y ya no intentó soltarse al oír la explicación de lo que el Dr. Bartolo le tenía preparado.
—Ahora que ya sabes cual es mi plan, supongo que te estarás preguntando qué tiene que ver esta garrafa de ocho litros que pende de este palo de suero, ¿verdad?
Pues como te he dicho, yo me voy de puente hasta el martes por la noche y te voy a dejar aquí sola.
Obviamente no te voy a soltar por lo que no vas a poder ni comer ni beber nada hasta que yo vuelva.
Yo no quiero que mueras de sed, quiero que mueras por la falta de sueño, por lo que he esterilizado esta garrafa y la he llenado de suero glucosalino y la he conectado a esta bomba de perfusión para que no te deshidrates y sigas con vida a menos que el sueño acabe contigo, cosa que no creo probable.
El Dr. Bartolo le canalizó una vía a la Dra. Mota y le conectó la bomba de perfusión y la puso en marcha.
—Bueno, ya está todo preparado. Ahora yo me voy a ir a pasar unos días a la montaña.
Los dos últimos fines de semana me he tenido que quedar aquí porque tenía invitados, el Dr. Torres y el Dr. Trullols, pero este ya toca marchar.
Tú no te preocupes que voy a estar al tanto de todo.
Ahí arriba hay una cámara que te estará vigilando las veinticuatro horas del día y a la que me iré conectando para asegurarme de que todo va como debe.
Estoy aplicando el teletrabajo a mis labores, cosa que no creía que fuera a ser posible nunca.
Tras comprobar que todo funcionaba correctamente el Dr. Bartolo se despidió de su víctima y abandonó la habitación.